Jorge Luis Borges señalaba la peculiar
costumbre argentina de
usar eufemismos: encargado por portero, nosocomio por hospital y
tantos m s. Uno de esos eufemismos es ‘repositorio’, término
usado por la Comisión Nacional de Energía Atómica
para denominar
el sitio donde se proyecta guardar en estado de máxima seguridad
-y por miles de años- los peligrosos residuos del combustible
usado en las centrales nucleares.
Sacando provecho de la borgeana (y humana) necesidad de llamar a
las cosas por su nombre, las organizaciones ecologistas le
pusieron otro nombre: ‘basurero’ nuclear.
Si repositorio es un eufemismo, ‘basurero’ es una falsedad
semántica. ¿Por qué? Porque, sin dar espacio a la
duda, alude en
forma inmediata a basural, ese tétrico descampado donde los
desechos se convierten en humos pestilentes. Basurales a cielo
abierto, la mayor expresión del lado trasero de la vida humana.
Al llamar basurero al repositorio (¿no habría sido más
sencillo
bautizarlo depósito?) los ecologistas permiten que personas
desprevenidas crean que los perros podrían andar husmeando entre
los residuos atómicos y llevarse huesos radiactivos (como se
escribió en un diario porteño).
La eficaz operación de propaganda de los ecologistas pretende
esconder algo que es innegable: los residuos nucleares existen y,
mal que les pese a las constituciones antinucleares de algunas
provincias, habrá que guardarlos en algún lugar geológicamente
seguro. Uno de ellos, de la veintena de sitios posible
seleccionados por los científicos, es la zona de Gastre.
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