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Un par de medias
        de
Alejandro Cantarella

Durante el invierno, en ese punto minúsculo de la tarde, cuando el día empieza a achatarse y el cielo se cubre de un tinte opaco y plomizo, mis tíos suelen prender la hornalla del anafe y permanecen junto a él hasta bien entrada la noche. A veces toman mate mientras hablan de cualquier cosa, nada preciso, o bien miran un poco de tele. Mi tío, la mas de las veces, la pasa cruzado de brazos contra la pared que da al fondo. Es lo que hace ahora, justamente mientras mira los dedos de mi tía. Ella que no se queda quieta un momento, intenta enhebrar una aguja. Su cuerpo entero se curva hacia ése punto en tensión. Podría estarse así la noche entera.

Mi tío se acerca a la puerta de la cocina, hace un hoyito con el dedo sobre el vidrio empañado y por ése hueco que ahora se abre frente a él, contempla el mundo. Un mundo que apenas consiste en un triste patio con macetas a medio pintar, un par de cacerolas viejas, llenas de basura y una pila de fierros, amontonados junto a la pileta de lavar. Hay también en medio del patio un charco de agua, formado por la garúa de la mañana. A eso se refiere mi tío cuando dice “un charco de agua”, aunque no lo dice a nadie en particular, simplemente habla: “un charco de agua”. Tal vez por eso mi tía no lo escucha y ni siquiera repara en él, que está ahí, de pié, junto a la puerta y ahora busca alguna cosa perdida de su historia mientras observa ese rincón olvidado y mugriento de la casa, superpuesto con el reflejo de la tía que cuelga graciosamente sobre una de las macetas.
Del pequeño refugio, que está a un costado del patio, sale el Terry. Mira indiferente, como si mirara al vidrio y no al tío precisamente. Esquiva el charco y se detiene en la otra punta a olfatear un hueso. El Terry había estado echado ahí dentro todo ese tiempo, pero mi tío lo advierte recién ahora. Vuelve al refugio moviendo la cola y con el hueso en la boca.
En ése instante, una imagen borrosa le salta al tío imprevistamente en la memoria y luego de un par de manotazos logra apresarla en el aire. Es ahí cuando la imagen se va haciendo nítida y precisa en el tiempo.
Finalmente ese bulto de sombras toma la forma de mi abuelo. El abuelo esta parado sobre el charco de agua.

Se quita los pantalones, luego la camisa y así hasta quedar desnudo, aunque no del todo porque se niega a quitarse los zapatos. Y mientras mi tío y mi viejo le insisten y aún le ruegan, él sacude la cabeza y se sube prolijamente las medias marrones de nailon. El tío desenrolla la manguera. Mi viejo busca el jabón blanco entre unas botellas vacías debajo de la pileta. Para ganar tiempo, y evitar que el abuelo cambie de opinión y se vuelva a vestir, el tío lo tranquiliza asegurándole que solo son unos chorros de agua por otro mes de callejeo. El abuelo no escucha. Simplemente espera que terminen pronto y lo dejen rodar de nuevo por su camino, ese camino que nada tiene que ver con las calles y los edificios de afuera. Pero él va despreocupado, sin fijarse rumbo, saludando de manera ocasional a alguna gente que confunde con vecinos de su pueblo. El abuelo anda. Simplemente. También hoy andaba y aún corría hasta que sus dos hijos, o dos desconocidos como él los ve ahora, dos tipos cualquiera que se le ponen delante y después de decirles unas cuantas cosas incomprensibles, lo toman de los brazos y lo llevan por la fuerza hasta la casa, esa casa que cruzan por dentro y el abuelo desconoce por completo. Cuando llegan al patio, le piden, o le ordenan según siente, que se quite la ropa para darse un baño. Al principio se sienta en un rincón hecho un ovillo y se queda ahí, quieto y mudo, pero los dos hombres prometen que una vez bañado lo dejarán ir. Entonces el abuelo afloja poco a poco, se pone de pié y comienza a desvestirse. Solo lo empuja la idea de mandarse a mudar lo antes posible de ahí.

Es verano. Y ahí está el abuelo Francisco, erguido y transparente como un mamboretá. Mi tío lo piensa a él y hasta lo ve, a su manera, trasportado en el tiempo. El Terry, echado junto al refugio, roe lo que le queda del hueso. Y mi tía, a todo esto, ha zurcido dos pares de medias y enhebra por décima vez la aguja.
 
 
 
 
 

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