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2. QUÉ ENTENDEMOS POR MÍSTICA
* En un primer sentido amplio pueden llamarse místicos todos aquellos fenómenos o experiencias religiosas atribuibles a la fe y a la gracia, y que el alma puede reconocer (antes o después) como obra de Dios en ella.
* El camino místico de Ignacio es la consecuencia de tomarse absolutamente en serio la fe y la caridad. Ignacio lo ha dejado expresado en las Tres Maneras de Humildad (EE 164-168).
CONTENIDO:
2.1 PRIMERA APROXIMACIÓN AL SENTIDO BÍBLICO
2.2 EL HECHO MÍSTICO SEGÚN EL NUEVO TESTAMENTO
2.3 LA VIDA MÍSTICA ES "PROCEDER AL MODO DIVINO"
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2.1 PRIMERA APROXIMACIÓN AL SENTIDO BÍBLICO
Si preguntáramos a los hombres qué entienden por mística, no terminaríamos de despejar equívocos y conciliar ideas contrastantes. Esta palabra – y sus derivados – ha sufrido, como tantas otras del lenguaje de nuestra fe, un proceso de babelización.
Para hablar de la mística de San Ignacio tengo que partir de una noción clara de mística. Para descartar todos los sentidos impropios de la palabra mística, acudiré al Nuevo Testamento, para buscar en esa fuente de nuestra fe, la realidad que designa esta palabra. Quedan así descartados de entrada los demás sentidos de la palabra mística, por ejemplo el que le dan las ciencias de las religiones, o los sentidos profanos y las extensiones metafóricas o figuradas al hablar de mística en otras esferas de la actividad humana.
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La Sagrada Escritura nos ofrece numerosos fenómenos místicos – comúnmente invocados como ejemplos de experiencias místicas – en los relatos de experiencias religiosas de los "hombres de Dios": las visiones de Abraham y los Patriarcas, de Moisés, de los jueces, de los profetas y del místico rey salmista David.
En el Nuevo Testamento se puede poner de ejemplo las visiones del Bautismo y de la Transfiguración. Tradicionalmente se ha entendido la conversión de San Pablo como un fenómeno mastico, en el sentido de una "manifestación divina extraordinaria". Asimismo valdría de ejemplo lo que Pablo dice acerca de las visiones y revelaciones del Señor: "Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años – si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe – fue arrebatado hasta el tercer cielo...al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar" (2 Cor 12, 2-4).
En la enumeración de visiones, no podemos dejar de recordar el libro del Apocalipsis.
Sin embargo, no sería conforme a la verdad, por lo menos no a toda la verdad, que limitáramos la idea de mística a este tipo de fenómenos extraordinarios, que sin duda son místicos, pero en los cuales no se agota la mística cristiana.
En un primer sentido amplio pueden llamarse místicos todos aquellos fenómenos o experiencias religiosas atribuibles a la fe y a la gracia, y que el alma puede reconocer (antes o después) como obra de Dios en ella.
Según el Nuevo Testamento, la participación en el Misterio de Dios comienza con la fe. Por lo tanto, todo creyente, merecería el nombre de místico cuando vive según su fe, aún en ausencia de otro tipo de visiones o manifestaciones carismáticas extraordinarias. La fe es, al fin y al cabo, una percepción espiritual y un don de Dios. Pero de hecho, en el uso teológico se reserva el nombre de mística a experiencias de Dios extraordinarias respecto de la fe, pero interiores siempre a ella.
Por fin, no hay que suponer que la mística sea asunto de "profesionales de la santidad", asunto de religiosos de clausura y de la vida conventual. Todos los bautizados están llamados y pueden recibir dones místicos, porque Dios se muestra libérrimo en concederlos.
2.2 EL HECHO MÍSTICO SEGÚN EL NUEVO TESTAMENTO
Si la palabra mística no aparece en la Sagrada Escritura, ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento, sí está allí el hecho, la realidad que luego recibirá ese nombre. La palabra mística tiene su origen en la palabra misterio, esa sí presente en la Sagrada Escritura.
En el Nuevo Testamento aparece la palabra misterio referida primero a Dios, y en segundo lugar a su obra:
"A vosotros os es dado conocer los misterios (o: el misterio) del Reino de los Cielos (o: de Dios)" (Mt 13,11; Mc 4,11; Lc 8,10)
"Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios" (I Cor 4,1)
"Quiero que sepáis qué dura lucha estoy sosteniendo – escribe Pablo a los Colosenses – por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me han visto personalmente, para que sus corazones reciban ánimo, y unidos íntimamente en el amor alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia". (Col 2,2)
Los que han sido hecho partícipes de ese Misterio de Dios por la fe y la caridad, merecen el nombre de "místicos".
