Todo el que haya estado en Barcelona y haya visto en el Museo Marítimo de las Atarazanas
Reales la reproducción, escala 1x1, de la Galera Real mandada por Don Juan de Austria en
la batalla de Lepanto, reconocerá que es uno de los barcos más hermosos que ha visto.
Tiene el mérito añadido de que la nave original se construyó en este mismo lugar en 1568.
Este bellísimo ejemplar pertenece al momento de máximo esplendor de este tipo de
navío, pero la galera se conoce de muy antiguo. Para algunos, procede de Egipto, cuando
se cambia el canalete por el remo, unos 3.000 años a. J.C.; otros piensan que su origen
es Creta, donde floreció una civilización talasocrática, entre 2800 y 1400 a. J.C. Tanto
los fenicios, como los griegos y romanos, utilizaron auténticas galeras con dos órdenes
de remos, birremes y tres, trirremes. Se ha especulado sobre la existencia de estos barcos
dotados de varias filas de remos pues muchos autores. ya en la antigüedad, dudaban de
su posibilidad. Quizá esta discusión sea ociosa, hay representación de ellas en múltiples
lugares, como son vasos, cerámicas y toda clase de pinturas.
Fue famosa la galera romana dedicada a la guerra llamada Liburna, tanto que, dada
su velocidad y capacidad de maniobra, llegó a generalizarse este nombre como navío de
guerra. En Bizancio se utilizó un barco similar llamado Dromón, es decir, corredor.
En el siglo XV adoptaría definitivamente el nombre de galera. Se diferenciaba de
las naves redondas alterosas y de mucha manga, propulsadas a vela, por su eslora mayor que
la manga, en proporción de 5 a 1 e incluso de 8 a 1, propulsadas preferentemente a remo.
Una característica importante de la galera era la crujía, un callejón longitudinal
que corría a lo largo y por el centro del talar en que se halla la cámara de boga y separaba
los bancos de una y otra banda. En el siglo XIII, todas las galeras tienen ya una sola fila
de remos y Sanudo, en el Liber Secretorum, escrito hacia 1290, dice que si bien hasta esa
fecha en casi todas las galeras bogaban dos remeros en cada banco, algunos hombres más
ingeniosos los acondicionaron para que pudieran bogar tres en cada uno de ellos, siendo el
que ocupaba el lugar más interno, en la punta del remo, quien lo dirigía, limitándose los
otros dos a aportar su fuerza. Se aumentó la velocidad, mediante la adición de velamen.
Llevaban un mástil que se llamó árbol, luego dos a fines del siglo XVI, con aparejo latino.
Su velocidad, la capacidad de maniobra debida a los remos, y la independencia de los cambios
de tiempo, determinaron que, en todo el Mediterráneo, fuese la nave de guerra por excelencia.
Ya señala Marañón que el viento es el azar y el azar es mal aliado de la lucha.
Puesto que la batalla naval era, tras el abordaje, similar al combate en tierra, la
galera estaba poco armada. Su artillería estaba determinada en la proa, por una boca de fuego
fija sobre el mismo eje de la quilla, disparando una bola de 25 Kg. A cada lado, dos piezas
más pequeñas, las bastardas, disparaban bolas de 3 Kg. Para el tiro lateral se disponía de
cañones más pequeños, los pedreros. Estos cañones se utilizaban durante la aproximación al
enemigo, luego se procuraba embestir a la otra nave de costado, a lo que seguía el abordaje.
Las galeras se utilizaron en el Mediterráneo hasta el siglo XVIII. Fueron superadas
por el bajel bien artillado, como sucedió con el LE BON, de cincuenta cañones, que puso en
fuga a 30 galeras españolas en aguas de la isla de Elba, el 10 de julio de 1694.Parece ser
un aviso de su vulnerabilidad que, en la batalla de Lepanto, se iniciara el ataque con
galeazas muy lentas, pero fuertemente armadas, decidiendo quizá la batalla. El hecho es muy
discutido, pues atravesaron las líneas enemigas disparando sus numerosos cañones, quedando a
retaguardia de las galeras otomanas y sin volver a participar en la batalla. Pero produjeron
posiblemente numerosos daños en los barcos turcos y de alguna manera trastocaron su orden de
batalla, lo que parece fue decisivo en su ulterior desarrollo.
