El martillo pendular

A propósito de la obra Copenhague

Por Julio Orione

“El científico, a diferencia del filósofo o del crítico literario, no necesita mentir para prostituirse, le basta vender la verdad.” Mario Bunge.

Al despuntar el alba del 16 de julio de 1945 todo era silencio en el desierto de Nuevo México. De pronto, una luz enceguecedora bañó la arena y la roca. Era como si mil soles hubiesen salido de golpe. Y de inmediato, sobre el oscuro horizonte se desplegó un gigantesco hongo perfilado por una feérica luz azulada. Los físicos que presenciaban el experimento desde las trincheras se estremecieron hasta lo más íntimo de la médula. No habían mentido al César, su verdad estaba allí, en toda su horrorosa y magnífica plenitud. Unos meses después, esa misma verdad arrasaba Hiroshima y Nagasaki.
Cuatro años antes, en Copenhague, la mentira y la verdad se entrelazaron y se confundieron hasta tal punto que aún hoy el encuentro en la casa del viejo científico rezuma misterio e incógnitas y despierta feroces polémicas. En la tensa reunión entre el danés (y judío) Niels Bohr y el alemán (y nazi) Werner Heisenberg, ambos jugaron largamente al gato y el ratón para descubrir si el otro estaba entregando la verdad a su respectivo César.
Después, cuando los Estados Unidos poseyeron el conocimiento para hacer la bomba, quedó a la vista que Bohr había seguido los pasos de Albert Einstein y entregado su porción de verdad para apoyar la derrota fascista. En cambio, Heisenberg confundió a todos y siguió confundiéndolos hasta el fin, dejando entrever que había mentido a Hitler, que no le había vendido su verdad.

La responsabilidad del martillo

Cuando se teoriza sobre la responsabilidad y la ética del científico, viene de inmediato a la mente la antigua idea de la "responsabilidad del martillo". ¿Es culpable el martillo de que con él te rompan la cabeza? ¿Su prefijado destino de golpear sobre la cabeza del clavo es bastardeado por la maldad humana?
A los científicos les gusta identificarse con el martillo inocente. "El descubrimiento de la reacción nuclear en cadena no tiene por qué amenazar a la humanidad más que el invento de los fósforos. Pero debemos hacer todo lo que está a nuestro alcance para evitar su abuso", dijo Einstein en 1953, en plena guerra fría.
Einstein -que desde 1939 había machacado sobre el presidente Franklin D. Roosevelt para que dispusiera fabricar la bomba atómica y así detener a Hitler-, seguía convencido de que él era un martillo sin culpa. Que los otros, los políticos, los militares, eran los malvados, los que podrían usar la bomba para la destrucción: "Excepto que logremos prevenir otra guerra, la destrucción que podría sobrevenir sería de una escala nunca antes posible -casi inimaginable- y a la que difícilmente la civilización podría sobrevivir", decía en 1947, aprendiz de hechicero horrorizado por la escalada nuclear.

La caza de brujas

En esos años negros, se delinearon entre los científicos norteamericanos dos figuras opuestas. El físico norteamericano (y antifascista) J. Robert Oppenheimer, factótum del proyecto Manhattan que terminó en la aniquilación de Hiroshima y Nagasaki, siguió los pasos de Einstein. Se vio a sí mismo como martillo manipulado por los militares y los políticos y se opuso fervientemente a la guerra fría y al desarrollo de la bomba de hidrógeno. Enfrente, el físico (y húngaro) Edward Teller -eternizado por Stanley Kubrick en Doctor Insólito- se convirtió en el científico desaforado que, martillo en mano, estaba dispuesto a romperle la cabeza a los rusos, a los chinos o a quien fuera el enemigo. Teller se convirtió en "el padre de la bomba H".
En los años sesenta, una nueva temática moral se apoderó del mundo científico. Rachel Carson, sutil investigadora de la naturaleza, lanzó su llamado de alerta: Silent Spring. El libro era una fundada y dramática denuncia contra las compañías químicas que estaban extinguiendo la vida silvestre en los Estados Unidos. Carson describía con amargura y tristeza la desaparición de los bosques, la ausencia de vida en los lagos, el vuelo de despedida de las aves, la huida de los castores, las truchas que nunca más volverían río arriba… "Nadie podía vivir ya en el delgado arroyo, todo se había convertido en una tierra desnuda, ardiente, sin sombras. El mundo viviente había sido aniquilado."
Esta vez, la naturalista asumía en plenitud su papel de martillo, pero esta vez un martillo de denuncia, listo para alertar sobre el peligro que corría la vida planetaria y para machacar sobre los culpables: las compañías químicas, los demonios de la segunda mitad del siglo XX.

