Hacia 1982 decidí
encarar un tema que me había interesado desde mis incursiones por
la biblioteca familiar. Mi padre tenía una variada colección
de textos sobre el evolucionismo y desde chico me convertí en asiduo
lector de Darwin, Haeckel, Ameghino, Ingenieros, Aníbal Ponce y
otros autores de fines del siglo XIX y principios del XX. Mis conocimientos sobre el asunto estaban basados
en
extensas lecturas de los autores evolucionistas y en
una base de conocimientos biológicos también
autodidacta. Como desconocía la metodología para la
investigación histórica de las ideas, para empezar le
propuse a mi amigo Fernando Rocchi (que en esa época
tenía sus flamantes títulos de licenciatura en
historia y en economía y hoy es el director de la
carrera de Historia en la Universidad Di Tella) que
encarásemos juntos la tarea. Por esos años me integré en un grupo de investigación en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Buenos Aires, para un estudio multidisciplinario sobre la relación entre medios de prensa y democracia, pero el grupo se disolvió pronto, fruto de incomprensiones y divergencias entre los miembros. Otro grupo del que formé parte fue el que encaró el estudio de las influencias del "filósofo" Karl Krause sobre la ideología del radicalismo argentino. No me fue muy bien, ya que los directores del grupo consideraron que mi trabajo (sobre los conceptos científicos de Krause) iba a ser mal visto por la fundación española que daba el subsidio. Mi opinión sobre Krause como científico era tajante: no era más que un burdo profesor alemán (como Marx calificaba despectivamente a esos figurones atados a sus cátedras de por vida) que veía la ciencia desde una perspectiva cuasi literaria, y exponía ideas superadas con lenguaje abstruso. En fin, mi trabajo no integró el libro que pagaban los españoles y tuvo como premio consuelo la publicación en un boletín de la Fundación Fepai. De nuevo al darwinismo, me dije, donde no tengo que compartir dinero ni competir por miserabilidades con nadie. Y me puse a trabajar sobre Florentino Ameghino, con un tema que me interesaba desentrañar: el presunto darwinismo del paleontólogo del siglo XIX. El escrito que publique en la revista Quipu, de México, ponía las cosas en su punto: Ameghino siempre fue un claro lamarckiano, formado con paleontólogos franceses, pero se decía darwinista como un argumento propagandístico ante el embate de su contradictor Germán Burmeister. Por la misma época me ocupé de Sarmiento y la ciencia, con artículos donde puse de relieve la extraodinaria comprensión que el sanjuanino tuvo del darwinismo y del papel que el evolucionismo debía jugar en la formación de una Argentina progresista (leer hoy a Sarmiento sólo da ganas de llorar por todo lo que perdimos a lo largo de un siglo XX siempre barranca abajo: lo que perdimos materialmente y por las ideas que se volatilizaron). Un esbozo de la historia de la decadencia cientítfica argentina figura en el libro Disparen contra la ciencia (ver Publicaciones). En todos esos años de investigaciones tuve el generoso apoyo de José Babini, Hugo Biagini, Hebe Clementi, María Inés Fernández, Gregorio Klimovsky, Marcelo Montserrat y Gregorio Weinberg, entre otros. Y con Fernando Rocchi y Sergio Núñez compartí trabajos
de feliz realización. |
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