Tema 9. La poesía española desde 1939 hasta 1970
España en la posguerra
La guerra civil supuso para España una tragedia de enorme magnitud.
En primer lugar, una tragedia humana. Se calcula que el conflicto y la represión de los primeros años de la posguerra generaron alrededor de 600.000 víctimas mortales directas. Casi otros tantos españoles se vieron obligados a refugiarse en el extranjero; parte de ellos perdería la vida en los campos de concentración europeos durante la segunda guerra mundial. En las cárceles franquistas quedaban confinados unos 800.000 presos políticos y, en el monte o en el más recóndito rincón de sus casas, se ocultarían durante años aquellos que no pudieron o no quisieron salir al exilio. En total, más de dos millones de españoles cuya vida quedó truncada o gravemente trastocada como consecuencia de la contienda. Sumemos a estos dos millones los mutilados física o psicológicamente y las familias de todos ellos y obtendremos un panorama desolador: pocos españoles quedaron al margen de los efectos trágicos de la guerra.
En segundo lugar, una tragedia económica. España sale de la guerra absolutamente arruinada. Han desaparecido las reservas de oro y divisas, gastadas por ambos bandos; muchos edificios públicos, viviendas, infraestructuras, fábricas están destruidos; la economía está colapsada. La situación se agravará con el bloqueo comercial al que someterán a España las potencias aliadas tras su victoria en la segunda guerra mundial. La mayoría de los españoles que han sobrevivido al conflicto civil se verá obligada durante muchos años a convivir con el racionamiento y la privación de bienes de consumo.
En tercer lugar, una tragedia social. La sociedad española se divide en vencedores y vencidos. Estos últimos se ven relegados al ostracismo, cuando no a la persecución y asesinato. Los vencedores ejercen el poder político y económico y someten a un férreo control a todos los sectores de la población. Se suprimen las libertades públicas y se instaura el pensamiento único.
En cuarto, aunque no último, lugar, una tragedia cultural. Lo más granado de nuestros intelectuales o ha muerto durante la guerra (Lorca, Machado, Muñoz Seca, Maeztu, Unamuno, Valle...) o se ha visto obligado a partir al exilio (Juan Ramón, Aleixandre, Sénder, Cernuda, Alberti, Aub…). De los que quedan aquí, algunos están presos (Hernández) y ninguno puede manifestarse libremente: la censura del régimen obliga a la adhesión o al silencio.
La poesía española durante la dictadura
Al acabar la guerra civil, el panorama literario, en general, y poético, en particular, de España es desolador: durante la contienda, la poesía había olvidado las preocupaciones estéticas, que tanto la inquietaron en los años precedentes, y se había convertido en mera herramienta de propaganda y de enardecimiento para el combate; toda una joven generación de poetas que se había empezado a formar en la inmediata preguerra al amparo de los autores del 27 —la llamada Generación del 36— había visto cortada trágicamente su trayectoria; algunos de los grandes maestros consagrados de nuestra poesía habían muerto (Lorca, Unamuno, Antonio Machado) y otros muchos se habían marchado al exilio (Juan Ramón, León Felipe, Salinas, Guillén, Alberti, Cernuda...); los que se habían atrevido a quedarse (Diego, Alonso, Aleixandre) sufrían la censura del régimen y el aislamiento cultural del país. Sin embargo, a pesar de este contexto tan poco propicio, paulatinamente se irán desarrollando inquietudes y tendencias interesantes que, pasados algunos lustros, provocarán un nuevo florecimiento de nuestra poesía.
Contra lo que cabría esperar, los jóvenes poetas que surgen en los primeros años cuarenta no reflejan en su poesía, al menos de un modo directo, la experiencia dramática de la guerra reciente; sino que vuelven sus ojos a los clásicos, sobre todo a Garcilaso, y componen una poesía formalista que intenta recuperar el estilo y las formas de la poesía española clásica. Pero en 1944 se publica Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, obra que provoca un fuerte impacto y en cierto modo conduce a los poetas hacia la poesía social y de denuncia propia de los años cincuenta. Mediada esta década, irrumpe un nuevo grupo de poetas que reacciona contra el descuido formal en el que había caído la poesía preocupada estrictamente por el contenido social. Estos nuevos poetas, que se impondrán durante los años sesenta, buscan, sin renunciar al compromiso, una mayor elaboración del lenguaje poético y se preocupan ya no sólo de los problemas colectivos del ser humano, sino también de sus problemas existenciales personales, tales como el amor, la soledad, la frustración, etc.
