LA BURACO Cuentos| Jorge
Raúl Orosco
Un rayo de luz |
Dona Hortensia se despierta sobresaltada, son casi las cuatro y hace frio. En la habitación, ademas de ella, sigue Cachacho que está dormido con la copa vacia en su mano derecha. La Turquita y el vago del primo del Asencio charlan en voz baja. Esa si que es una desvergonzada, con una poyera floriada en un velorio y pa mi, tan cortita que no le tapa nada. En el patio no se escucha a nadie. En la pieza de al lado la voz de Ramiro canta arrorró mi nena arroró mi sol. Doña Hortensia cierra los ojos y se acuerda de una noche de mucho frio. El reuma si que me tenia mal esa noche, a los chico los tuve que acostar de a dos en cada cama pa que estuvieran mas calentito. Y fue en eso que yegó la Margarita con las cinco frasada que me consiguió en Bienestar Social. Pa las compañera todo doña Hortensia, me dijo antes de irse. El ruido de un roce, o como de alguien que se apoya contra la pared que está a su espalda, le hace abrir los ojos. Ve a Cachacho que sigue durmiendo Ya no están la Turquita ni el vago del primo del Asencio. Sale al patio. Escucha ruidos muy apagados atrás de la casilla, entre la casiya y el tapial de la casa del vecino, en el pasiyito ese adonde el Ramiro guarda las herramienta, las botella vacia y toda esas porquería que no sirven pa nada. De atrás del excusado me acuerdo que se ve todo el pasiyo. Camina despacio tratando de no hacer ruido. Se apoya en las chapas del barato. Una gime. Espera unos segundos. Se asoma. Desde donde esta, hasta las dos sombras que ve en el pasillo, la separan cinco o seis metros de oscuridad. De una oscuridad tajeada, de tanto en tanto, por los rayos de la luz de mercurio que, desde la calle, se filtran por entre las ramas del falso café que apenas conserva algunas de sus hojas. Ve las sombras que se mueven. Que se acercan. Que se alejan. Que parecen mezclarse. ¡Ay Dios miol Se persigna tres veces seguidas. ¡Ay mi Señor! Aprieta con fuerza el rosario que aun tiene en su mano. La chapa gime de nuevo. Contiene la respiración mientras sus ojos se acostumbran a la oscuridad. Puede ver que un rayo alumbra la pierna desnuda de la Turquita. La pierna se mueve y deja de verla. Ahora es una mano la que ve en el rayo. La mano de ella que baja, que sale de la luz y se pierde en el medio de las dos sombras. Hay un gemido y no es la chapa. Un gemido que se corta de golpe como si algo lo tapara. Doña Hortensia retuerce con sus dos manos el rosario. Una de las sombras se achica, se hace mas baja. El cabello negro de la Turquita sale de la sombra y brilla en el rayo de luz. Es una putanga. ¡una cochina putanga' Hortensia Miranda besa el crucifijo, no siente el dolor del reuma y una sensación totalmente desconocida la recorre por dentro. Las dos sombras, ahora, vuelven a tener la misma altura. El brazo del vago del primo del Asencio se mueve en el rayo de luz. Alguien gime. El brazo sube y su mano aparece en la luz acariciando y levantando la pierna desnuda de la Turquita. En el centro del rayo, como una luna, su nalga redonda se platea con la luz de mercurio. Hortensia retuerce una vez mas el rosario. Gime. El rosario se rompe, las cuentas saltan y caen a la gramilla.
- Pero doña
Hortensia, usté quédese acá dentro. ¿Qué
quiere ganar con salir a la caye? No sea caprichosa mujer, que afuera hay
un lio bárbaro, deje nomá que los vecinos se ocupen de todo.
Usté está cansada despué de una noche en vela y tiene
que cuidarse un poco, ¿o no le duele el reuma?
- Ma que reuma
ni que ocho cuarto m' hijita, yo tengo que ir afuera a ver que está
pasando. ¿Qué es eso, che, de que no se quieren yevar a la
difunta porque no alcansa la plata pa pagar el cajón?
Dona Hortensia
Miranda sale al patio. Del patio a la vereda. Ve mucha gente. El Ramiro
llora en los brazos de Alejo Maidana. Cachacho está parado al lado
de ellos con los puños cerrados. El vago del primo del Asencio está
con Mario y con el Porfirio. Otro grupo de hombres se juntó alrededor
del choro del Napia En el medio de la calle están las mujeres, casi
todas con palos en las manos.
- Ustede no
se metan que esto lo arreglamo las mujere -les dice la Gringa a los hombres.
Al lado de
ella están la Olga, esa cochina de la Turquita, doña Filomena,
la Jesusa y la Piru. Atras de ellas, la Rosalía, Clara Maidana con
otra de sus hijas; la Rosales, la mujer del Negro Juanieva y unas veinte
o treinta mujeres más formando un círculo alrededor del coche
fúnebre.
- De acá
no se va nadie si no se yevan a la difunta -grita la Gringa a los de la
funeraria- y sepan que pa irse nos van a tené que pisar a todas
nosotra.
Doña
Hortensia mira los ojos de los hombres parados en la vereda y atentos a
todo lo que pasa en la calle. ¡Jal, ¡si sabré yo de
lo que son capaces de hacer si les yegan a tocar un pelo a sus mujere!
- ¡Che
Gringa!, vamo a ver si se animan a pisarme a mi también-grita.
Doña
Hortensia Miranda cruza el puentecito de madera que está sobre la
cuneta bamboleando su cuerpo grande y pesado. Se para en medio de la Gringa
y la Turquita. Se toma del brazo de la Gringa. Mira a los hombres de trajes
negros y guantes blancos que están enfrente de ellas. Después,
mira a la Turquita que tiene cara de asustada, la agarra con fuerza de
la mano y en tono maternal le dice sonriendo:
- Dale chiquita,
préndete fuerte que estos de acá, ni que se caguen nos van
a mover.
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