Tema 3. Modernismo y 98
Contexto histórico, social y cultural. La crisis de fin de siglo
La última década del siglo XIX está marcada, tanto en el resto de Europa como en España, por una profunda crisis social, cultural, espiritual, económica y de valores, que nace de los desequilibrios sociales generados por la Revolución Industrial y de otros factores de naturaleza política. En España, además, la falta de tecnología y la escasez de fuentes de energía y de capital suponían un continuo freno para el desarrollo económico.
Como consecuencia de esta crisis social, se desencadena en Europa, a partir de 1890, un conjunto de manifestaciones artísticas y culturales como reacción contra el anquilosamiento de la cultura burguesa de la época. La creciente preocupación por los problemas espirituales de la mente humana (pasiones, locura, drogas), la desconfianza en el papel salvador de la ciencia, la exaltación de los comportamientos antisociales y la rebeldía flotan en el ambiente cultural, artístico y literario de la época. Las nuevas tendencias nacen como consecuencia del auge de las corrientes irracionalistas (“la realidad es algo dinámico, que no puede aprehender la razón, sino la intuición”), vitalistas y existencialistas (“la esencia del hombre se reduce a su existencia y asumir tal condición lleva a la angustia existencia”) del pensamiento (Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Bergson...), que ponen de relieve el carácter cambiante e inaprehensible de la realidad, resaltando así el papel de la subjetividad en los procesos de conocimiento. Sobre este fondo ideológico, surgen numerosos movimientos artísticos con principios estéticos diferentes y, muchas veces, contradictorios entre sí, basados en la obsesión por lo excepcional, lo impactante, lo verdaderamente original.
A todos estos factores, se unió en España un acontecimiento decisivo: el desastre del 98, que supuso no sólo la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, sino un clima de frustración, desconfianza y escepticismo en un país que comienza a palpar su decadencia y su papel de segundón en el orden mundial. No es de extrañar que ante tal situación se levantaran jóvenes voces críticas exigiendo la regeneración del país y rechazando la ramplonería de una sociedad en franca decadencia.
El Modernismo
El término Modernismo surgió a finales del siglo XIX para designar, al principio de forma despectiva, a una corriente teológica alemana que trataba de hacer compatible la fe con los avances del conocimiento científico, natural e histórico. De ahí, pasó al mundo de las artes, donde fue utilizado para referirse a un conjunto de tendencias (Art Nouveau francés, Modern Style inglés, Jugendstil alemán, etc.) europeas y americanas surgidas en los últimos veinte años del siglo XIX caracterizadas por su marcado anticonformismo y unos deseos de renovación opuestos a la estética vigente (Realismo y Naturalismo).
El Modernismo literario nace en Latinoamérica en torno a 1880 de la mano del poeta cubano José Martí y del nicaragüense Rubén Darío, y viene a ser una réplica a la tradición española. Los jóvenes modernistas quieren distanciarse de la metrópolis y afirmar sus raíces americanas, liberarse del casticismo y rebelarse contra todo aquello que suene a español. Surge así una transformación radical que se inspira fundamentalmente en la tradición romántica y en el Simbolismo y el Parnasianismo de la literatura francesa, pero también en la literatura estadounidense, inglesa e italiana. De este modo, autores como Víctor Hugo, Teófilo Gautier, Paul Verlaine, Óscar Wilde, Edgar Allan Poe y Gabriel D’Annunzio sustituyen a los modelos españoles, a excepción de Bécquer y los poetas medievales.
Características del Modernismo literario
El movimiento modernista supone, en primer lugar, una postura ética: un profundo desacuerdo con las formas de vida de la civilización burguesa, con el espíritu utilitario de la época, y un anhelo de armonía, plenitud y perfección. En segundo lugar, una postura estética: la ruptura con el viejo arte burgués (Realismo y Naturalismo) y la búsqueda de nuevas formas de expresión en un intento de encontrar la belleza absoluta. Los escritores de esta generación de fin de siglo oscilaron frecuentemente entre una y otra posturas: algunos (Antonio Machado, Rubén Darío...) partieron de la renovación estética para evolucionar hacia preocupaciones éticas y sociales, otros (Maeztu, Azorín...) se fueron alejando del compromiso social y ético hacia posiciones conservadoras o meramente estéticas.
Entre los temas preferidos por los escritores modernistas, señalar, ante todo, los que guardan relación con el mundo exterior sensible o la evasión hacia lo lejano en el espacio o en el tiempo. Así:
El gusto por lo clásico, con su mitología.
Las evocaciones históricas y legendarias (medievales, renacentistas, dieciochescas).