La poesía del exilio
Fueron muchos los poetas que abandonaron España como consecuencia de la guerra civil: de la Generación del 98 (Antonio Machado), de la Generación del 14 (Juan Ramón Jiménez, León Felipe), de la Generación del 27 (Salinas, Guillén, Prados, Cernuda, Alberti, Altolaguirre). Aunque es difícil encontrar características similares en los poetas del exilio, hay temas comunes:
Preocupación por España, la patria perdida. Primero, vista como una madre cruel: la rabia, el dolor y el odio a los vencedores llevan a renegar de ella. Después, la añoranza, el deseo de volver a verla, los recuerdos dulces o amargos, van creando un clima de serenidad, devolviendo a la poesía un tono más lírico y personal.
Preocupaciones humanas: amor, muerte...
Realidades de las tierras que los acogieron.
La poesía de los años 40. Poesía arraigada y poesía desarraigada
La poesía española de los primeros años de la posguerra ofrece dos vertientes: de un lado, la de los poetas adeptos al régimen franquista, como el gaditano José María Pemán (1898-1981) —será la más difundida en un principio—; de otro, la de aquellos que sobreviven en la opresiva atmósfera de los ganadores, intentando expresar problemas existenciales y sociales. Dámaso Alonso denominará a estas dos vertientes “poesía arraigada” y “poesía desarraigada”, respectivamente. Mención especial merece Miguel Hernández, a pesar de que su obra influyó muy poco en estos años, por estar prohibida y por su prematura muerte en prisión.
Miguel Hernández, el “genial epígono” de la Generación del 27, tal como lo llamó Dámaso Alonso, nació en Orihuela (Alicante) en 1910, de familia pobre. De niño fue pastor de cabras. Llevado por su ansia de saber, se forma a sí mismo. Su vocación poética fue temprana. En 1934 se traslada a Madrid, donde su obra conquistará pronto la máxima admiración. Decisiva fue para su evolución ideológica la amistad con Pablo Neruda. Al estallar la guerra, se alistó como voluntario del lado de la República. Sus últimos años fueron muy tristes: su primer hijo muere; su segundo hijo nace cuando la guerra toca a su fin; pero el poeta es encarcelado y muere de tuberculosis en la cárcel de Alicante en 1942 (tenía 31 años).
Es Miguel Hernández un poeta de cualidades excepcionales. Su poesía se caracteriza por la sabia conjunción de la inspiración y el rigor, de lo popular y lo culto, del sentimiento personal y la implicación social. Fue un punto de arranque de la poesía comprometida de los años cincuenta.
En su primer libro, Perito en lunas (1933), rinde culto a la moda gongorina. Es un conjunto de 42 octavas reales que describen objetos usuales y humildes, pero con una elaboración metafórica tan barroca que resultan herméticas. En 1934 comienza una colección de sonetos que, refundida y aumentada, será su obra maestra: El rayo que no cesa (1936). En él llega a la máxima expresión el gran tríptico temático del poeta: la vida, el amor y la muerte. La Elegía a Ramón Sijé, dedicada al amigo y mentor de su carrera, es uno de los poemas más famosos de este libro. La guerra inspira Viento del pueblo (1937), sin duda una de las pocas obras con calidad entre el conjunto de la poesía de guerra. Su última obra, Cancionero y Romancero de ausencias (1938-1941), la compuso casi íntegramente en la cárcel. Se inspira en formas de la lírica popular para hablar otra vez del amor, ahora centrado en las figuras de su mujer y de su hijo, al que no llegó a conocer.
La componen dos grupos de poetas jóvenes, en su mayoría falangistas, que se asocian en torno a las revistas Escorial —cuyo director fue Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, Soria, 1912 – Madrid, 1975)— y Garcilaso —con José García Nieto (Oviedo, 1914 – Madrid, 2001) a la cabeza—. Olvidándose de la dura realidad de la época, pretenden recuperar para la poesía española la grandeza de la época imperial y encauzarla ordenadamente en la línea clásica: valoración de la estrofa y de la rima, sujeción a la medida, claridad comunicativa. Imitando la lengua y las formas de los poetas del siglo XVI, especialmente Garcilaso de la Vega, intentan transmitir una visión del mundo coherente y serena, un firme sentimiento religioso y diversos temas clásicos. Además de los ya citados, destacan:
Luis Felipe Vivanco (San Lorenzo de El Escorial, 1907 - Madrid, 1975). Sus grandes temas son la familia, la vida cotidiana y la presencia de Dios. Su obra más importante, El descampado (1957), continúa la línea intimista y personal de sus primeros libros (Cantos de primavera, 1936; Tiempo de dolor, 1940...), apartándose así de la poesía social generalizada.
