De la misma manera que Ambrosio Par�, cre�a que el agua tiene propiedades
curativas, puesto que las heridas curan mejor si son bien lavadas; Dionisio Daza
Chac�n preconizaba su empleo en las heridas y puntualizaba la temperatura y los modos
de aplicarla
La galera real era de majestuoso porte, sus dimensiones nos recuerdan m�s
a un nav�o de competici�n que a uno de guerra, con su casco alargado y estrecho
como el de una trainera. El equipo que hizo su reconstrucci�n en el Museo Mar�timo
de Barcelona y bas�ndose en el hecho cierto de que dispon�a de 30 remos por banda,
le calcul� una eslora, incluido el espol�n, de 60 metros, por una manga m�xima de
6,20 metros y un puntal de 2,08. Los remos med�an 11,40 metros de longitud. Su
decoraci�n era suntuosa desde el espol�n, rematado por la impresionante figura
de Neptuno, cabalgando sobre un estilizado delf�n en actitud de atacar, hasta
la popa generalmente decorada en todas las galeras; en la Real se hizo un aut�ntico
alarde como corresponde a la nave capitana de la flota, mandada por el hermano del
rey m�s poderoso de su �poca. Esta rica popa cerraba por detr�s a la no menos rica
carroza, lugar noble de la galera y que se extend�a desde el yugo al dragante en la
popa, lugar donde se encontraba la tabla llamada timonera desde la que se gobernaba
la nave. Los laterales que cerraban esta carroza estaban a su vez adornados con
esculturas y bajorrelieves ricamente dorados.
A esta fastuosa ornamentaci�n se a�ad�an varias banderas propias de la �poca,
cuya vistosidad no era menor que la de sus nombres: estandarte, fl�mula, tordano,
panel y gallardetes. Por tratarse de la capitana, la Real llevaba el estandarte real
y el de la Santa Liga que le entreg� en N�poles, en nombre del Papa, el cardenal
Granvela.
A toda esta riqueza decorativa se a�ad�an los fanales que, en n�mero de
dos o tres, coronaban la carroza, como distintivo de su categor�a y en la noche,
para su reconocimiento. Ten�an un gran valor como s�mbolo, demostrado por el inter�s
que los capitanes ten�an en arrebatarlos al enemigo. Con gran protocolo atend�an
a su encendido; en presencia de la Real solamente ella ten�a el derecho a encender
los tres, los capitanes de las otras galeras, dos y las dem�s, uno.
Mientras contemplaba en el Museo Mar�timo de Barcelona la hermosa y bell�sima
reproducci�n de la Galera Real de Don Juan de Austria en Lepanto, salt� a mi
imaginaci�n, quiz� inducido tambi�n por el aroma marino del pr�ximo puerto, una
imagen casi real. La vi avanzar con sus grandes velas hinchadas por el suave viento,
los pendones ondeando al aire, y todas sus doradas esculturas brillando, iluminadas
por un sol glorioso que no se quer�a perder el acto. Vi tambi�n en cubierta a
las gentes de guerra y a las gentes de mar, engalanadas con sus mejores ropas,
en formaci�n perfecta, dando guardia al pr�ncipe vencedor. Pude sentir el sonido
de chirim�as y timbales interpretando una marcha triunfal y el suave y r�pido
caminar de la hermosa nave impulsada por sus remos, batiendo el agua acompasados,
como el latido de un gran coraz�n.
Pasado ese primer momento de emoci�n, me fij� en los remos y el que, en
solitario, estaba expuesto y me di cuenta de su tama�o, grande como un poste de
tel�grafos y me pregunt�: �y los hombres que los manejaban? Se encendi� una luz
de alarma en mi cerebro, y vino a mi recuerdo las palabras del gran maestro de los
m�dicos humanistas, don Gregorio Mara��n, cuando dice:
Veremos que la gloriosa galera avanza sobre el mar porque la impulsan unos
seres humanos, hermanos nuestros, que reman ensartados por cadenas, amarrados,
como seres inanimados, por las s�lidas bancas a los costados de la nave, doblados,
cuando flaquean, por el castigo de la anguila que el c�mitre b�rbaro sacude sobre
sus espaldas; y si nuestro o�do se escurre entre los gritos de mando y el estruendo
ensordecedor de las chirim�as, oir�, all� abajo, el gemido y la maldici�n y la
blasfemia de los que sufren, sin piedad de nadie y sin el consuelo siquiera de
comprar con su martirio ni las migajas de la gloria que se repartir�n los dem�s.
