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LA SEDA
La seda se obtiene del capullo que la oruga forma segregando hilos
delgados y brillantes a su alrededor. Hay, varias especies, entre las que
destaca el gusano de la morera, de origen europeo y que representa la producción
de seda clásica, sin embargo existen las variantes de orugas de encino rojo y
madroño, de origen americano, que tienen una calidad similar a la de la seda
clásica.
El procedimiento para el cultivo de la seda es el siguiente:
las larvas deben alimentarse de hojas tiernas, hasta que adquieren el tamaño
apropiado para tejer el capullo. Una vez terminado éste, la oruga se convierte
en ninfa o crisálida –el tamaño intermedio entre oruga y mariposa- y es el
momento ideal para cosechar los capullos. Se hierven en agua con ceniza -proceso
en el que mueren las crisálidas- para blanquearlas y disolver parte del
adherente que pega los filamentos entre sí. Se secan y se amasan con los dedos
para hacerlos esponjar, obteniéndose un material pegajoso, de grosor irregular y
con muchos nudos, sin embargo mediante este sencillo procedimiento, la seda está
lista para ser hilada.
Actualmente sólo en las comunidades zapotecas de San Pedro Mártir y
San Francisco Cajonos, en Oaxaca, se cultiva la seda para uso local. En San
Mateo Peñasco se produce “hiladillo”, una especie de seda que se caracteriza por
ser más gruesa que la seda clásica, para las tejedoras de la Mixteca de la
Costa. Quedan pocos restos de la industria de la seda en el país, por lo que los
reboceros de Santa María del Río, San Luis Potosí, y Tenancingo, Estado de
México, utilizan sedas importadas para la elaboración de sus prendas.
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