Angeles e insectos

Angels and insects. Gran Bretaña/Estados Unidos, 1995. Dirigida por Philip Haas. Guión de Philip Haas y Belinda Haas, sobre una nouvelle de Antonia S. Byatt. Con Mark Rylance, Patsy Kensit, Douglas Henshall y Kristin Scott Thomas. Fotografía de Bernard Zitzermann. Música de Alexander Balanescu.

Una mariposa y una polilla. No son otra cosa que la misma floración alada de una grisácea larva y, sin embargo, resultan la perfecta metáfora del día y la noche, en todos sus posibles sentidos. Así las vio Philip Haas en una secuencia crucial de Angeles e insectos.
Por la mañana, el joven naturalista Adamson (Mark Rylance) da una sorpresa a su amada Eugenia Alabaster (Patsy Kensit): de una caja empiezan a salir mariposas. Ante el colorido espectáculo, Eugenia, que antes dijo odiar las sopresas, queda fascinada. Y acepta entonces una cita para esa misma noche. Al llegar la oscuridad, es Eugenia quien sorprende (simultáneamente a Adamson y al espectador): aparece con un lujoso vestido cuyos reflejos sugieren las alas de las grandes polillas nocturnas.
Opaca así la nueva sorpresa que le había preparado Adamson (en una escena nexo, protagonizada por la eclosión de una larva que la aproximación de la lente torna en un desmesurado monstruo, digno de Marabunta). El presente que trae Adamson a la cita es una oscura polilla hembra encerrada en una cajita cubierta por tul. Atraídos por el olor, llegan los machos. Pero en vez de prestar atención a la polilla de la cajita, se lanzan sobre Eugenia, quien se estremece de miedo y asco, mientras un escalofrío recorre las butacas.
Con esta formidable secuencia, Haas supera de un golpe el principal escollo con el que la obra adaptada pudo amenazar su realización: la artificiosa trabazón entre entomología y pasiones humanas creada por la autodefinida "feminista política" Antonia S. Byatt en "Morpho Eugenia", recargada nouvelle ambientada en la Inglaterra victoriana, que forma parte de su libro Angels and insects.
Haas trabajó por oposiciones. Pergeñó una entretenida historia con mariposas y hormigas, capaz de hacer creer que se trata de una nueva vuelta de tuerca sobre los gastados motivos de la sociobiología (esa teoría de moda en los setenta que pretendía mirar la sociedad humana como si fuera idéntica a las sociedades de insectos u otros animales y que culminó en el cine con la grotesca Mi tío de América). Pero, en realidad, Haas nunca deja de hablar sobre hombres y mujeres, tiempos fenecidos y tiempos por venir, paraísos perdidos y tierras prometidas. Todo en una tonalidad melodramática que alude a los códigos de la telenovela.
Pero no hay simplificación sociobiologista ni otra cosa que un uso irónico de los códigos del culebrón en Angeles e insectos.
La escena simétrica de mariposas y polillas se encarga, de entrada, de poner las cosas en su lugar. Y más, Haas se da el lujo de bromear sutilmente sobre el caso, cuando acepta la propuesta de Byatt sobre la madre de Eugenia como "reina" del hormiguero papel en el cual la heredaría la misma Eugenia . No se deja llevar por esa banalidad: el papel de las mujeres en la historia nada tiene que ver con la presunción que las igualaría a hormigas, sino con que son mujeres y actúan como tales (¿dónde se ha visto a una hormiga con remordimientos?).
Haas también manipula con habilidad la puesta de época. A diferencia de las postales de un James Ivory, muestra adrede postales en escenas resueltas casi como fotos fijas, donde las acciones de los personajes aluden a presuntos cuadros de género e, inclusive, a escenas de un museo de cera. Pero cuando tiene que ir al grano, se manda en un plano secuencia (hace acordar a ciertos momentos expresivos de Bertrand Tavernier en Cuando la fiesta comienza o Más allá de la justicia) que recorre el paisaje con todos los personajes hasta retroceder hacia el interior de la casa y terminar en un interior: la escena de muerte de lady Alabaster, madre de Eugenia y Edgar. Escena que debería ser dramática por lo que ocurre pero fría y distante por la actitud de las mujeres que la rodean mientras la mujer muere (las criadas y la institutriz Matty). Obviamente, no les importa nada que la obesa aristócrata se muera (¿dónde se ha visto insectos con conciencia de clase?).
Asimismo, cuando Edgar (Douglas Henshall) el hermano de Eugenia, acusa a Adamson de parásito, el epíteto aparece a primera vista como una trivial alusión a los machos del hormiguero, esa suerte de zánganos que cortejan a la reina hasta que uno logra fertilizarla, y después muere. Pero pronto se ve que aquí también se habla sobre conductas puramente humanas: en particular cuando se revela que los hijos que Adamson creía haber engendrado con Eugenia son fruto de la relación incestuosa entre hermana y hermano (¿dónde se ha visto que el incesto perturbe a los animales?).
Ante los esencialmente parasitarios ojos feudales de Edgar, Adamson es el parásito: la tarea moderna de poner orden en las colecciones de historia natural del padre es incomprensible para el joven aristócrata, que sólo se dedica a saltar a caballo por ventanas ajenas y a acostarse con las criadas (además de hacerlo con su hermana). Para él, Adamson es un aprovechador que lucra con la afición del anciano por la historia natural para obtener trabajo, casa y esposa. Como implíctamente lo señala Haas en la escena de la comida, el joven naturalista es el tipo de científico profesional en ascenso hacia la segunda mitad del siglo XIX, mientras el viejo caballero es el hombre de cuna que desde el Iluminismo toma la historia natural como una dignísima afición (cuyo epítome en la realidad es el mismo Darwin, que en su juventud se dedicó sistemáticamente a la caza y a las juergas, y en la ficción el príncipe de Lampedusa).
La otra mujer, la socialista y feminista Matty (excelente Kristin Scott Thomas, puro juego de unos ojos bellísimos) surge de la oscuridad de los pasadizos del castillo para guiar al héroe en el periplo hacia su propio destino. La de los pasadizos es otra metáfora del hormiguero brillantemente aprovechada por Haas: el incesto se revela a través de un mensajero, aparentemente enviado por nadie en particular sino por la "casa invisible" (¿dónde se ha visto hormigas con pruritos morales?).
Mientras la atracción de Adamson por Eugenia es repentina y apasionada, su vínculo con Matty se construye paulatinamente, al compás del mutuo interés por los insectos. Y se sostiene en dos momentos clave: el plano detalle de la muñeca de Matty mientras dibuja (vista por Adamson y luego recordada mientras se acuesta con Eugenia), y cuando Matty revela mediante el juego de formar palabras con los naipes (las mismas letras de "insecto" permiten formar "incesto") que conoce el terrible secreto de Adamson.
Será con Mathilda (ya no más la intelectual institutriz Matty sino también revelada ahora como mujer sexualmente deseante), que retornará a su paraíso perdido, el Amazonas, donde la secuencia de los títulos lo mostró en tiempos felices.
En contrapunto, la imagen final de Adamson y Matty en el carruaje muestra las miradas de ambos dirigidas hacia un punto fuera de cuadro: ¿El castillo que dejan en la oscuridad de esa Inglaterra victoriana, encerrada en toda su abrumadora hipocresía? ¿La luminosidad de las fogatas en la noche natural que los espera, llena de peligros pero también de una promesa de honestidad?

Julio Orione

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