Ya el doctor Alcal� dec�a:
La vida del galeote es vida propia del infierno; no hay diferencia de una
a otra, sino que la una es temporal y la otra eterna.
Comprend� que adem�s de hermosa y bell�sima, era cruel. Y si la boga era
tan cruel, la vida en puerto no lo era menos, pues generalmente segu�an encadenados
sin m�s movimiento que poder dormir bajo los bancos, pr�cticamente a la intemperie,
bajo la lluvia o envueltos en la humedad del mar y apenas cubiertos por una
ligera gualdrapa. Su alimentaci�n era mala y escasa, compuesta principalmente
por la galleta, peque�a torta de pan, afortunadamente integral, cocida dos veces
para retrasar su fermentaci�n y tan dura que los veteranos esperaban con malsano
alborozo el primer mordisco de los novatos, que en la mayor�a de los casos les
costaba un diente generalmente mal asentado. Recurr�an para ablandarlo a remojarlo
en el agua del mar, lo que tambi�n era afortunado pues a�ad�a a la dieta cloruro
s�dico, tan necesario tras el tremendo esfuerzo. En situaciones excepcionales les
daban pan blanco, lo que en el momento se criticaba, alegando:
...aunque era de m�s contento y satisfaci�n para ellos, era menos a
prop�sito porque el bizcocho enjuga m�s las humedades.
Posiblemente la raz�n estribase en la avaricia de los administradores,
m�s que en el hecho cierto de que esa raci�n de pan era de 11 onzas y la de bizcocho,
de 26. Una vez al d�a recib�an una menestra ordinaria, compuesta con habas, jud�as
o lentejas. En ocasiones especiales, la llamada menestra fina, con arroz o garbanzos,
estos �ltimos preferidos por los espa�oles, como dice el doctor Gonz�lez:
Nuestra mariner�a est� acostumbrada al uso de los garbanzos y los prefieren
a las dem�s menestras.
Los galeotes casi nunca se regalaban con estas menestras, recibiendo
la hecha con habas, la legumbre m�s barata, cocida con algo de aceite, y no siempre,
ya que se suprim�a con cualquier pretexto. �nicamente en las grandes ocasiones
o tras un gran esfuerzo ten�an acceso a algo mejor, como ocurri� en la campa�a
de las Islas Terceras por consejo del marqu�s de Santa Cruz, uno de los almirantes
m�s humanitarios, que tambi�n ordenaba a�adir vinagre e incluso medio azumbre
de vino en el que mojaban la galleta, disfrut�ndolo como un gran manjar al que no
estaban acostumbrados. Incluso en el siglo XVII, cuando las condiciones eran m�s
humanas, hip�critamente, puesto que era m�s caro, Vargas Ponce, en 1680, publica
una carta de denunciada:
Carta noticiando los inconvenientes que se siguen de dar arroz a los remeros.
Este simple enunciado no necesita comentario, es suficiente para conocer
hasta qu� punto se escatimaba la alimentaci�n de estos desgraciados.
Las condiciones higi�nicas eran otro horror, tanto que el Padre Guevara,
describi� c�mo los par�sitos, pulgas y chinches principalmente, eran hu�spedes
habituales de tan bellos nav�os. De sus palabras se deduce que los visit� repetidas
veces y que ten�a conocimiento exacto del hecho. Con gracia especial, nos informa:
Es privilegio de la galera que todas las pulgas salten por las tablas y
todos los piojos que se cr�an en las costuras y todas las chinches que est�n en
los resquicios, sean comunes a todos y se repartan por todos y se mantengan entre
todos; y si alguno apelare de este privilegio, presumiendo de muy limpio y pulido,
desde ahora le profetizo que si echa la mano al pescuezo o a la barjuleta, halle
en el jub�n m�s piojos que en la bolsa, dinero.
