|
Días atrás
unas alumnas de 7° año me pidieron un artículo para
la revista, pero, me pregunté qué esperarían ellas.
¿Querrían compartir temas económicos conmigo?...
¿A ellas o a algún otro lector, le resultaría novedoso
escuchar algo más sobre política económica?....
Justamente, si de algo hemos tenido demasiado en este 2002, es de Economía.
Por eso, he preferido compartir con ustedes la alegría que siento
cada mañana al venir al colegio.
Si bien hace años he trabajado como Contadora, hace unos cuantos
que me dedicaba a la educación de mis hijos y a desarrollar distintas
tareas como voluntaria en la Parroquia. Yo pensaba que seguiría
así, como tantos otros cristianos que participan en la comunidad
dando su tiempo y sus talentos (pocos o muchos). Esta era la opción
que había hecho por considerar que era lo mejor para mi vida,
aún renunciando a algunos bienes materiales, nunca pensé
que los años de universidad estuviesen desaprovechados, por el
contrario, aunque yo no ejerciese la profesión, lo aprendido
me enriquecía, de todos modos.
Y ahora, lo anecdótico: en julio de 2001, era convocada para
trabajar como Administradora y en el Colegio Parroquial.
A pesar del desafío que esto significaba, no dudé en aceptarlo,
sabía que tendría que reacomodar todo un estilo de vida,
pero lo viví como un llamado a servir. Pensé que valía
la pena intentarlo, ya que de este modo, pondría al servicio
de la Iglesia aquello que Dios me había dado: la posibilidad
de estudiar y obtener un título; al que paradójicamente
yo no le daba ninguna importancia por sí mismo.
Lo cierto parece, que aunque en algunas oportunidades, uno no entienda
para qué adquiere conocimientos, puesto que muchas veces se apela
sólo al criterio de utilidad inmediata; con el tiempo y en muchas
ocasiones de la vida aquel aprendizaje que parecía superfluo
cobra un significado concreto y es allí cuando uno debe dar gracias
a Dios.
Ana María Crocco de Esperón
|