Algunos días contigo

Quelques jours avec moi, Francia, 1988. Dirigida por Claude Sautet. Guión de Claude Sautet, Jerome Tonnerre y Jacques Fieschi sobre una novela de Jean-Francois Josselin. Con Daniel Auteuil, Sandrine Bonnaire, Danielle Darriuex, Jean-Pierre Marielle y Dominique Lavanant. Fotografía de Etienne George. Música de Philippe Sarde.
Distribuida por Kinema

Si fuera posible retitular esta película, propondría éste: "No hay dos sin tres". El imperdonable lugar común no sólo es justísimo para sintetizar el tema central (por supuesto, leido en clave psicoanalítica, es decir, que no hay dos sin un perturbador tercero). Es también un reconocimiento a la nimiedad de las conversaciones que tejen el film, a través de las cuales Sautet da una impresionante lección de cine. Lección explicitada, por lo demás, como ocurre a lo largo de toda esta película, en una de esas mismas conversaciones: lo que dice el diálogo no es lo mismo que dicen los rostros, los gestos, las actitudes....
Y para Marcial, encarnado por el siempre esquivo e inasible Daniel Auteuil (perfecto para el papel del joven heredero que acaba de salir de una clínica psiquiátrica, "curado" de una profunda depresión), esos gestos, esas actitudes -todo lo que reside detrás de las palabras- se transforman en signos y símbolos. A su vez, éstos le proporcionan las fáciles claves prácticas para vivir con "eficiencia" la vida cotidiana.
Una cotidianeidad a la que regresa desde la clínica psiquiátrica. Estuvo internado por una depresión que -se sospecha- derivó de su casamiento por interés con una mujer que pronto se enredó con Paul, su mejor amigo (relación que, según informan la madre y el psiquiatra en el prólogo del film, habría sido auspiciada por el mismo Marcial).
Obviamente, este planteo argumental sólo es posible hacerlo tan abierto y franco en Francia, donde el triángulo amoroso no sólo ocurre con notable frecuencia -como en todas las demás culturas occidentales- sino que es reconocido como un carácter normal de la relación entre los sexos, como lo ha mostrado sobremanera el vaudeville. Pero Sautet no se queda en la petite histoire. Rápidamente se verá que la aquiescencia de la madre de Marcial -directora general de la empresa familiar, una cadena de supermercados con sede en París- al triángulo que engloba a su único hijo, a su nuera y a Paul, es un dato esencial para entender las conductas de Marcial.
La madre (impecable Dannielle Darrieux) teje su telaraña y Marcial nunca zafa de la pegajosa trama. Una vez creyó lograrlo mediante la depresión que lo llevó a la mudez y la internación (antes de que empiece el film, pero nos enteramos). Rápidamente lo intentará de nuevo, cuando decide aceptar el encargo de la madre para controlar varias sucursales del interior y viaja a Limoges. Allí, en la ciudad de las porcelanas, se pondrá en evidencia toda su fragilidad, oculta siempre detrás de una fachada de resolución diría binaria (para seguir con la aritmética). Y cuando decide quedarse en Limoges, la madre le tiende la trampa típica del gineceo: se hace la enferma y él corre de inmediato al pie del lecho... para descubrir de inmediato el engaño (porque si todos lo toman por "chiflado" no es ningún tonto).
Ignorante por completo de los desafíos que plantea vivir, Marcial es una incógnita andante, tanto para los que lo rodean como para quienes están de este lado de la pantalla. Nunca se sabrá qué siente, qué piensa, qué le pasa, excepto por sus actos (siempre sujetos, como es sabido, a toda clase de interpretaciones, a cual más caprichosa). Y, por supuesto, esto también es aprovechado por Sautet y nuevamente puesto en boca de los personajes del coro, que arriesgan sus interpretaciones "salvajes" sobre las siempre incomprensibles y desconcertantes conductas del "chiflado" Marcial.
Mientras echa una mirada irónica sobre ese psicologismo tan típico de la intelectualidad francesa (que por conocidas razones también ha imitado la pequeña burguesía intelectual argentina), Sautet repasa con sutileza la trama pensante de los sectores progresistas en plena debacle de sus ideales -recuérdese que el film está fechado en 1988-. Y en ese contexto, el personaje de Marcial se recorta y diferencia de los miembros del coro, siempre dispuestos a marcar su inferioridad respecto del joven millonario (ciertas escenas hacen inevitable pensar en momentos de Mujer bonita: no sería de extrañar que sus guionistas hubiesen abrevado un poquitín en la obra de Sautet). Y así como para ellos la "superioridad" de Marcial es "natural", él también asume su riqueza y su poder como algo natural. No tiene ninguna duda al respecto. No tiene problemas con ello: el progresismo, la izquierda, el socialismo... son cosas del pasado, de mayo del 68.
Que no hay dos sin tres es el único problema de Marcial, un galimatías emocional que parece no tener solución (justamente le ocurre a él, ducho en símbolos, con soluciones inmediatas para cualquier problema aritmético). Problema que bajo la piadosa mirada de Sautet (tan parecida a la de Georges Simenon, otro siempre dispuesto a comprender a sus personajes en vez de juzgarlos), se revela así: Marcial no puede amar si no hay un tercero.
Pero no se trata de un tercero con el cual competir por la mujer que ama (¿quién podría asegurar que la ama?) sino una suerte de espejo, de un otro yo que le dé algo que busca sin saber qué es. Esta conducta aparece tan oscura para los demás que, en una de las mencionadas interpretaciones facilonas, una de las mujeres que forman el coro de adláteres sugiere que debe ser "un problema de homosexualidad".
Y así como busca, Marcial encuentra. El tercero está, pues Francine (Sandrine Bonnaire), la sirvienta a la que seduce (¿o ella se seduce a sí misma creyendo ser seducida?) tiene un novio, Fernand, a quien Marcial busca para entablar una relación esencialmente indefinida. Pero Sautet no deja puntada sin hilo: cuando Marcial se sumerge en un cabaret para ahogar su frustración ante las consecuenicas de sus actitudes hacia Francine, reaparece el trío, pero esta vez inverso. Primero, se le ofrecen dos prostitutas (y el hecho de que la suma sea la misma, pero el contenido otro, perturba a Marcial, quien recuerda lo que decía la maestra acerca de que no se pueden sumar peras con manzanas y cae desmayado). Pero Sautet no perdona y hace que quienes vengan a rescatarlo sean, inesperadamente, otras dos mujeres, una de ellas Francine.
Finalmente, después de varias alternativas, cada una más borrosa que la otra, Fernand pone fin a la historia al matar a otro hombre (tercero, cuarto, la aritmética se complica) que se ha llevado consigo a Francine. Con este acto, Fernand abre las puertas para que Marcial encuentre la salida a su problema: el joven millonario no duda ni un segundo, hace sumas y restas a toda velocidad, y se hace culpar por el crimen.
Los cinco días que pasó en Limoges fueron definidos por Sautet no como "algunos días contigo", como pifia la traducción del título, sino "algunos días conmigo", es decir, consigo mismo (es decir, sin la madre). Pero esos cinco días no sirvieron, tuvo que volver a París y al regreso a Limoges ya todo había cambiado, todo terminó. Así consigue volver a quedarse solo, nuevamente en el manicomio. La amada aritmética le reveló la solución: ya no hay tres, ni dos, sólo uno. Sólo queda él. Solo.
En París, aunque Sautet ya no la muestre más, la madre debe estar sonriendo.

Julio Orione

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