Como lo pensó Sarmiento

A propósito de la privatización del Jardín Zoológico de Buenos Aires

Por Julio Orione

"¿Para qué sirve un establecimiento público como el que dirijo si no ha de ofrecer para estudio su rico material a los hombres de ciencia?" Esto lo decía hace casi cien años el naturalista Eduardo L. Holmberg, director del Jardín Zoológico Municipal de Buenos Aires, quien aseguraba que "los trabajadores de la ciencia, los Ameghino, Lynch, Quiroga, Arata y Ambrosetti" encontrarían allí lo necesario para sus investigaciones. Y proféticamente agregaba: "Me siento solicitado por la necesidad de conservar en estas páginas una nota del presente, para cuando se cambie en lejano pasado y quiera algún curioso comparar los elementos de uno y otro tiempo".

Hoy ha llegado el momento de comparar.

Cuando Domingo F. Sarmiento concibió la instalación del enorme pulmón verde de la ciudad en Palermo, no lo hizo sólo para regalarnos un paseo. Amante de la naturaleza, admirador de los árboles, conocedor de las corrientes de la ciencia de su época -que el pujante evolucionismo darwinista hacía avanzar con pasos de gigante-, concibió el Parque Tres de Febrero como un reservorio ambiental y centro para desarrollar el conocimiento de la naturaleza. Con ese mismo fin había impulsado la instalación y el engrandecimiento de museos, la creación del Observatorio Astronómico de Córdoba y la contratación de sabios extranjeros para poner las bases de una escuela científica nacional, mientras empujaba al joven Florentino Ameghino a convertirse en nuestro primer investigador sistemático del pasado biológico.
Sarmiento no estuvo solo en la tarea. Lo acompañaron o siguieron sus pasos, entre muchos otros, los científicos Holmberg, Germán Burmesiter, Carlos Berg, los miembros de la Academia de Ciencias de Córodoba, así como también los gobernantes Carlos Pellegrini, Edurado Wilde, Francisco Seeber, Torcuato de Alvear. Y Charles Thays, genial realizador de los jardines del Parque y diseñador del Jardín Botánico. Pellegrini, como secretario de la comisión del Parque y más tarde como presidente de la República, se ocupó atentamente de ambos jardines. En Europa compró animales para el Zoológico y fue él quien cedió los terrenos a la Municipalidad para que Thays instalara el jardín de plantas propuesto ya en 1820 por el naturalista francés Aimé Bonpland.

Otros tiempos

En la época de Sarmiento, los gobernantes argentinos -parte de una elite que reconocía la urgencia de ponernos a la par del mundo- valoraban la ciencia como el factor principal para nuestro progreso. Hoy, eso se ha olvidado entre nosotros, mientras los países desarrollados hacen más y mejor ciencia para sostener nuevas tecnologías y nuevas formas de producción. Cuando Holmberg nos proponía la comparación, no podía sospechar que en vez de evolucionar, el destino de la Argentina iba a ser todo lo contrario. Ya ningún gobernante dice, como Sarmiento en el funeral cívico por la muerte de Darwin, en 1882, que debemos "estímulo ygloria a los trabajadores de toda nuestra América para ayudar alprogreso de la ciencia", al tiempo que rendía reiterado homenaje a Burmeister y al astrónomo Benjamin Gould y destacaba la presencia de Ameghino abriendo nuevas perspectivas para la paleontología sudamericana.
La presencia de Holmberg al frente del Zoológico y de Thays en la dirección del Botánico no fue resultado de componendas político-comerciales ni capricho de funcionario. Por lo conrtario, era como si hoy, en un gesto que intentase recuperar aquella grandeza que de los hombres que construyeron el país, el intendente Carlos Grosso nombrase en esos puestos a nuestro más eminente zoólogo y al más prestigioso paisajista de la Argentina.
Como es obvio, no es el caso. Y es una de las medidas para la comparación que proponía Holmberg.
Sarmiento y sus continuadores -Cristóbal Hicken, Clemente Onelli, Angel Cabrera, Christofredo Jakobs, entre otros científicos que mantuvieron encendida la llama de las ciencias naturales- no pensaban en la investigación científica como mera actividad de laboratorio. Sabían, y actuaban en consecuencia, que cada paso que se da en el ámbito de nuestro entorno natural lo modifica y transforma. Para Sarmiento, creasr el Parque Tres de Febrero, levantar el Jardín Zoológico, poner las bases para el Botánico, fueron iniciativas para mejorar la calidad de vida de Buenos Aires y, consecuentemente, ampliar el marco para la interrelación de ciencia y sociedad.
Convertir en monumentos históricos ambos jardines, como lo propuso el subsecretario de Cultura de la Nación, Julio Bárbaro, sería entonces una medida justa. Que compensaría simbólicamente el malestar causado a los vecinos de Buenos Aires por la pretensión de deshacer la obra de aquellos hombres que pensaban sólo en el progreso.

Publicado en Clarín, Buenos Aires, 5/11/1990.

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