Llaves y cerraduras

Un manojo de llaves sobre la mesa, las llaves de un nuevo auto, una llave que no coincide con la cerradura esperada, "¿Dónde dejé las llaves?", "Acá, donde siempre", otro manojo que no debería tener, una cerradura que hay que abrir a tiros, un interruptor que no puede soltar... Durante toda la película, el policía (un Eddie Murphy exacto) se debate entre llaves y cerraduras. En cambio, para el asesino (el excelente Michael Wincott), las cerraduras y las llaves no existen: sale inpunemente del negocio donde retuvo y mató rehenes, hace andar un coche ajeno sin necesidad de llaves, desde la cárcel envía un emisario para matar a la novia del policía, escapa de la cárcel, entra a la casa de ella y la rapta....
De vez en cuando, entre metros y kilómetros de película (inútilmente filmados para transmitir mensajes, para proclamar verdades, para llorar por el mundo cruel, para entretener memos) aparece un Thomas Carter, por suerte para el cine. Un tipo capaz de darse cuenta de que un inspector de policía honesto está sujeto a toda clase de cerraduras y que eso había que mostrarlo de alguna manera, y que un asesino no está atado por nada y que eso también había que mostrarlo. Sin necesidad de decirlo (y sabiendo que a cualquier norteamericano eso de llaves y cerraduras le despierta inmediatas resonancias bíblicas).
En todo el film, el policía siempre estará a la defensiva ante un asesino que logrará vencerlo una y otra vez.. A partir de ese enfrentamiento polar, Carter sabe aprovechar un guión interesante e inteligente para transformarlo en una muestra (*) de puro cine. Ese que sólo permite dos alternativas: disfrutarlo o quedarse fuera, buscando el sexo de los ángeles.
Sin pretensiones y ningún esfuerzo, Thomas Carter llega hasta lo más alto de las elevadas esferas donde se enfrentan el bien y el mal. Pero no dice una sola palabra del metafísico asunto. Como debe ser en el cine.

* Sólo tres momentos, como ejemplos de acción, de suspenso y de ironía, magníficamente logrados. Uno, la bella secuencia del tranvía, desenfrenada como pocas persecuciones vistas en el cine. Dos, el juego de simetría/asimetría con los dos paquetitos que envía el asesino, uno con la oreja de un secuestrado, el otro... Tres, cuando el asesino triunfante se retira silbando el motivo de A la hora señalada.

Julio Orione

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