Leopoldo Panero (Astorga, León, 1909 – Castrillo de las Piedras, León, 1962). Su poesía muestra una hondura y arraigo de gran intensidad emocional. Sus primeros versos publicados siguen directrices vanguardistas, pero pronto se orientó hacia un lenguaje claro, humano en Versos al Guadarrama, publicado sólo en 1945 en la revista Fantasía. Después, sus obras esenciales son La estancia vacía (1944) y Escrito a cada instante (1949), donde se hace patente su agonía personal, que busca conciliar la esperanza perdida con una armonía cósmica de contenido metafísico.
Luis Rosales (Granada, 1910 – Madrid, 1992). Publica Abril en 1935, su primera obra. Después de la guerra aparece La casa encendida (1949), un libro de intensa emoción humana cuyo tema es la paz del hogar. En 1951 obtuvo el Premio Nacional de Literatura con Rimas.
Frente a la poesía de escorialistas y garcilasistas, encontramos otra poesía, poesía desazonada de quienes se encuentran con un mundo deshecho y caótico, invadido por el sufrimiento y la angustia. La religiosidad, también muy presente en estos poetas, adopta ahora tonos desesperanzados o se manifiesta en imprecaciones a Dios sobre el misterio del dolor humano. Este humanismo dramático presenta contactos con el existencialismo y sólo más tarde desembocará en la poesía social. El estilo, por su parte, es muy distinto al de escorialistas y garcilasistas: bronco, directo, más sencillo y menos preocupado de primores.
El punto de arranque de esta poesía desarraigada se encuentra en la publicación de Hijos de la ira (1944), de Dámaso Alonso. Sin duda fue este el libro más importante de la década. Los poemas son fruto de la angustia ante la injusticia, el dolor y el horror de la vida. El poeta opta por una poesía sin moldes métricos, con poemas de longitud variable, escritos en versículos, a veces larguísimos. En ellos, el autor da rienda suelta a su desarraigo profundo, a la protesta contra un mundo arrasado, del que se han adueñado lo inhumano, lo sórdido, la parte más siniestra del hombre. La religiosidad está presente pero adopta el tono de la duda, de la desesperación.
Aunque de una manera diferente, la obra de Vicente Aleixandre, Sombra del paraíso (1944), también entraría dentro de la categoría de poesía de desarraigo. En este libro el mundo aparece como un posible paraíso que el hombre se ha empeñado en ocultar y destruir. El paraíso sigue ahí, pero el hombre ha sido desterrado de él.
Por otro lado, tras salir de la cárcel, Victoriano Crémer (Burgos, 1906) funda en León, junto a Eugenio de Nora (Zacos, León, 1923) y otros, la revista Espadaña, en la que atacarán duramente al grupo garcilasista: “lanzar gorgoritos rítmicamente, mientras el hombre a secas trabaja, sufre y muere, es un delito”. La labor de este grupo fue enormemente importante para reconducir la poesía hacia cauces humanos. El drama del hombre y la angustia existencial son los temas fundamentales de los espadañistas, que se dan a conocer en esta época, pero producirán sus mejores obras en los años siguientes.
Esta poesía de tipo existencial se aprecia asimismo en poetas como Vicente Gaos (Valencia, 1919 - 1980) autor de magistrales sonetos de tono pesimista y angustia existencial. Entre sus obras de esta época destacan: Arcángel de mi noche (1944) y Profecía del recuerdo (1956). José María Valverde (Valencia de Alcántara, Cáceres, 1926 – Barcelona, 1996). Catedrático y crítico literario, se consagró como gran poeta con Hombre de Dios. Salmos, elegías y oraciones (1945) y La espera (1949). José Hierro (Madrid, 1922 - 2002) declara que su obra brota de la observación dolorosa de la realidad. Su misión como poeta es cantar los problemas comunes de todos los hombres. Su estilo, algo menos intelectualizado que el de los anteriores, se caracteriza por el antirretoricismo: Tierra sin nosotros (1947), Quinta del 42 (1953), Cuanto sé de mí (1957). Carlos Bousoño (Boal, Asturias, 1923) elabora una poesía metafísica, salpicada de cierta religiosidad (Subida al amor, 1945; Primavera de la muerte, 1946).
