LA BURACO Cuentos

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El Espejo 

                     de
       Crystal Blanco

No terminaba de despuntar el día cuando sonó por segunda vez el timbre de la puerta de calle.

Muerta de frío y desolada, había pasado toda la noche con las rejas del balcón incrustadas en la espalda.

Sintió miedo un par de veces, una al escuchar en la calle los gritos de una mujer, perseguida tal vez por algún delincuente y después cuando el gato negro del balcón vecino saltó sorpresivamente sobre su cabeza. Se tambaleó hasta terminar reclinada sobre los malvones blancos. Por suerte, ya no le dolía la espalda y la maceta era una linda compañía con ese olor a verde fresco de primavera.

El sol comenzó a entibiar sus piecesitos y manos. En el interior es tanto el tumulto, mejor hubiese sido que cerraran la puerta. Pero no fue así, ruido y ruido, arrastraban muebles, sillas, canastos, había cosas apiladas en los rincones. Ordenes aquí, gritos allá, muchos gritos. Dos señores, mejor dicho dos ursos tipo ropero siguen las instrucciones de un tercero, ahí está, es el más viejo de todos, es calvo y tiene una nariz gorda y roja. Le falta un diente.

Entre el olor nauseabundo a transpiración que llega hasta aquí y el hambre que tengo, me vienen unas ganas de lanzar lo poquito que me queda en la barriga.

“Aj! Pura basura. Que la levanten ellos, si quieren" dice el urso más chico.

¿A qué se referirá? Si no quedó nada en todo el balcón salvo este montón de papeles sucios... ¿y eso qué es? ¡una compañera!, qué bueno, nunca la había visto antes y cómo se parece a mí. Es que está allí, sino cualquiera diría que soy yo misma. Una en cada extremo del balcón. Qué desaliñada está, con ese moño rojo rasposo sujetándole la mata de lana rubia que le tapa la frente y las mejillas. El vestidito escocés está muy remendado, tiene un zapatito huérfano tipo guillermina pero le falta el botón.

No se oye nada. ¡Qué puercos, nos abandonaron! No, acaba de entrar alguien. Mirá, es el más viejo con un dedo gordo, gordo rojo y una uña encarnada media amarilla que supura. Qué asco. El dedo está buscando algo, mirá cómo se mueve de lado a lado.

De pronto una mano grasienta aparece moviendo los papeles, levantando una polvareda que casi me hace estornudar. Levanta la maceta con mucho esfuerzo. Me caigo y veo cómo se lleva también el espejo con mi nueva compañerita. Las lágrimas embarran más la carita sucia de grasa y polvo. Qué bruto, ni siquiera trató de acomodarme un poco y para colmo de males también me pisó la panza. ¡Bestia!
¡Malo, Malo, con el espejo te llevás a mi amiguita! Tarde... no me escucha. Se alejan las zapatillas y el dedo maloliente.

¿Cuánto tiempo transcurrió? quién sabe, esta soledad me va a enloquecer. Claro, los viejos somos trapos, ya no servimos para nada, terminamos a un costado resignados al olvido. Nadie se acuerda de mí.

Unas pisaditas vienen hacia aquí. Pero si son de Manuelita, y está llorando. Pobrecita, estará perdida.

-Pami, mi Pami, Pamelita mía. Uy, Uy, Uy qué sucia estás. Mamá se va a enojar mucho, ¿sabés? Pero no importa, ahora cuando lleguemos a la casa nueva, nos bañamos las dos, te pongo el vestido blanco de paseo y te peino con un moño azul, y ese zapatito que tenes lo tiramos, porque la nona nos había regalado unos azules nuevecitos, nuevecitos. ¡Qué lindos son y cómo brillan! ¿te acordás? Parecen de baile. ¿te acordás o no? Ah.... ya me parecía; no te podés olvidar, porque fue el regalo de cumpleaños de la nona para vos.

Manuelita la abrazó muy muy fuerte y la llenó de mimos y besos. Fueron a la casa nueva, se bañaron, se cambiaron y tomaron juntas el chocolate bien caliente con vainillas sobre un mantelito puesto encima de un cajón de manzanas.

Sin duda, Pamela volvía a ser la muñeca preferida de Manuelita.
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