La Casa del Hada

                                   
DEMEROL 1



       Por Cesar Augusto Jaramillo Mejia.


Y con el �mpetu de la tormenta, se fue colando su aliento en la habitaci�n. Nunca vibr� mi alma con tanto j�bilo y temor; extra�a mezcla, sabor a desierto y mezquindad.

Poco a poco y con af�n enfermizo, la oscuridad brot� a trav�s de mi piel. Llenando cada espacio inerte, fundiendo mi silencio profano con un grito de libertad, con una declaraci�n de olvido y rebeli�n: �Nunca m�s mi destino� nunca m�s�; mientras de rodillas, bendec�a entre maldiciones mi ra�z y mi nombre.

Sent� su abrazo de mil heridas, al mismo tiempo que musitaba frases de obscena realidad en mi o�do. Cuanto odio, cuanta belleza; cuanto dolor. Casi llegu� a perder la noci�n de la insensatez. Estaba abatido y deseoso de naufragar; de sumergirme lento, constante en mi empresa de sucumbir a su presencia. Necio coraje de el que se piensa cuerdo: cuanto m�s claro cree ver; m�s l�gubre la semilla de incertidumbre en su vientre. Vend�a mis alas al mejor postor. Me convert�a en carne, suplicio y libido.

Manantiales de amargura surcaban mi frente en llamas y la saliva se mezclaba con la savia delirante de su esencia. Caer nunca fue tan placentero. Dimitir y entregarse al fren�tico movimiento de su mar, sin pensar en la sal; sin pensar en la llaga.

Siento v�rtigo. La memoria se estremece y las paredes repiten su nombre. Fluye la sangre hirviente por cada tejido atontado de mi ser. He emprendido el camino de vuelta al hogar. Sin embargo, cada paso al frente, arrastra kil�metros de ansia tras de s�, desanda el sendero que lleva al infierno; al caos de canela y miel que se oculta en sus entra�as.


                                   
DEMEROL 3



Recuerdas Kafir el sabor abyecto de la prima bocanada. La pesadez llenita de escorpiones que atraviesa los valles y las dunas del desierto-piel. O el descenso matizado de auroras boreales que nos lleva inexorable, al abismo del narc�tico despertar. Te lo pregunto amigo m�o, por que ahora que me encuentro sentado en esta mullida almohada de vapor, me invade un poco la amnesia propia del son�mbulo, y tienden a olvidar mis sentidos las cruzadas emprendidas en nombre del exceso. Atravieso a tientas la neblina densa y abrumadora de la adormidera para buscarte y compartir contigo la cima de mi desvar�o.



Cuantas excursiones a la nada; sin mas espada que la curiosidad y el deseo. Cuantos a�os luz recorriendo un universo, creado apenas por palabras fugaces y siniestras visiones de profeta en desgracia. Cuantas org�as literarias en busca de la fuente desbordada de Jorge Luis, Julio, Arthur y St�phane. Cuantas huellas hu�rfanas, cuantas heridas en flor. Cuanta crueldad.



Mas te vale que te aferres pues a la nube; porque tan solo la sustenta el aliento siempre lleno de provocaciones del demonio. Acom�date a gusto, que el paisaje es inmenso y la visi�n procaz. Acomp��ame de nuevo en busca de la puerta que divide los mundos y que sea el tif�n de las tribulaciones nuestro Virgilio. Pero destierra de tu alma todo vestigio de aflicci�n y toda atadura, que nos espera la barah�nda y el ditirambo. Que solo nos quede la carne cruda y el nervio desnudo, para que el asombro venga de una vez por todas y nos lleve hasta el fin.



Puedes sentirlo? Alguien nos grita desde la orilla lejana. Los abandonamos a su suerte en el pa�s de las razones. Sienten envidia de la locura. Sienten rencor hacia la libertad. Arrastran cadenas de aflicci�n y culpa. Nos temen Kafir, nos condenan. En sus lomos puedes ver las cicatrices de las alas destazadas y en sus ojos el brillo de la ausencia, la celda estrecha de su fe. 

Nuestro sacrificio se arrastra por los suelos. El legado de Ca�n se exhibe orgulloso en nuestras frentes. Que mas podemos necesitar; ya no hay nada que perder.



- �Tubo en v�a a�rea! Pulso?

- D�bil pero presente

- �Creo que lo tenemos de vuelta!



