

Cómo
pesa el amor
Noche cerrada
ciega en el tiempo
verde como la luna
apenas clara entre
las luciérnagas.
Sigo la huella de
mis pasos,
el doloroso retorno
a la sonrisa,
me invento en la
cumbre adivinada
entre árboles
retorcidos.
Sé que algún
día
se alzarán
de nuevo
las yemas recién
nacidas
de mi rojo corazón,
entonces, quizás,
oirás mi
voz enceguecedora
como el canto de
las sirenas;
te darás
cuenta
de la soledad;
juntarás
mi arcilla,
el lodo que te ofrecí,
entonces tal vez
sabrás
como pesa el amor
endurecido.
No sé si un
sol desmedido y burlón
me atravesará
de punta a punta
cuando salten de
mi pecho todos los gritos guardados,
cuando se rompan
las oscuridades
de mi perfecta catedral
secreta
con el sostenido
sonido del órgano medieval
ululando su voz
de parto,
su alarido de queja
y de tristeza.
Estoy como nací
-desnuda-
mojada de lágrimas
con el pelo chorreándome nostalgia
y un cansancio vetusto
acomodado en mis huesos
y mientras me dejo
ir en el humo,
viene su mano y
me sostiene
y me levanta y me
hace tronar de júbilo,
me zarandea las
ganas de vivir,
me dice verde con
ojos de monte
azul con el pelo
espumoso de mar
estrella con las
uñas brillantes
viento y sopla mi
angustia y la desperdiga
y me hace nadar
en el aire, retozar en los arroyos,
romper los relojes
del tiempo,
borrar la huella
de mis pequeños pecados
vueltos trascendentes
por los oscuros designios
de su otro yo iracundo
hermano de este duende iluminado
que me persigue
en el sueño
en el que corro
huyendo, siguiéndole yo a mi vez
juego de gato y
ratón hasta que viene la lluvia
y la risa y volvemos
a ser amantes helechos hojas atrapadas
en las correntadas
de mayo y todo vuelve a empezar
cuando cruzamos
lavados y nuevos
el umbral del Paraíso.
Del que hacer con estos poemas
Pienso que juntaré
mis poemas,
agarrados como una
fila de huracanes
y haré un
libro desafiante y bello para vos.
Un libro donde estaremos
felices
o ariscos como gatos
discutiendo,
un libro que flote
en el tiempo de tu tiempo
y que podas enseñar
a tus nietos
y decirles:
"Miren como me amó
esta mujer",
con orgullo de macho
idolatrado.
En la doliente soledad del Domingo
Aquí estoy,
desnuda,
sobre las sábanas
solitarias
de esta cama donde
te deseo.
Veo mi cuerpo,
liso y rosado en
el espejo,
mi cuerpo
que fue ávido
territorio de tus besos,
este cuerpo lleno
de recuerdos
de tu desbordada
pasión
sobre el que peleaste
sudorosas batallas
en largas noches
de quejidos y risas
y ruidos de mis
cuevas interiores.
Veo mis pechos
que acomodabas sonriendo
en la palma de tu
mano,
que apretabas como
pájaros pequeños
en tus jaulas de
cinco barrotes,
mientras una flor
se me encendía
y paraba su dura
corola
contra tu carne
dulce.
Veo mis piernas,
largas y lentas
conocedoras de tus caricias,
que giraban rápidas
y nerviosas sobre sus goznes
para abrirte el
sendero de la perdición
hacia mi mismo centro
y la suave vegetación
del monte
donde urdiste sordos
combates
coronados de gozo,
anunciados por descargas
de fusilerías
y truenos primitivos.
Me veo y no me estoy
viendo,
es un espejo de
vos el que se extiende doliente
sobre esta soledad
de domingo,
un espejo rosado,
un molde hueco buscando
su otro hemisferio.
Llueve copiosamente
sobre mi cara
y sólo pienso
en tu lejano amor
mientras cobijo
con todas mis fuerzas,
la esperanza.
Es larga la tarde
como el camino curvo
hasta tu casa
por donde regreso
arrastrando los pies
hasta mi cama sola
a dormir con tu
olor engarzado en mi piel,
a dormir con tu
sombra.
Es larga la tarde
y el amor redondo
como el gatillo de una pistola
me rodea de frente,
de lado, de perfil.
El sueño
pesa sobre mis hombros
y me acerca de nuevo
a vos
al huequito de tu
brazo,
a tu respiración,
a una continuación
infinita de la batalla
de sábanas
y almohadas que empezamos
y que pone risa
y energía
a nuestro cansancio.
