James Cameron, Woody Allen y la filosofía |
Julio Orione |
En Titanic, James Cameron retoma -de manera genial, porque más disimulada- lo que había hecho de Terminator una de las más interesantes películas de la historia: la reflexión sobre el tiempo (tema que Zemeckis trató, de manera divertida, en Volver al futuro). La posibilidad de modificar el futuro (y consecuentemente el pasado) es uno de los mitos más fuertes de la humanidad, del que Cameron se apoderó para darle forma de historia encarnada en seres fantásticos: lo son tanto los de carne y hueso como los artificiales. En ambas Terminator (y menos evidentemente en Titanic), el ir y venir entre presente-futuro-pasado proporciona toda su dimensión a la acción de la historia narrada. El futuro debe ser modificado, pero para hacerlo hay que estar en el presente desde el cual determinar lo que vendrá, y así sucesiva e inversamente: es una genial "lección" de relatividad, es decir, una genial lección de cine. Como mostró Jean Epstein en La inteligencia de una máquina, el cine es el arte concordante con la época de la teoría de la relatividad de Einstein. Pero Cameron no se queda sólo en eso. En ambos capítulos de la saga Terminator desarrolla dos de los mitos más caros (y más recurrentes) de la humanidad: la mujer-madre, núcleo de la vida y continuadora de la especie y el joven héroe en lucha contra el mal. Ambas películas giran alrededor de lo mismo. Y redondean así una narración que se mete en lo más hondo de cada espectador al pegar justo ahí, donde coexisten los más profundos enigmas del conocimiento, las preguntas cuyas contestaciones contrarían la lógica del sentido común y los mitos que afluyen para intentar otra clase de respuestas. Tan ilusorias éstas como las otras, pero que la fuerza de su propia esencia, la fantasía primordial de la humanidad, hace indiscutibles. Ambas Terminator son, al igual que Titanic, un tratado de filosofía, en sentido estricto (tanto como no lo son las películas de Woody Allen y sólo en parte lo son las de Bergman). Woody habla de filosofía, pero su cine está absolutamente ligado a la cultura, al imaginario social urbano. En cambio, el cine de Cameron se sumerge hasta lo más primario del ser humano. Allen habla (a través de sus personajes) sobre la existencia de Dios y otros problemas metafísicos, pero sólo habla. En cambio, el cine de Cameron muestra -más aún, es- eso: el tiempo, la existencia, el devenir, la muerte, el amor, pero en pura abstracción. Bergman está en el medio, su cine trata de eso y además sus personajes hablan sobre ello (por eso Woody Allen ha dicho que están completamente equivocados los que creen que algunas de sus películas son iguales a las de Bergman). |
Publicado en www.psyche-navegante.com |
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