                          
DEMEROL 4



Una avalancha de sonidos se filtra a trav�s de la niebla alucinante de mi adormecida cabeza. Frases sin sentido, gemidos ahogados que se aparean en la penumbra, pensamientos cargados de angustia e indecisi�n, unos cuantos improperios que marcan el inicio de una guerra y una sarta de silencios sin mas eco que la propia necesidad de hallar sosiego.

La nave zarp� hace un rato y el veneno ha empezado a apropiarse de mi continente. No es dif�cil seguir su itinerario. Lo dif�cil es tratar de adivinar su puerto final cuando lo que realmente me importa es el viaje. Que mas da; nunca he intentado negar el impulso enfermo de la entrega total al desatino y el azar de sus misteriosas maneras. No hay nadie tras el tim�n. Bienvenida sea la tormenta, bienvenida la brisa de las tribulaciones; bienvenida la muerte amiga. Si existe un dios, que venga ahora y me ense�e su rostro. Siempre fui un bastardo y no me agobia la soledad.



La gravedad se ha ido en busca de cuerpos doblegados por la verg�enza. Me ha dejado escapar al entender que atraves� la tierra y que ahora camino por los cielos abarcando el inverso con la mirada fr�vola de los que no poseen sensatez ni l�gica. Dimiti�.



Majestuosa, la locura flirtea con mi miedo; un miedo curtido de batallas inesperadas, un miedo que nunca espera, un miedo que simplemente vaga errante y dispuesto. Y aunque la caridad no es uno de mis fuertes, llor� arena de solo pensar en la ansiedad tir�nica del cobarde y en la santa entrega del valiente. Que ser�a de sus mundos sin un fin, que ser�a de sus vidas sin el motivo, sin la raz�n. Que ser�a de ellos sin la veneraci�n y el odio. Que ser� de ellos cuando crucifiquen de nuevo al nazareno y cuando el demonio pase a cobrar su liquidaci�n. �Que ser� del planeta en estos momentos?



Viajo. Viajas. Viaja. Viajamos. Viajan.

Te veo junto a los dem�s, cruzando como cometas milenarios frente a mi; casi roz�ndome con sus estelas vibrantes, casi mezcl�ndose con mi delirio. N�madas a trav�s de las dunas de lo desconocido. Simples viajeros de la ruta maldita. Caminantes que levitan a lo largo y ancho del universo; sin sendero y sin hogar. No aguardamos por nadie; nadie nos espera. Somos sustancia fantasma, bocanada, olor conocido, �xtasis de fulanas y fulanos, deseo de muerto, causa perdida, traspi�s, caricia inconclusa, ira contenida, carcajada sonora� somos lo que somos y somos nada.



El coito se interrumpe. Y debo aceptar con tristeza que no existen orgasmos eternos. Debo resignarme a comprender que nuestra vida es simplemente una l�nea punteada, tan plagada de placeres y dolores como de infames vac�os. Vac�os ah�tos de cotidianidad.



�Viajar�!



�Viajas?


                           
DESTELLO



Quiso tocarla, con el af�n mudo de aquellos para quienes el tiempo ha dejado de correr. Sus �rbitas la segu�an mientras se deslizaba tormentosamente por el espacio y esbozaba una sonrisa que le devolv�a por momentos la noci�n de la inocencia perdida; el sabor de un orgasmo en la madrugada. Definitivamente era ella; por quien llego a cuestionar sus ganas de volar y por quien renuncio a su inestable tr�nsito por el planeta. No pod�a ser m�s feliz. Sent�a como la tormenta de sensaciones lejanas en la memoria lo envest�a, pod�a palpar cada uno de sus sentimientos como rocas emergiendo de la piel. Y ella simplemente lo circundaba, lo acariciaba con sus miradas de retrato lejano; le retornaba el reflejo de sus ojos destellantes con premura, casi con compasi�n. A su paso, cada pedazo carcomido y oxidado por la tristeza de mil almas de aquellas paredes, se transformaba; adquir�a el matiz c�lido del hogar de sus anhelos. La estela irisada que emanaba de su esencia, abr�a grietas en el concreto por las que se asomaban jubilosas un pu�ado de monta�as, por donde penetraban a empellones las fragancias agridulces del campo. Brotaban flores entre sus dedos y la h�meda caricia de la tierra aferraba sus pies, como si quisiera trag�rselo para parirlo de nuevo. Los metros se transformaron en kil�metros, la asfixia en suspiro prolongado y profundo; el dolor, en regocijo. Derrumbados los muros infames del segundo inmediato, extendi� sus yertos brazos hacia ella, como un naufrago, como una criatura indefensa. Quiso hacerse aire, fundirse con el �ter sedoso de su aliento y simplemente escapar. El horizonte se le antojaba cercano; casi posible.