El exotismo, que se busca en las civilizaciones nórdicas, asiáticas (sobre todo, en la japonesa), en el mundo musulmán, en las culturas antiguas (Egipto, Mesopotamia, culturas americanas precolombinas), en las indígenas.
Del mundo contemporáneo, se prefiere lo cosmopolita: de ahí su devoción por París.
Pero no todo es exterioridad y evasión en los modernistas. Otro sector de su temática tiene como centro la intimidad del poeta. Así:
La desazón “romántica” de algunos de sus versos, que se cargan de melancolía, tristeza, nostalgia.
El decadentismo, que supone una especie de complacencia en lo mortecino y ruinoso, las miserias humanas, la enfermedad y la muerte.
El gusto por lo otoñal y lo crepuscular.
El amor y el erotismo, como expresiones máximas de un anhelado vitalismo.
El Modernismo supuso una profunda renovación del lenguaje poético, en aras a alcanzar la ansiada belleza.
Se da una especial importancia a la capacidad evocadora de la palabra: el léxico se puebla de arcaísmos, cultismos, neologismos, extranjerismos, nombres mitológicos, metáforas, símbolos. Se amplían asombrosamente los recursos expresivos. El color y la musicalidad tienen una importancia fundamental. Son maestros en la utilización de recursos fónicos (onomatopeyas, aliteraciones, ritmos marcados) y sensoriales (epítetos, sinestesias).
En métrica no se habían producido transformaciones tan profundas desde la época de Boscán y Garcilaso; esto se debe a la influencia de los parnasianos y su preocupación por la perfección formal. Se siguen usando versos tradicionales —octosílabos, endecasílabos—, pero se prefieren el alejandrino, el dodecasílabo y el eneasílabo. Entre las estrofas, el serventesio. Y de los poemas, el soneto (con versos de14, 13, 8 ó 7 sílabas e, incluso, de desigual medida), el romance endecasílabo, la silva arromanzada y los versos libres. Utilizan también la versificación clásica por pies.
Los poetas modernistas
Destaca, sobre todos, Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916) que introdujo el gusto por lo exquisito, el lirismo en la prosa, la ironía respecto al propio lenguaje; proclamó y llevó a la práctica la estrecha relación entre las sugerencias sonoras y los conceptos poéticos mediante el cultivo de nuevos y originalísimos ritmos.
Azul (1888) obtuvo un eco extraordinario y lo convirtió en el poeta modernista por excelencia. En él abandona las preocupaciones cívicas de sus libros iniciales (Otoñales, Abrojos) y muestra su decepción con el entorno mediante una literatura refinada que demuestra su evasión de la realidad. Hay también en el libro una búsqueda de un arte como posibilidad de alcanzar la belleza y una misteriosa ambientación de ensueño.
En Prosas profanas (1896) proclama la libertad absoluta de su estética, muestra sus preferencias por los escritores franceses y su intención de captar por medio de la poesía la plena armonía. La mujer, personificación frecuente del ideal, es a la vez alegría y sufrimiento, espíritu y carne, atracción y riesgo. Las alusiones a las civilizaciones antiguas son ideales de la armonía total donde se refugia el poeta.
Cantos de vida y esperanza (1905) expresan la decepción del autor ante la cultura occidental y sus propios sueños y la angustia respecto a los conflictos ideológicos de su tiempo. Se advierte, además, el contraste entre el pasado feliz y un presente desesperanzador. Asoma en algunos poemas el orgullo por sentirse hispánico ante el creciente poder de los Estados Unidos.
En España, el Modernismo fue menos brillante, exótico y atrevido que en Hispanoamérica. Su gusto por lo sensual y sensitivo dio lugar a modalidades más intimistas e introspectivas. Se adopta la estética fundamental, pero se rechaza el escapismo propio de algunas obras de Rubén Darío. Fueron modernistas Salvador Rueda (1857-1933) (En tropel), Francisco Villaespesa (1877-1936) (Intimidades), Eduardo Marquina (1879-1946) (Elegías), Manuel Machado (Sevilla, 1874-1947) (Alma). En el ámbito del Modernismo se incluye también la primera etapa de la poesía de Juan Ramón Jiménez (Arias tristes, Elejías), al Antonio Machado de Soledades, galerías y otros poemas, así como los poemas de Valle-Inclán (La pipa de kif), algunas de sus novelas (Sonatas) y parte de su teatro (El Marqués de Bradomín).
