Flavio Josefo, �La guerra de los jud�os�, Jerusal�n, 70 d.C.

 

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Cap�tulo VII � Del galileo Sim�n y de las tres sectas que hubo entre los jud�os

�Hab�a entre los jud�os tres g�neros de filosof�a: el uno segu�an los fariseos, el otro los saduceos, y el tercero, que todos piensan ser el m�s aprobado, era el de los esenios, jud�os naturales, pero muy unidos con amor y amistad, y los que m�s de todos hu�an todo ocio y deleite torpe, y mostrando ser continentes y no sujetarse a la codicia, ten�an esto por muy gran virtud. Estos aborrecen los casamientos, y tienen por parientes propios los hijos extra�os que les son dados para doctrinarlos; mu�stranles e instr�yenlos con sus costumbres, no porque sean ellos de parecer que debe quitarse o acabar con la sucesi�n y generaci�n humana, pero porque piensan que  todos debense guardar de la intemperancia y lujuria, creyendo que no hay mujer que guarde la fe con su marido castamente, seg�n debe. Suelen tambi�n menospreciar las riquezas, y tienen por muy loada la comunicaci�n de los bienes, uno con otro, no se halla que uno sea m�s rico que otro; tienen por ley que quien quisiere seguir la disciplina de esta secta, ha de poner todos sus bienes en com�n para servicio de todos; porque de esta manera ni la pobreza se mostrase, ni la riqueza ensoberbeciese; pero mezclado todo junto, como hacienda de hermanos, fuese todo un com�n patrimonio.

Tienen por cosa de afrenta el aceite, y si alguno fuere untado con �l contra su voluntad, luego con otras cosas hacen limpiar su cuerpo, porque tienen lo feo por hermoso, salvo que sus vestidos est�n siempre muy limpios; tienen procuradores ciertos para todas sus cosas en com�n y juntos. No tienen una ciudad cierta adonde se recojan; pero en cada una viven muchos, y viniendo algunos de los maestros de la secta, ofr�cenle todo cuanto tienen, como si le fuese cosa propia; v�nse con ellos, aunque nunca los hayan visto, como muy amigos y muy acostumbrados; por esto, en sus peregrinaciones no se arman sino por causa de los ladrones, y no llevan consigo cosa alguna; en cada ciudad tienen cierto procurador del mismo colegio, el cual est� encargado de recibir todos los hu�spedes que vienen, y �ste tiene cuidado de guardar los vestidos y proveer lo de m�s necesario a su uso. Los muchachos que est�n a�n debajo de sus maestros, no tienen todos m�s de una manera de vestir, y el calzar es a todos semejante; no mudan jam�s vestido ni zapatos, hasta que los primeros sean o rotos o consumidos con el uso del traer y llevar; no compran entre ellos algo ni lo venden, dando cada uno lo que tiene al que est� necesitado; comun�canse cuanto tienen de tal manera, que cada uno toma lo que le falta, aunque sin dar uno por otro y sin este trueque, tienen todos libertad de tomar de cada uno lo que les pareciese y aquello que les es necesario.

Tienen mucha religi�n y reverencia, a Dios principalmente; no hablan antes que el sol salga algo que sea profano; antes le suelen celebrar ciertos sacrificios y oraciones, como rog�ndole que salga; despu�s los procuradores dejan ir a cada uno a entender en sus cosas, y despu�s que ha entendido cada uno en su arte como debe, j�ntanse todos, y cubiertos con unas toallas blancas de lino, l�vanse con agua fr�a sus cuerpos; hecho esto, rec�gense todos en ciertos lugares adonde no puede entrar hombre de otra secta. Limpiados, pues, purificados de esta manera, entran en su cen�culo, no de otra manera que si entrasen en un santo templo, y asentados con orden y con silencio, p�neles a cada uno el pan delante, y el cocinero una escudilla con su potaje, y luego el sacerdote bendice la comida, porque no es l�cito comer bocado sin hacer primero oraci�n a Dios; despu�s de haber comido hacen sus gracias, porque en el principio y en el fin de la comida dan gracias y alabanzas a Dios, como que de El todo procede, y es el que les da mantenimiento; despu�s dejando aquellas vestiduras casi sagradas, vuelven a sus ejercicios hasta la noche, recogi�ndose entonces en sus casas, cenan, y junto con ellos los hu�spedes tambi�n, si algunos hallaren.

No suele haber aqu� entre ellos ni clamor, ni gritos, ni ruido alguno; porque aun en el hablar guardan orden grande, dando los unos lugar a los otros, y el silencio que guardan parece a los que est�n fuera de all�, una cosa muy secreta y muy venerable, la causa de esto es la gran templanza que guardan en el comer y beber, porque ninguno llega a m�s de aquello que sabe serle necesario; pero aunque no hacen algo, en todo cuanto hacen, lo hacen con  consenso del procurador o maestro de todos. Todav�a son libres en dos cosas, y son �stas: ayudar al que tiene de ellos necesidad, y tener compasi�n de los afligidos porque permitido es a cada uno socorrer a los que fueren de ello dignos, seg�n su voluntad, y dar a los pobres manutenci�n.