"Esto es amor, quien
lo probó, lo sabe"
(Lope de Vega)
La mente se resiste
a olvidar las cosas hermosas,
se aferra a ellas
y olvida todo lo doloroso,
mágicamente
anonadada por la belleza.
No recuerdo discursos
contra mis débiles brazos,
guardando la exacta
dimensión de tu cintura;
recuerdo la suave,
exacta, lúcida transparencia de tus manos,
tus palabras en
un papel que encuentro por allí,
la sensación
de dulzura en las mañanas.
Lo prosaico se vuelve
bello
cuando el amor lo
toca con sus alas de Fénix,
ceniza de mi cigarro
que es el humo
después de
hacer el amor,
o el humo compartido,
quitado suavemente
de la boca sin decir nada,
íntimamente
conociendo que lo del uno es del otro
cuando dos se pertenecen.
No te entiendo y
quisiera odiarte
y quisiera no sentir
como ahora
el calor de las
lágrimas en mis ojos
por tanto rato ganado
al vacío,
al hastío
de los días intrascendentes,
vueltos inmortales
en el eco de tu risa
y te amo monstruo
apocalíptico de la biblia de mis días
y te lloro con ganas
de odiar
todo lo que alguna
vez me hizo sentir
flor rara en un
paraíso recobrado
donde toda felicidad
era posible
y me dueles en el
cuerpo sensible y seco de caricias,
abandonado ya meses
al sonido de besos
y palabras susurradas
o risas a la hora del baño.
Te añoro con
furia de cacto en el desierto
y se que no vendrás
que nunca vendrás
y que si venís
seré débil como no debería
y me resisto a crecerme
en roca,
en Tarpeya,
en espartana mujer
arrojando su amor lisiado para que no viva
y te escondo y te
cuido en la oscuridad
y entre las letras
negras de mis escritos
volcados como río
de lava entre débiles rayas azules de cuaderno
que me recuerdan
que la línea es recta
pero que el mundo
es curvo
como la pendiente
de mis caderas.
Te amo y te lo grito
estés donde estés,
sordo como estás
a la única
palabra que puede sacarte del infierno
que estás
labrando como ciego destructor
de tu íntima
y reprimida ternura que yo conozco
y de cuyo conocimiento
ya nunca podrás
escapar.
Y sé que mi
sed solo se sacia con tu agua
y que nadie podrá
darme de beber
ni amor, ni sexo,
ni rama florida
sin que yo le odie
por querer parecérsete
y no quiero saber
nada de otras voces
aunque me duela
querer ternura
y conversación
larga y entendida entre dos
porque sólo
vos tenés el cifrado secreto
de la clave de mis
palabras
y sólo vos
pareces tener
el sol, la luna,
el universo de mis alegrías
y por eso quisiera
odíarte como no lo logro,
como sé que
no lo haré
porque me hechizaste
con tu mochila de hierbas
y nostalgias y chispa
encendida
y largos silencios
y me tenés
presa de tus manos mercuriales
y yo me desato en
Venus con tormentas de hojarasca
y ramas largas y
mojadas como el agua de las cañadas
y el ozono de la
tierra que siente venir la lluvia
y sabe que ya no
hay nubes,
ni evaporización,
ni ríos,
que el mundo se
secó
y que no volverá
jamás a llover,
ni habrá
ya nieve o frío o paraíso
donde pájaro
alguno pueda romper
el silencio del
llanto.
Eva advierte sobre las manzanas
"Allí te quedo
en el pecho,
por muchos años
me goces"
(C.M.R.)
Con poderes de Dios
-centauro omnipotente-
me sacaste de la
costilla curva de mi mundo
lanzándome
a buscar tu prometida tierra,
la primera estación
del paraíso.
Todo dejé
atrás.
No oí lamentos,
ni recomendaciones
porque en todo el
Universo de mi ceguera
solo vos brillabas
recortado sol en
la obscuridad.
Y así,
Eva de nuevo,
comí la manzana;
quise construir
casa y que la habitáramos,
tener hijos para
multiplicar nuestro estrenado territorio.
Pero, después,
sólo estuvieron
en vos
las cacerías,
los leones,
el elogio a la soledad
y el hosco despertar.