El Nuevo Testamento no los llamó así. El uso surgirá en la tradición eclesial posterior.
Dado que la fe es ya un conocimiento o inteligencia de los misterios, habrá razón para llamarla "mística". Y así parece considerarla Clemente de Alejandría y en su seguimiento los teólogos "pastores". En la teología monástica o conventual hay una tendencia a reservar el nombre de mística a los raptos o ilustraciones extraordinarias. Esa ambigüedad conduce a una cierta indefinición o vacilación en el uso y sentido de la palabra mística.
2.3 LA VIDA MÍSTICA ES "PROCEDER AL MODO DIVINO"
Podríamos decir que hay una corriente teológica que se inclina a considerar que la vida cristiana, tomada y vivida en serio es ya mística. Todo el que sea "perfecto como su Padre Celestial" (Mt 5,48), "misericordioso como su Padre Celestial", muestra tener el conocimiento de Dios necesario para imitar con su vida la conducta divina. La mística es pues a la vez que un conocimiento de Dios, una conducta como la de Dios. Ese será un principio eclesial de discernimiento de la mística auténtica. Por eso la mística se referirá indisolublemente al conocimiento y a la conducta, se referirá a la vida. Lo "extraordinario" del místico cristiano, no estará en las visiones o revelaciones, locuciones, premoniciones o fenómenos psíquicos o físicos (estigmas, levitaciones) de orden para-, preter- o sobrenatural. Será más bien del – llamémosle así – "orden moral", o sea de las relaciones humanas. Del orden de una justicia que supera a la de judíos y paganos y llega a amar a los enemigos y a ser misericordioso con todas las creaturas (Ps 145(144)8-9). En vano se pretendería "conocer a Dios" y menos aún "ser su Hijo" si con las obras se lo niega (Tito 1,16 y otro montón de textos como Sant 2,14-18; Jn 4,4; I Jn 2,16-17 y tantos otros en los que se explica que hay que "hacer la verdad", "verificar", diríamos, el conocimiento de Dios).
Cuando el creyente comienza a llevar una vida de fe y de caridad, su vida entra en el Misterio y suscita la misma extrañeza, asombro y – eventualmente – rechazo. La vida que está "escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3) no es conocida por el mundo que tampoco lo conoce a El. Pero esa vida hace, desde ya, a los que la viven, hijos de Dios que un día manifestarán su misterio (I Jn 3, 1-2).
De esta vida dice Jesús en la oración de la última cena: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17,3). Antes, durante su vida pública, Jesús se regocijaba en el cumplimiento de una misión a la que El define en términos de revelar y dar a conocer a Dios:
"Lleno de gozo en el Espíritu Santo" (Lucas 10,21) Jesús exclamó: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado (ékrupsas) estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado (apekálipsas) a pequeños. Si, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce-bien (epiginóskei) al Hijo sino el Padre, ni el Padre le conoce-bien (epiginóskei) nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11, 25-27)
Ese conocimiento del Padre y del Hijo, lo expresa Jesús en términos de ver y oír:
"¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!, pues os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros oís pero no lo oyeron" (Lc 10, 23-24). Se refiere Jesús a la súplica de David, el rey salmista: "muéstrame tu rostro"; que es la misma de Moisés, Elías, Job y los justos. El anhelo místico es el anhelo de la presencia de Dios y del encuentro con El, cara a cara (ver 2 Cor 3, 12-18; Ex 33,11: "Dios hablaba con Moisés cara a cara como un hombre con su amigo" cfr. Ex 34, 29-35)
Pero la visión supone un corazón puro. El conocimiento místico es íntimo e intimizador. Jesús explica continuamente "aparte" (kat idián) sus enseñanzas a sus discípulos: "a vosotros os es dado conocer el Misterio del Reino, pero a los que están afuera todo se les explica en parábolas, para que viendo no vean" (Mc 4,11). A este conocimiento que trae Jesús, además de íntimo lo llamo intimizador, porque crea la intimidad necesaria para revelarse en ella. A los que lo siguen, Jesús se los lleva aparte, o al mar o a la montaña, o al Cenáculo o al Huerto. Esta intimización que se da en el seguimiento, es el lugar de la comunicación íntima: "¿Dónde habitas?, venid y veréis" (Jn 1,38-39).