Solamente les est� prohibido dar algo a sus parientes y deudos, sin pedir licencia a sus curadores; saben moderar muy bien y templar su ira, desechar toda indignaci�n, guardar su fe, obedecer a la paz, guardar y cumplir cuanto dicen, como si con juramento estuviesen obligados; son muy recatados en el jurar, porque piensan que es cosa de perjuros, porque tienen por mentiroso aquel a quien no se puede dar cr�dito sin que llame a Dios por testigo. Hacen gran estudio de las escrituras de los antiguos, sacando de ellas principalmente aquello que conviene para sus almas y cuerpos, y por tanto, suelen alcanzar la virtud de muchas hierbas, plantas, ra�ces y piedras, saben la fuerza y poder de todas, y esto escudri�an con gran diligencia.

A los que desean entrar en esta secta no los reciben luego en sus ayuntamientos, pero danles de fuera un a�o entero de comer y beber, con el mismo orden que si con ellos estuviesen juntamente, d�ndoles tambi�n una t�nica, una vestidura blanca y una azadilla; despu�s que con el tiempo han dado se�al de su virtud y continencia, rec�benlos con ellos y participan de sus aguas y lavatorios, por causa de recibir con ellos la castidad que deben guardar, pero no los juntan a comer con ellos; porque despu�s que han mostrado su continencia, experimentan sus costumbres por espacio de dos a�os m�s, y pareciendo digno, es recibido entonces en la compa��a. Antes que comiencen a comer de las mismas comidas de ellos, hacen grandes juramentos y votos de honrar a Dios, y despu�s, que con los hombres guardar�n toda justicia y no da�ar�n de su voluntad ni de su grado a alguno, ni aunque se lo manden; y que han de aborrecer a todos los malos y que trabajar�n con los que siguen la justicia de guardar verdad con todos y prin cipalmente con los pr�ncipes; porque sin voluntad de Dios, ninguno puede llegar a ser rey ni pr�ncipe. Y si aconteciere que �l venga a ser presidente de todos, jura y promete que no se ensoberbecer�, ni usar� mal de su poder para hacer afrenta a los suyos; pero que ni se vestir� de otra diferente manera que van todos, no m�s rico ni m�s pomposo, y que siempre amar� la verdad con prop�sito e intenci�n de convencer a los mentirosos; tambi�n promete guardar sus manos limpias de todo hurto, y su �nima pura y limpia de provechos injustos; y que no encubrir� a los que tiene por compa�eros, que le siguen, alg�n misterio; y que no publicar� algo de la gente profana, aunque alguno le quiera forzar amenaz�ndole con la muerte. A�aden tambi�n que no ordenar�n reglas nuevas, ni cosa alguna m�s de aquellas que ellos han recibido. Huir�n todo latrocinio y hurto; conservar�n los libros de sus leyes y honrar�n los nombres de los �ngeles.

Con estos juramentos prueban y experimentan a los que reciben en sus compa��as, y fortal�cenlos con ellos; a los que hallan en pecados �chanlos de la compa��a, y el que es condenado muchas veces, lo hacen morir de muerte miserable; los que est�n obligados a estos juramentos y ordenanzas no pueden recibir de alg�n otro comer ni beber, y cuando son echados, comen como bestias las hierbas crudas de tal manera, que se les adelgazan tanto sus miembros con e1 hambre, que vienen finalmente a morir; por lo cual, teniendo muchas veces compasi�n de muchos, los recibieron ya estando en lo �ltimo de su vida, creyendo y juzgando que bastaba la pena recibida por los delitos y pecados cometidos, pues los hab�an llevado a la muerte.

Son muy diligentes en el juzgar, y muy justos; entienden en los juicios que hacen no menos de cien hombres juntos, y lo que determinan se guarda y observa muy firmemente; despu�s de Dios, tienen en gran honra a Mois�s, fundador de sus leyes, de tal manera, que si alguno habla mal contra �l, es condenado a la muerte.

Obedecer a los viejos y a los dem�s que algo ordenan o mandan, ti�nenlo por cosa muy aprobada; si diez est�n juntos no hay alguno que hable a pesar de los otros; gu�rdanse d� escupir en medio o a la parte diestra, y honran la fiesta del s�bado m�s particularmente y con m�s diligencia que todos los otros jud�os; pues no s�lo aparejan un d�a antes por no encender fuego el d�a de fiesta, ni aun osan mudar un vaso de una parte en otra, ni purgan sus vientres, aunque tengan necesidad de hacerlo.