La Generación del 98
El término Generación del 98 fue acuñado por Azorín en unos artículos publicados en 1913 para referirse a un grupo de escritores, ensayistas y poetas españoles que se vieron profundamente afectados por la crisis moral, política y social acarreada en España por la derrota militar en la guerra contra los Estados Unidos y la consiguiente pérdida de Puerto Rico, Cuba y las Filipinas en 1898. Azorín atribuye a este grupo de escritores “un espíritu de protesta” y “un profundo amor al arte”. Según él, integraban esta generación autores como Unamuno, Baroja, Maeztu, Valle-Inclán, Benavente…; incluso cita a Rubén Darío. Machado quedaba excluido.
No todos los presuntos miembros de la “generación” aceptaron la idea: Unamuno se mostró reticente; Baroja afirmó: “Yo no creo que haya habido ni que haya una generación del 1898. Si la hay, yo no pertenezco a ella.” Sin embargo, la etiqueta hizo pronto fortuna y siguió siendo utilizada para denominar a un movimiento literario e intelectual español de principios del siglo XX que proponía la renovación estética de la literatura anterior y la regeneración social del país.
¿Quiénes se consideran hoy en día parte de esa generación? En principio, Pío Baroja (1872-1956), José Martínez Ruiz, Azorín, (1873-1967) y Ramiro de Maeztu (1874-1936), que forman el grupo de Los Tres, unidos por sus afinidades juveniles. Se conocieron en los últimos años del siglo en Madrid, colaboraban en los mismos periódicos y, en diversas ocasiones, firman artículos con el seudónimo de Los Tres. Por razones semejantes, cabe agregar a Miguel de Unamuno (1864-1936). Finalmente, aunque tuvieron unos inicios modernistas, habría que incluir en la nómina a Antonio Machado (1875-1936) y al Valle-Inclán (1866-1936) de Divinas palabras, El ruedo ibérico, Tirano Banderas. Algunos incluyen también al dramaturgo Jacinto Benavente.
Aunque cada autor del 98 presenta una evolución particular, se puede apreciar en algunos de ellos ciertos rasgos comunes. Así, en su juventud, suelen adscribirse a ideologías contestatarias. Escribía Azorín en 1913: “Un espíritu de protesta, de rebeldía animaba a la juventud de 1898”. En efecto, Unamuno colabora asiduamente en revistas socialistas y anarquistas. Ramiro de Maeztu expresa sus ideas revolucionarias en los artículos que luego recogería en el libro Hacia otra España (1899). Martínez Ruiz, antes de firmar Azorín, se declaraba anarquista y libertario. Baroja también estaba cerca del anarquismo, aunque no adoptara una postura tan activa como los anteriores. Casos distintos son los de Valle-Inclán y Antonio Machado. Antes de 1900, Valle-Inclán se inscribe en una ideología netamente tradicionalista y Antonio Machado sólo se dará a conocer en 1903 con un libro Soledades, de poesía intimista; sus ideas progresistas no pasan todavía a su obra. La evolución posterior de estos dos autores será también muy distinta.
En los quince primeros años del siglo, pasado el radicalismo juvenil, se configura lo que siempre se consideró mentalidad del 98, y que corresponde exactamente a la madurez de los autores. Elementos comunes a casi todos los escritores de la Generación del 98 fueron su interés por el paisaje castellano —que reflejan en sus obras— y una actitud meditativa y reflexiva, impregnada de preocupaciones existenciales. Las interrogaciones sobre el sentido de la vida, sobre el destino del hombre, son capitales en Azorín y Baroja, pero sobre todo en Unamuno. El tema de España (visión preocupada de los problemas de España) es fundamental en sus obras. Las ideas del grupo, tan diferentes y contradictorias en muchos casos, apenas tuvieron eco inmediato en la vida social, pero su repercusión en los círculos intelectuales del país fue enorme.
La Generación del 98 contribuyó poderosamente a la renovación literaria de principios de siglo. Reaccionaron al igual que los modernistas contra la grandilocuencia o el prosaísmo de la literatura precedente, aunque con significativas excepciones: Galdós, Bécquer, Rosalía de Castro. Larra, más lejano, fue considerado un precursor. Les une la devoción por algunos clásicos: Fray Luis, Quevedo y, sobre todo, Cervantes; y por nuestra literatura medieval: Cantar de mio Cid, Berceo, Arcipreste de Hita, Jorge Manrique...
