JANOS, EL HOMBRE QUE CORRIGIO A ANDRE BRETON



Atardec�a.

Nos encontr�bamos en el bar Carlitos, debajo del puente Pichincha, en el centro de Quito. Desde mi mesa, tomando una espumante Pilsener, observaba a la cucaracha que recorr�a el afiche de la pared. Paseaba por la redondez de sus nalgas, para luego posarse en sus senos y subir por el rostro coqueto y perderse en el techo donde hab�a unos faroles empolvados. Entonces, por un instante, me acord� de Franz Kafka, y pens� si acaso, esa inmunda curacha que recorri� indiferente el cuerpo de la modelo, no ser�a el mismo insecto que le inspir� a escribir su famosa Metamorfosis.

Despu�s de sortear un callej�n que ol�a a pescado, donde negros provenientes de Esmeraldas vend�an pescados, cangrejos y calamares, hab�amos arribado al lugar. Sentados en la mesa se encontraban los poetas Cris Alban y Ricardo Torres, ambos fundadores de la "Pedrada Zurda", revista de literatura, que sacaba roncha a los encargados de cultura del Ecuador.  Nos hab�amos reunido para tomar unas cervezas, porque esa noche tomar�a el autob�s que me llevar�a a la frontera. Ese d�a, para m�, acababa la interminable farra que se hab�a producido al termin� del IMAPIMUSPO: Festival Andino de Cultura, donde participaron delegaciones de Per�, Bolivia, Colombia y del pa�s anfitri�n.

Hab�amos empezado con una cerveza y conforme pasaba las horas se juntaba m�s pilseners. La rocola con dibujos sicod�licos que estaba al costado del ba�o desped�a pasillos que hablaban de tristezas y desamores. Ricardo, como siempre, con su voz dulzona hablaba de an�cdotas y percances que ocurri� en el encuentro. Yo lo miraba y pensaba en el poeta que hab�a escrito: Oigo decir/ de manos de un montubio nacido en la sierra/ que la mala suerte nunca llegar� al Ecuador/ porque/ de aqu� mismo es. Cris, nervioso y meditabundo, con una ansiedad que se dibuja en el rostro, se encerraba en sus pensamientos. Tal vez, pensaba igual que yo, en la coqueta chaparrita, integrante del grupo de teatro peruano, que dentro del encuentro, alborot� muchos corazones. Y pensar que la fulana era casada. Afuera, el cielo ceniciento de Quito se desbordaba por las calles.

Ingres� al bar un hombre desali�ado. Era alto, delgado, de pelo negro y corto. El ojo izquierdo era una costra enorme; estaba totalmente reseco. Era impresionante verlo. Ricardo que lo conoc�a lo llam�: Janos. Este, que estaba con unas tragos encima, le brill� el rostro al reconocerlo. Pues hac�a tiempo que no se ve�an. Ricardo me present� a Janos, quien se sent� frente a m�. En mi azarosa vida, hab�a visto hombres que hab�an perdido un ojo, pero nunca a uno como lo ten�a el bendito Janos. Este, al saber de donde proven�a, empez� ha hablarme del Per�, en especial del Cusco, donde hac�a a�os hab�a vivido un t�rrido romance con una gringa que conoci� en el tren a Machupicchu. Janos despu�s de tomar unos vasos de cerveza, le pregunt� a Ricardo si le pod�a confiar unos poemas suyos, porque, seg�n �l, hab�a un ricach�n que le hab�a ofrecido un dinero, si le entregaba unos poemas de su creaci�n. Yo pensaba: Janos est� m�s loco que una cabra. Ricardo que lo conoc�a y para no herir su extremada suceptibilidad, le dijo que en ese momento no ten�a poemas y si le buscaba otro d�a, le dar�a todos los poemas que quisiera. Janos qued� entristecido al o�r la respuesta.

El bar empez� ha abarrotarse de parroquianos que beb�an Pilsener o Tr�pico. La encargada del bar, una joven de rostro agradable y sueter rojo, coqueteaba con Ricardo cada vez que se acercaba a la mesa. De pronto, Janos descubri� en la mesa el libro que llevaba Cris. Era la obra escogida de Andr� Bret�n. Janos pregunt� quien era el autor del libro. Le dijimos que era un poeta franc�s, padre de los surrealistas. Janos intrigado empez� a hojear las p�ginas del libro. Luego, dijo que le gustar�a copiar algunos poemas de Bret�n, para su amigo, el ricach�n. Nosotros aceptamos la propuesta que era risible. Ricardo sigui�ndole la cuerda, y pensando que no volver�a, le entreg� unos sucres para que comprara un cuaderno, en el cual �l copiar�a los poemas.

Al salir Janos por el cuaderno, Ricardo me cont� su inveros�mil  historia. Manifest� que �ste era un tipo bien parado que andaba siempre a la moda, acompa�ado de bonitas huambras y derrochando el dinero de su padre, un alto funcionario del gobierno. Entonces, record� una de tantas an�cdotas de Janos en el centro de Quito. Los d�as viernes, al anochecer, cuando se produc�an las "fogatas bailables", �ste aparecia con sus amigotes, vestido con un traje tipo frac, de azul cobalto. Luego, se paraban entre Oriente y Guayaquil, y apoyados en la pared de la casa de la esquina, junto a la fonda del Telmo Hidalgo, que fue dirigente del partido socialista ecuatoriano, observaban a las parejas que ingresaban al baile.  Cuando ve�an que la fogata estaba en su apogeo, los amigos de �ste buscaban bronca al acompa�ante de la pelada m�s bonita. Janos, aprovechaba el alboroto para llevarse de una, a la muchacha a los ba�os del colegio... Esa vida disipada, donde nunca faltaban las drogas, el alcohol y las mujeres, hab�an hecho de �ste una piltrafa humana. Ese ojo repugnante y putrefacto era producto de de sus noches s�rdidas. Ahora viv�a en cantinas de mala muerte buscando que alguien le invite los tragos.

Cuando nadie pensaba que Janos volver�a, lo vimos ingresar al bar  con su cuaderno en mano. Luego, empez� a copiar los poemas. Cris le indic� que cambiara los lugares de Par�s por los de Quito. Janos ensimismado copiaba. Un momento, �ste dej� el lapicero y dijo que un verso de Bret�n no le gustaba, por eso, �l los cambiaba. Y los cambi� ante nuestro asombro. Despu�s satisfecho de su haza�a, pidi� una rueda de cerveza, que sab�amos que nosotros lo �bamos ha pagar.

Anochec�a, cuando salimos del bar embriagados. Janos, despu�s de caminar unas cuadras, se despidi� de nosotros perdi�ndose en la avenida Pichincha, con su cuaderno en el brazo y la noche de Quito que le daba en la espalda. Para mi la frontera todav�a estaba muy lejana.
Hosted by www.Geocities.ws

1