Y a�ade en otra ocasi�n y de alguna manera nos introduce en los usos de
la �poca, en la que la higiene no deb�a ser pr�ctica en uso, puesto que para nada
nos habla del agua y del jab�n:
Es saludable consejo, mayormente para los hombres regalados y de est�magos
delicados que se provean de algunos perfumes, menju�, estoraque, �mbar, y, si no,
de alguna buena pomada hechizada, porque muchas veces acontece que sale tan grande
hedor de la sentina de la galera que, a no traes en qu� oler, hace desmayar y
provoca a reversar.
A estos horrores hay que sumar las enfermedades habituales debidas a las
condiciones en que viv�an estas pobres gentes, hiponutrici�n; escorbuto, pelagra,
beriberi, en mayor o menos grado por avitaminosis; infecciones de todo tipo,
como enteritis graves, tuberculosis, y cabe destacar el "pasmo", descrito en
todos los libros y que seguramente se refiere al t�tanos. Por si fuera poco a
las enfermedades hay que a�adir los traumatismos, ya sean normales a este tipo
de navegaci�n, los golpes de mar ser�an de un efecto terrible sobre los remos
y las bancadas de remeros, o los debidos a las batallas, momento en que nuestra
imaginaci�n se pierde, sobre todo, si tenemos en cuenta que estos hombres iban
encadenados y que rara vez eran liberados de sus grilletes, incluso en los
naufragios.
Pero no termina aqu� todo el espanto, puesto que hay que tener en
consideraci�n los castigos, de los cuales podemos pensar que el menor era la
disminuci�n de la alimentaci�n hasta el ayuno, e incluso menor, el castigo con
el l�tigo. Por causas m�nimas se les cortaban la nariz o las orejas, y si se
produc�a un robo, la pena era cortar la mano. Tenemos que agradecer al gran
Daza Chac�n que consiguiera la normativa de que en estas amputaciones estuviera
presente el cirujano, para dibujar la l�nea de la amputaci�n y poner un torniquete
que, adem�s de la hemostasia, mantuviese la piel estirada hacia el codo y disponer
as� de cantidad suficiente para cerrar el mu��n.
El m�dico don Pedro Ponce de Le�n tuvo que curar a un galeote, cuyo
capit�n, del que dice don Gregorio Mara��n. estampemos su nombre, para maldecirle,
se llamaba Lorenzo Roa. Este energ�meno, este s�dico capit�n, para castigar no
sabemos qu� falta, lo someti� a un cruel tormento; le mand� colgar una talega
con dos balas de ca��n de sus genitales e izarlo a la entena y mante-nerlo as�
suspendido hasta que, pasado un tiempo, el desgraciado perdi� el conocimiento
y sus genitales negros como la pez, se desprendieron.
Se lleg� a la perversi�n, y tengamos en cuenta que estos castigos no
eran privativos de Espa�a, practic�ndose en todos los pa�ses, de descuartizar
al reo, amarrando sus extremidades a cuatro galeras y como dice Mateo Alem�n:
Cada nave se alejaba arrastrando un fragmento del m�rtir.
No es de extra�ar que morir ahorcado fuese una liberaci�n. Un galeote,
Miguel de Molina, fue condenado por su capit�n a ser descuartizado. Felipe II,
en un gesto de magn�nima humanidad, conmut� esta pena por el ahorcamiento.
El reo, mientras pon�an la soga a su cuello, pronunci� un largo y elocuente
discurso de gracias a tan piados�simo rey.
Todo este espect�culo dantesco del galeote uncido a su banco, remando
hasta m�s all� del agotamiento, flagelado sin piedad, deshidratado y desnutrido,
descansando de forma precaria bajo el banco de remo sobre su propia inmundicia,
la galera, en el mar, se ol�a antes de ser avistada, no lo podemos extrapolar
a la forma de vida de nuestros d�as -Distingue tempora et concordabis iura.