Una noche en que el hambre se hizo comensal vitalicio en el banquete de sus desgracias y la mirada ansiosa y desgarradora de su �nico amor le rasgu�aba el alma y el pellejo; tomo el sendero incierto. Armado tan solo con el pu�al afilado de la necesidad se adentro en la noche de su infortunio. No valieron ni la sensatez ni la contundencia de sus desagravios. No vali� el llanto hu�rfano de su compa�era. Ni siquiera se hizo evidente el peso de aquella escena pintoresca, cargada de iron�a y plena humanidad. Para el pobre no hay segunda oportunidad, ni en esta vida ni en la otra. En ambas, la desgracia es su sombra.



Cuando sinti� que hab�a encontrado por fin sus alas, se desprendi� como un diluvio la realidad sobre �l. Nunca fue mas pesado el instante presente, ni tan doloroso el estallido a flor de piel de la vida tangible. En medio de su vertiginoso despertar, el cemento f�o y amoniacal que lo sustentaba engendro pacientemente, uno a uno, los muros infranqueables que hab�an sellado su sino. El cielo se hizo piedra y la esperanza, cenizas. Las grietas se fueron cerrando con carcajadas sonoras, devorando la luz; eructando el tufo agreste y severo del encierro. El horizonte se visti� de luto y veinticinco barrotes, tan s�lidos como su tristeza, se instalaron cual guardianes de su prolongada tragedia.

De su espectral amada tan solo quedaron trozos vaporosos, fantasmales aves que colgaban agonizantes de la desilusi�n reinante en aquel peque�o recinto.



Magnos y misteriosos son los senderos del abandono. En lugar de la l�grima esperada, se levanto con aire arrogante de monumento a la iron�a, una sonrisa; plagada de locura y cuerda insensatez. Y es que para aquel que se encuentra sumergido en la oscuridad es tan hermoso y alucinante, tanto el paso accidentado de una luci�rnaga, como el destello fugaz pero embriagador de la ilusi�n pasajera.



Tantos a�os de cruel encierro no lograron ser suficientes para robarle el divino don del delirio

                    Demerol 5



Jesucristo pas� de largo. Ni siquiera hubo una mirada fortuita o una se�al de atenci�n. Tan s�lo fue una m�s de las olas de aquel oc�ano de espectros que observaba a diario desde su playa desolada y condenada al olvido.

El mundo cambia y exhibe su teatro de lamentos cuando lo miras desde el asfalto. El tiempo se expande y con �l lo hace tambi�n el hambre y la desesperaci�n. El espacio colapsa, convirti�ndose en celda, en fosa com�n; en infierno. La vida huye, solamente para ser reemplazada por una muerte lenta e indecisa. Nunca es suficiente el sufrimiento para merecer un par de alas.

Jesucristo le mir� por fin� y le dio la espalda sonriendo.


                              
Demerol 6

He invitado al placer esta noche. Servida est� la mesa, despierto el temor. Sea pues este el banquete de mis desgracias.
Guardados bajo mis p�rpados brillan en solemne oscuridad los fuegos fatuos del alma y una que otra supernova de amores lejanos ya. Me carcome el sopor de saberme anfitri�n, comensal y verdugo. Me devora el hambre de piel y comienzo a deshacerme en llanto. Estoy tan solo, que la soledad misma se burla de mi abandono y se aleja ebria de cansancio.
Se ha marchitado la hiedra; me he quedado desnudo frente al espejo y dejo que se agriete el fantasma que sostiene a la vanidad. Ruedan pedazos de mi por las empinadas cuestas que descienden al abismo y con ellas quisiera deslizarme yo. Regresar al reptil y tentar a la hembra eterna para florecer por generaciones en su vientre; multiplicarme como un c�ncer que no perdona y poblar este mundo de herejes y sedientos. Como quisiera hacerme estigma y resplandecer vergonzante sobre sus cuerpos, para que nunca dejen de ser se�alados; para que nunca olviden su semilla y su destino.