Para mí solamente
los regresos de prisa,
tu goce de mi cuerpo,
el descargue repentino
de ternura
y luego,
una y otra vez,
la huida
tijereteando mi
sueño,
llenando de lágrimas
la copa de miel
tenazmente ofrecida.
Me desgaste como
piedra de río.
Tantas veces pasaste
por encima de mis murmullos,
de mis gritos,
abandonándome
en la selva de tus confusiones
sin lámpara,
ni piedras para hacer fuego y calentarme,
o adivinar el rumbo
de tu sombra.
Por eso un día,
vi por última
vez
tu figura recostada
en el rojo fondo de la habitación
donde conocí
más furia que ternura
y te dije adiós
desde el caliente
fondo de mis entrañas,
desde el río
de lava de mi corazón.
No me llevé
nada
porque nada de lo
tuyo me pertenecía
-nunca me hiciste
dueña de tus cosas-
y saliste de mí
como salen -de pronto-
desparramados, tristes,
los árboles
convertidos en trozas,
muertos ya,
pulpa para el recuerdo,
material para entretejer
versos.
Fuiste mi Dios
y como Adán,
también
me preñaste
de frutas y malinches,
de poemas y cogollos,
racimos de inexplicables
desconciertos.
Para nunca jamás
esta Eva verá
espejismos de paraíso
o morderá
manzanas dulces y peligrosas,
orgullosas,
soberbias,
inadecuadas
para el amor.
Desde la mujer que
soy,
a veces me da por
contemplar
aquellas que pude
haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas
esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por
qué
la vida entera he
pasado
rebelándome
contra ellas.
Odio sus amenazas
en mi cuerpo.
La culpa que sus
vidas impecables,
por extraño
maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos
oficios;
de los llantos a
escondidas del esposo,
del pudor de su
desnudez
bajo la planchada
y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin
embargo,
me miran desde el
interior de los espejos,
levantan su dedo
acusador
y, a veces, cedo
a sus miradas de reproche
y quiero ganarme
la aceptación universal,
ser la "niña
buena", la "mujer decente"
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en
conducta
con el partido,
el estado, las amistades,
mi familia, mis
hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan
este mundo nuestro.
En esta contradicción
inevitable
entre lo que debió
haber sido y lo que es,
he librado numerosas
batallas mortales,
batallas a mordiscos
de ellas contra mí
-ellas habitando
en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos
mandamientos,
desgarro adolorida
y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia,
me retuercen los ojos
porque no quepo
en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo
a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como
alma en pena
de causas justas,
hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta,
me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre
escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos
inviolables
y me atreví
a gozar
el cuerpo sano y
sinuoso
con que los genes
de todos mis ancestros
me dotaron.
No culpo a nadie.
Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento
de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos
oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas,
no más abrir los ojos,
siento las lágrimas
pujando;
veo a esas otras
mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas
contra mi felicidad.
Impertérritas
niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones
infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos
en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre
y contra ella,
me gusta ser.
¿Cómo
decirte hombre
que no te necesito?
No puedo cantar
a la liberación femenina
si no te canto
y te invito a descubrir
liberaciones conmigo.
No me gusta la gente
que se engaña
diciendo que el
amor no es necesario
-"témeles,
yo le tiemblo"
Hay tanto nuevo
que aprender,
hermosos cavernícolas
que rescatar,
nuevas maneras de
amar que aun no hemos inventado.
A nombre propio
declaro
que me gusta saberme
mujer
frente a un hombre
que se sabe hombre,
que sé de
ciencia cierta
que el amor
es mejor que las
multi-vitaminas,
que la pareja humana
es el principio
inevitable de la vida,
que por eso no quiero
jamás liberarme del hombre;
lo amo
con todas sus debilidades
y me gusta compartir
con su terquedad
todo este ancho
mundo
donde ambos nos
somos imprescindibles.
No quiero que me
acusen de mujer tradicional
pero pueden acusarme
tantas como cuantas
veces quieran
de mujer.
Pequeñas Lecciones de Erotismo
(Tomado del libro "De la costilla de Eva")
I
Recorrer un cuerpo
en su extensión de vela
Es dar la vuelta
al mundo
Atravesar sin brújula
la rosa de los vientos
Islas golfos penínsulas
diques de aguas embravecidas
No es tarea fácil
- si placentera -
No creas hacerlo
en un día o noche de sábanas explayadas
Hay secretos en
los poros para llenar muchas lunas.
