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Harry Potter polarizado


La crítica sobre Harry Potter se centra en el importante hecho de que estos libros se han convertido en un fenómeno sin precedentes. En general la crítica está muy polarizada: o se está a favor o se está en contra de las novelas. Incluso entre académicos las tendencias son demasiado extremas. ¿A qué se debe todo esto?

Si algo hay de notable es que toda crítica tiende a ser animosa. Harry Potter es un fenómeno cultural que revuelve mucho las emociones, que tiene una complejidad simbólica sumamente amplia. Frente a él, académicos elitistas debaten contra académicos “abiertos”, religiosos contra laicos, feministas contra sexistas, occidentales contra orientales, capitalistas contra socialistas… la lista no tiene fin. ¿Cómo acercarse a algo que posee tantos niveles? ¿Cómo dar una valoración aceptable a semejante monstruo?

Lo único que podemos hacer es limitarnos a dar simples puntos de vista. Algunos dirán que el valor de Harry Potter precisamente se encuentra en su capacidad de ser interpretado en miles de maneras distintas. Y quizás tengan razón. Después de todo, lo importante en una obra artística es su capacidad de reflejar mundos exteriores e interiores. Pero, luego, hasta el cómic pornográfico más trillado puede hacerlo. En realidad, toda obra creativa posee esas dimensiones. Es por eso que muchos críticos posmodernos prefieren limitarse a la descripción del problema. Al final, si hablamos de valoración hablamos de ethos, ¿y qué es el ethos sino una construcción personal? No por eso, sin embargo, los valores son inexistentes o injustificables, como muchos posmodernos afirmarían. Cada valor tiene un centro universal, y el problema más grande ocurre cuando hacemos una división tajante de categorías (como “bueno” y “malo”) y caemos de lleno en un solo lado. El sentido del mundo y de las cosas es distinto para cada persona. Es la realidad más palpable que hay, y su significado más profundo radica en el diálogo de opuestos, no en su exclusión.


J. K. Rowling
     Joanne Kathleen Rowling

Pero volvamos a Harry Potter. Lo que haré ahora será un intento por ponderar críticas positivas y negativas. Por el lado positivo, citaré algunos de los ensayos del libro Reading Harry Potter, editado por Giselle Liza Anatol; y por el negativo, me basaré en el ensayo The Phenomenon of Harry Potter or Why All the Talk?, del reconocido crítico de literatura infantil, Jack Zipes.

En su ensayo introductorio, Anatol cita el texto de Zipes en un par de ocasiones, aludiendo a dos de sus argumentos. En el primero, Zipes dice que un fenómeno comercial es algo ordinario transformado en extraordinario, y que Harry Potter cae en esa categoría. Anatol responde diciendo que justamente porque Harry Potter es popular, debe ser tomado muy en serio (1). La ambigüedad aquí abunda, en primer lugar porque Anatol colocó la cita de Zipes fuera de contexto y en segundo porque su respuesta es corta y la deja sin matizar. Más adelante, vuelve a citarlo en la parte en que Zipes habla sobre la convencionalidad de HP y da una descripción de su estructura formulaica tipo cuento de hadas. Anatol defiende a HP diciendo que los niños gustan de “orden y consistencia” en lo que leen (2).

Nuevamente hay ambigüedad. Cierto, todos (no sólo los niños) tenemos ese gusto por la repetición del que habló Freud. Pero hay de fórmulas a fórmulas. Muchos cuentistas han utilizado esta estructura con grandes resultados poéticos, mientras otros la utilizan como simple estrategia mercadotécnica. Zipes cita a Rowling cuando dice que ella escribió sólo para sí misma, y que no imaginaba que su libro tendría éxito, así que se puede descartar la comercialización como motivación creativa. Pero esto, como Zipes argumenta muy coherentemente, no impide que un libro se convierta en un producto homogeneizante, por muchos motivos.

Anatol omite muchos de los argumentos complementarios de Zipes, y básicamente lo hace ver como un académico elitista que odia a Harry Potter por ser un producto de masas. Y Zipes, por su parte, aunque más serio y agudo que Anatol en sus argumentos, ciertamente tiende a cegarse ante detalles importantísimos. Por ejemplo, dice que lo único que distingue a Harry sobre muchos otros personajes literarios es la cicatriz en forma de rayo que tiene en su frente (3). Pero es justamente esa cicatriz la que emparenta a Harry con figuras arquetípicas tan poderosas como Jesucristo, Zeus, Thor, el unicornio o Sigfried. Zipes simplemente parece haberse olvidado de hablar sobre el potente simbolismo presente a través de todos los libros. Él se enfoca enteramente en el lado negativo de los símbolos, afirmando que, más que arquetipos, lo proyectado en los personajes son estereotipos adoctrinantes (4). Esto, hay que aceptarlo, tiene su nivel de verdad. Harry Potter es todo un boy scout, similar en muchos sentidos a Clark Kent. De ahí que tenga un atractivo sumamente comercial: un centenar de figuras arquetípicas que en cierto grado se funden con estereotipos regulares.



