| Si fuera posible retitular esta película,
propondría éste: "No hay dos sin tres". El imperdonable
lugar común no sólo es justísimo para sintetizar
el tema central (por supuesto, leido en clave psicoanalítica, es
decir, que no hay dos sin un perturbador tercero). Es también un
reconocimiento a la nimiedad de las conversaciones que tejen el film,
a través de las cuales Sautet da una impresionante lección
de cine. Lección explicitada, por lo demás, como ocurre
a lo largo de toda esta película, en una de esas mismas conversaciones:
lo que dice el diálogo no es lo mismo que dicen los rostros, los
gestos, las actitudes....
Y para Marcial, encarnado por el siempre esquivo e inasible Daniel Auteuil
(perfecto para el papel del joven heredero que acaba de salir de una clínica
psiquiátrica, "curado" de una profunda depresión),
esos gestos, esas actitudes -todo lo que reside detrás de las palabras-
se transforman en signos y símbolos. A su vez, éstos le
proporcionan las fáciles claves prácticas para vivir con
"eficiencia" la vida cotidiana.
Una cotidianeidad a la que regresa desde la clínica psiquiátrica.
Estuvo internado por una depresión que -se sospecha- derivó
de su casamiento por interés con una mujer que pronto se enredó
con Paul, su mejor amigo (relación que, según informan la
madre y el psiquiatra en el prólogo del film, habría sido
auspiciada por el mismo Marcial).
Obviamente, este planteo argumental sólo es posible hacerlo tan
abierto y franco en Francia, donde el triángulo amoroso no sólo
ocurre con notable frecuencia -como en todas las demás culturas
occidentales- sino que es reconocido como un carácter normal de
la relación entre los sexos, como lo ha mostrado sobremanera el
vaudeville. Pero Sautet no se queda en la petite histoire. Rápidamente
se verá que la aquiescencia de la madre de Marcial -directora general
de la empresa familiar, una cadena de supermercados con sede en París-
al triángulo que engloba a su único hijo, a su nuera y a
Paul, es un dato esencial para entender las conductas de Marcial.
La madre (impecable Dannielle Darrieux) teje su telaraña y Marcial
nunca zafa de la pegajosa trama. Una vez creyó lograrlo mediante
la depresión que lo llevó a la mudez y la internación
(antes de que empiece el film, pero nos enteramos). Rápidamente
lo intentará de nuevo, cuando decide aceptar el encargo de la madre
para controlar varias sucursales del interior y viaja a Limoges. Allí,
en la ciudad de las porcelanas, se pondrá en evidencia toda su
fragilidad, oculta siempre detrás de una fachada de resolución
diría binaria (para seguir con la aritmética). Y cuando
decide quedarse en Limoges, la madre le tiende la trampa típica
del gineceo: se hace la enferma y él corre de inmediato al pie
del lecho... para descubrir de inmediato el engaño (porque si todos
lo toman por "chiflado" no es ningún tonto).
Ignorante por completo de los desafíos que plantea vivir, Marcial
es una incógnita andante, tanto para los que lo rodean como para
quienes están de este lado de la pantalla. Nunca se sabrá
qué siente, qué piensa, qué le pasa, excepto por
sus actos (siempre sujetos, como es sabido, a toda clase de interpretaciones,
a cual más caprichosa). Y, por supuesto, esto también es
aprovechado por Sautet y nuevamente puesto en boca de los personajes del
coro, que arriesgan sus interpretaciones "salvajes" sobre las
siempre incomprensibles y desconcertantes conductas del "chiflado"
Marcial.
Mientras echa una mirada irónica sobre ese psicologismo tan típico
de la intelectualidad francesa (que por conocidas razones también
ha imitado la pequeña burguesía intelectual argentina),
Sautet repasa con sutileza la trama pensante de los sectores progresistas
en plena debacle de sus ideales -recuérdese que el film está
fechado en 1988-. Y en ese contexto, el personaje de Marcial se recorta
y diferencia de los miembros del coro, siempre dispuestos a marcar su
inferioridad respecto del joven millonario (ciertas escenas hacen inevitable
pensar en momentos de Mujer bonita: no sería de extrañar
que sus guionistas hubiesen abrevado un poquitín en la obra de
Sautet). Y así como para ellos la "superioridad" de Marcial
es "natural", él también asume su riqueza y su
poder como algo natural. No tiene ninguna duda al respecto. No tiene problemas
con ello: el progresismo, la izquierda, el socialismo... son cosas del
pasado, de mayo del 68.
Que no hay dos sin tres es el único problema de Marcial, un galimatías
emocional que parece no tener solución (justamente le ocurre a
él, ducho en símbolos, con soluciones inmediatas para cualquier
problema aritmético). Problema que bajo la piadosa mirada de Sautet
(tan parecida a la de Georges Simenon, otro siempre dispuesto a comprender
a sus personajes en vez de juzgarlos), se revela así: Marcial no
puede amar si no hay un tercero.
Pero no se trata de un tercero con el cual competir por la mujer que ama
(¿quién podría asegurar que la ama?) sino una suerte
de espejo, de un otro yo que le dé algo que busca sin saber qué
es. Esta conducta aparece tan oscura para los demás que, en una
de las mencionadas interpretaciones facilonas, una de las mujeres que
forman el coro de adláteres sugiere que debe ser "un problema
de homosexualidad".
Y así como busca, Marcial encuentra. El tercero está, pues
Francine (Sandrine Bonnaire), la sirvienta a la que seduce (¿o
ella se seduce a sí misma creyendo ser seducida?) tiene un novio,
Fernand, a quien Marcial busca para entablar una relación esencialmente
indefinida. Pero Sautet no deja puntada sin hilo: cuando Marcial se sumerge
en un cabaret para ahogar su frustración ante las consecuenicas
de sus actitudes hacia Francine, reaparece el trío, pero esta vez
inverso. Primero, se le ofrecen dos prostitutas (y el hecho de que la
suma sea la misma, pero el contenido otro, perturba a Marcial, quien recuerda
lo que decía la maestra acerca de que no se pueden sumar peras
con manzanas y cae desmayado). Pero Sautet no perdona y hace que quienes
vengan a rescatarlo sean, inesperadamente, otras dos mujeres, una de ellas
Francine.
Finalmente, después de varias alternativas, cada una más
borrosa que la otra, Fernand pone fin a la historia al matar a otro hombre
(tercero, cuarto, la aritmética se complica) que se ha llevado
consigo a Francine. Con este acto, Fernand abre las puertas para que Marcial
encuentre la salida a su problema: el joven millonario no duda ni un segundo,
hace sumas y restas a toda velocidad, y se hace culpar por el crimen.
Los cinco días que pasó en Limoges fueron definidos por
Sautet no como "algunos días contigo", como pifia la
traducción del título, sino "algunos días conmigo",
es decir, consigo mismo (es decir, sin la madre). Pero esos cinco días
no sirvieron, tuvo que volver a París y al regreso a Limoges ya
todo había cambiado, todo terminó. Así consigue volver
a quedarse solo, nuevamente en el manicomio. La amada aritmética
le reveló la solución: ya no hay tres, ni dos, sólo
uno. Sólo queda él. Solo.
En París, aunque Sautet ya no la muestre más, la madre debe
estar sonriendo. |