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| La Casa del Hada | ||||||||||||||||||||
| EL ULTIMO CUADRO Por Luz E. Macias A Ivette Aguirre Los violines trinaban en mi cuarto despert�ndome. No los pod�a acallar. Me levant� fulminado por meteoritos para romper sus cuerdas. Ya no estaban. Se hab�an ido dej�ndome solo, buscando en el rasgar melanc�lico de su tristeza. �Ah, Mozart, con tu allegreto! �A qu� has venido? �Por qu� me despiertas de mi profundo sue�o? Para luego buscarte, en el espacio de mi cuarto, en el p�ndulo de mi so�ar, para desesperar de lo no llegado. Para inventar mundos y amores que pose-yeran mi monstruoso cuerpo. Cerr� los ojos y vi los dientes de marfil de la luna que sonreida me abrazaba. De nuevo el sonar de los violines y las flautas repicaron en mis o�dos, en mi cerebro. Me despertaste otra vez. Me levant� deseando apagar ese radio inoportuno. Pero las voces, los violines, la m�sica sal�an de mi cuarto. De pie junto a mi obra, vi como iban llegando. Acerqu� mi cama hasta el cuadro. Lo pod�a ver todo sin tener que levantar mi cabeza, parado sobre las almohadas miraba maravillado. Ellos estaban aqu� junto a m�. Me invitaban a su fiesta de dulces, manjares y suaves melod�as. La m�sica sonaba, los girasoles danzaban al ritmo de la flauta, estaban en su gloria. Rub�n me repiti� lentamente la letra de Pedro Navaja. La tarare� lento como si me acariciara. La segu� paso a paso. Pasamos despu�s al mambo, Tito toc� los timbales y yo bail� a su lado. Celia, oh, Celia la encantadora, me tom� de la mano y me ense�� a bailar el cha-cha-ch�. Yo estaba feliz junto a ella. Los abrac� d�ndoles las gracias infinitamente por haber venido. Sal� luego para la cocina a buscar las copas y los vasos para servirles unos tragos de ron. El concierto era abrumador. �Qu� importaba la hora! �Qu� importaba el trabajo! Si aqu� en mi casa estaban ellos, los reyes de mis ra�ces. Regres� a mi cuarto, la sonrisa no cab�a en mi rostro. Repet�a ciento de veces la misma pregunta �por qu� me hab�an elegido a m� para departir con ellos? Yo, el incapaz de tocar un timbal o de componer una nota musical o cantar como ellos, eran ahora mi musa. Me ense�aban a cantar, a tocar los timbales, a bailar mambo. Bailaban conmigo. Bebimos cognac, bebimos ron, bebimos nuestra felicidad. Brindamos por la vida, por ba�arnos en esta m�sica sangre, por esta m�sica enloquecedora e inquisitiva al pensamiento. Empezaron las orquestas a sonar. Tocaron mambo, charanga, guaracha y finalmente la salsa. Me sorprendi� ver llegar a Juan Luis Guerra con su 440, a H�ctor Lavoe y a Joe Arroyo. Todos hac�an coro con Celia, la Reina del Son. Me un� al grupo. Aunque mi casa era grande ya no hab�a espacio. Las ventanas estaban abiertas, las puertas se ce-rraron para que no entraran los vecinos. No sab�a d�nde poner el bajo, los pianos, las bater�as y las guitarras. Finalmente no objet� y dej� que cada cual hiciera lo que le fuere mejor. Mi pensamiento era libre. La fiesta continu�, trajeron mujeres y hombres; siguieron bailando. Yo sentado en mi cama, observaba c�mo iban entrando a trav�s de mi obra maestra: mov�an los arbustos, pisaban la luna que se reflejaba en el r�o. Los girasoles estaban arruinados, el sauzal, el cedro, se balanceaban hasta terminar inclinados. Vi que no ten�an respeto por mi cuadro. Me hab�an estrujado el bosque, los girasoles. Cada vez era m�s y m�s la muchedumbre que entraba por �l. Yo les quer�a. Eran mi gente, pero no iba a permitir que destrozaran el amarillo, el azul marino, el verdor de la vegetaci�n y del paisaje; los girasoles perdieron su frescor. Se tornaban en un caf� fangoso. La casita lejana, que se ve�a a trav�s del sauce la taparon con el pisar atropellado de las plantas. Me doli� ver mi pintura as�. Era lo �nico que me un�a a la realidad. Nadie compraba mis cuadros, excepto mi hermano, pero era por compasi�n. Los odio a todos. Decidido, llam� a Celia. Los mir� con rabia, advirti�ndole que ya no entrar�a su gente. Ella sonri� y me dijo: �Dejar�s entrar a Beethoven! Se estaba burlando de m�. Pero antes de decir alguna torpeza gir� bruscamente y lo �nico que pude articular fue ... �T� aqu�! �No puede ser! Me pas� las manos por los ojos, pensando que era una ilusi�n. Me inclin� haci�ndole una venia. El me mir� con dulzura habl�ndome de esta manera: A m� me dejar�s entrar. Te vengo a tocar la Quinta y la Novena Sinfon�a. Deja pasar la Coral. Sin esperar m�s respond�: a ti todo lo que quieras tocar y bienvenido aqu�l que venga contigo. Celia le ayud� a poner el pie derecho sobre la cama, yo lo agarr� por debajo del brazo para que no se fuera de cabeza. Dej� mi cama enlodada. �Ah! No me enoj�, lo disculp� por su senectud. Es un honor que venga hasta aqu�. Aprovech� que Celia lo llevaba de la mano hasta la sala para empapelar mi cama porque el grupo de sopranos, bar�tonos, hac�an su entrada y no se fijaban d�nde pon�an sus pies. Detr�s ven�a Amadeo con su careta y la Sinfon�a n�mero 41, acompa�ado por J�piter. No pude soportar que trajera el maestro Salieri, a �l lo escup� en la cara, le grit� "a mi casa jam�s entrar�s. Vete." Mozart como es un ni�o, s�lo de risa en risa se le va la vida, ni lo defendi�, ni me reproch�. �Qu� importaba que llegar� el d�a, si aqu� estaban los m�s amados! Ya no me sorprender�a que llegara Bach, Verdi con su Aida. Feliz los miraba y reparaba de nuevo en mi cuadro, para dejar entrar a mis favoritos. Ahora mi obra de arte era la puerta para que llegaran todos los que en m� hab�an influido. A lo lejos vi a Silvio Rodr�guez, a gritos lo llam� para que se adelantara. Hice camino entre la gente. Los empujaba: Qu�tense de la vereda, han venido a da�arme el paisaje. Por fin lleg� Silvio, ya ten�a c�mo callar a Celia. Nos abrazamos, eramos los m�s importantes de esta generaci�n. No le di tiempo de preguntar qui�nes estaban en mi casa. Lo llev� a la sala. Celia se levant� furiosa, quer�a hasta pegarme. Yo no entend�a por qu�. La ret�. -�Qu� es lo que no te gusta de mis invitados? Sin dejarme terminar y sin cuidar su boca, me grit� muy descort�s: -Escoge entre �l o yo. Dec�dete de una vez o me marcho. Dio unos pasos. Lleg� hasta el cuadro, quiso volver a �l. Yo salt�, me interpuse entre ella y mi obra. Sent� que me tocaban el hombro izquierdo, gir� hac�a atr�s para ver qui�n estaba ah� y era Chopin tendi�ndome la mano. -Vamos, amigo, ay�dame a bajar esta colina, est� muy pendiente-. R�pido me avalanc� sobre �l y lo ayude a bajar del cuadro. -Te vengo a tocar La Marcha F�nebre y La Polonesa. �Qui�res algo m�s? Dilo ahora, antes que me arrepienta-. Celia solt� una sonora carcajada y Tito vino a ver qu� pasaba. Su sorpresa fue mayor al ver que Chopin le tend�a la mano y �l se equivoc� d�ndole los palillos de los timbales. Chopin pregunt� al mirarlos si era el nuevo estilo de las batutas con que se dirige la sinfon�a. Entonces, Tito lo llev� hasta sus timbales y le ense�� c�mo usarlos. La Celia como no quer�a quedarse atr�s empez� a cantar y Chopin orden� tocar el piano en B menor. Silvio se puso en pie d�ndole un fuerte abrazo, pidi�ndole que escuchar� su canci�n Sue�o con Serpientes. Celia empez� a estrujarlo y decirle a Beethoven, a Mozart, a Chopin, a Salieri: "El no es nadie. Yo soy la reina de la m�sica, la Reina del Son." Mozart se enfureci�, devolvi�ndole una estridente carcajada en la cara, mir�ndole sus senos abultados. Mi amor por ellos se acab�. Enloquecido, no reparando qui�nes eran, le dije a Celia cu�ntas cosas sentimos nosotros los artistas. Ser�s grande entre lo tuyos, mide tus palabras, no hagas que te saque por los ventanales. Te regalar� a ese p�blico que vela desde la malla, a �sos no los dejo entrar. Tito me amenaz�, trat� de levantar la mano. Yo se la baj� mir�ndolo a los ojos intensamente. T� no har�s nada en mi contra. Cu�date y mide tus gestos. Se calmaron los �nimos, porque en ese preciso momento entr� Coltrane tocando el saxof�n; Chopin y Mozart corrieron hacia �l. Beethoven quer�a toda la atenci�n, y haciendo sonar el violin en La Mayor, estrope� nuestros o�dos. Los otros le miraron y dijeron: -�Qu� te crees, que somos tambi�n sordos? Yo no sab�a qu� hacer, quer�a escapar de la ri�a que se hab�a suscitado. Volv� a mi dormitorio y mir� de nuevo mi cuadro. All�, entre la muchedumbre estaban Picasso y Borges; fui