Quiz� la primera pista nos la da el hecho de que hab�a galeotes voluntarios,
lo que nos hace pensar en la mala vida que llevar�an esos desgraciados para
enrolarse en tan duro y terrible trabajo. No se puede olvidar que en el siglo
XVI todav�a no se hab�an extendido los productos tra�dos de Am�rica, en
especial la patata y el ma�z que, una vez difundidos, salvaron a Europa de
la hambruna generalizada. La contumacia del hombre es tal, que sobre todo la
patata, cuyas cualidades nutritivas nos parecen obvias, fue despreciada dici�ndose
de ella que era causa de envenenamiento, por lo que tard� muchos a�os en ser
aceptada en la dieta normal. Esto ocurr�a en tiempos en que la escasez de cereal
era tal que, algunos a�os de mala cosecha, se prohib�a la fabricaci�n de cerveza,
para destinar todo el grano a la panificaci�n.
Esta hambruna determinaba que durante los largos inviernos, a las casas
mal acondicionadas para el fr�o, se a�adiera una dieta alimentaria muy escasa,
con poca grasa y prote�na. Quien hab�a sobrevivido a los rigores invernales y
a las frecuentes epidemias, lo hacia en un estado muy preca-rio, afectados en
mayor o menor grado por el escorbuto, la pelagra y otras enfermedades debidas
a la avitaminosis. El hombre de esos tiempos estaba acostumbrado al dolor, al
hambre y a las penalidades; era capaz de soportar las extracciones dentarias;
sufrir las intervenciones quir�rgicas -ya mencionamos que D. Juan de Austria
muri� tras una intervenci�n de hemorroides-, y la curaci�n de las heridas de
arcabuz con aceite hirviendo, as� como la amputaci�n de miembros; todo ello
sin anestesia, cosa que nosotros no podr�amos soportar hoy y que nos horroriza
solamente pensar en ello.
Tampoco la alimentaci�n del galeote era esencialmente peor que la de
los marineros de la �poca. En las grandes traves�as de meses, la galleta, �nica
forma de pan posible, se llenaba de moho, insectos y gusanos, as� como las habas
y dem�s legumbres; y el agua, por la descomposici�n de cucarachas y dem�s
inmundicias ca�das y fermentadas en ella, ya no era incolora, inodoro e ins�pida;
perdidas sus caracter�sticas esenciales, se hac�a densa y de color pardo, de
mal olor, y peor sabor, alteraciones que achacaban a que el agua hab�a sufrido
mareo. Por estas razones sol�an comer de noche para no ver el estado de los
alimentos, -ojos que no ven, coraz�n que no sufre-; puede que estas malas
condiciones de esos alimentos les fuesen favorables pues quiz� supon�an una
adici�n insospechada y no pretendida de prote�nas e incluso vitaminas a la dieta.
Por el contrario, al ser la galera esencialmente un nav�o de cabotaje, con mayor
n�mero de hombres a bordo y bodegas de menor capacidad, los alimentos y el agua
por lo menos, se repondr�an con m�s frecuencia.
En cualquiera de los casos es sorprendente la comprobaci�n de que
hubo galeotes que sobrevivieron a tan dura pena, incluso sufrida durante a�os.
Este hecho hace pensar en que pudo haber alg�n factor, dif�cil de entender,
que de alguna manera ayud� a malvivir a estas desgraciadas gentes.
En esos tiempos, de extrema dureza, encontramos con cierta frecuencia
la figura del anacoreta. Estos hombres somet�an su cuerpo a toda clase de
penalidades como son la mala habitaci�n y el escaso vestido, con su consecuencia
de incomodidad y fr�o; el hambre ocasionado por el repetido ayuno, es decir,
una dieta escasa y casi carente de prote�nas e incluso de agua; la falta de
sue�o, ya que gran parte de este tiempo se dedicaba al rezo y a la meditaci�n;
y, como colof�n, los da�os corporales producido por penitencias extremas como
son coronas y cinturones de espinas, cilicios o cuerdas excesivamente apretadas
o la frecuente autoflagelaci�n. Parece ser que a trav�s del castigo corporal,
del dolor en definitiva, alcanzaban un estado especial que sac�ndoles del mundo
terrenal, los elevaba a un estado superior. Todas estas penalidades continuas,
y sobre todo este dolor corporal, creaban un estado an�mico que Aldoux Huxley
describe muy bien al estudiar a estos ascetas de la edad media, y cita entre
ellos san Juan Mar�a Bautista Vianney, del que comenta:
Esto puede explicar por qu� el Cur� D'Ars sol�a decir en los d�as en
que ten�a libertad para flagelarse sin misericordia, que Dios no le negaba nada.
