LA BURACO Cuentos

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 Jorge Raúl Orosco 
 Un rayo de luz
 Doña Hortensia Miranda hace girar una vez más, con sus dedos índice y pulgar, la última cuenta del rosario.
- ...Bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. Jesús.-reza en voz alta.
- Santa Marta, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén. - escucha a sus espaldas el coro de mujeres que le responden.
Se persigna y con la ayuda de una mujer mas joven se incorpora. Se acerca al cajón, besa la punta de sus dedos y con ellos hace una cruz sobre la frente de la muerta. Las demás mujeres, una a una, la imitan. Sólo dos de los hombres hacen lo mismo.
Doñaa Hortensia se sienta en un rincón de la salita, desde allí puede ver a todos los presentes, a quienes entran y a quienes salen. Frente a ella, del otro lado del cajón, están hablando al oído la Olga González y la Gringa, que es hija de la Clara, hija de eya por supuesto y no de don Alejo, porque esa... de los Maidana no tiene nada. En la silla de al lado de la Gringa, el Cachacho levanta la copa para que la hermana de la muerta se la llene hasta el borde con la botella de anis "Ocho Hermanos". Ese si que no se pierde velorio, aprovecha pa` chupa gratis, si nada ma'que a eso viene a los velorio. Parados en la puerta están la Turquita y el Asencio, al lado de la única corona que dice, "TU ESPOSO Y TU BEB1TA". ¡ja!, ¡Turquita!, no sé de adonde va ser turca esa que adentro tiene ma sangre india que otra cosa, ¡si conoceré yo a la familia! Bah!, a lo mejor se lo dicen por los ojo que son grandotes y negros. Hay que reconocer que la mocosa fea no es, pero ya vamo a ver de acá a unos año, cuando haiga parido algunos hijos como parí yo, ya vamo a ver si no se le caen las teta igual que a mi. El Nene Aguilar se rie de algo que le dice quien está a su lado. El vago del primo del Asencio, ¡ese si que es vago como ninguno!
Afuera se escuchan las voces de algunos hombres. La de Alejo Maidana le llega con claridad.
Mirá Ramiro, mucho no es lo que juntamo en la colecta, vo viste que estamos a fin de mes y la gente anda galguiando. Asi que guárdate estos peso y mañanate acompañamos a hablar con los de la funeraria.
 Quédate tranquilo compañero que nosotro en esta no te vamo a dejar solo.
También se escucha un murmullo de mujeres que se saludan y se despiden.
- Mañana temprano tengo que yevar los chicos a la escuela -dice una.
- Yo tengo que ir a trabajar -dice otra- si falto un día me suspenden.
- Yo me quedaría, pero en casa, tengo una pila asi de alta para planchar-agrega una tercera.
- ¡Ay Señor,  Señor, cuanta ingratitú, Señor!, dice casi en voz alta doña Hortensia mientras apoya el brazo en el respaldo de la silla para poderse parar. ¡Si no fuera por mi reuma! Se acerca al cajón, se agacha y arrima su cara al lado de la cara de la muerta.
- Vo no te preocupé Margarita que yo me voy a quedar toda la noche con vo. Ya sabe como son todos, despué del último rosario de la noche se van a dormir y seguro que dentro de un rato vamo a estar las do sólita.
- Y que quiere que le diga doña Olga, si no la quieren yevar yo les doy vuelta el auto, por esta crú se lo juro -oye decir a la Gringa.
- Vo contá conmigo que yo te acompaño Gringuita -contesta doña Olga.
En la habitación de al lado se escucha el llanto de una criatura.