Todos estos poetas, junto con Blas de Otero y Gabriel Celaya, constituirán el preámbulo de la llamada “poesía social” de los años siguientes.
Como recuerdo de los movimientos de Vanguardia, aparece en 1945 el Postismo, respaldado por Eduardo Chicharro (Madrid, 1905 – 1964) y el gaditano Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923). El nombre se forma sobre la preposición latina “post” (después) e indica que es el último movimiento de la Vanguardia española. En líneas generales, coinciden con ésta en sus caracteres: poesía como juego, arte por el arte, creaciones lingüísticas, morfosintácticas, etc. Pese a no ser una poesía comprometida, chocó con la censura franquista.
A través de la revista Cántico se dio a conocer el grupo poético cordobés del mismo nombre. Mostró este grupo una voluntad de conectar con el pasado inmediato (Generación del 27) y con el más remoto, especialmente, con Góngora y con la poesía de Córdoba. Destacaron dentro de este grupo Pablo García Baena (Córdoba, 1923) y Ricardo Molina (Puente Genil, Córdoba, 1917 – Córdoba, 1969).
La poesía de los años 50. La poesía social
En 1952 se publica Antología consultada de la Joven Poesía española, editada por Francisco Ribes. Ribes no era poeta, ni escritor, ni pertenecía siquiera al mundo de las letras. Era simplemente “un amigo de la poesía y de los poetas” que tuvo la idea de preguntar a unos sesenta poetas y críticos quiénes eran a su juicio los diez líricos españoles más notables entre los surgidos después de la guerra. Realizó la indagación con propósito de publicar luego una selección de poemas de los poetas escogidos por la mayoría de los consultados. La encuesta dio como resultado una lista de nueve poetas que parecían destacarse claramente de los demás. Estos eran: Carlos Bousoño, Gabriel Celaya, Victoriano Crémer, Vicente Gaos, José Hierro, Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo 1919 - Madrid, 2005), Eugenio de Nora, Blas de Otero y José María Valverde. De casi todos ellos hemos hablado ya, porque se dieron a conocer en la década anterior. Al igual que sucedía con la generación poética inmediatamente anterior, esta generación, que llamaremos del 52, por el año de su aparición colectiva, es una generación escindida en dos grupos principales.
El primero de ellos está integrado por hombres para quien la poesía es testimonio de la época y arma de lucha. Son partidarios de una poesía-servicio, una poesía comprometida socialmente con los marginados y los que sufren. Pertenecen a este grupo Celaya (“La Poesía no es un fin en sí. La Poesía es un instrumento, entre nosotros, para transformar el mundo. No busca una posteridad de admiradores. Busca un porvenir en el que, consumada, dejará de ser lo que hoy es”), Victoriano Crémer (“No creo en la Poesía, aunque la ame. Como no creo en la mujer hermosa, aunque me enamore. Esta actitud es fundamental —yo, al menos, así lo creo— para el goce íntegro de la Poesía y de la Mujer. La contraria, o sea la entrega total, ciega y fatalista, me parece irracional”), José Hierro (“Confieso que detesto la torre de marfil. El poeta es obra y artífice de su tiempo. El signo del nuestro es colectivo, social. Nunca como hoy necesitó el poeta ser tan narrativo, porque los males que nos acechan, los que nos modelan proceden de hechos”), Eugenio de Nora (“Se discute mucho ahora sobre la poesía social. Es ridículo. Toda poesía es social”) y Blas de Otero. El poema de Blas de Otero A la inmensa mayoría indica, desde el título, la pretensión del poeta.
En el segundo grupo podríamos incluir a Bousoño, Morales, Gaos y Valverde. No porque vivan menos ligados que los anteriores a su tiempo, sino porque para ellos la poesía tiene un valor permanente, ligado a la realidad, pero a realidades profundas y duraderas, no a la simple actualidad. Bousoño opina: “Sé poeta de hoy, ma non tropo. Quien quiere ser muy de hoy está en grave peligro de no ser poeta mañana. En el siglo XVIII fueron muy del momento las odas filosóficas de Meléndez Valdés y las excrecencias líricas de Jovellanos. Y en el XIX, Campoamor, Núñez de Arce y Bartrina eran de una actualidad sin par. Tanto, que en el siglo XX resultaron insoportables. En cambio, Bécquer y Machado, poetas menos frenéticamente de su tiempo, fueron gustados después y la emoción de sus versos sobrenadó en el oleaje de las escuelas posteriores”.
