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4. LIBERACION DE LA OBSESION

Rendición total

El cogió el control

"Bajo Dios"

Un nuevo sentimiento

"Úseme"

Permanezca sobrio con amor

"Pida a Dios fortaleza"

El vaso en pedazos




LIBERACION DE LA OBSESION 4

En las últimas etapas de nuestra bebida,

la voluntad de resistir se ha escapado.

Sin embargo, cuando admitimos la derrota total y estamos

enteramente dispuestos a tratar de vivir conforme a los principios

de A.A., nuestra obsesión se desvanece y entramos a una

nueva dimensión, la libertad bajo la voluntad

de Dios, tal como lo comprendemos.

Bill W.

Carta, 1966

RENDICION TOTAL

Lo que más me impresionó siempre acerca del programa y de mí mismo, es el constante y continuo desafío para tratar de recuperar algo de aquel verdadero y honesto entusiasmo que sentí con la total rendición, cuando llegué por primera vez a A.A. Para mí, esa clase especial de paz espiritual nunca se ha repetido. Ahora, después de todos los períodos de veinticuatro horas acumulados, me doy cuenta de que probablemente nunca se repetirá. He llegado a estar muy cerca de ello algunas veces, pero nunca ha sido igual.

Creo que hay una relación directa entre ese sentimiento y nuestra necesidad en el momento en que fuimos introducidos al programa. Nuestras motivación según creo, es una combinación de dolor suficiente y la Gracia de Dios. ¡De seguro que es una extraña combinación! No encuentro la forma de expresarla a nadie que no pertenezca a A.A.

Des Plaines, Illinois.

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EL COGIÓ EL CONTROL

No podía creer que la sobriedad me beneficiaría. Con una esposa que trabajaba, una bonita casa, un impresionante automóvil y tarjetas de crédito en el bolsillo, ¿quién necesitaba ayuda? No creía que pudiera existir ninguna alegría en la vida sin borracheras, cabarets de lujo, y muchachas de cabaret de bajo fono. No podía cree que "esos santurrones" en A.A. estuvieron tan interesados en mi bienestar como ellos lo afirmaba. Y además, no podía creer que gente que admitía haber vivido en la parranda pudiera enseñarme a una mejor manera de vivir.

Tampoco necesitaba que me dijeran nada acerca de Dios. Mi abuela, mis tías, y muchas otras personas ya lo habían intentado. Aunque no me interesaba llamarme cristiano, si creía que había una especie de Dios, en algún lugar quien me ayudaría si realmente necesitaba ayuda externa. Pero yo era lo suficientemente hombre y lo suficientemente brillante para ayudarme a mí mismo. ¡Así es que yo no le iba a pedir ayuda a Dios ni a nadie más!

En estos tres últimos años, mientras jugaba en la puerta giratoria con la Comunidad, me bebí todas mis excusas para no necesitar a A.A. Una noche, me senté a solas en mi apartamento, e hice un arqueo de caja: ochenta y nueve centavos de dólar. No tenía alimento disponible. ¿Me gastaría ochenta y cinco centavos en otra botella de vino?

Sí, ¡tenía que hacerlo! Sería imposible para mí enfrentarme al mundo por la mañana sin una bebida. Pero, entonces, me di cuenta de que en realidad no tenía que enfrentarme a ningún mundo por la mañana porque ya no tenía un trabajo al que ir, ni una esposa que me cantaleteara continuamente, ni hijos que me fastidiaran pidiéndome dinero para la escuela.

¿Qué podría hacer? Mi mente se llegó a sentir tan desesperadamente cansada al respecto, que inclusive se negó a intentar una decisión. Desesperado, esperando que El pudiera estarme escuchando, me dejé caer de rodillas al lado de mi botella vacía y oré con sencillez, "Dios mí, por favor ayúdame".

La respuesta llegó inmediatamente. Me di cuenta de que en alguna forma podía pasar la noche ay aún enfrentarme a la luz del día sin otra botella.

Al día siguiente fui a un centro de rehabilitación para alcohólicos. Durante mi estancia, asistiendo diariamente a las reuniones de A.A. y conversando acerca del alcoholismo y la sobriedad con gentes cuya sobriedad personal variaba desde un día a veinticinco años, yo llegué a creer.

