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CINCO PESOS
de PABLO CASTRO |
Se incorporó
satisfecho, casi sonriendo. Tuvo que estirar el cogote, por ser petiso,
para que sus ojos pudieran sobresalir del borde del foso.
- La puta
que está oscuro -se dijo mientras tanteaba buscando un apoyo, un
estribo que lo ayudara a subir.
Una vez parado
afuera del foso, achinó los ojos tratando de adivinar alguna claridad
que lo sacara del galpón ferroviario abandonado.
- No se ve
un carajo. Cuando entré no parecía tan oscuro.
Comenzó
a caminar lentamente, estirando los brazos para atajar cualquier golpe.
- yo acá
lo conozco. La puta que lo conozco...
- ¡Chino...!
dale, salí Chino. Salí que ya no jugamo ma' a la escondida.
Sali Chino que hacemo un picado! -pero el chino no salía. ¿¡Qué
va a salir el Chinito si las mentiras se las conocía todas!? Todas
las mentiras.
- ¡Dale
Chino! salí que ya vienen los tipos del ferrocarril y le van a contar
a tu viejo. Dale Chino... Siguió caminando a tientas.
- Por acá
ya
estara libre -se dijo equivocado. El golpe en la rodilla le hizo ver las
estrellas y apiolar la mandíbula con fuerza para no gritar, pero
soltó un gemido agudo y una lágrima se le escapó como
una traición. Tanteó lentamente. Se agachó y un olor
a grasa y óxido le llegó desde abajo. Era un fierro pesado
y puntudo. Trató de adivinar alguna herramienta o cualquier parte
de tren que llenara esa forma, pero no pudo. Quiso empujar la estructura
para abrirse camino y sintió una punzada en la mano. Estaba cortado,
seguro que hasta sangraba. Pero ya no duele. Ya no.
- ¡Chino!
salí de donde estes. Chino. Sali que esta vez no te pego. Sali Chimto
-¿¡qué va a salir el Chino si las mentiras se las conocía
todas!? En especial las de su padre. Cuando vivia la mamá, el viejo
no era malo. Después no supo más qué pasó,
lo fajaba porque si nomas, por cualquier cosa. Ya no duele tanto, ya no.
Se quedó sin lagrimas el Chimto. A fuerza de golpes, se quedó
sequito, sin llanto. Ya no duele tanto, ya no.
Un día
y de bronca nomás le rompió una damajuana y el viejo lo encontró
y le pegó y le pegó. Tanto que lo mandó al hospital.
Después ya no lo volvió a ver. En el velatorio lo escuchó
al tío que se reía con los amigos: -¡Este si que si
no se moría de borracho, no se moría mas! Parece que una
partida de vinos habían salido con alcohol del malo y se murió
un montón de gente. Después ya nadie le pegó al Chino.
- Puta, que
mañana tengo el picado -dijo cuando sintió el dolor en la
rodilla, al dar el primer paso.
- ¿Dónde
mierda está la puerta?
Caminó
recargando todo su peso en la pierna lastimada. Ya no duele. Ya no.
Giró
despacio buscando alguna claridad o un poco de viento que trajera el olor
de la canchita que estaba al lado. Nada.
Ahora sentía
la mano mojada, no sabia cómo se había cortado, quizás
había sido un arañazo.
El auto que
estaba afuera le hizo un parpadeo con las luces. Por fracción de
segundo todo se iluminó. Entonces se guió mejor. Apuró
el paso. Atravesó la puerta semicerrada sin problemas y se sentó
al lado del conductor.
- ¿Y...
Todo bien Chino?
-Arranca.
- ¿Ya
terminaste?
- Arranca
te dije.
- Para, que
está frio. ¿Ya terminaste o voy yo?
- No hace
falta.
- ¿Que
te pasó en la mano?
- Nada, se
me hizo la arisca.
- ¿Pero
le sacaste algo? ¿Cuánto tenia?
- No sé.
Si no se veía un soto -abrió un monedero de plástico
amarillo con flores blancas y vacié el contenido sobre su mano lastimada.
- Nada. No
tenía nada, cinco pesos.