Dada su belleza, fue también el navío de los vencedores. En ella, totalmente
engalanada, con el ritmo majestuoso de sus remos, desfilaba el general vencedor ante los
demás navíos.
La batalla de Lepanto fue la mayor que se ha dado en toda la historia con estos
barcos; se desarrolló, durante cinco horas, el 7 de octubre de 1571, en ella participaron
unas 250 galeras por contendiente. Si se tiene en cuenta que eran unos 200 los remeros en cada
embarcación, quiere decir que, solamente en esta batalla, participaron más de 100.000
galeotes. La necesidad de hombres era tanta, que ya no eran suficientes los esclavos
-generalmente prisioneros de guerra- y algunos grandes malhechores, penados hasta entonces
con este castigo. Por ello se pidió a los jueces el aumento del número de condenas, por lo
que esta pena que hoy nos parece extremada, se generalizó y extendió a delitos por los que
hoy no se impondría ni la más leve de las condenas. No es de extrañar, por lo tanto, que
nuestro gran Miguel de Cervantes, que había vivido las galeras precisamente en Lepanto,
le doliera dentro de su corazón la suerte de estos desgraciados e hiciese a su inmortal
Don Quijote romper una lanza en su favor, poniendo de relieve la levedad de los delitos
que eran así penados. Lo expresó en su libro, con su gracia especial, utilizando el fuerte
contraluz del humor para poner más de manifiesto la cruda realidad. No resisto, por lo tanto,
la tentación de transcribir literalmente el comienzo del capítulo XXII:
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en esta gravísima, altisonante,
mínima, dulce e imaginada historia que, don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino
que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados, como cuentas, en una gran cadena
de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos ...Sancho Panza los vido, dijo:
-Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
Nuestro caballero ve a unos desgraciados ensartados en cadenas, obligados a caminar
contra su voluntad, y en su gloriosa locura dice:
-Pues desa manera -dijo su amo-, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer
fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
No lo piensa más y decide liberar a los desgraciados, pero antes de obrar, muy
especial era su locura, quiere indagar de los representantes de la justicia, con muy
corteses razones, la causa que ha llevado a esos hombres hasta tan terrible extremo, a lo
que responde uno de los guardas de a caballo que eran galeotes, gente de Su Majestad que
iba a galeras, y que no había más que decir, ni él tenía más que saber. Insiste don Quijote,
y es remitido a los propios galeotes para que les pregunte directamente ya que como dice
el segundo guarda, ellos lo dirán si quisieren, que sí querrán, porque es gente que recibe
gusto de hacer y decir bellaquerías. Conseguido el permiso, pregunta al primer galeote
cual es la causa de su condena, e inmediatamente, por algo es el ingenioso hidalgo, nos
indica lo que quería demostrar: la levedad de las penas, ya que el hombre responde
simplemente, que iba de aquella manera por enamorado, lo que le da pie a deleitarnos
nuevamente con su extraordinario humor, ya que de inmediato responde:
-¿Por eso no más? -replicó don Quijote-. Pues, si por enamorados echan a galeras,
días ha que pudiera yo estar bogando en ellas.
La agradable sorpresa surge de nuevo cuando el desgraciado dice con sencillez:
-No son los amores como los que vuesa merced piensa -dijo el galeote-;
que los míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de ropa blanca, que
la abracé conmigo tan fuertemente...
No terminaba con ello el rigor de la justicia y pienso que nuestro Cervantes, para
poner de manifiesto de forma más contundente la injusticia, hace añadir al galeote:
...acomodáronme las espaldas con ciento, y por añadidura tres precisos de gurapas,
y acabóse la obra.
Aclara el libro que el ciento fue de azotes y que gurapas quieren decir galeras.
Insiste en su interrogatorio y pregunta al segundo, muy joven, el cual no respondió palabra,
según iba de triste y malencónico. Lo hace por él otro penado diciendo que el muchacho va
por canario, por músico y cantor. Vuelve Cervantes a poner de manifiesto la crueldad del
momento con una buscada y frívola frase, que aumente la gravedad del hecho:
-Antes, he yo oído decir -dijo don Quijote- que quien canta sus males espanta.