El Poder Superior se había llevado esa precisa noche, mi permanente deseo por alcohol, y él me había guiado de regreso a A.A. A pesar de que estaba tratando sinceramente de seguir el programa de A.A., me volvió el deseo de embriagarme, y tuve que luchar contra él constantemente. Cuando se leyeron los Pasos, la frase "Dios, tal como lo comprendemos" me molestó. Esas gentes tenían algo que yo era incapaz de comprender. Nunca había sido capaz de comprender a Dios, y aún no lo soy. El cambiar Su nombre por el "Poder Superior" no me fue de ninguna ayuda.

Un miembro de los más antiguos usó la metáfora de la electricidad, que después encontré en el Libro Grande. "Una persona que entra en un cuarto oscuro no se preocupa por comprender la electricidad", dijo. "Solamente encuentra el interruptor y enciende la luz". Explicó que podemos encender el interruptor de la espiritualidad simplemente pidiéndole cada mañana a Dios otro día de sobriedad y agradeciéndole por la noche el haber permanecido hermosamente sobrios otro día. El dijo "Hazlo mecánicamente si tú no lo crees en verdad. Pero hazlo diariamente. Probablemente no hay nadie que comprenda los maravillosos caminos del Poder Superior, y no necesitamos hacerlo. El nos comprende".

Así, de esa manera recé cada noche y cada mañana. Algunas veces lo sentía; otras no. Conseguí un trabajo, porque ya no estaba temeroso de solicitarlo. No era la clase de trabajo del que me sentiría orgulloso, y la paga era escasa. Sin embargo, permitió que me mantuviera por mí mismo, y me trasladé del centro de rehabilitación a un pequeño apartamento.

Un sábado en la noche mi "carga" de autolástima me resultó ya muy pasada, y me derrumbé. Aquí estaba, con dos meses de sobriedad, tratando con ahínco de trabajar en el programa. Siendo tan honesto, que me dolía. Continuamente reprimiendo el deseo físico de un trago. ¿Y qué había conseguido? Nada. Vivía solo e un oscuro lugar. Trabajaba en un empleo que desdeñaba. Ganaba apenas lo suficiente para compartir una moneda con la cesta de los "sin trabajo".

Al infierno con todo esto. ¡Más bien podía emborracharme! Manejando hacia la zona que había frecuentado durante la última etapa de mi bebida en bares, inconscientemente di giros equivocados por tres veces en otras tantas esquina, en calles que conocía también como usted conoce el cuarto en que duerme, y terminé en frente de un club de A.A. Me había bajado del automóvil y me encontraba ante la puerta antes de que me diera cuenta de que había equivocado el camino.

Bien, pensé, entraré y les diré adiós . . . en alguna forma concluí yendo a una reunión cercana de A.A. a la que dos miembros me llevaron; la reunión fue tan buena que borró completamente la idea del peregrinaje por los bares.

Cuando entré en mi apartamento y le di un golpecito al apagador para encender la luz, otra luz se hizo en mí. ¡Una luz dentro de mi terco cerebro!

Esa noche, agradecía fervientemente al Dios que yo no comprendo, por tomar el completo control de mi mente todo el tiempo suficiente para entregarme en manos de mis amigos de A.A. salvándome, de este modo, de ser "uno más de tantos borrachos". Ahí entonces, yo llegué a creer que Dios podía y haría por mí lo que ningún otro ser humano. Desde esa vez, no he tenido el deseo de un trago de alcohol. Desde entonces, he llegado a creer que cualquier cosa que sea apropiada para una vida mejor se hace posible viviendo diariamente en la forma de A.A. con la ayuda de un Dios comprensivo, al cual todavía no comprendo.

San Diego, California.

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"BAJO DIOS"

El deseo de beber me fue removido y nunca más volvió, una vez que acepté el Paso Tres, durante una terrorífica tormenta en el Pacífico del Norte. Después de todo, usted no tiene mucho que decir ante una cosa así. La definición que la Compañía de Seguros Lloyd's de Londres da del patrón a cargo de un barco es "capitán bajo Dios".

A.A. Internacionalista

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UN NUEVO SENTIMIENTO

Desde la infancia, he creído en Dios, pero dejé de ir a la iglesia cuando la embriaguez se apoderó de mí. Durante once años, no tuve un día sobrio, excepto cuando estaba hospitalizado o bajo el tratamiento de un Doctor. Recé muchas veces, pero sentí que eso no me conducía hacia Dios.