Jack Zipes                 

Y ya que hablamos de psicología, puedo decirles lo mucho que Alice Mills, en su análisis junguiano de Harry Potter, habla sobre la riqueza simbólica de los libros; y cómo Lisa Damour, en su análisis freudiano, habla sobre la gran intuición con que Rowling entiende la mente adolescente (5). Ambas psicoanalistas destacan el efecto terapéutico de las novelas, y al respecto Zipes también menciona a Bruno Bettelheim, famoso por su libro The Uses of Enchantment (6), donde analiza el poder terapéutico de los cuentos de hadas. Zipes, sin embargo, habla de esto con incredulidad, diciendo que cada persona lee los textos de manera distinta. Ése es un hecho innegable, mas los análisis de psiquiatras como Bruno Bettelheim y Julius Heuscher tampoco mienten del todo. Su error más grave principalmente radicó en no saber ver los textos como obras poéticas, pecando así de reduccionistas. No obstante, como otros enfoques han aclarado, en toda obra artística operan figuras arquetípicas discernibles que validan las aproximaciones psicológicas, aunque este acercamiento debe hacerse con sumo cuidado.

Entonces, ciertamente, estos libros muestran cosas muy diversas a nivel psicológico. Por un lado, la riqueza simbólica es innegable (pienso en, por ejemplo, la situación con Harry y el espejo en The Sorcerer’s Stone, un maravilloso simbolismo de una condición narciso-esquizoide que termina en una gran resolución con la Piedra Filosofal). Pero, por otra parte, la estereotipificación de los personajes y la división de un mundo en blanco y negro le quita profundidad, y es ahí donde más se notan sus carencias, sobre todo si confrontamos las novelas con obras más desarrolladas, como la serie de Terramar de Ursula K. Le Guin, de la que por cierto Rowling tomó una cierta inspiración.

En primera instancia, muchas de las críticas feministas parecen tener fundamentos sólidos. En realidad no hay ningún personaje femenino que esté a la altura de Harry, Dumbledore o Voldemort. El modelo es esencialmente patriarcal y la figura femenina se relega a mero apoyo. Incluso Mills, en su análisis junguiano, batalla por encontrar una figura materna negativa, y dice que quizás rastros de ella se encuentren en la serpiente mascota de Voldemort, Nagini. Pero luego es sólo una mascota y, como pudimos descubrir en The Half-Blood Prince, el afecto que Voldemort le tiene se debe a que depositó en ella una parte escindida de su alma. Así que, si tomamos a Nagini como figura femenina, veremos en ella sólo una degradación narcisista. Y, sin embargo, aunque el sexismo puede parecer evidente, el rol de las mujeres en el libro no deja de ser crucial. Pensemos, simplemente, en el hecho de que en realidad fue la madre de Harry quien derrotó a Voldemort con su sacrificio. El amor madre-hijo está en el mismo núcleo de la obra, siendo lo que por un lado salvó a Harry y lo que, por otro, motivó a Voldemort a asesinar a su padre y convertirse en un hechicero malvado. Así que, como puede apreciarse, el rol de la mujer en esta serie es más complejo de lo que parece, y merece todo un estudio aparte (7).

A final de cuentas, tenemos una serie de libros que ha tenido un éxito comercial sin precedentes. Millones de copias se venden mundialmente sólo en la primera semana de publicación. Esto ocurre por varios motivos. Por una parte, en Harry Potter encontramos personajes delineados a base de estereotipos regulares con quienes todo mundo puede identificarse, amalgama géneros literarios populares y los estructura de manera tradicional, sencilla, pero a la vez muy efectiva. Sin embargo, si se limitaran sólo a eso, los libros no tendrían más éxito que cualesquiera otros bestsellers como las olvidables novelas de Danielle Steele o de Dan Brown. Harry Potter tiene un sentido profundo y complejo, que impacta a la gente en lo más íntimo, a través de poderosos simbolismos y de una problemática existencial que es abordada de manera muy realista. Harry Potter se presenta como una lectura de evasión, y en muchos sentidos puede que lo sea, pero visto como un todo es mucho más que eso. Ciertamente no carece de fallas, pero por otro lado sus aciertos son muchos y más que considerables. Por todos estos motivos, Harry Potter ya ha pasado a formar parte importante de la historia de la literatura universal.



Notas y citas:

(1)  Reading Harry Potter. Praeger, Westport: 2003. Págs. xiii-xiv.
(2)  Ibíd. Pág. xviii.
(3)  Zipes. Sticks and Stones: the Troublesome Success of Children’s Literature from Slovenly Peter to Harry Potter. Routledge, New York: 2002. Pág. 178.
(4)  Ibíd. Pág. 184.
(5)  Véase Mills “Archetypes and the Unconscious in Harry Potter and Diana Wynne Jones’s Fire and Hemlock and Dogsbody” y Damour “Harry Potter and the Magical Looking Glass: Reading the Secret Life of the Preadolescent”. Reading Harry Potter. Op. cit.
(6)  Traducido al español como Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Barcelona, Crítica: 1997.
(7) El error más común en la crítica literaria feminista es la tendencia a verlo todo como una reivindicación del poder patriarcal. Pero si se entiende a la obra literaria como un reflejo del mundo en que se vive, la situación se complica bastante. Antes de criticar una obra debe primero buscarse su sentido último, y sólo entonces integrar todos sus elementos, contextualizándolos. No se puede juzgar algo solamente basándose en una parte del todo. El movimiento feminista surgió como una conciencia diferenciadora cuyo sentido era eliminar antiguas concepciones acerca de la mujer, pero lo que ahora hace falta es un nuevo movimiento integrador del ser humano.


09/2005
(revisado en 07/2007)






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