Iniciativas:

¡Cerremos la embajada del terror!

Por R.V.R
Coordinador de Juntos por Israel

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Una embajada en nuestro suelo no representa a un país, sino a una entidad terrorista.  Esto resulta difícil de entender.  En el Perú hemos vivido terribles años de terrorismo.  Horribles crímenes perpetrados por quienes pretenden justificar sus acciones sangrientas con el infame pretexto de su agenda política, abatieron a nuestro país durante la década de los ochenta y el principio de los noventa.  Para quienes tenemos memoria no es necesario elaborar mas sobre el tema.  Me veo sin embargo en la obligación de tocar el tema.

Todos aquellos que vivimos en Lima en la época de Sendero tenemos nuestro propio anecdotario sobre donde nos sorprendió cada apagón.  Vimos día a día el terror convertirse en parte de nuestra vida cotidiana.  Fuimos testigos de la tugurización del centro de Lima con refugiados campesinos que huían del terror de las provincias.  Nuestros ojos contemplaron con pavor los escombros del local de canal dos y de varios edificios en la calle Tarata de Miraflores. 

Todos los peruanos con memoria compartimos el recuerdo del temor, la frustración, y la incertidumbre del asedio de nuestro país manos de los sediciosos.

Entre aquellos que salimos del Perú en esa época, muchos de recordamos encontrarnos con incrédulos en el exterior que, al no haber vivido en carne propia los horrores del terrorismo, visualizaban una imagen idílica de místicos guerrilleros, a manera de fábulas del heroizado Ché Guevara, vuelto mártir en la mitología izquierdista.  ¿Qué peruano no sintió repulsión en su organismo al ver un periódico de apoyo a Sendero en venta en quioscos en los Estados Unidos y Europa?

Ahora, imaginemos por un momento que encima de apoyo de ilusos, Sendero hubiese contado con oficinas diplomáticas en otros países, con la inmunidad diplomática que esto acarrea.  Imaginémonos que en mapas de textos escolares el Perú hubiese sido reemplazado por la “República de la Nueva Democracia” alucinada por Abimael Guzmán y sus secuaces.  Imaginémonos que las Naciones Unidas y otros organismos internacionales, en vez de ayudar al Perú, lo hubiesen condenado por sus acciones militares contra la infamia terrorista.  ¿No habría sido eso poner amarga sal sobre nuestras heridas frescas?  En realidad al Perú no se le humilló de tal manera, pero a Israel si.

Al escribir estas líneas no puedo dejar de pensar en mis compañeros de la escuela secundaria.  Estudié en Lima y me gradué en 1987 del colegio León Pinelo, contando aquel año entre mis compañeros algunos chicos israelíes cuyos padres venían al Perú a “vender computadoras” – eso decían.  En privado mis compañeros israelíes confesaban, y se jactaban con orgullo, que sus padres no venían a vender equipos cibernéticos, sino a ayudar a las oficinas peruanas de inteligencia en la lucha contra la sedición.

La asistencia israelí probó efectiva cuando en 1992 Abimael Guzmán fue finalmente detenido y en poco tiempo su organización malévola que tanto daño causó a nuestro país se vino abajo.  Si los peruanos supiesen de todo esto, de cuanto le deben a Israel, estarían mirando con otros ojos lo que hoy sucede en el Medio Oriente.

Resulta que Sendero y el MRTA, con todas sus conexiones internacionales, nunca llegaron a obtener apoyo significativo de los gobiernos del mundo.  El apoyo les vino de grupos radicales, de parias, y de países extremistas como Cuba y la República Popular China.  Israel, en cambio, se enfrenta hoy a terroristas no menos sangrientos, pero que han desarrollado gran habilidad en el arte de la propaganda y las relaciones públicas.  De hecho, hay muchísimos gobiernos que apoyan a aquellos que ya del saque confiesan tener intenciones claras de destruir a Israel por medio de la violencia.

Desde su nombre, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) anuncia su objetivo final. Sendero quería que el Perú como entidad dejase de existir, siendo reemplazado por un régimen radical muy diferente, desplazando poblaciones enteras y poniendo fin a aquello que conocemos como nuestro país. Del mismo modo, la OLP ansía “liberar Palestina”, o sea destruir a Israel.  Yasir Arafat, el Abimael Guzmán de un Sendero árabe, lleva sobre la manga de su uniforme militar el emblema de su organización terrorista mostrando el mapa entero de Israel, y sobre este la palabra “Falastín” (Palestina) escrita en árabe.

A diferencia de Sendero, que hacía sus propios ataques – aunque es bien conocida la forma como amedrentaba a campesinos bajo horribles amenazas contra ellos y sus familias – la OLP se vale hoy de varios grupos, ora miembros oficiales de la organización terrorista, como Tanzim, ora grupos “independientes” como Hamás, para realizar sus sangrientos ataques.  A cobardes francotiradores y siniestras bombas dejadas en lugares públicos, se le suma la pesadilla de los terroristas suicidas, que portan explosivos en sus propios cintos para inmolarse matando a cuanta víctima inocente tengan a su alrededor.

Mientras a las listas de víctimas ingresan mas y mas nombres, la maquinaria de propaganda atenta justificar la barbarie demencial y ganar apoyo por su causa criminal.  Esta vez, muchos países caen en la trampa.  La OLP mantiene oficinas en mas de un centenar de países.  Muchos, como es el caso de nuestro país, se dejaron embaucar durante la década de los noventa, cuando Arafat y sus secuaces, imitando al homérico ardid del caballo de Troya, se valieron de un pretendido Proceso de Paz para ganar terreno diplomático y territorial.  Hoy en el Perú la OLP ha conseguido que a sus oficinas les sea otorgado el estatus diplomático, y sean llamadas “embajada de Palestina”.

Si Sendero o el MRTA hubiesen conseguido tal cosa en el ámbito internacional, ¿qué peruano en su sano juicio no se hubiese sentido indignado?  ¿Por qué entonces dejarnos estafar?  Hoy la OLP ha demostrado sus intenciones criminales, empujando a la población árabe de Israel a una sublevación violenta (la segunda Intifada) que solo consigue causar un gran derramamiento de sangre y el daño general al país y a la región entera.  ¿Porqué seguir dándoles reconocimiento e inmunidad diplomática?

Hay quienes dudan de hasta donde representa la OLP una amenaza a nuestro país, o a otros.  ¿Está su violencia orientada solamente contra Israel?  Para aquellos que así se lo crean, debería bastar con ver los actos terroristas instigados por la OLP y sus aliados en varios lugares del mundo.  Hace cerca de una año la directiva de Al Fatah, organismo central de la OLP, amenazó incluso con violencia “en todo el mundo” si Israel osaba tocar a Arafat, el líder architerrorista.  ¿Quién puede asegurar que el Perú no podría estar entre los objetivos de tal amenaza de represalia?  Pero gracias a la inmunidad diplomática que las protege, nada puede hacerse contra las oficinas de la OLP en Lima.

Un país tan abatido como el nuestro por la infamia terrorista no puede permitir que se le otorgue legitimidad alguna a un grupo sedicioso que comete sangrientos crímenes terroristas en ultramar. Es hora que en el Perú nos levantemos en nombre de la decencia, la cordura, y el amor sincero por la paz verdadera, y exijamos que se clausure la embajada del terror.  Si no otra razón, por lo menos por el respeto propio y el amor a la paz.

 

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