Los otros d�as cavan en tierra un pie de hondo con aquella azadilla que dijimos arriba que se da a los novicios, y por no hacer injuria al resplandor divino, hacen sus secretos all� cubiertos, y despu�s vuelven a ponerle encima la tierra que sacaron antes, y aun esto lo suelen hacer en lugares muy secretos; y siendo esta purgaci�n natural, todav�a tienen por cosa muy solemne limpiarse de esta manera; dist�nguense unos de otros, seg�n el tiempo de la abstinencia que han tenido y guardado, en cuatro �rdenes, y los m�s nuevos son tenidos en menos que los que les preceden, tanto, que si tocan alguno de ellos, se lavan y limpian, no menos que si hubiesen tocado alg�n extranjero; viven mucho tiempo, de tal manera, que hay muchos que llegan hasta cien a�os, por comer siempre ordenados comeres y muy sencillos, y seg�n pienso, por la gran templanza que guardan. Menosprecian tambi�n las adversidades, y vencen los tormentos con la constancia, paciencia y consejo; y morir con honra j�zganlo por mejor que vivir.

La guerra que tuvieron �stos con los romanos, mostr� el gran �nimo que en todas las cosas ten�an, porque aunque sus miembros eran despedazados por el fuego y diversos tormentos, no pudieron hacer que hablasen algo contra el error de la ley, ni que comiesen alguna cosa vedada, y aun no rogaron a los que los atormentaban, ni lloraron siendo atormentados; antes riendo en sus pasiones y penas grandes, y burl�ndose de los que se lo mandaban dar, perd�an la vida con alegr�a grande muy constante y firmemente, teniendo por cierto que no la perd�an, pues la hab�an de cobrar otra vez.

Tienen una opini�n por muy verdadera, que los cuerpos son corruptibles y la materia de ellos no es perpet�a; pero les quedan siempre inmortales, y siendo de un aire muy sutil, son puestas dentro de los cuerpos como en c�rceles, retenidas con halagos naturales; pero cuando son libradas de estos nudos y c�rceles, libradas como de servidumbre muy grande y muy larga, luego reciben alegr�a y se levantan a lo alto; y que las buenas, conform�ndose en esto con la sentencia de los griegos, viven a la otra parte del mar Oc�ano, adonde tienen su gozo y su descanso, porque aquella regi�n no est� fatigada con calores, ni con aguas, ni con fr�os, ni con nieves, pero muy fresca con el viento occidental que sale del oc�ano, y ventando muy suavemente est� muy deleitable. Las malas �nimas tienen otro lugar lejos de all�, muy tempestuoso y muy fr�o, lleno de gemidos y dolores, adonde son atormentadas con pena sin fin.

Par�ceme a mi que con el mismo sentido los griegos han apartado a todos aquellos que llaman h�roes y semidioses en unas islas de bienaventurados, y a los malos les han dado un lugar all� en el centro de la tierra, llamado infierno, adonde fuesen los imp�os atormentados; aqu� fingieron algunos que son atormentados los s�sifos, los t�ntalos, los ixiones y los tirios, teniendo, por cierto el principio que las almas son inmortales, y de aqu� el cuidado que tienen de seguir la virtud y menospreciar los vicios; porque los buenos, conservando esta vida, se hacen mejores, por la esperanza que tienen de los bienes eternos despu�s de esta vida, y los malos son detenidos, porque aunque estando en la vida han estado como escondidos, ser�n despu�s de la muerte atormentados eternamente. Esta, pues, es la filosof�a de los esenios, la cual, cierto, tiene un halago, si una vez se comienza a gustar, muy inevitable. Hay entre ellos algunos que dicen saber las cosas por venir, por sus libros sagrados y por muchas santificaciones Y muy conformes con los dichos de los profetas desde su primer tiempo; y muy pocas veces acontece que lo que ellos predicen de lo que ha de suceder, no sea as� como ellos se�alan.

Hay tambi�n otro colegio de esenios, los cuales tienen el comer, costumbres y leyes semejantes a las dichas, pero difieren en la opini�n del matrimonio; y dicen que la mayor parte de la vida del hombre es por la sucesi�n, y que los que aquello dicen la cortan, porque si todos fuesen de este parecer, luego el g�nero humano faltar�a; pero todav�a tienen ellos sus ajustamientos tan moderados, que gastan tres a�os en experimentar a sus mujeres, y si en sus purgaciones les parecen id�neas y aptas para parir, t�manlas entonces y c�sanse con ellas.

Ninguno de ellos se llega a su mujer si est� pre�ada, para demostrar que las bodas y ajuntamientos de marido y mujer no son por deleite, sino por el acrecentamiento y multiplicaci�n de los hombres; las mujeres, cuando se lavan, tienen sus t�nicas o camisas de la manera de los hombres y �stas son las costumbres de este ayuntamiento.�

Fragmentos de Flavio Josefo, �La guerra de los jud�os�, Jerusal�n, 70 d.C.

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