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Recorrida
por
Marcelo
Giménez
|
La
luna besa mi calle
Y un tango
la besa a ella (tango)
Los dos caminábamos
con paso lento por las veredas.
La calle es
una calle porteña, como muchas o como ninguna, un cacho de Buenos
Aires, con adoquinado viejo, casas y personajes con historias.
Algún
pingo al trote, soñando con ser crack, rompía la monotonía
de la siesta.
Por ese adoquinado
lustroso solía pasar Gatica, con su Buick '47 azul convertible,
de paso al chalet que Eva le había regalado.
En algunas
madrugadas se oían serenatas, bandoneón, guitana y el cantor
improvisando. Saludos, gritos, aplausos.
Un "¡Viva
Perón!" coreado, se escuchaba fuerte... y el silencio...
El gordo basurero
de la Municipalidad con su yunta y su chata gris, volcaba la basura de
varios vecinos en su tacho. La cargaba en su cabeza cubierta por una boina,
una mano en una manija, la otra en la cintura, para después subirla
a la ya repleta carroceria de desperdicios. Mientras, su ayudante la clasificaba
atando fajos de lienzo.
El Moro y
la Rubia no necesitaban ser guiados, conocían el recorrido y las
paradas.
Las ruedas
chicas las delanteras y grandes las traseras, deslizaban lentamente sus
aros de acero sobre el empedrado desigual, y junto a las herraduras hacían
ruidos sin armonía.
Este hombre
de facciones de boxeador tenía una fuerza fuera de lo común.
Vestía pantalón provisto por el municipio, musculosa y una
faja negra en la cintura. En el pasante de la chata, colgados, el saco
gris, la gorra, la camisa crema y la corbata del mismo color que completaban
el uniforme.
Y la foto
de Eva y del General pintadas en colores. Ella peinada con rodete y él
con sonrisa gardeliana, y un laurel gastado.
Una vez terminado
el recorrido, y al final de la cuadra, colgaba el tacho en la parte trasera
de la chata, se subía al pescante, tomaba las riendas y con leve
movimiento la yunta ponía en marcha la pesada carga y sus olores,
y se perdía doblando la esquina.
Mientras el
compañero seguía clasificando, haciendo malabares arriba
de los desperdicios. Nunca supe dónde descargaban la basura. A la
misma hora del otro día, desde el umbral de mi casa, observaba las
acciones del ex atleta y cómo les daba de comer a sus caballos y
les hablaba.
No recuerdo
su nombre, se ha perdido en algún invierno o en las muchas lluvias
que lavaron mi memoria.
Los plátanos
gigantes cruzan sus ramas y se juntan en lo alto, regalando sombra. En
la recorrida, respetamos nuestros silencios. A mi se me cruzaba esa amistad
de siempre con los distintos rostros con que el tiempo nos enmascara.
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