-Acá es al revés -dijo el galeote-, que quien canta una vez llora toda la vida.
Creo que Cervantes, con sus medidas palabras nos dice cuanto le repugna el tormento,
practica habitual de sus tiempos, admitida por la mayoría. El guarda lo justifica aduciendo
que:
...los demás ladrones que allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y
escarnecen y tienen en poco, porque confesó y no tuvo ánimo de decir nones.
Con lo que demuestra cómo se las traía la justicia en aquellos siglos de extrema
dureza. Muy mal debió pasarlo nuestro don Miguel con la maledicencia de sus coetáneos,
pues no dudó en llevar a galeras a uno de ellos, nos cuenta que preguntado otro, contesta
uno de sus compañeros de desgracia:
-Así es -replicó el galeote-; y la culpa por que le dieron esta pena es por haber
sido corredor de oreja...
Es el único del que no se compadece nuestro caballero e incluso lo acusa de
alcahuete; sí se compadece Sancho, ajeno a la importancia de este delito, ya que: túvole
Sancho tanta compasión, que sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna, a lo
que el penado responde con llanto y nos demuestra que los pecados del hombre son viejos,
pues comenta la dádiva, diciendo:
-Eso me parece -respondió el galeote- como quien tiene dineros en mitad del golfo
y se está muriendo de hambre, sin tener adonde comprar lo que ha menester. Dígolo porque
si a su tiempo tuviera yo esos veinte ducados que vuestra merced ahora me ofrece, hubiera
untado con ellos la péndola del escribano y avivado el ingenio del procurador.
Su encuentro con Ginés de Pasamonte, demuestra varias cosas: que alguien sobrevivía
a las galeras, que mucho ayudan las letras para alcanzar mejor posición, pues en ellas
escribió su libro La vida de Gines de Pasamonte, lo que supone que dispuso de tiempo y
mejor lugar que el banco de remo para escribirlo; y, lo que es peor, demuestra también
el desagradecimiento humano, pues, una vez libre, el pícaro Ginés, como nos cuenta Cervantes
en pluma de Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego que:
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don Quijote no
era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de querer darles libertad,
viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a los compañeros, y, apartándose aparte,
comenzaron a llover tantas piedras sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con
la rodela; y el pobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho
de bronce.
Nos queda un mal sabor de boca al pensar que aquellos desgraciados quizá merecían
su castigo conociendo la ingratitud con que trataron a nuestro héroe y que quizá estuvo
bien puesto el nombre de chusma o canalla, dado a los galeotes.
Haciendo referencia a las galeras del tiempo de la batalla de Lepanto, momento
en que la galera alcanza su máxima importancia, sabemos que su dotación era muy numerosa,
llegando a un promedio de entre 350 a 400 hombres. Estaba mandada por un capitán del que
dependían dos clases de personal: La gente de cabo, que a su vez comprendía a la gente
de guerra y a la gente de mar, y la gente de chusma o de remo.
La gente de guerra procedía en gran medida de los tercios de Flandes y de alguna
manera puede considerárseles como el embrión de la infantería de marina. La gente de mar
comprendía: el patrón o el segundo de a bordo tras crearse la figura del capitán. El piloto,
experto en navegación, encargado de determinar la situación y el rumbo. El cómitre, que
en el siglo XVI era el oficial de mar encargado de dirigir las maniobras. No solo debía
atender las maniobras de vela, también organizar y distribuir la fuerza de los remeros.
Con su látigo incitaba a la boga o castigaba a veces cruelmente, sabiendo hasta que punto
podía llegar con el azote sin perder a un hombre.
Los conserjeres eran prácticos de costa, y siendo una navegación preferentemente
de cabotaje, conocían las corrientes, puntos de recalada, abrigos y puertos. Los alieres
y proeles iban a popa y a proa para dirigir tanto el abordaje como la defensa. Los
marineros se ocupaban de las maniobras pero no de la boga ni de los cambios de entena,
lo más pesado y por lo tanto, a cargo de la chusma. Los artilleros, aunque encuadrados
en la gente de mar se encargaban, como su nombre indica, de manejar las lombardas de
la corulla. La maestranza estaba formada por varios maestros de oficio: de remolar es
decir del cuidado y reparación de remos; el maestro de daja o carpintero; el botero,
al cuidado de la pipería; el calafate para mantener el buen estado del casco; los
pañoleros y despenseros encargados del avituallamiento.