Un día, ya cerca del final de esos años, cometí el error de mezclar el licor con una medicina que me recetó un doctor vecino mío. Mi esposa estaba segura de que estaba muerto. Al día siguiente, el doctor dijo que si su teléfono hubiere estado ocupado solo unos minutos cuando ella lo llamó, hubiera sido demasiado tarde; los latidos de mi corazón y el puso se estaba apagando cuando él llegó. A pesar de eso, después de dos semanas de recuperación en el hospital y luego ocho semanas más de abstinencia continuada, estaba otra vez bebiendo. En el curso de dos meses, llegué a un punto en que quería morir y no podía.

Allá en Texas, mi hermana había conocido a un A.A. y después de que recibí una carta de ella, acepté ponerme en contracto con un miembro de A.A. en mi ciudad. Hubiera apostado diez dólares contra una moneda agujereada que se trataba de una falsa alarma, pero fui y me entrevisté con él. Me presentó su Libro Grande y me aconsejó que tratara de leerlo con una mente despejada y que me reuniera con él la noche del jueves siguiente para asistir a una reunión de A.A.

Le dije a mi esposa que nunca antes había hablado con una persona que pareciera comprender mi problema también como él lo hacía. Cerca de las siete p.m. fui al cuarto de baño, al gabinete de medicinas en el que guardaba mi licor y tomé un trago, de una botella de tres cuartos que acababa de comprar. Ahora si ya estaba listo para leer el libro de A.A. Después de leer como una hora, automáticamente me levanté para tomar otro trago. Pero me detuve, recordando que había prometido leerlo con una mente clara. Así que pospuse la bebida y continué con la lectura.

Cuando llegué al capítulo "Nosotros los agnósticos" leí: "No necesitamos hacernos más que una corta pregunta. ¿Creo ahora, o al menos estoy listo a creer, que existe un Poder Superior a mí mismo?" Esto me impresionó mucho.

Pero de cualquier manera fui al cuarto de baño para tomar un trago grande antes de acostarme, como lo había hecho todas las noches durante años. Cuando alargué la mano para tomar la botella, se me ocurrió pensar que "quizás" si pedía a Dios un poco de ayuda, El podría oírme. Apegue la luz y por primera vez en mi vida hablé con toda honestidad y sinceridad: "Querido Dios, si Tu quieres, escúchame. Soy, como Tu lo sabes, un completo canalla para mi familia, mis amigos y para mí mismo. Este licor me ha apaleado hasta derribarme, y soy incapaz de hacer algo al respecto. Ahora, si Tu quieres, dame una noche de descanso sin este trago".

Me fui a la cama. De lo primero que me enteré a continuación, fue que ya eran las seis y media a.m., hora de levantarme. Cuando me senté sobre la cama, por primera vez en años no tenía los sudores fríos y los temblores. Creí que lo que había pasado era que me había levantado y tomado algunos tragos de licor en la madrugada. Pero no; la botella estaba ahí, tal como yo la había dejado la noche anterior.

Me afeité sin tener que tomarme antes varios tragos de licor. Me fui a la cocina y le comenté a mi esposa sobre esta cambio y de la nueva sensación que yo tenía. Hasta me tomé un café sosteniendo la taza con una sola mano, en lugar de vaciarlo en un tazón y sostenerlo con las dos manos. "Sí Dios me está ayudando", dije, "De verdad espero que lo siga haciendo", mi esposa me dijo que El lo haría si yo trataba de ayudarme a mí mismo.

El jueves por la noche, me encontré con el hombre de A.A., y ambos asistimos a mi primera reunión y me encontré con las personas más excelentes y comprensivas que había conocido en toda mi vida. Yo tenía entonces cuarenta y tres años. Ahora tengo sesenta y uno. Puedo decir honestamente que nunca he estado siquiera cerca de tener una recaída, y con Dios como mi socio silencioso, estoy seguro de que puedo continuar así durante otras veinticuatro horas.

Evansville, Indiana.

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"ÚSEME"

Después de unirme a A.A. en octubre, bebí el día de Navidad y otra vez en la noche de año nuevo, y no sucedió ningún desastre. Regresé a mi Grupo de A.A. sintiéndome tan íntegro como los demás, porque había sobrevivido a las fiestas. Además, había vencido al alcohol. ¡No se había llevado lo mejor de mi!.

Dos semanas después, de pronto, estaba borracho. No lo había planeado, ni siquiera había pensado en hacerlo; simplemente comencé a beber y no pude parar hasta que perdí el conocimiento. Algo andaba mal en mí. Estaba enfermo de algo que me llegaba hasta lo más profundo del alma. No podía soportarme a mí mismo. No podía mirar a la cara de mis hijos. No podía darle la cara a nada.

