DESDE DENTRO
Las colectivizaciones urbanas

Cataluña protagonizó el mayor episodio del fenómeno de colectivizaciones a nivel industrial. Éste tuvo lugar sobre todo en la ciudad de Barcelona y en las poblaciones industriales de las proximidades, como Hospitalet de Llobregat o Badalona., y conoció cuatro etapas:

1.- La incautación obrera (julio a septiembre 1936).
2.-La adaptación de las incautaciones al Decreto de Colectivizaciones (octubre a diciembre de 1936).
3.- La lucha de la Generalitat por dirigir la economía y controlar las colectivizaciones, enfrentada al intento de socialización de la economía, impulsado por el sector radical de la militancia cenetista (enero a mayo de 1937).
4.- El progresivo intervencionismo y la centralización estatal (del gobierno central) impusieron una economía de guerra y la militarizacion del trabajo (junio de 1937 a enero de 1939).

En un principio, y como ocurrió en las colectivizaciones agrarias, después de derrotar a las fuerzas rebeldes la única preocupación en cada empresa fue la de poner en marcha de nuevo la producción, y en el caso de los organismos encargados de dirigir la política de guerra –el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA) primero, y los organismos del estado, después- la necesidad de convertir una industria civil en una de guerra.

No obstante, durante los primeros meses, no existían organismos que superaran el ámbito local y que coordinaran las actuaciones individuales de las empresas tomadas. De ahí, que muchas entraran en una competencia absurda en un modelo horizontal y solidario de autogestión. Cuando surgió la necesidad de organizar la industria, a finales del verano del 36, dos eran las tendencias básicas que se proponían dentro de la industria bajo control obrero:

· La sindicalización, promovida por los dirigentes de la CNT, y que proponía que toda la industria fuera organizada por el mismo sindicato. Ello suponía organizar y encuadra a todas las empresas en sindicatos del mismo ramo, en vez de encuadrar a los trabajadores en sindicatos definidos por los puestos que ocupaban. Sin embargo, para algunos esto suponía una excesiva centralización de la economía, aun bajo la égida de la CNT, y señalaban que la única diferencia, aunque importante, entre una empresa capitalista y una autogestionada por los obreros, pero bajo esta forma de sindicación, era que el obrero podía votar en las regulares asambleas generales. No obstante, el tamaño de estos sindicatos era tan grande que se asemejaban a los grandes trusts capitalistas, y algunos obreros creían que su voz y voto se ahogaba con tanta centralización

· La confederación, promovida por la FAI (Federación Anarquista Ibérica) y que suponía un modelo más descentralizado. Cada empresa era dirigida por el comité que elegían los propios trabajadores, pero debía informar de sus avances a la unión de todas las empresas del mismo ramo. Si el comité de la unión, elegido entre todos los comités de empresa, consideraba que una empresa no funcionaba adecuadamente o no respondía a los intereses de la unión, se le pedía que cambiara. Para muchos trabajadores, este sistema era mejor por cuanto suponía una vinculación horizontal entre las empresas y una potencialización de la autogestión y la solidaridad mutua.

Si bien el primer modelo fue el imperante en la mayoría de la industria catalana, el segundo modelo fue adoptado por una notable serie de excepciones, como la industria textil de Badalona.

La totalidad de las fuerzas republicanas –aquellos partidos que pretendían la continuidad de un estado y una sociedad burgueses, como por ejemplo, el PCE- y la mayoría de las fuerzas revolucionarias –las cúpulas de los partidos y sindicatos que apoyaban o decían apoyar una revolución social- apoyaron el modelo de sindicalización. No obstante, hay que exceptuar a la FAI, a “Los amigos de Durruti” –una corriente dentro de la CNT, opuesta a la directiva del sindicato- y a una serie de grupúsculos sin muchos militantes. También es cierto que parte de la militancia de los partidos y sindicatos revolucionarios no apoyaban las medidas de centralización, pero la gran mayoría siguió las directrices que marcaban los dirigentes cenetistas.

El apoyo mayoritario a la sindicalización se explica de diferentes maneras:

· Porque las fuerzas burguesas, aunque no tenían ningún poder durante los primeros meses, esa forma de organización era mucho más parecida a la forma capitalista de gestión de la economía y más fácil de controlar cuando se recuperara parte del poder.
· Porque los dirigentes de la CNT y el POUM, como ya hemos explicado, optaron por la colaboración de clases y ello implicaba, como dijimos, un modelo centralizado, destinado a los esfuerzos bélicos.

En octubre de 1936, paralelamente a la disolución del CCMA, la entrada del POUM y de la CNT en el gobierno de la Generalidad, el decreto de militarización de las Milicias Populares, la disolución de los comités locales, sustituidos por Ayuntamientos frentepopulistas, y un amplio etcétera de medidas contrarrevolucionarios de menor calado, se aprobó con el aún indispensable apoyo de la CNT el Decreto de Colectivizaciones. En realidad se instauraba en las empresas un capitalismo sindical, con un fuerte intervencionismo y centralización estatales por parte del gobierno de la Generalitat, al que se dio el nombre de “colectivización”. Algunas industrias, como la textil de carácter confederalista, de la que antes hablabamos, se negaron a aceptar la intervención estatal, lo que les supuso su marginación económica (la Generalitat compró los uniformes del Exèrcit Popular en Francia)

El antiguo burgués, propietario privado, había sido sustituido por una gestión de los delegados sindicales de cada empresa, constituidos en Comités Obreros de Control (que suelen ser fruto de un pacto entre obreros manuales, técnicos, administrativos e incluso antiguos propietarios) absolutamente mediatizados y tutelados por los interventores nombrados por la Generalidad, que por otra parte consideraban la empresa como propiedad del sindicato.

El ministro de Industria durante el gobierno de Largo Caballero, era el anarquista Juan Peiró. El Consell de Economía de la Generalitat también era dirigido por la CNT, con Diego Abad de Santillán como consejero del ramo. Su política subordinó las colectivizaciones al Estado republicano, y cuando ellos cayeron con el gabinete de Largo Caballero, fueron sustituidos por ministros republicanos y estalinistas que usaron su posición para terminar definitivamente con las colectivizaciones.

Otro de los problemas de las colectivizaciones industriales, además del proceso de sindicalización y sus sumisión al Estado republicano, fue que el proceso colectivizador no se extendió al conjunto de los grandes recursos económicos ni en toda la zona republicana. La Banca continuó siendo privada y el Tesoro continuó en manos del Gobierno de la República, que usaría ese control de los recursos financieros cuantiosos al inicio de la guerra civil para estrangular la colectivización mediante un selectivo racionamiento de los créditos.

No obstante, la experiencia colectivista fue un destello que alumbró las enormes posibilidades de una planificación democrática de la economía, por parte de los propios trabajadores. Los obreros catalanes nos legaron la prueba tangible de que el socialismo es posible.

Para completar lo hasta aquí explicado, proponemos la lectura de dos documentos:
· Las siguientes dos etapas de la economía “colectivizada” catalana
· El caso de Barcelona: una ciudad autogestionada.

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