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En la Argentina, en 1890, la ciencia era una
actividad para sacarse elsombrero. En particular, gracias a Sarmiento,
pero también a toda una pléyade de innovadores que buscaron
integrar el país con el mundo. En esos años, "evolución"
y "progreso" eran palabras sagradas. Desde 1880 y bajo la batuta
del Estado, la Nación se agrandaba velozmente. Más fuentes
de trabajo, más población y más riquezas para los
más ricos. Antes, bajo Mitre, Sarmiento y Avellaneda, cuando todavía
nada era tan fácil, la ciencia era vista como herramienta esencial
para crecer. Cuando Europa se dedicó a comprar el trigo, la lana
y la carne, la aprente facilidad para el crecimiento mandó a un
costado la preocupación por la ciencia.
José Babini definió la útlima década del siglo
XIX como el momento del primer gran retroceso de la ciencia argentina.
Hasta entonces, observatorios astronómicos, museos, sociedades
científicas, hombres de prestigio internacional tales como Germán
Burmeister y Florentino Ameghino conformaban un clima creador que auguraba
para el país una ciencia sólida, como la que por esos mismos
años se constituía en los Estados Unidos. Sin embargo, la
crisis que estalló en medio de la catarata de riqueza achicó
el Estado. Y la ciencia, que necesita del sustento estatal como elpez
necesita del agua, decayó.
Durante dos décadas, la investigación decayó notablemente.
La Universidad (1) privilegió las "aplicaciones científicas",
se exaltó la tendencia "profesionalista" y la ciencia
pura fue considerada una pérdida de tiempo, porque la Argentina
"no necesita sabios sino hombres de acción", como pontificaba
en 1896 el ingeniero Alcides Romagosa. El filósofo Alejandro Korn,
refiriéndose a la campaña desatada en 1896 contra la creación
de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, acusó
al "dogmatismo positivista, vulgarizado hasta lo chabacano, que pervertía
el consenso común hasta el extremo de considerar nocivo distraer
a la juventud de un aprendizaje proficuo".
Ese positivismo ramplón caló hondo en la Argentina. La ciencia,
una actividad que privilegia la duda por sobre todas las cosas, sigue
siendo mal vista por nuestra sociedad. Los investigadores deben irse,
y ésta es una tendencia que empezó en 1930, se intensificó
después de 1943, se interrumpió entre 1955 y 1966 (2) y
luego se profundizó constantemente.
El Estado, que en todo el mundo sostiene y promueve la investigación
científica, se dedica en la Argentina a desalentarla. Y, dado que
la iniciativa privada sigue tan ausente como en 1890, sería excesivo
optimismo esperar que en dos décadass tengamos un reverdecer, como
ocurrió hacia 1910.
Hoy, que la privatimanía triunfa entre nosotros, el pronóstico
para la ciencia es de la más extrema gravedad. El presidente de
la Nación suele comparar el país con un avión. Para
usar otra metáfora mecánica, nuestra ciencia se parece,
a esta altura, a una vieja motoneta que corre barranca abajo mientras
el gobierno aprieta el acelerador. Al terminar la década de 1880,
la ciencia argentina era una actividad para sacarse el sombrero. En 1990,
los científicos se ven obligados a pasar la gorra. |