Dona Hortensia se despierta sobresaltada, son casi las cuatro y hace frio. En la habitación, ademas de ella, sigue Cachacho que está dormido con la copa vacia en su mano derecha. La Turquita y el vago del primo del Asencio charlan en voz baja. Esa si que es una desvergonzada, con una poyera floriada en un velorio y pa mi, tan cortita que no le tapa nada. En el patio no se escucha a nadie. En la pieza de al lado la voz de Ramiro canta arrorró mi nena arroró mi sol. Doña Hortensia cierra los ojos y se acuerda de una noche de mucho frio. El reuma si que me tenia mal esa noche,  a los chico los tuve que acostar de a dos en cada cama pa que estuvieran mas calentito. Y fue en eso que yegó la Margarita con las cinco frasada que me consiguió en Bienestar Social. Pa las compañera todo doña Hortensia, me dijo antes de irse. El ruido de un roce, o como de alguien que se apoya contra la pared que está a su espalda, le hace abrir los ojos. Ve a Cachacho que sigue durmiendo Ya no están la Turquita ni el vago del primo del Asencio. Sale al patio. Escucha ruidos muy apagados atrás de la casilla, entre la casiya y el tapial de la casa del vecino, en el pasiyito ese adonde el Ramiro guarda las herramienta, las botella vacia y toda esas porquería que no sirven pa nada. De atrás del excusado me acuerdo que se ve todo el pasiyo. Camina despacio tratando de no hacer ruido. Se apoya en las chapas del barato. Una gime. Espera unos segundos. Se asoma. Desde donde esta, hasta las dos sombras que ve en el pasillo, la separan cinco o seis metros de oscuridad. De una oscuridad tajeada, de tanto en tanto, por los rayos de la luz de mercurio que, desde la calle, se filtran por entre las ramas del falso café que apenas conserva algunas de sus hojas. Ve las sombras que se mueven. Que se acercan. Que se alejan. Que parecen mezclarse. ¡Ay Dios miol Se persigna tres veces seguidas. ¡Ay mi Señor! Aprieta con fuerza el rosario que aun tiene en su mano. La chapa gime de nuevo. Contiene la respiración mientras sus ojos se acostumbran a la oscuridad. Puede ver que un rayo alumbra la pierna desnuda de la Turquita. La pierna se mueve y deja de verla. Ahora es una mano la que ve en el rayo. La mano de ella que baja, que sale de la luz y se pierde en el medio de las dos sombras. Hay un gemido y no es la chapa. Un gemido que se corta de golpe como si algo lo tapara. Doña Hortensia retuerce con sus dos manos el rosario. Una de las sombras se achica, se hace mas baja. El cabello negro de la Turquita sale de la sombra y brilla en el rayo de luz. Es una putanga. ¡una cochina putanga' Hortensia Miranda besa el crucifijo, no siente el dolor del reuma y una sensación totalmente desconocida la recorre por dentro. Las dos sombras, ahora, vuelven a tener la misma altura. El brazo del vago del primo del Asencio se mueve en el rayo de luz. Alguien gime. El brazo sube y su mano aparece en la luz acariciando y levantando la pierna desnuda de la Turquita. En el centro del rayo, como una luna, su nalga redonda se platea con la luz de mercurio. Hortensia retuerce una vez mas el rosario. Gime. El rosario se rompe, las cuentas saltan y caen a la gramilla.

- Pero doña Hortensia, usté quédese acá dentro. ¿Qué quiere ganar con salir a la caye? No sea caprichosa mujer, que afuera hay un lio bárbaro, deje nomá que los vecinos se ocupen de todo. Usté está cansada despué de una noche en vela y tiene que cuidarse un poco, ¿o no le duele el reuma?
- Ma que reuma ni que ocho cuarto m' hijita, yo tengo que ir afuera a ver que está pasando. ¿Qué es eso, che, de que no se quieren yevar a la difunta porque no alcansa la plata pa pagar el cajón?
Dona Hortensia Miranda sale al patio. Del patio a la vereda. Ve mucha gente. El Ramiro llora en los brazos de Alejo Maidana. Cachacho está parado al lado de ellos con los puños cerrados. El vago del primo del Asencio está con Mario y con el Porfirio. Otro grupo de hombres se juntó alrededor del choro del Napia En el medio de la calle están las mujeres, casi todas con palos en las manos.
- Ustede no se metan que esto lo arreglamo las mujere -les dice la Gringa a los hombres.
Al lado de ella están la Olga, esa cochina de la Turquita, doña Filomena, la Jesusa y la Piru. Atras de ellas, la Rosalía, Clara Maidana con otra de sus hijas; la Rosales, la mujer del Negro Juanieva y unas veinte o treinta mujeres más formando un círculo alrededor del coche fúnebre.
- De acá no se va nadie si no se yevan a la difunta -grita la Gringa a los de la funeraria- y sepan que pa irse nos van a tené que pisar a todas nosotra.
Doña Hortensia mira los ojos de los hombres parados en la vereda y atentos a todo lo que pasa en la calle. ¡Jal, ¡si sabré yo de lo que son capaces de hacer si les yegan a tocar un pelo a sus mujere!
- ¡Che Gringa!, vamo a ver si se animan a pisarme a mi también-grita.
Doña Hortensia Miranda cruza el puentecito de madera que está sobre la cuneta bamboleando su cuerpo grande y pesado. Se para en medio de la Gringa y la Turquita. Se toma del brazo de la Gringa. Mira a los hombres de trajes negros y guantes blancos que están enfrente de ellas. Después, mira a la Turquita que tiene cara de asustada, la agarra con fuerza de la mano y en tono maternal le dice sonriendo:
- Dale chiquita, préndete fuerte que estos de acá, ni que se caguen nos van a mover.



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