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Artículos: Los descendientes de Moloc Por Mario Wainstein Shafa Al-Kudsi, una palestina divorciada de 25 años de Tulkarem, fue detenida por las fuerzas israelíes poco antes de salir con una carga explosiva para inmolarse en Natania matando a civiles israelíes. Al Kudsi es madre de una niña de 7 años. Para tenerla, estuvo embarazada de verdad, y no como planeaba aparentar ahora, colocando sobre su vientre la carga explosiva. Cuando le dijeron que si cumplía con éxito su misión dejaría huérfana a su hija, respondió: "No será la primera o la última en quedar huérfana. Muchos otros niños han perdido a sus padres y a sus madres". Suha Arafat, la esposa del "rais", sostuvo en un reportaje que concedió a la televisión de Abu Dabi, que los atentados suicidas "constituyen un derecho legítimo del pueblo palestino" en su lucha "por la soberanía, la independencia y la autodeterminación". Y agregó que no dudaría en enviar a su hijo a inmolarse de esa forma, lamentando no tenerlo (es madre de una niña). Esas dos mujeres, esas dos madres palestinas, señalaron con horrorosa claridad la línea indeleble que me separa definitivamente del pueblo palestino, de su cultura, de su idiosincrasia, de su mundo. Estamos y seguiremos estando muy cerca geográficamente, pero separados por océanos y abismos metafísicos insalvables incluso en el hipotético caso de que lleguemos algún día a convivir en paz. Lo que algunos "progresistas" europeos consideran desde sus cómodas y seguras residencias "el recurso y el arma de los débiles", no es más que un asesinato indiscriminado fomentado por un fanatismo demente, nacido de lo que esos "progresistas" más detestan cuando lo ven en sus propias culturas: un nacionalismo xenófobo y una ceguera religiosa. Gente dispuesta a matarse para matar es odiosa pero lo que sacrifican en sus asesinatos es su propia vida. Yo reivindico el derecho de una persona a suicidarse (no a matar), como parte de su soberanía individual, de manera que esos asesinos suicidas -que así se los debe llamar con la debida propiedad, no mártires ni milicianos- cometen para mí sólo el crimen de matar, no de matarse. Pero una madre -o un padre, da igual- dispuesta a enviar a su hijo a la muerte, lo que considera un privilegio; o una madre que se muestra indiferente ante la posible orfandad de su hija, han perdido para mí algo elemental e inherente a la condición humana tal como la concibo. Han dejado de ser personas, seres humanos, para pasar a integrar un orden zoológico que desconozco, que no comprendo y, por sobre todo, que detesto y desprecio. ¿Hay algún humanista de verdad, Sr. Saramago, que pueda arriesgar media palabra de justificación a una actitud tan pusilánime? ¿No eran los cavernícolas quizás más humanos que esa ruindad expresada por madres que han dado vidas y están dispuestas a segarlas? Que nadie me venga con el cuento de que se trata de desesperados, o que son casos extremos y aislados. Somos todos gente grande ya. En ambos casos las expresiones se manifestaron en reportajes periodísticos, es decir para mostrarse como en una vitrina. Lo que ambas mujeres quisieron fue precisamente apuntar al desideratum de su sociedad. Hasta podría llegar a creer que hayan mentido en lo que respecta a sus sentimientos, con tal de enunciar lo que ellas saben que su público quiere oír. Y eso es lo grave, lo detestable, lo que por siempre habrá de separar a la sociedad a la cual pertenezco de la sociedad a la cual pertenecen ellas. La falange española supo resumir mucho mejor que ellas el concepto básico de la misma filosofía: "viva la muerte". Hasta sería aconsejable, en el afán palestino por ubicar raíces profundas en esta región, capaces de competir con las hebreas, que se remonten al culto a Moloc, ese Dios fenicio que supo enquistarse en algunas épocas en diversos lugares de Eretz Israel, y a quien se le sacrificaban humanos, preferentemente niños. De esa sociedad, que coloca a la muerte propia y ajena, incluidos los propios hijos, como modelo de conducta, como ejemplo a seguir, me quiero separar. No sólo porque necesito defenderme físicamente, sino porque no quiero con ella ningún trato de ninguna clase. Y no porque nos puedan "contagiar", ya que la posibilidad de una madre hebrea deseando la muerte de su hijo es tan probable como que llueva de abajo para arriba. Sino porque ese contacto se me ocurre nauseabundo. Supongo que nadie gozaría mucho haciendo vida social con cavernícolas. Hoy, cuando por todos lados se llama a intervenciones internacionales de todo tipo en esta región, y sin perjuicio de que los haya cuando sean necesarios, yo pregunto dónde esta Unicef. Cómo se permite que se inculque a niños que el mejor destino que les espera no es el de ser médicos, o ingenieros, sino bombas vivas ambulantes para explotar volando en pedazos. Y a eso deben aspirar, ellos y sus padres. Y otro aspecto más, que me involucra en forma directa y personal: el del intento, declarado y manifiesto, de esconder los explosivos bajo la ropa para aparentar ser una embarazada. Como tantos otras personas de bien, he criticado en el pasado duramente a los soldados israelíes que no permitieron el paso de ambulancias, en algunos casos con parturientas dentro. Han habido casos horrorosos de madres que han dado a luz niños muertos en los puestos de control, lo que me pareció una absoluta falta de sensibilidad. Hoy me siento -como muchas otras veces a lo largo de estos largos meses- como un perfecto idiota. Por un lado encuentran a una ambulancia, con una supuesta parturienta adentro, ocultando los cinturones explosivos destinados a un masivo asesinato suicida, y los datos fueron constatados por la Cruz Roja Internacional. Por otro lado aparece esta "inocente mujer embarazada" que lo que lleva en el vientre está destinado a dar muerte, no a dar vida. Qué estúpido, qué ingenuo fui al creer que de verdad había reglas de hierro que todos debíamos aceptar y respetar. Israel ha cometido actos reñidos con la moral en esta guerra. Pero han sido excepciones, no reglas. Más importante aún, es el sentimiento de vergüenza que los acompaña, porque atestiguan que no conforman ni pueden conformar una norma en la sociedad. Sí, es importante saber que se trata de disimular una fechoría. Es la diferencia abismal que existe entre el crimen institucionalizado, normativo, y el de excepción, el de arrebato, el de los bajos instintos cuando se pierde el control. Cuando sentimos que se nos puede acusar de una masacre en Jenín -y no se llegó a eso- se nos cae la cara de vergüenza. Cuando una de ellas hace una masacre en Jerusalén, se pelean para adjudicarse la hazaña y a Arafat hay que sacarle una condena tartamudeada casi a las trompadas. Pertenecemos, por suerte, a dos culturas diferentes. Ellos tienen derecho a su estado y a vivir y morir como les plazca. Pero nosotros tenemos derecho al nuestro, separado, con el extravagante derecho a vivir y a cuidar a nuestros hijos, para que no les pase nada, para que estudien y vivan felices, y para que no mueran ni maten a nadie. Así somos de raros. |
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