Narrativa peruana
Mario Guevara Paredes (Cuzqo, 1956 )
Autor de un c�lebre libro de cuentos sobre
bricheros,Cazador de gringas(1995),
es asimismo el director de una importante
revista cultural: Sieteculebras,que alcanza 17
n�meros en 11 a�os. Y lleva adelante una importante labor de difusion cultural en el Peru.
ZONA DE EMERGENCIA


Cuando el capit�n Sotomayor desenfund� la Smith & Wesson, el sargento Cahuana apresur� el aguardiente del vaso. Afuera, la noche aplastaba las calles del pueblo. S�lo se o�an los ladridos desaforados de perros vagabundos. Cahuana siempre temi� los arrebatos de Sotomayor, que alardeaba de tener los cojones m�s rayados de la Zona de Emergencia, pero no pudo soportar que le dijera, a voz en cuello y delante del alcalde, que �l se cagaba de miedo cada vez que present�a la llegada de terrucos. Era la mayor ofensa que recibi� en el transcurso de la noche, porque pon�a en duda la hombr�a que le afloraba por efectos del alcohol. Sin embargo, despu�s de aceptar el desaf�o ante el est�pido asombro del alcalde, que permanec�a enmudecido en el asiento, comprendi� que el destino le jugaba una mala pasada. Sotomayor, girando con violencia el tambor del rev�lver que conten�a una bala, lo coloc� en el centro de la mesa donde se consum�a la botella de aguardiente. El lampar�n de la tienducha dibujaba tenuemente el rostro desencajado de Cahuana, que miraba temeroso el borde met�lico del ca��n sin atreverse a tocarlo. Pero al escuchar los gritos y mentadas de madre para que afrontara el desaf�o, descontrolado levant� el rev�lver en direcci�n contraria. El impacto congel� la sonrisa cachacienta del capit�n Sotomayor que cay� bruscamente al suelo.

                                                                                          
EL INSTRUMENTO


No era la primera vez que despertaba sobresaltado. Era el mismo sue�o, la misma mujer y las constantes e interminables ri�as. Adem�s, como siempre, la pesadilla terminaba cuando la mujer, en un arranque de furia contenida, cercenaba el instrumento de placer, del cual �l se jactaba en demas�a. Pero esta vez, no s�lo despert� sobresaltado, sino terriblemente adolorido.

SUBVERSIVO


Definitivamente, para el teniente Matamoros, �ste no era su d�a de suerte, porque  toda la noche, en la choza donde pernoct�, estuvo lideando contra  voraces piojos, que no lo dejaron entrecerrar los  p�rpados. Pero a�n as�, se levant� temiblemente optimista,  dado que  arrancar�a informaci�n al detenido; un profesor de una escuela enclavada en las serran�as ayacuchanas, cuyo �nico delito fue haber brindado alojamiento a subversivos que azolaban la regi�n.  Y fue as� que, despu�s de golpear con violencia al detenido,  conmin�ndole a que hablara en la Plaza de ese pueblito de Cangallo, a vista y paciencia de los soldados que integraban el pelot�n; el indefenso profesor, que permanec�a con las manos atadas a la espalda, el rostro cubierto de sangre y los ojos cerradamente hinchados, estamp� en el rostro del uniformado la ira contenida. El teniente, luego de limpiarse con la faz de la mano, el salivazo sanguinolento, sin mediar palabra alguna, de un balazo le destap� los sesos. Despu�s,  como si nada hubiese pasado, dijo socarronamente: "Que cojudo, �ltimamente, se me est� yendo la mano, carajo".

               
                                                                                     



MATAR AL NEGRO



- �Vamos a matar al negro! -, dijo Juan.
- �Por qu�? -, retruc� Luis.
- El negro es un peligro -, agreg� Pedro.
- �Peligro para qui�n? -, pregunt� Ramiro.
- Para nosotros -, dijo Carlos.
- �Son racistas o que carajo pasa! -, intervin� Luis.
- Sucede que el negro nos tiene bien jodidos -, dijo Juan.
- �Por qu� los tiene jodidos? -, interrog� Ramiro.
- No nos deja en paz -,  dijo Pedro.
- Adem�s, est� hecho un energ�meno -, agreg� Carlos.
- Por s�lo eso lo quieren matar -, dijo Luis.
- Y si terminamos en el hospital -, argument� Pedro.
- Bueno, as� la cosa cambia -, dijo Ramiro.
- Por supuesto que cambia -, concluyo Juan
- Ahora decidamos su muerte -, agreg�  Pedro.
- �Decidir la muerte de qui�n? -, pregunt� Luis.
- �Del negro..  acaso eres sordo! -, concluy� Pedro.
- �Tanto alboroto por el negro? -, intervino Daniel.
- S�lo abres la boca para decir cabronadas - dijo Luis.
- El negro no volver� al barrio - retruc� Daniel.
- �Por qu�, que hizo?-  interrog� Juan.
- �Dizque mordi� al veterinario! - concluy� Daniel.





LA MAPUCHE



-Yo puedo afirmar, sin lugar a dudas, era una Mapuche-  dijo  solemne el investigador social. En la mesa,  un silencio c�mplice se hizo evidente, cuando  quiso convencernos sobre la identidad de aquella. Seg�n entendimos, la hab�a conocido en un Encuentro de Pueblos Indigenas realizado en la Capital,  y donde compartieron, entre otras cosas,  conceptos sobre identidad y g�nero.  Adem�s,  estaba tan impresionado de la  indigena, que le hab�a prometido por sus singulares bondades, aprender el idioma de sus ancestros. Luego,  la visitar�a en Temuco, donde intentar�a conocerla  mejor, pero eso s� dialogando en perfecto Mapuche. Fue entonces, que  por segunda vez, en el curso de la entretenida conversaci�n,  le sali�  al encuentro el  controvertido soci�logo;  inform�ndole que  la susodicha era una estafa, que toda esa parafernalia que aparentaba: vistiendo, hablando y comport�ndose como indigena, era un enga�a muchachos de exportaci�n,   porque la bendita Mapuche  era nada menos que  la directora ejecutiva de una organizaci�n no gubernamental,  que entre sus lucrativos  fines, estaba la conservaci�n y difusi�n de la cultura Mapuche. El investigador social,  no teniendo alternativa alguna, dado que las circunstancias y la realidad le demostraban lo contrario, y con la experiencia bien ganada, de sus cincuenta y tantos a�os, dijo: "No ser� Mapuche pero fornicaba como si lo fuera".

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