Había un alguacil encargado de la justicia y vigilancia de la gente y de la
chusma, encargado de evitar peleas, fugas y deserciones.
En las instrucciones que dio Felipe II a don Juan de Austria, al nombrarle
capitán general de la mar, le decía:
Ha de haber en cada una de las dichas galeras un capellán sacerdote que tenga
cargo de los confesar a sus tiempos y doctrinar.
También disponían las galeras francesas de capellán al que llamaban limosnero
y es momento de recordar a San Vicente de Paúl que ejerció su apostolado como tal
limosnero durante 40 años.
Dado el elevado número de navegantes de cada galera y la rudeza del trabajo,
ya desde los comienzos del siglo XVI, iba un cirujano o barbero pero, tras la instrucción
dada por Felipe II a don Juan de Mendoza para la toma de posesión del cargo de Capitán
General de las Galeras de España, se dispuso que hubiera médicos y cirujanos titulados
en la escuadra. Creo que a nosotros, médicos, nos interesa más conocer la dotación
humana y su terrible forma de vida, por ello las describo con más detenimiento; pienso
también que nos interesará saber algo de sus médicos. Como muestra de lo importantes
que fueron, me referiré en especial a uno de ellos, cuya vida y obra fue transcendental
en su época y que de alguna manera no se le ha hecho la debida justicia histórica.
Me refiero a Dionisio Daza Chacón que debió tener en su tiempo menos actuación política
que médica, ya que no figura en la cabecera de la Historia como otros médicos de su
tiempo de menor valor, aunque fue uno de los cirujanos que más contribuyó al progreso
de la cirugía. Le podríamos llamar el Ambrosio Paré español, pues al igual que el
gran cirujano francés, y prácticamente en su mismo tiempo, humanizó el ejercicio
quirúrgico, desterrando el fuego en la curación de las heridas, tanto con el aceite
hirviendo, sustituido al modo de Paré, por una pasta emoliente hecha con huevo, como
usando la ligadura vascular para la hemostasia, en vez del hierro al rojo.
Fue Daza Chacón el primero en negar en España la condición de tóxicas y combustas
que se daban, por autores de la importancia de Da Vigo, a las heridas producidas por
arcabuz y demostrando la naturaleza no venenosa de la pólvora. Usó un originalísimo
apósito, no encontrado en Paré, consistente en introducir el muñón de la amputación
dentro del abdomen de una gallina viva, procedimiento que a primera vista parece grotesco,
pero hoy diríamos lleno de sentido común y de gran intuición. Apósito en realidad
aséptico y rico en fibrina, procedente del peritoneo.
Daza Chacón nació en Valladolid en 1513 de humilde condición, alcanzando una
edad poco frecuente en su época ya que murió en 1596. Inició sus estudios en su
ciudad natal; se conservan los nombres de sus primeros maestros, el cirujano Arias
y el licenciado Torres. Completó su formación en Salamanca con el cirujano Ponte
el chico; al final de sus días se le titulaba como licenciado, médico y cirujano.
Presumía ya en su vejez de ser el primer cirujano de la Real Cámara que disfrutó
en su jubilación de unos emolumentos iguales a los que cobraba durante sus 37 años
de ejercicio de su profesión.
Tuvo amistad con Andrea Vesalio, al que admiraba como extraordinario anatomista
aunque no tanto como cirujano, del que dijo que le confiaba los casos quirúrgicos
difíciles. Durante la mayor parte de su vida fue cirujano militar de un emperador,
un rey, una reina y un príncipe, tras empezar, en tiempos de Carlos I, bajo el mando
de don Pedro de Guzmán abuelo del Conde Duque de Olivares, que iba por Maese de Campo
de tres mil hombres. Después de muchas campañas culminó su actuación militar al mando
de don Juan de Austria, primero en Granada y después en Lepanto, pues como él mismo
dice: El año 1569 su Majestad me mandó que fuese a servir al Serenísimo Don Juan de
Austria a las galeras. Siguió sirviéndole en todas las campañas en el Mediterráneo.