Aunque cada autor posee un estilo fuertemente individualizado, poseen rasgos comunes: así, el sentido de la sobriedad como reacción contra la grandilocuencia del XIX. Pero, a la vez, esa misma reacción supone una repulsa del prosaísmo y, por tanto, un exigente cuidado del estilo. Así pues, el estilo predominante del 98 será antirretórico y cuidado. Otra rasgo común es el gusto por las palabras tradicionales y terruñeras. Ponen en circulación un gran caudal léxico que recogieron en los pueblos o desenterraron de la literatura antigua.
Finalmente, deben señalarse las innovaciones en los géneros literarios. La Generación del 98 configuró el ensayo moderno, dándole una flexibilidad que le permitiría recoger por igual la reflexión literaria, histórica o filosófica, la visión lírica del paisaje, la expresión de lo ínfimo, etc. La novela admite profundas novedades técnicas: la rapidez impresionista de Baroja; el ritmo lento y meditativo de Azorín, la introspección y las distorsiones de la realidad de las novelas de Unamuno. Menos éxito tuvieron ciertos intentos de renovar el teatro (si exceptuamos a Valle-Inclán, creador del esperpento).
Polémica en torno a Modernismo y Generación del 98
El concepto de Modernismo ha sido objeto de distintas interpretaciones. En el sentido más estricto, sería un movimiento literario hispanoamericano, de carácter puramente estético y fundamentalmente poético que, introducido por Rubén Darío, se desarrolla en España entre 1890 y 1915, coincidiendo cronológicamente con la llamada por algunos Generación del 98. Su importancia fue enorme, pues si bien no pasó de ser una moda que duró unos pocos años, tuvo la virtud de renovar totalmente la poesía española.
Frente a la visión anterior, otros autores plantean una visión mucho más amplia del Modernismo, como un movimiento que abarca una buena parte del siglo XX, y que, por lo tanto, englobaría a la propia Generación del 98. Así J. R. Jiménez: “Es el encuentro de nuevo con la belleza sepultada durante el siglo XlX por un tono general de poesía burguesa. Eso es el Modernismo, un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza”. Federico de Onís ve el Modernismo como una actitud, el espíritu de los nuevos tiempos y Ricardo Gullón extiende los límites del Modernismo hasta la misma Guerra Civil.
Ambas posiciones pueden ser objeto de crítica. La primera posición supone un empobrecimiento del movimiento modernista, reducido a una identificación Modernismo = Rubén Darío. Tampoco puede aceptarse la tesis siglo XX = Modernismo. En fin, hubo un Modernismo sin evolución, inmovilista; pero también hubo autores que evolucionaron, como Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Habría que hacer entonces un ensanchamiento del Modernismo, no temporal, sino intensivo, en virtud del cual en el Modernismo cabrían muchas cosas muy distintas. Si hacemos al Modernismo equivalente a modernidad, ruptura, originalidad, en éI caben Rubén, Juan Ramón Jiménez, A. Machado, Unamuno, etc.
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En España, aquellos escritores modernistas que antepusieron las preocupaciones de tipo social, filosófico y político a las puramente estéticas, al menos durante algunos años, han sido llamados Generación del 98. Casi todos ellos coincidían en la idea de modernizar España, aunque desde ópticas diferentes, y participaban en diverso grado de las ideas regeneracionistas de finales del XIX (Costa, Ganivet, Picabea). La Generación del 98 y el Modernismo constituyen, pues, una misma generación histórica y entre ellos hay numerosos puntos comunes. No se olvide que la actitud de los autores del 98, si exceptuamos sus años de juventud, es predominantemente estética, de ruptura con lo anterior y cultivo de su originalidad; hay, por tanto, en ellos un afán de modernidad estética equivalente al de los poetas modernistas. Rubén Darío significa el punto de partida de esta generación y Juan Ramón Jiménez la última fase de la escuela y el paso hacia las nuevas tendencias. |
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Tema de referencia. Autor: José Antonio Curieses. Páginas: 6. Observaciones: mismo formato que el resto de los temas utilizados en 2.º de Bachillerato este año y en 1.º de Bachillerato el año pasado. |
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Tema desarrollado por la profesora Concepción Miguel. Páginas: 4. |
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Tema desarrollado por el profesor Raúl Urbina. Páginas: 8. Acceso a la web de este profesor: http://urbinavolant.com. |
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Tema del IES Castella Vetula. Páginas: 8. Observaciones: contiene ilustraciones fotográficas. Acceso a la web de este instituto de Medina de Pomar (Burgos): http://centros4.pntic.mec.es/ies.castella.vetula. |
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Tema del Colegio Marista San José (León). Páginas: 6. Observaciones: el texto está protegido, por lo que no se puede copiar, aunque sí se puede imprimir. Acceso a la web del colegio: http://www.maristasleon.com. |
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