�Qui�n ha llamado al salvador? �Qui�n en su sana locura ha proferido oraciones buscando un cielo? Yo no he sido. Que alivio.

Mis gemidos devoran los cielos y laceran el tierno seno de las mil v�rgenes. El desespero no se hace esperar y estallo en mol�culas de angustia. Llover� por primera vez a lo largo y ancho del universo. Yo ser� el diluvio que refresque su atrofiada memoria. Yo ser� el nunca y el ahora. Pueden empezar a correr en busca de su Dios. Construyan sus arcas e inv�tenlo a navegar junto a ustedes hacia las profundidades de mi ausencia. Quiz�s; tan solo quiz�s encuentren la libertad que les ha robado el sentimiento de compasi�n por ustedes mismos. Quiz�s, as� El logre recordar que un d�a fue igual a nosotros.

�Y que ha sido del placer?

Cabalga raudo por mis venas. Se asoma furtivo por los ventanales vidriosos de mis enrojecidos ojos. Ha llegado desde hace rato. Ha llegado para quedarse.


                    Demerol 7


Basta saberse invadido por la locura para dar el gran salto. Rasgar pacientemente tus ropas y desenvolver lentamente tus alas, un poco oxidadas ya de tanto divagar por los valles inertes de la raz�n y la academia. Dejarse llevar por el ruido contagioso del pensamiento humano que vaga veloz por cada rinc�n de estas calles vestidas de polvo y procesi�n. Retar al viento con la osad�a de una estatua de m�rmol, emprender la fuga y re�rse de los problemas con la frescura de un r�o. Qui�n si no el orate para pintar de fiesta al dolor. Qui�n si no el veneno para endulzar la dureza de las murallas que vigilan a la existencia.

Ven Canela, ven Kafir. Provoquemos a la solidez y volv�monos aire, que la vida tiene grietas. Hag�monos polvo y ceniza, que el blanco se ha cansado de su n�vea inocencia. Corramos hasta que el tiempo y el espacio se agoten y nos dejen emprender el vuelo en busca de cielos lejanos y nuevos. Vengan conmigo; guardianes de mi delet�rea y fr�gil esperanza, que se me acaba el opio y la muerte me reclama.

Tantas ganas y tan pocos segundos. Tanta energ�a contenida queriendo volatilizarse y hacerse plaga. �Acaso habr� una p�gina m�s? �Acaso un quiz�s o un talvez? He amado demasiado y el perd�n nunca quiso llegar. No hay prorrogas para los muertos. No hay cura para los exiliados de la cordura.

Quise querer queriendo ser querido y el querer quiso que no me quisieran. Me perd� en la ruta que llevaba al ed�n, y ahora se me olvido el regreso; padezco del mal de los �rboles sin ra�ces y de los hu�rfanos probeta. Existimos desde siempre y nadie nos ve. Que solo est� el carnaval.

Basta saberse invadido por la locura para saberse tristemente eterno.


                  Demerol 9



Hacerme piedra quiero.
Quedarme tan quieto que la tierra angustiada grite terremotos y vendavales intentando despertarme de mi sue�o est�tico.

Palpar el intento siempre constante del viento y el agua tallando plegarias erosivas en mi piel y volverme parte del paisaje olvidado, para que cese la lluvia de miradas vac�as y murmullos cargados de falacias.

Volver al �tero c�lido y ausente de preguntas de la arcilla, para regocijarme en mis viajes y mis laberintos, sin responder siquiera alas caricias del sol; sin que me importe de que color est� el cielo el d�a de hoy. Vociferar constante mis silencios confundi�ndome con el canto agraz de las sirenas subterr�neas.
Callar a gritos que me encuentro vivo, para alcanzar la paz inalcanzable de los que se creen muertos e inanimados. Ser pasado. Cuenta saldada.

Bailar al ritmo de la danza sublime que ejecuta sin presumida maestr�a el cosmos. Dejarme arrastrar, con el dejo pac�fico de la presa que se sabe muerta de antemano, por la �rbita errante de lo astros y el polvo estelar.