Tenemos especial noticia, por sus propias palabras, de la amistad y afecto que profesaba
a don Juan. Éste, que como su padre, padecía de hemorroides, fue intervenido. Le
practicaron una incisión y murió a los cuatro días, por lo que parece, de la hemorragia.
Dionisio Daza Chacón se duele de la muerte de una persona muy querida con la que había
participado en Lepanto y dice en uno de sus escritos, que de haber estado a su lado,
no habría permitido el error de la incisión, usando a lo sumo de las sanguijuelas.
De la categoría humana de este médico hablan sus propias palabras, extraídas
de su libro dedicado a la cirugía. Practica y Teoría de Cirugía en romance y latín.
Permítanme que transcriba y lea tan larga cita. Es fresca y actual, y estas palabras
del gran cirujano que son difíciles de mejorar, tienen la gracia de conservarse tal
como las escribió y su ortografía es de alguna manera un encanto adicional. Así ve
al médico nuestro ilustre antepasado:
Para ser bueno ha de ser hombre reposado y letrado, con experiencia y de buena
estimativa; que lo que hablare lo entienda y lo sepa poner en obra; porque hay
muchos habladores que tienen solamente letras garrulativas a la apariencia; y lo
que hablan no lo entienden; ni saben apenas ordenar un clister, y quieren usar
cosas nuevas, y malas experiencias. Estos son phisicos de apariencia no de obra
que dan a entender al vulgo que saben algo sin saberlo, y no saben curar y sanar
una enfermedad; y aun sanarían mejor los enfermos y más ayna; si no fuesen curados
por estos que tienen nombre de phisicos que su nombre es matasanos, salvo aquellos
que de suyo se avian de sanar sin phisica; y aun a estos les estorvan que no sanen
tan presto; que como han de ser ayudadores de natura son estorbados y contra natura;
no toman consejo de otros por presunción, y quieren antes que se muera el doliente,
que no que sepan su ignorancia. Huyen de llamar compañía y cuando la llaman son muy
porfiados en su opinión, aunque no sea buena, por mostrarse que saben algo y prometen
mucha salud; y no dan ninguna. Esto viene de tener poca consciencia y no ser buenos
cristianos y de falta de humildad. Otros hay enamoradicos, que en cualquier cosa
ue van a curar se enamoran, teniendo deshonestos pensamientos. Estos merecen por
lo menos ser privados perpetuamente.
El buen phisico ha de ser viejo, experimentado, de buena estimativa y de
buen seso. Ha de haver curado por lo menos quince o veinte años arriba y ha de
haver visto práctica de muchos hombres doctos; y conferido muchas veces con ellos.
Por donde los que mucho tiempo practicaron en una aldea o en partes donde no ay
conferencia de doctos hombres, al cabo son phisicos de aldea. El buen médico ha
de ser docto en práctica y theoría, y reposado; y tan secreto como el confesor;
bien fortunado, de buena presencia; y no ruin gesto, humilde y alegre y gracioso
de buena manera; no jugador, ni putañero; y no interesal; sino que su principal
intento sea curar al doliente; y no sacarle los dineros; y al paciente haga después
su virtud; conforme al trabajo y peligro de la enfermedad; ya que es el doliente y
a quien es el phisico que le cura; y no de premio máximo si es pobre, y por esto
el médico ha de tener renta o salario para poderse mantener honradamente y para curar
los pobres de balde, que ha de ser obligación. Ha de ser honesto, y hombre verdadero,
no codicioso, ni malicioso, ni murmurador, ni mentiroso, ni vicioso, ni hipócrita.
Ha de ser dado a su estudio y no a vicios. No ha de ser negociador ni mercader;
ha de ser bien acondicionado, ha de andar siempre limpio y bien ataviado y aun
oloroso porque alegre al paciente. Amoroso que cure con affición y no ha de ir
a ver al doliente por grande amigo ni aun pariente que le sea, sin ser llamado
ni aun rogado; y no ha de echar rogadores para que se curen con él; ni para que
le llamen.
Son palabras textuales que demuestran su categoría de médico, no tanto
la de escritor, pese a haber coincido en Lepanto con Cervantes.