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La Reorganización del Caos
La
selección que se presenta se ha llevado a cabo a partir de las
pinturas realizadas al principio de los años ochenta, cuando residía
en la ciudad de Praga; una ciudad y una época en las que descubrí
las formas anudadas, haciendo de las mismas principal motivo de unas
obras que integraban, además, reconocibles elementos plásticos de
forma aleatoria tales como: yerba, gotas de lluvia, fragmentos de
paisajes y nubes iluminadas a contraluz. Los nudos, por otra parte,
reflejaban la ilusión espacial por medio de una mamera de iluminar
las formas con una luz generalmente oblícua. Utlizaba, como manera
de pintar, pinceladas amplias y fuertes contrastes de color. Las
formas anudadas conformaron una serie en la que trabajé, desde
finales de 1981 hasta bien pasada la mitad de los años ochenta.
Formalmente tenía la serie unas características bien definidas:
pinturas verticales, de idéntico formato mediano y realizadas sobre
soportes rígidos, utilizando una técnica mixta de base acrílica y
acabado en óleo. Añadiendo complejidad a la complejidad, también en
Praga, modelé las primeras esculturas relacionadas con esta serie.
Los nudos, por su barroquismo, me parecieron especialmente
escultóricos desde 1981.
A partir de 1987 esta línea de
trabajo se orientó hacia el desarrollo laberíntico de las anteriores
formas anudadas, fuera ya de cualquier referencia naturalista,
siendo ésta una de las series de pinturas menos representativas que
he realizado. La gama de colores empleada se restringía limitándose,
apenas, a los colores primarios, insistiendo en las disonancias
cromáticas. La técnica empleada en las pinturas era enérgica, casi
violenta, aplicando la pasta del color, muchas veces, directamente
de sus tubos o con los dedos. Un ejemplo de ese modo de hacer es la
pintura “Trama sonora”, un díptico que posee todas las
características anteriores. Sin embargo, en la parte de la derecha
de esta obra, las formas laberínticas se enderezan, en lineas rectas
ascendentes, prolongando las formas-color de la parte izquierda de
la pintura. Esas lineas rectas, escapadas de la maraña, anuncian ya,
en 1990 fecha de la obra, una clara voluntad de poner en orden el
incurable barroco laberinto plástico desarrollado desde los años
ochenta. En el verano de 1990 dejaba Madrid para vivir en París
donde permanecí los siguientes cuatro años. Cuando reanudé mi
trabajo, en 1991, tenía claro que iniciaría el camino de
“reorganizar el caos”, expresión con la que Javier Rubio Nomblot
caracterizaría alguna de las obras de esta época. Por eso recurrí a
opciones temáticas voluntariamente ignoradas desde hacía
veinticinco años, cuando transcurría mi primera etapa formativa. Dí
en retomar los denostados géneros tradicionales como la figura, el
paisaje y los bodegones, dejando de lado la pintura aleatoria que
había venido practicando desde los años de Praga. Conservaría, eso
sí, la manera de hacer anterior, lo que confería no poca ironía a
todo el proyecto.
En
esta etapa, inicialmente, las cosas o formas que pretendía plasmar
apenas se dejaban entrever, como se comprueba en el conjunto de
pinturas agrupadas bajo el título de “Ordenación de las tramas”,
pero cada vez resultó mas claro el interés en recurrir a soluciones
plásticas representativas, utilizando como factura o modo de hacer,
al igual que en la fase precedente, pinceladas rápidas de colores
primarios, manteniendo el rigor de la composición. De este modo las
líneas ondulantes o quebradas de las tramas se fueron decantando,
configurando imágenes que sugerían objetos, torsos o paisajes cada
vez mas evidentes. En esa línea trabajé los primeros años noventa.
Como resultado surgieron tres series de pinturas bien definidas:
“Torsos y cabezas”, “Nuevos paisajes” y “Naturalezas quietas” que,
estas últimas, devinieron “Vacias”, en 1996, cuando el despojamiento
de los objetos fue acompañado del interés en el espacio que los
rodeaba, enriquecido en su textura.
En
1997 un nuevo traslado, esta vez a Washington DC, dió lugar a la
pausa habitual en el trabajo que acompaña a los cambios de lugar de
residencia. Quizá por eso, en los últimos años noventa y a modo de
despedida secular, retomaba motivos tan tradicionales como el “las
bañistas” o “los danzantes” para recordar, a modo de irónico
homenaje, a los pintores que al comienzo del siglo habían realizado
obras esenciales con aquellos motivos. A esos homenajes
recapitulatorios se añadieron otros, dedicados a “los músicos” y al
mundo del teatro, con un nuevo espíritu. Precisamente en los
trípticos: “El escenario”, “Ciudad norteamericana” y, sobre todo, en
“ Exposición de pinturas primarias”, pintados en el año 2001
aparece, de nuevo, la idea de simplificar las formas, evitando la
excesiva representatividad en las pinturas y apuntando al inicio de
una nueva etapa plástica. Ya lo aventuró Antonio Leyva en su
poema, de noviembre de 1998, titulado “Pronto, Juan Terreros, la
plomada, el cuchillo, la vasija, el agua, la semilla, lo desolado y
vacío, será sólo línea”.
Juan Romero de Terreros, Washington, DC.
2002
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Yunque Anudado, 1990 Poliester pintado,
39cm.

“PARA L.M.1 ” 1998 Acrílico sobre
lienzo, 61 x 46
cm. |