Un nuevo protagonista: el público

En las últimas décadas del siglo XX, la ecología y la reproducción artificial, tanto animal como humana, compitieron como las dos cuestiones más polémicas vinculadas con la ética científica. Y en ambos casos, las cosas se complicaron cuando terció el público, el nuevo participante con voz y voto.
Resguardar la naturaleza y, lo que es lo mismo, evitar que la experimentación genética siguiera avanzando en la creación de seres no deseados fueron los dos hervores de la caldera ética. Hacia fin de siglo, la culminación fue la oveja Dolly, el primer mamífero engendro de la clonación. Ian Wilmuth, su creador, estaba más allá del bien y del mal, no se veía como martillo inocente, no le importaba ni le hacía cosquillas el fenomenal problema ético que estaba poniendo en escena.
No es fácil eludir la demanda de la gente, el temor y la sensación de amenaza que trajo la clonación de mamíferos. La participación del coro puso en una perspectiva nueva el problema ético de los científicos. Y el siglo XXI se inauguró con un nuevo drama: la clonación humana. Esta vez, sus impulsores –entre ellos el biólogo argentino José Cirelli- argumentaron que el martillo no sólo no es neutral sino que, sencillamente, sería benéfico. Sentencia que casi nadie acepta: ni los católicos, ni los creacionistas bíblicos ni los científicos evolucionistas concuerdan con la ignorante presunción de que se puede actuar contra las leyes naturales (o divinas).
Favorecer la salud con terapias genéticas ha sido la excusa –válida por cierto, en general- para avanzar por un camino lleno de quebradas y precipicios. El dilema ético del biólogo contemporáneo está rodeado de espinas: la opinión pública, temerosa en su ignorancia de los misterios que descubren los aprendices de brujo; la naturaleza indomable y todavía tan poco conocida; las apetencias voraces de la bioindustria, y el conformismo moral de muchos investigadores, que marchan alegremente sintiéndose livianos martillos que nunca dañarían a nadie.

Ciencia para la guerra, guerra para la ciencia

Volvamos a Heisenberg. Entrevistado en 1967 por el historiador Joseph J. Ermenc, no tuvo empacho en decir: “Por primera vez, podríamos obtener dinero de nuestro gobierno (se refiere al gobierno nazi) para hacer algo interesante e intentamos usar esta situación. El slogan oficial del gobierno era: ‘Debemos usar la física para la guerra’. Nosotros la dimos vuelta: ‘Debemos usar la guerra para la física.’ Era una reacción natural, todo el mundo quiere hacer investigaciones interesantes…”.
Esas “investigaciones interesantes” eran cómo obtener la fisión del uranio con efectos explosivos, algo que los físicos alemanes no pudieron conseguir. Aunque todo el aparato argumental de Heisenberg apunta a demostrar que él (un martillo bondadoso) logró retrasar el plan nuclear nazi hasta que los jerarcas se cansaron y dejaron el proyecto abandonado.
En cambio, diez años antes, en 1954, Einstein había reconocido su propia responsabilidad como científico inmiscuído en política. “Cometí un gran error en mi vida cuando firmé esa carta al presidente Roosevelt recomendándole fabricar la bomba atómica”. Pero a continuación titubeó y no pudo tirar del todo el martillo al tacho de basura: “Había cierta justificación -agregó-, era el peligro de que los alemanes la tuvieran antes”.

El control de la ciencia

De todas maneras –como señala Ermenec en la entrevista- los científicos creyeron que podrían tener el control del poder nuclear. En los Estados Unidos, una vez que vendieron la verdad al gobierno y los militares, fueron desplazados rápidamente de la toma de decisiones (y el caso Oppenheimer fue el ejemplo más evidente). En Alemania, fracasados en el intento, siguieron controlando… nada. En palabras de Heisenberg (inamovible en su postura de martillo incapaz de hacer daño a nadie): “Sabíamos que era muy importante que los físicos mantuviéramos el control. Que pudiéramos dominar todo lo que descubríamos. Claro, por supuesto, eso sólo podía ocurrir si no lográbamos hacer la bomba. Si lo hubiésemos conseguido, nos la habrían quitado de las manos”.
Hoy, ante la situación de la nueva guerra descentralizada y global, los científicos norteamericanos están inquietos. En la memoria colectiva reaparecen los viejos fantasmas de la Segunda Guerra Mundial y de la guerra fría. Resurge el miedo al control por parte del Estado y de los militares, el fantasma de la investigación dirigida masivamente hacia el “esfuerzo nacional”.
John Marburger -director de Política Científica y Tecnológica de los Estados Unidos- los encaró después del 11 de septiembre. “Quiero tranquilizar a los científicos sobre algo muy importante: el temor a que la ciencia va a ser orientada desde el Estado de manera similar a cómo se lo hizo en la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando la investigación se interrumpió y la vida intelectual disminuyó y fue alterada.” Y ante el numeroso auditorio de la Asociación por el Progreso de las Ciencias, Marburger subrayó: “La ciencia nos dice qué se puede hacer, no qué se debe hacer”. El martillo había vuelto a su lugar.

Publicado en la revista Teatro, XXIII (67), abril de 2002.
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