En esta imagen del seguimiento hay que englobar el tema de la renuncia a los "propios caminos": modos de pensar, impulsos. En una palabra a "la carne", para ser guiados por el Espíritu: "los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios" (Rm 8,14) "su vida es un vivir para Dios...muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (Rm 6,11)
De la carta de San Pablo a los Efesios, que puede ser considerada toda ella como un pequeño tratado de la vida mística del creyente, hay tres textos que quiero leer porque describen bien la participación del creyente en el Misterio de Dios por el que merece el nombre de místico:
"Por eso también yo, al tener noticia de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestra caridad para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros recordándoos en mis oraciones, para que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente (pneuma sofías kai apokalúpseos en epignosei autou), iluminando los ojos de vuestro corazón..."(Ef. 1,15-18a)
Esta misma idea vuelve más adelante en la misma carta:
"A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a todos los gentiles la inescrutable (anexijníaston) riqueza de Cristo, e iluminar (fotísai) la dispensación del misterio (e oikonomía tou misteríou) oculto desde los siglos en Dios, Creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los Principados y a las Potestades en los cielos mediante la Iglesia" (Ef. 3, 8-10)
El Misterio de Dios que se revela en el rostro de Cristo, brilla también en la Iglesia allí encuentran conocimiento místico los mismos ángeles:
Pablo insiste algo más abajo en le tema de este elevado conocimiento:
"Por eso doblo mis rodillas ante el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer (gnonai) el amor de Cristo que excede a todo conocimiento (gnoseos) para que os vayáis llenando hasta total Plenitud de Dios" (Ef3, 14-19)
En estos textos de Pablo podemos observar que la "epignosis" o conocimiento que el Apóstol pide para sus fieles no es el conocimiento inicial de la fe sino un conocimiento perfecto porque sobreviene a consecuencia de una vida de fe constante y probada.
Los creyentes que por el ejercicio de la paciencia y de las demás virtudes cristianas están fortalecidos en el hombre interior y arraigados en la caridad, acceden a ese conocimiento de Dios: una "epignosis" mística, propia de los hijos adultos. Los que aún no están en ese estado de vida o han decaído en él son llamados niños, que aún se alimentan de leche y no de manjares sólidos.
Como los lactantes a su madre, los fieles "niños" aún no conocen a Dios con los sentidos de la vista y del oído que son los superiores y perfectos, sino con el conocimiento incipiente y oscuro que le da al lactante el sentido del gusto. También el creyente que comienza el camino de la fe satisface un oscuro apetito de Dios del corazón humano.
Este es el fundamento para la posterior distinción que se establece en la tradición cristiana entre los que comienzan y los más adelantados. Una distinción de raíz bíblica y fundada en los textos:
"Como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual pura, a fin de que por ella, crezcáis para la salvación, si es que habéis gustado qué bueno es el Señor" (o: que Cristo es el Señor) (I Pedro 2,3)
Pedro alude aquí al Salmo 34 (33),9: "Gustad y veréis la bondad del Señor". En este salmo podemos ver aludidas las dos fases de la vida cristiana: la ascesis (gustad) y la mística (veréis). La fase del cristiano que es niño y la del que ya tiene "sus facultades ejercitadas por la práctica para el discernimiento del bien y del mal" (Hebr. 5, 11-14).
No puede haber conocimiento de Dios (epignosis: conocimiento verdadero, místico, perfecto) mientras subsista una conducta carnal que el Apóstol llama infantil: "no pude hablaros como a espirituales (pneumatikoi = místicos), sino como a carnales (sarkikoi), como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aún lo soportáis al presente; pues todavía sois carnales. Porque mientras haya entre vosotros envidias y discordias, ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano? Cuando uno dice: "Yo soy de Pablo" y otro: "Yo soy de Apolo", ¿no procedéis al modo humano? (I Cor 3, 1-4).
Podríamos concluir de lo dicho que la vida mística es "proceder al modo divino".
Si bien en Nuevo Testamento no usa la palabra mística, muestra claramente en qué consiste la perfección de la vida creyente a la que aspira el Apóstol que lleguen sus cristianos: un conocimiento del Misterio de Dios, que es la culminación y el fruto de la fe y la caridad. La mística es ese conocimiento íntimo de Dios al que se accede, ciertamente por don gratuito de Dios, pero por el ejercicio fiel y continuado hasta el heroísmo de la fe y la caridad. Y a este conocimiento del Misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, están llamados para que accedan, si colaboran con la gracia, todos los hijos de Dios, sin distinción. Sin otra distinción que su respuesta y la variedad de carismas particulares.
La mística es el estado al que llegan los que se toman absolutamente en serio al fe y el amor de Dios. Tomarse en serio la fe y la caridad, vivir según los mandamientos y buscando complacer a Dios, transforma el corazón del hombre y le permite conocer a Dios – y todas las cosas – con un conocimiento que supera todo conocimiento: "el conocimiento del amor de Cristo" (Ef. 3,19).
El camino místico de Ignacio, tal como lo entiende y lo describe él mismo – sin llamarlo místico – es la consecuencia de tomarse absolutamente en serio la fe y la caridad; coincidentemente con lo que acabamos de ver en la Escritura. Ignacio lo ha dejado expresado en las Tres Maneras de Humildad (EE 164-168).