El martillo pendular |
A propósito de la obra CopenhaguePor Julio Orione |
“El científico, a diferencia del filósofo o del crítico literario, no necesita mentir para prostituirse, le basta vender la verdad.” Mario Bunge. Al despuntar el alba del 16 de julio de 1945 todo era silencio en el
desierto de Nuevo México. De pronto, una luz enceguecedora bañó
la arena y la roca. Era como si mil soles hubiesen salido de golpe. Y
de inmediato, sobre el oscuro horizonte se desplegó un gigantesco
hongo perfilado por una feérica luz azulada. Los físicos
que presenciaban el experimento desde las trincheras se estremecieron
hasta lo más íntimo de la médula. No habían
mentido al César, su verdad estaba allí, en toda su horrorosa
y magnífica plenitud. Unos meses después, esa misma verdad
arrasaba Hiroshima y Nagasaki. La responsabilidad del martillo Cuando se teoriza sobre la responsabilidad y la ética del científico, viene de inmediato a la mente la antigua idea de la "responsabilidad del martillo". ¿Es culpable el martillo de que con él te rompan la cabeza? ¿Su prefijado destino de golpear sobre la cabeza del clavo es bastardeado por la maldad humana?A los científicos les gusta identificarse con el martillo inocente. "El descubrimiento de la reacción nuclear en cadena no tiene por qué amenazar a la humanidad más que el invento de los fósforos. Pero debemos hacer todo lo que está a nuestro alcance para evitar su abuso", dijo Einstein en 1953, en plena guerra fría. Einstein -que desde 1939 había machacado sobre el presidente Franklin D. Roosevelt para que dispusiera fabricar la bomba atómica y así detener a Hitler-, seguía convencido de que él era un martillo sin culpa. Que los otros, los políticos, los militares, eran los malvados, los que podrían usar la bomba para la destrucción: "Excepto que logremos prevenir otra guerra, la destrucción que podría sobrevenir sería de una escala nunca antes posible -casi inimaginable- y a la que difícilmente la civilización podría sobrevivir", decía en 1947, aprendiz de hechicero horrorizado por la escalada nuclear. La caza de brujas En esos años negros, se delinearon entre los científicos
norteamericanos dos figuras opuestas. El físico norteamericano
(y antifascista) J. Robert Oppenheimer, factótum del proyecto Manhattan
que terminó en la aniquilación de Hiroshima y Nagasaki,
siguió los pasos de Einstein. Se vio a sí mismo como martillo
manipulado por los militares y los políticos y se opuso fervientemente
a la guerra fría y al desarrollo de la bomba de hidrógeno.
Enfrente, el físico (y húngaro) Edward Teller -eternizado
por Stanley Kubrick en Doctor Insólito- se convirtió en
el científico desaforado que, martillo en mano, estaba dispuesto
a romperle la cabeza a los rusos, a los chinos o a quien fuera el enemigo.
Teller se convirtió en "el padre de la bomba H". Un nuevo protagonista: el público En las últimas décadas del siglo XX, la ecología
y la reproducción artificial, tanto animal como humana, compitieron
como las dos cuestiones más polémicas vinculadas con la
ética científica. Y en ambos casos, las cosas se complicaron
cuando terció el público, el nuevo participante con voz
y voto. Ciencia para la guerra, guerra para la ciencia Volvamos a Heisenberg. Entrevistado en 1967 por el historiador Joseph J. Ermenc, no tuvo empacho en decir: “Por primera vez, podríamos obtener dinero de nuestro gobierno (se refiere al gobierno nazi) para hacer algo interesante e intentamos usar esta situación. El slogan oficial del gobierno era: ‘Debemos usar la física para la guerra’. Nosotros la dimos vuelta: ‘Debemos usar la guerra para la física.’ Era una reacción natural, todo el mundo quiere hacer investigaciones interesantes…”.Esas “investigaciones interesantes” eran cómo obtener la fisión del uranio con efectos explosivos, algo que los físicos alemanes no pudieron conseguir. Aunque todo el aparato argumental de Heisenberg apunta a demostrar que él (un martillo bondadoso) logró retrasar el plan nuclear nazi hasta que los jerarcas se cansaron y dejaron el proyecto abandonado. En cambio, diez años antes, en 1954, Einstein había reconocido su propia responsabilidad como científico inmiscuído en política. “Cometí un gran error en mi vida cuando firmé esa carta al presidente Roosevelt recomendándole fabricar la bomba atómica”. Pero a continuación titubeó y no pudo tirar del todo el martillo al tacho de basura: “Había cierta justificación -agregó-, era el peligro de que los alemanes la tuvieran antes”. El control de la ciencia De todas maneras –como señala Ermenec en la entrevista- los científicos creyeron que podrían tener el control del poder nuclear. En los Estados Unidos, una vez que vendieron la verdad al gobierno y los militares, fueron desplazados rápidamente de la toma de decisiones (y el caso Oppenheimer fue el ejemplo más evidente). En Alemania, fracasados en el intento, siguieron controlando… nada. En palabras de Heisenberg (inamovible en su postura de martillo incapaz de hacer daño a nadie): “Sabíamos que era muy importante que los físicos mantuviéramos el control. Que pudiéramos dominar todo lo que descubríamos. Claro, por supuesto, eso sólo podía ocurrir si no lográbamos hacer la bomba. Si lo hubiésemos conseguido, nos la habrían quitado de las manos”.Hoy, ante la situación de la nueva guerra descentralizada y global, los científicos norteamericanos están inquietos. En la memoria colectiva reaparecen los viejos fantasmas de la Segunda Guerra Mundial y de la guerra fría. Resurge el miedo al control por parte del Estado y de los militares, el fantasma de la investigación dirigida masivamente hacia el “esfuerzo nacional”. John Marburger -director de Política Científica y Tecnológica de los Estados Unidos- los encaró después del 11 de septiembre. “Quiero tranquilizar a los científicos sobre algo muy importante: el temor a que la ciencia va a ser orientada desde el Estado de manera similar a cómo se lo hizo en la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando la investigación se interrumpió y la vida intelectual disminuyó y fue alterada.” Y ante el numeroso auditorio de la Asociación por el Progreso de las Ciencias, Marburger subrayó: “La ciencia nos dice qué se puede hacer, no qué se debe hacer”. El martillo había vuelto a su lugar. |
| Publicado en la revista Teatro, XXIII (67), abril de 2002. |
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