II
El cuerpo es carta
astral en lenguaje cifrado
Encuentras un astro
y quizá deberás empezar
Corregir el rumbo
cuando nube huracán o aullido
profundo
Te pongan estremecimientos
Cuenco de la mano
que no sospechaste.
III
Repasa muchas veces
una extensión
Encuentra el lago
de los nenúfares
Acaricia con tu
ancla el centro del lirio
Sumérgete
ahógate distiéndete
No te niegues el
olor la sal el azúcar
Los vientos profundos
cúmulos nimbus de los pulmones
Niebla en el cerebro
Temblor de las piernas
Maremoto adormecido
de los besos.
IV
Instálate
en el humus sin miedo al desgaste sin prisa
No quieras alcanzar
la cima
Retrasa la puerta
del paraíso
Acuna tu ángel
caído revuélvele la espesa cabellera con la
Espada de fuego
usurpada
Muerde la manzana.
V
Huele
Duele
Intercambia miradas
saliva imprégnate
Da vueltas imprime
sollozos piel que se escurre
Pie hallazgo al
final de la pierna
Persíguelo
busca secreto del paso forma del talón
Arco del andar bahías
formando arqueado caminar
Gústalos.
VI
Escucha caracola
del oído
Como gime la humedad
Lóbulo que
se acerca al labio sonido de la respiración
Poros que se alzan
formando diminutas montañas
Sensación
estremecida de piel insurrecta al tacto
Suave puente nuca
desciende al mar pecho
Marea del corazón
susúrrale
Encuentra la gruta
del agua.
VII
Traspasa la tierra
del fuego la buena esperanza
navega loco en la
juntura de los océanos
Cruza las algas
ármate de corales ulula gime
Emerge con la rama
de olivo llora socavando ternuras ocultas
Desnuda miradas
de asombro
Despeña el
sextante desde lo alto de la pestaña
Arquea las cejas
abre ventanas de la nariz.
VIII
Aspira suspira
Muérete un
poco
Dulce lentamente
muérete
Agoniza contra la
pupila extiende el goce
Dobla el mástil
hincha las velas
Navega dobla hacia
Venus
estrella de la mañana
- el mar como un
vasto cristal azogado -
duérmete
náufrago.
Al menos flores, al menos cantos...
Quedará de
nosotros
algo más
que el gesto o la palabra:
Este deseo candente
de libertad,
esta intoxicación,
¡se contagia!.
Te busco en la fuerza del futuro
Sola yo, amor,
y vos quién
sabe dónde;
tu recuerdo me mece
como al maíz el viento
y te traigo en el
tiempo,
recorro los caminos,
me río a
carcajadas
y somos los dos
juntos
otra vez,
junto al agua.
Y somos los dos
juntos
otra vez,
bajo el cielo estrellado
en el monte,
de noche.
Yo, amor, he aprendido
a coser con tu nombre,
voy juntando mis
días, mis minutos, mis horas
con tu hilo de letras.
Me he vuelto alfarera
y he creado vasijas
para guardar momentos.
Me he soltado en
tormenta
y trueno y lloro
de rabia por no tenerte cerca,
en viento me he
cambiado,
en brisa, en agua
fresca
y azoto, mojo, salto
buscándote
en el tiempo
de un futuro que
tiene
la fuerza de tu
fuerza.
Te escribo, Sergio
desde la soledad
del mediodía
asoleado y desnudo
mientras azota el
viento
y estoy, gatunamente,
enrollada en la
cama
donde anoche te
quise y me quisiste
entre tiempos, sonrisas
y misterios.
Va quedando lejano
el mundo que existía
antes de conocerte
y va naciendo un
nido de palabras y besos,
un nido tembloroso
de miedo y esperanza,
donde a veces me
siento retozando entre trino
y otras veces me
asusto,
abro los ojos y
me quedo quieta,
pensando en este
panal de miel
que estamos explorando,
como un hermoso,
hipnotizante laberinto,
donde no hay piedritas
blancas,
ni mágicos
hilos
que nos enseñen
el camino de regreso.
No he visto el día
más que a
través de tu ausencia
de tu ausencia redonda
que envuelve mi paso agitado,
mi respiración
de mujer sola.
Hay días pienso
que están
hechos para morirse
o para llorar,
días poblados
de fantasmas y ecos
en los que ando
sobresaltada,
pareciéndome
que el pasado va a abrir la puerta
y que hoy será
ayer,
tus manos, tus ojos,
tu estar conmigo,
lo que hace tan
poco era tan real
y ahora tiene la
misma
textura del sueño.