Me arrastré de regreso al Grupo de A.A., y escuché por vez primera. Esa noche regresé a mi casa con la mente adormecida. Me encontraba otra vez ante algo a lo que no sabía hacerle frente. Mi suerte no iba a cambiar. Yo era el que iba a tener que cambiar. ¿Podría? Pero, Dios, tal como yo lo comprendía, seguramente estaba disgustado conmigo por ahora. Yo había regateado y adulado y roto todas las promesas que siempre le había hecho. ¿Cómo podía ahora volverme hacia El?.

Al sentarme en ese cuarto vacío, pude oír las palabras "Tanto amó Dios al mundo . . . Tanto amó Dios al mundo . . . ".

Las palabras que finalmente expresé, parecieron haberme sido arrancadas: "Dios mío querido, ¿en dónde voy a encontrar la fortaleza para superar mi alcoholismo?".

La voz que me contestó era tranquila y dulce hasta más allá de cualquier descripción. "Tu tienes la fortaleza, todo lo que tienes que hacer es usarla. Yo estoy aquí. Yo estoy contigo. Aprovéchame".

Ese día volvía a nacer. Desde ese día me fue arrancada la compulsión. Durante once años, desde entonces, he encontrado en la sobriedad aquello que estuve buscando en la botella. Yo quería paz; Dios me dio paz. Quería ser aceptado; Dios me aceptó. Quería ser amado; Dios me aseguró que El me amaba.

Mis hijos ya son mayores, y son unos hermosos muchachos que diariamente, practican por costumbre los principios del programa de A.A.: amor, servicio y honestidad. Todos crecimos juntos, y eso nos hace ser buenos amigos.

Honolulu, Hawai.

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PERMANEZCA SOBRIO CON AMOR

Había andado alrededor de A.A. por cerca de dos años y había tenido poco éxito en permanecer sobrio. Un día me encontré en un pequeño cuarto en la zona comercial de Toronto, habiéndome emborrachado saliéndome del amor y respeto de una adorable esposa, cuatro saludables hijos, una madre, un padre, otros parientes y amigos. Estaba solo otra vez, con ese terrible sentimiento de total aislamiento y miedo de la ruina inminente. Así es que una vez más, lleno de odio, envidia, lujuria, pereza, y sobre todo desesperanza total, me presenté a las puertas de Alcohólicos Anónimos.

Mis amigos de A.A., se mostraron un tanto escépticos respecto a mi regreso al redil; estaba esto justificado, ya que se habían dado cuenta de mis continuas entradas y salidas, y que sólo había podido acumular un máximo de seis meses de sobriedad continua. Pero agradecí a Dios por la compasión, el amor y la comprensión de un matrimonio de A.A., quienes me ayudaron a vivir y respirar A.A. durante los siguientes cuarenta y cinco días por medio de conversaciones telefónicas, reuniones abiertas, reuniones de discusión, largas pláticas ante la mesa de la cocina, y lo más importante, mediante la oración.

Yo me había mofado del aspecto espiritual de nuestro programa en muchas ocasiones previas, proclamando que este negocio de Dios era para afeminados e hipócritas. Pero esta vez era diferente. Después de mi última borrachera, yo sabía que para mí era la muerte o la locura, si continuaba bebiendo. Esta vez, recé. En alguna forma sentía que había un Poder mayor que yo mismo, el cual podía aliviarme de mi sufrimiento, y que por lo tanto lo mejor era intentar encontrarle.

A los cuarenta y cinco días de mi nueva sobriedad, regresé al pequeño cuarto de la zona comercial de Toronto y me hundí en una depresión que no se puede describir con palabras. Era como si mi cuerpo y mi alma se encontraran separados por completo. Vi tan claramente, como siempre lo veré, la completa inutilidad de mi existencia, y de la destrucción llevada a cabo por mi terco y orgulloso engaño de que yo podía tomarme "sólo unas pocas". Había alcanzado un punto en la vida en donde ya no podía seguir solo, borracho o sobrio. Eso, mis amigos, fue una soledad que espero no olvidar nunca.

Una cosa muy extraña me sucedió esa tarde. Rehusé ceder a tomar un trago. Después de casi tres horas de agonía, grité pidiendo la ayuda de Dios. Y salí del cuarto con una fortaleza como nunca había pensado que fuera posible.