Gabriel Celaya (Hernani, 1911 - Madrid, 1991) es uno de los máximos representantes de la poesía social o comprometida. Destacan entre sus obras Tranquilamente hablando (1947), Las cartas boca arriba (1951) o Cantos iberos (1955). Unos versos de su poema “La poesía es un arma cargada de futuro” puede valer para ilustrar toda una época:
Poesía para el pobre,
poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y, en tanto somos, dar un “sí” que glorifica.
Blas de Otero (Bilbao, 1916 - Madrid, 1979) presenta una interesante evolución personal, que E. Alarcos Llorach define como “del yo al nosotros”. Con un estilo de incansable depuración y trabajo con el lenguaje, lucha hasta conseguir una expresión perfecta, potente y directa. En Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951) incluye poemas de carácter metafísico, poemas amorosos y algunos de carácter social. Con Pido la paz y la palabra (1955) y Que trata de España (1964) se inscribe plenamente en la tendencia social.
La poesía de los años 60. La superación de la poesía social
Las intenciones de los poetas sociales hacen que se dirijan a un público muy amplio: la sociedad en general y los pobres y los que sufren, en particular. Ello condujo al empleo de un lenguaje claro, sencillo (Celaya había propuesto “escribir como quien respira”), que acabó cayendo con frecuencia en una poesía prosaica, banal, de escaso interés. Por lo demás, la literatura parece mostrarse ineficaz como arma para transformar el mundo. Gabriel Celaya expresaba ya un cierto desencanto en 1960: “Aunque uno no lo quisiera, seguía siendo un minoritario”. En fin, poco a poco, el cansancio provocado por esta poesía de carácter social la fue agotando progresivamente.
El despego de la poesía social irá creciendo en la década de los sesenta. Surge así un nuevo grupo de poetas, que forman lo que se ha dado en llamar la “promoción del 60”. Todos ellos habían sido niños durante la guerra y a todos les había tocado vivir una durísima posguerra. Lazos de amistad los unen estrechamente. Si bien no forman propiamente una generación, comparten una serie de notas comunes:
Preocupación estética: tratan de dignificar el lenguaje poético mediante la elaboración formal y un estilo cuidado.
Inconformismo y escepticismo: se sienten a disgusto con la realidad que les ha tocado vivir, pero no confían en que se pueda cambiar, por lo que no aspiran a ello.
Profundo humanismo: recuperan la temática existencial, pero sin desmesuras o gestos patéticos.
Individualismo intimista y autobiográfico: recuperan los temas íntimos y autobiográficos, que los poetas sociales consideraban “burgueses”; sus preocupaciones individuales cotidianas son la base de su poesía.
Tienen afinidades con autores anteriores como Antonio Machado o Luis Cernuda.
Los poetas que integran esta promoción son numerosos. Podemos citar, entre los más sobresalientes, a:
Ángel González (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008): Tratado de urbanismo, 1967.
José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926): Vivir para contarlo, 1969.
José Agustín Goytisolo (Barcelona, 1928 – 1999): Algo sucede, 1968.
José Ángel Valente (Orense, 1929 – Ginebra, Suiza, 2000): La memoria y los signos, 1966.
Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929 – 1990): Poemas póstumos, 1969.
Claudio Rodríguez (Zamora, 1934 – Madrid, 1999): Alianza y condena, 1965.
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Tema de referencia. Autor: José Antonio Curieses. Páginas: 8. Observaciones: mismo formato que el resto de los temas utilizados en 2.º de Bachillerato este año y en 1.º de Bachillerato el año pasado. |
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Tema desarrollado por la profesora Salomé Guerrero. Páginas: 3. |
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Tema desarrollado por la profesora Concepción Miguel. Páginas: 2. |
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Tema desarrollado por el profesor Raúl Urbina. Páginas: 7. Acceso a la web de este profesor: http://urbinavolant.com. |
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Tema del IES Castella Vetula. Páginas: 11. Observaciones: contiene ilustraciones fotográficas. Acceso a la web de este instituto de Medina de Pomar (Burgos): http://centros4.pntic.mec.es/ies.castella. vetula. |
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Tema del Colegio Marista San José (León). Páginas: 12. Observaciones: el texto está protegido, por lo que no se puede copiar, aunque sí se puede imprimir. Acceso a la web del colegio: http://www.maristasleon.com. |
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