| En
el
pasillo
|
Comenzaron las presentaciones.
¿Qué se puede decir en tres palabras? Una absurda síntesis,
un retazo descolorido.
No sé qué dijiste.
Tu voz era cálida. Hablamos un rato. La gente, el olor a comida
y el ruido aturdían. Salimos a la calle.
Caminamos por el centro sin
un rumbo definido, conversando y tarareando canciones hasta que en un traspié
se me rompió el zapato. Entonces me ofreciste arreglarlo. Dijiste
que en tu casa tenías martillo y clavos y que estábamos cerca.
Fuimos a tu casa. La escalera
de madera raída retumbaba con nuestros pasos. Nos pusimos a imaginar
figuras con las manchas de humedad de las paredes hasta que llegamos al
segundo piso, donde nos detuvimos. Abriste la puerta y me invitaste a pasar
con una graciosa reverencia.
La pieza, la cocina y el baño
estaban alineados y daban a un pasillo, que debió ser un balcón
luminoso y que ahora estaba cerrado con una mampara de vidrios verdes y
rojos opalescentes. Yo me quedé allí con el zapato en la
mano, mientras vos buscabas los clavos y el martillo.
Me mareaban el silencio y la
intimidad. ¡Qué diría él si supiera de esto!
Te acercaste con los clavos
y me miraste de una forma tierna. Me dio vergüenza. Bajé la
mirada hacia el zapato y te lo acerqué. Pero vos no lo agarraste,
me abrazaste a mí y me besaste.
Yo lo recordé a él,
empujándome sobre la cortina metálica de aquel negocio de
la avenida Córdoba. La gente se había quedado muda sin saber
qué hacer.
- Hemos madurado distinto –le
había dicho–, ya sé que tenemos el juego de platos y que
tu mamá nos da el departamento para casarnos. Si, está todo.
Pero quiero otra cosa. Tengo mucho por hacer, quiero estudiar...
Sin poder terminar de hablar,
había caído mientras él gritaba que ya tenía
todo planeado, que yo no podía fallarle.
- No sabés como te quiere
mamá y yo también. Es la primera vez que me acepta una novia.
- Carlos, te quiero, pero tengo
otras cosas en mente. Quiero viajar, estudiar...
Entonces golpeó la pared
con el puño cerrado, con tanta violencia, que se fracturó
la muñeca.
El zapato se me cayó de
las manos. Estábamos apoyados sobre los vidrios de la mampara del
pasillo. Vos seguiste abrazándome y besándome.
- Carlos, este fin de semana
largo podríamos irnos afuera con mi amiga Graciela. Nos invitó
a su departamento de Miramar. Van también Ana y Marcelo.
- Mirá, no sé.
La Facultad me tiene muy preocupado. Tengo que preparar unas materias.
- Pero son tres días
nada más.
- No sé. No es por mí,
pero qué va a decir la gente. Mamá, está tan contenta
de que vos no seas como las otras...Y ahora lo vamos a arruinar.
Ahora estábamos abrazados sobre el piso del pasillo. Comenzaste a sacarme el saco y a desabrocharme la pollera. Después levantaste los brazos para sacarte el buzo y la remera. Hacía calor.
- Carlos estuve pensando. No
tomes a mal lo que te voy a decir. Pero, hace cinco años que estamos
de novios y creo que ya es momento de que... sobre todo si pensamos casarnos.
Hay que conocerse en todos los aspectos. Creo que...
- Te entiendo, entiendo. Dejame
pensar... qué te parece después de los exámenes. A
fin de año. Estas cosas hay que programarlas bien. Ahora mirá
lo que te traje.
- ¡Una cajita de música!,
¿cómo se te ocurrió?
- Mamá la eligió
para vos
Sonaba una batería que
alguien tocaba en otro departamento. Yo ya no tenía la pollera,
ni las medias, ni la camisa. Terminaste de sacarte el pantalón y
tiraste todo lejos, creo que fue a caer sobre el martillo, los clavos y
el zapato roto. ?