En su estudio alcanza conclusiones que de alguna manera podemos aplicar
a los galeotes ya que el citado autor piensa que cuando el remordimiento, el odio,
el miedo aumentan y cuando las heridas infectadas vierten en la sangre prote�nas
desnaturalizadas, se incrementa la producci�n de adrenalina e histamina:
La eficacia de la v�lvula reductora del cerebro, en palabras de Huxley,
disminuye, y entran en la conciencia del asceta aspectos desconocidos de la
Inteligencia Libre, con la inclusi�n de psicofen�menos, visiones y, si est�
filos�ficamente y �ticamente preparado para ello, experiencias m�sticas.
En el transcurso de su investigaci�n sobre ciertas drogas, como el �cido
lis�rgico, Aldoux Husley llega a la conclusi�n de que su acci�n es comparable a
la producida por los actos de los anacoretas antes descritos. Lo que conocemos
de la vida del galeote quiz� nos permita pensar que los sufrimientos que padec�an
en la galera, tan similares -eran azotados, sufr�an heridas infectadas, hambre,
odio y miedo terrible-, actuar�an en ellos como una droga alucin�gena de este
tipo, aislando sus cerebros.
Se puede enlazar este estudio con un art�culo que public� Jos� Mar�a
Armengol en El Peri�dico de Catalu�a, del 30 de noviembre de 1997. En �l
describe la presencia de alucin�genos en los restos de cerveza hallados en
una vasija de la Edad del Bronce en un poblado ib�rico de Mas Caste-llar,
en el municipio de Pont�s (Alto Ampurd�n). En este art�culo habla de un reciente
estudio del arque�logo de la Universidad de Barcelona, Jorge Joan, que descubri�
estos restos de alucin�genos en el an�lisis microsc�pico y qu�mico de las vasijas
halladas en ambos poblados. Su estudio le ha permitido determinar morfol�gicamente
que entre la cerveza se hallaba adem�s el cornezuelo de centeno cuyo principal
componente alucin�geno es el �cido lis�rgico, elemento que se extrae para la droga
conocida como LSD.
Hay que recordar que, en ese tiempo de hegemon�a de la galera como
buque de guerra, se mezclaban durante la panificaci�n toda clase de cereales
y entre ellos el centeno, del que no se eliminaba el cornezuelo por desconocimiento
de su naturaleza. Hoy sabemos que la acci�n vaso-presora de la ergotamina,
tomada con asiduidad, provoca s�ndromes isqu�micos de los miembros, con necrosis
y p�rdida de los mismos, hecho frecuente en la �poca y que durante mucho tiempo
fue achacado err�neamente a la lepra, lo que nos confirma la presencia de
dicho hongo en el pan. Por lo que sabemos, la alimentaci�n de los galeotes
no era cuidadosa y se puede pensar que la harina empleada en la elaboraci�n
de la galleta fuera de poca calidad y que la concentraci�n de centeno, y con
�l de cornezuelo, fuese muy alta y que, al no estar complementado por una
alimentaci�n abundante y diversificada, determinase, en ocasiones por acumulaci�n,
fen�menos alucin�genos que se sumar�an a los anteriormente descritos, por lo
que el galeote, afectado por ambas causas, se encontrase en la situaci�n descrita
por Huxley, en que la eficacia de la v�lvula reductora del cerebro disminuye,
y posiblemente huyeran as� de la conciencia de su terrible realidad.
Pese a lo �ltimamente expuesto me asalta una cruel y justificada duda.
El Galeote de Sevilla, con mente despierta, y en sencillos y eficaces versos,
describe claramente la realidad de estos desgraciados:
Varias veces por huir
nos hacen que reventemos;
y en tan crueles extremos,
por alcanzar y seguir,
morimos junto a los remos.
Muchas gracias.