Durante las dos semanas siguientes, me sentí "transformado" sin emborracharme y sin otras drogas. Por primera vez en mi vida adulta, yo estaba indiscutiblemente consciente de la presencia viva de Dios dentro de mí mismo y del universo. Viendo la belleza en la cara de un niño o en el verde del pasto de un árbol, y sintiendo la alegría de despertarme por la mañana con la mente fresca, mirando con ilusión las actividades del día, fueran nuevas y maravillosas experiencias. Los resentimientos, los odios, los miedos, todos parecían haberme sido arrancados; yo era capaz de perdonar y olvidar.

Las cosas que por muchos años pensé que necesitaba, ya no parecían importantes ahora que había llegado a estar consciente de los recursos espirituales que Dios me había dado. Con ellos, no necesitaba alcohol para funcionar.

¡Qué alegría de permanecer sobrio, en el amor en lugar de por el miedo!.

Desde esa vez, he disfrutado unos diez y siete meses de sobriedad. Escribo esto para el alcohólico que siente que ha ido muy lejos de la voluntad de Dios, en sus actos, palabras y hechos, como para no poder ponerse bien con El otra vez. Si eres sincero en tus oraciones, este maravilloso regalo está disponible para ti, como lo estuvo para mí.

Toronto, Ontario, Canadá.

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"PIDA A DIOS FORTALEZA"

Mis padres propiciaron un ambiente moralmente saludable para mi desarrollo, me proporcionaron una buena educación y me llevaron a la iglesia. Pero su concepto de un Dios temible, vengativo, fue amenazante para mí, porque procuré mantenerme bien lejos de el y de Sus creyentes. Sin embargo, la necesidad de la aprobación de mis familiares y amigos estaba en conflicto con mi incredulidad. Incapaz de vivir de acuerdo a las enseñanzas de mis padres, las rehuía una y otra vez, negándome a mí mismo una creencia en Dios.

Cuando llegué a A.A. en 1955, sólo tenía treinta y un años. "Eres demasiado joven. No has bebido lo suficiente. No has sufrido lo suficiente". Así me decían algunos miembros. Aún tenía a mi familia (aunque era la segunda) un trabajo y una cuenta en el banco, y estaba construyendo mi casa. De todas formas, toqué un fondo alto, un fondo bajo y todos los fondos de en medio. Así es que asistía a las reuniones de A.A. y por cinco meses estuve esperando el impacto de un trueno que transformara a este joven en un alcohólico responsable, recuperado. LA visión que tenía, sin embargo, era limitada y mi oír confuso. La frustración de no experimentar un renacimiento espiritual, causó que me abandonara en mis esfuerzos para recuperarme; pero después de cada round con la botella siempre regresaba a A.A.

Tuve cuatro buenos padrinos. Uno fue mi consejero espiritual, con el que sentía poca simpatía. Cada vez que se paraba en el púlpito hablaba de Dios tal como él lo comprendía. Mientras yo me resentía con sus recomendaciones y le escuchaba contra mi voluntad, un día me tocó una cuerda que respondió. Dijo, "Cuando hayas agotado todos los recursos de los familiares, amigos, doctores, ministros, aún te queda una fuente de ayuda. Esta es una que nunca falla y nunca se agota, y está siempre disponible y deseosa de que la uses".

Estas palabras regresaron a mi mente una mañana, en el cuarto de un hotel, al final de una parranda de tres semanas. Estaba agudamente consciente del picadillo en que mi vida se había convertido. Ahora mi segundo matrimonio estaba entre las rocas y los niños habían estado sufriendo. Esa mañana, era capaz de ser honesto. Sabía que había fracasado como padre, esposo e hijo. Había fracasado en la escuela y en el servicio militar y había perdido todos los trabajos y negocios que había intentado. Ni la religión, ni la profesión médica, ni A.A. habían tenido éxito conmigo. Me sentía completamente derrotado. Entonces recordé algunas de las palabras de mi padrino: "Cuando todo lo demás te haya fallado agárrate de una cuerda y no la sueltes. Pídele a Dios fortaleza para permanecer sobrio por un día".

Me fui al inmundo baño y me arrodillé: "Dios mío, enséñame a orar" le supliqué. Permanecí ahí largo rato y cuando me levanté y dejé el cuarto, supe que nunca tendría que volver a beber. Llegué a creer ese día, que Dios me ayudaría a mantener mi sobriedad. Desde entonces, he llegado a creer que Dios me ayudará con cualquier problema.