Arder de fr�o; vestirme de liquen, roc�o y estrellas. Y as� desfilar libre de arrogancia por las pasarelas del infinito, sin ansiedad ni angustia. Sin creador ni semilla. Tal vez de esta manera logre mantenerme indemne de la huella y la cicatriz; tal vez as� la entrega sea al fin total y el cansancio del limbo me infecte para enfermarme de f�sico letargo.

Si la fortuna me regala un beso, vendr�s a posarte sobre mi, lib�lula errante; para reposar tu vuelo incierto, para paliar tus penas en mi lecho. Ba�aras con sudor y l�grimas mi cuerpo p�treo, seremos n�mada y oasis. Te llamo Canela, te espero; escucha mi sinfon�a gris que te clama, escucha mis poemas mudos.

Transfiguraci�n, ben�vola metamorfosis; acu�rdate de mi, que volverme piedra quiero.


                        Demerol 10



�Acaso has venido a salvarme?
Mira que se me desangra el aliento. Mira que se me escapa el alma.
Hasta aqu� me han arrastrado mis pasos y el cuerpo hall� por fin un molde para fosilizarse; acept� sin requiebros la �ltima dosis de infierno que le supe dar sin remordimiento y con calculada intenci�n.

Veo que has tra�do contigo la tibia sonrisa de mil soles; veo que no has olvidado abrir en tus ojos el pasaje so�ado que me llevar� a la paz. Al final de mi ca�da siempre anhele que estuvieras; y no me has fallado mi �ngel. Por medio tuyo, el pastor recuperar� hoy a una de sus ovejas descarriadas.

Tu abrazo destila redenci�n y tu llanto lavar� mis penas y mis preciados pecados. Vi�ndote se me empieza a olvidar la vida; y es que mor� tantas veces entre tus piernas, que me percato ahora de que tan solo hoy termin� de pagar el boleto de partida. Amarte Canela, fue fallecer de a poco; dejar en ti pedazos de existencia; intoxicarme inexorablemente con tu miel arsenical.

Has venido como te lo ped�, para presenciar el �ltimo acto de tu trapecista suicida; para celebrar con aplausos pre�ados de tristeza el vuelo de Icaro hacia el astro preciado.

Llegaste justo a tiempo. Las campanas doblan por mi y su m�sica me recuerda la cita tantas veces postergada. Mi dulce agon�a; no ves acaso que el sacrificio ha sido en tu nombre; no ves acaso que me llev� tu imagen tatuada en el cristal opaco de mis ojos.

No has venido a salvarme. Has venido a regalarme una visi�n fugaz y maravillosa del para�so perdido.

Existe el cielo� pero no es eterno. No para mi.

Caigo Canela� caigo.

                 DEMEROL 11



No soy nadie. Me acusan de profanar la noche con mis cantos de soledad y de olvido. Me temen como se teme a los fantasmas de la memoria, como tan solo se teme a la propia sombra de la incertidumbre. Habito dentro de ellos y lo saben. Soy su grito, su odio y su libido. La oraci�n inconsciente que murmulla su alma.

Canci�n enferma, sublime alabanza. Los pasillos de la eternidad me son conocidos. El eco de mi nombre se derrama por el infinito, haci�ndose miles en sus bocas selladas por el miedo. La caricia prohibida de los verbos h�medos vaga descarriada por sus pensamientos, los invade con su constancia voluptuosa. Al final nos quedamos solos; siempre, por que el �xtasis divino escapa a las humanas posibilidades y queda tan solo el milagro de la carne, el doloroso placer. Alto vuelo, desmesurada ca�da.

Amigo en el desenfreno y la torpe culpa. Espero silente al final del camino, sin ofrecer consuelo, sin aliviar siquiera el dolor de los reproches lancinantes, sin mitigar la diatriba del perdedor sin remedio; espero sin esperar por que siempre estoy y he estado. Ir�n, vendr�n, crear�n plegarias para salvarse de si mismos. Y yo como siempre los escuchar�. Dejando que al pasar frente al espejo se observen y me observen, calculando el peso de su libertad, meditando de a poco la soledad de la duda. Hasta que se cansen de la rectificaci�n y vislumbren en el sendero sinuoso la traves�a de la existencia. Como cuesta entenderse pastor y oveja; nav�o y timonel.

Somos. Y en la dualidad concreta e inseparable del viajero� siempre seremos.




"Cesar Augusto Jaramillo Mej�a" <[email protected]>

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