hacia ellos, recibi�ndoles sus abrigos y bastones para que entraran. Estaban bajando cuando lleg� Kafka grit�ndome: �Me dejar�s entrar! Desde luego que s�, si t� eres mi favorito. Bajaron en coro cantando. Mozart pregunt� qui�nes eran ellos. Yo como anfitri�n se los present�, explic�ndole su oficio. La m�sica sigui�; Beethoven llam� la Coral para su presentaci�n, empezaron las voces a subir, se combinaban soprano, tenor, contralto y Mozart que es un poco descuidado comenz� a tararear su Sinfon�a N�mero 41, entonces, yo le llam� la atenci�n, como anfitri�n. Le rogaba que se callara, que ya llegar�a su momento para exhibirse. El que debe callarse eres t�. �D�nde est� tu oreja para escuchar nuestra armon�a? Picasso se puso en pie temblando de dolor. �Por qu� insultas as� a Van Gogh? El es famoso como t�. Ve y mira el cuadro de los girasoles. Borges sali� detr�s de Mozart y Picasso para ver la pintura. Ellos frente al cuadro vieron c�mo la gente lo destruy�. Borges gritaba enloquecido al no ver la casita. "Me han destruido la casa de Asteri�n". Llamaba enloquecido a Picasso e incluso a m�. �D�nde est�? No la veo. Mira, Vincent te han destruido tu vida. Silvio que escuchaba nu-estros gritos lleg� hasta nosotros y tom�ndonos de la mano con la calma de un hombre razonable nos dijo: Vamos a la sala, all� est� el minotauro sentado justo al lado de Chopin y Vivaldi. Los est� esperando. Todos salieron de mi cuarto. Les sigo y veo a Celia molesta; en sus manos tiene su cartera y su abrigo. Va hasta Tito que la mira sorprendido. Hablan los dos, creo que la convence de que no se vaya. Yo aprovecho, vuelvo hasta el cuadro, lo descuelgo. Doy la vuelta para regresar a la sala y veo en otra de mis pinturas a la gente en las barquitas pescando. Arriba en el puente, Beethoven y su grupo me esperan. Soy ahora el director de la orquesta y del Coral. Entro al cuadro, camino por la ribera del r�o, subo hasta el puente. Beethoven me presenta como el director. Me hace una venia, la hago tambi�n y empiezo a dirigir la Filarm�nica de Viena. (Abajo est�n los peces, los pescadores; los �rboles y la misma tierra danzan). Yo observo a �stos. Me miran y mi pensamiento se ilumina. Le hago se�as a Beethoven para que siga dirigiendo su orquesta. Tom� los pinceles, la tela y mi caballete que est�n a un lado de mi cuadro. Bajo bordeando la ribera del r�o. Me siento en un pe�asco. Desde all� puedo verlos a todos. Escucho a los m�sicos y sus voces suben alto, alto, muy alto. Los voy pintando. Adentro en la sala, Celia, Tito y Chopin hablan. Voy delineando sus figuras. Sus cuerpos se agigantan ante m�. Sus cabelleras van tomando vida, �sta es mi �ltima pintura. Los bar�tonos suben sus voces. Yo doy un salto, estiro la mano al comp�s de sus voces. La cama, Mozart, J�piter, Bach, d�ndose la mano con Vivaldi que no se por d�nde entr�, todos van quedando retratados por la magia de mis pinceles. Ya las sopranos y su Do alto, alto, alto, altooo me dejan en suspenso; con fuerza levanto la brocha. He marcado el rostro de Beethoven, su cabellera gris despeinada, su mirada profunda mirando inquietamente a Mozart que no cesa de re�r mir�ndole los senos a Celia. Ya todas las generaciones de mis invitados estaban en el lienzo. Ahora me estoy pintando, la voz del bar�tono resuena en los aires, gira, gira, gira. Van bajando los p�jaros negros. He terminado a mi �ltimo invitado; salto dentro del cuadro. Ahora, colgados, nos balanceamos en el espacio. Copyright@ Luz E Mac�as (Colombia, ) narradora, ha publicado Los Pasos cuentos del cielo y del infierno, (2000) y Los fantasmas en el espejo, (2003). Fundadora de la revista literaria La Casa del Hada, desde 1994 y editora de La Cueva de la Sibila. El Hijo Buenitoooo (drama) fue producida por el festival de verano I.A.T.I. New York 1990. Dirigida por Manuel Martin rese�ada por el New York Newsday y prologada por el dramaturgo mexicano Emilio Carballido. Invitada a la feria del libro de Bogot� 2004 y la feria internacional de Miami 2001. Sus cuentos han sido publicados en varios revistas literarias, peri�dicos y revistas virtuales. |
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