Durante los años que han transcurrido desde mi último trago, no me he encontrado con tantos problemas como antes. Conforme he ido creciendo en la capacidad para comprender las cosas que me sucedieron, no creo que fuera en esa mañana en el hotel cuando yo encontré a Dios. Creo que El ha estado dentro de mí todo el tiempo, tal como El lo está en otras personas, y yo lo descubrí limpiándome de los restos del naufragio de mi pasado, tal como lo recomienda el Libro Grande.

Birmingham, Alabama.

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EL VASO EN PEDAZOS

"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos . . . " Con esta frase se comienza la novela de Charles Dickens "Historia de dos ciudades". En mi vida, en 1968 fue exactamente un año así. Cuando se inició, cada jugada que hacía me llevaba más cerca de la desesperanza. Hacía mucho tiempo que mi familia había dejado de decirme algo al respecto, excepto que esperaban que pronto me encontrara a mí misma. Afortunadamente, me dejaron trabajar sola en la búsqueda de la solución. Podía haber sido escondida y encerrada en la casa, internada en una institución o abandonada después de decirme que no era buena. En cambio el amor y la fe en un Poder Superior le dijo a mi familia que vigilara y esperara.

Mi primera llamada a A.A. fue para que me mandaran alguna literatura. Cuando llegó, devoré cada una de las palabras y continué bebiendo. Finalmente llamé otra vez a A.A. Me daba miedo llamar a casa y pedí que me internaran en una institución, no obstante que estaba convencida de mi insanidad; ninguna persona sana continúa bebiendo si ella misma no quiere hacerlo.

Por cerca de tres meses asistí a las reuniones cuatro veces a la semana. Recompensante como lo es cualquier encuentro con el programa, aún parecía ser un saco sin fondo en lo que respeta a adquirir la serenidad por la que rezaba tan a menudo (durante este tiempo, nunca se me mencionó el Libro Grande). Una noche encontrándome con el ánimo muy bajo, me serví el trago. Parecía como si fuera alguien distinto quien actuaba en mi lugar. Dejé caer el vaso.

Cuando me serví otro trago, me di cuenta de que estaba rezando pidiendo ayuda. El segundo vaso también se me cayó y se destrozó como lo había hecho el primero. Con decisión me serví otro, lo sostuve con ambas manos y me lo bebí de una vez. De pronto, vi claramente que esto no era lo que quería.

El miedo me estremeció, corrí al teléfono y temblorosa marque el número de una nueva amiga de A.A. Vino enseguida y se estuvo gran parte de la noche conmigo. Discutimos el Paso Uno, y me sentí como en mi propia casa con lo que este dice. Cundo llegamos al Paso Dos admití encontrarme con una completa confusión. Ya avanzada la noche me dejó con esas 575 páginas de inspiración llamadas Libro Grande.

Me senté y me puse a leer enseguida. Al llegar al capítulo cuarto, la palabra "esperanza" saltó fuera de la página con la luminosidad de un anuncio de neón. Leí y releí las frases hasta que me di cuenta que la risa y las lágrimas se me entremezclaban y que ya no estaba sentada, sino dándole vueltas al cuarto como una loca. Sentía como si un gran peso me hubiera sido quitado de los hombros. Por primera vez empecé a entender que no podía beber como otras gentes, que no era como otras gentes y que ya no tenía que tratar de ser como ellas. Me sentí como Scrooge en otro clásico de Dickens, "Canción de navidad", cuando se despierta y descubre que, después de todo, no se ha perdido la Navidad. Baila, llora, ríe a gritos, tal como yo estaba haciendo. Scrooge y yo hemos vuelto a nacer para vivir la vida que nunca habíamos soñado.

La cresta de esta experiencia duró varias horas. Cuando me dormí exhausta, fue con el convencimiento de que por fin había comenzado mi adaptación a la vida, como una alcohólica. Desde ese momento, las cosas parecieron cambiar desde adentro. Gradualmente, pude reconocer cuando me dejaba ir de acuerdo a mi propio modo de ser, y así podía frenarme y rectificar el camino, para que "Tú voluntad y no la mía" llegará a ser algo más que meras palabras. Ha habido muchas veces que me ha sido difícil recordar este revelación; pero poco a poco, parece más fácil cada día. Mi caminar ha sido de dos pasos adelante, en vez de un retroceso total. Los días son así demasiado cortos, y rara vez insípidos. Cada día es un nuevo reto para permanecer sobria y continuar caminando derecho hacia adelante.

Charleston, West Virginia.

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