DEJANDO PASAR LOS ACONTECIMIENTOS
UN DESPERTAR ESPIRITUAL 5
¿Es la sobriedad todo lo que habremos de
esperar de un despertar espiritual? No,
la sobriedad es apenas un principio; es tan sólo
el primer don del primer despertar. Si han de
recibirse más dones, nuestro
despertar tiene que continuar.
Conforme adelanta, encontramos que poco a poco
podemos desechar la antigua vida - la que no dio
resultado - por una nueva vida que puede
y lo hará bajo cualquier
condición.
Bill W.
A.A. Grapevine, Diciembre 1957.
DEJANDO PASAR LOS ACONTECIMIENTOS
Por mucho tiempo, tuve la idea de que tenía que tener éxito, que tenía que tener la razón siempre y que tenía que ser importante. Si dejaba pasar los acontecimientos, nunca sería nadie. Pero, en realidad, ¿quién era yo? Solamente una testaruda mujer alcohólica.
Ahora comienzo a ver que dejar pasar los acontecimientos no quiere decir desatenderme de las cosas. Significa abrirme a nuevas perspectivas. He tenido momentos de lo que podía llamar éxtasis. He estado conmovida y amedrentada al mismo tiempo. Y he pensado "mejor no disfruto de esto porque en algún momento tiene que terminar". Es tan difícil para mí decirme "Muy bien, has tenido un poco de luz interior, ¡simplemente deja que ella se suceda!".
El programa de A.A. me dice, "Mira, tenemos algunas cosas que darte y que realmente te van a ayudar si te apaciguas lo suficiente y te relajas".
Estas son cosas que no van a ser de mí alguien especial o me van a conseguir un trabajo mejor o hacerme más importante. Solamente me can a ofrecer una forma de vivir que es bella. Cuando digo, "Quiero conocer algo respecto al espíritu dentro de mí", me dicen, "Sigue buscando. No hay nada que temer. La oscuridad que puedas encontrar, muy pronto desaparecerá, porque siempre habrá alguien dispuesto a ayudarte".
San Francisco, California.
Al igual que muchos A.A., nunca disfruté el lujo de una gran experiencia espiritual consciente, y me sentí un poco discriminado. Pero "tenemos un programa mejor de lo que creemos", tal como lo dijo Bill, nuestro co-fundador. Llegué a creer por medio del programa, aunque me he dado cuenta del proceso solo en retrospectiva.
Comencé con un punto de vista optimista de la vida, idealizado, sostenido por una fe y una fuerte convicción religiosa. En alguna parte del camino me convertí en la víctima de la "enfermedad mortal" alienado, ansioso, solitario. Me encontré a la mitad de un viaje hacia la obscuridad, separado de Dios de la demás gente y de mi propio ser. Lamenté muchas cosas que sucedieron en ese viaje, pero ya no me lamento de que hayan sucedido. Algunos de nosotros estamos más cegados que otros por nuestro orgullo y terquedad, y eso tiene que ser destruido para poder ver.
Tuve que darme cuenta de que yo no tenía poder para ayudarme a mí mismo. Llegó el día por la Gracia de Dios, en que tuve ese "momento de la verdad", aunque entonces lo experimenté más como un hundimiento dentro de una mayor oscuridad, que como el "salto hacia la fe" que en última instancia probó ser; más como una derrota humillante, que como la experiencia transformante de mi vida.
Con vergüenza y desesperación fui a mi primera reunión de A.A. Por algún milagro menos, fui capaz de reprimir mi propia opinión, análisis, enjuiciamiento y afán de crítica y en lugar de todo esto ponerme a escuchar. Oí decir a alguien que A.A. funciona para aquellos que trabajan para lograrlo, aquellos que ponen acción en el programa. Para mí la acción en ese tiempo consistía simplemente en hacerme presente en las reuniones de A.A. y seguir las sugerencias que oía. Escuché que debía olvidarme del ayer y del mañana, en su lugar concentrarme en el hoy y especialmente en permanecer alejado del primer trago hoy, ahora mismo. Lo intenté y funcionó. El primer paso en este proceso de "llegar a creer" había sido dado.
Oí que la acción debía estar respaldada por la paciencia; que con el tiempo por ejemplo, podría dormir sin el efecto sedante del alcohol. Cada noche después de la reunión de A.A. me rodeaba de libros y revistas y ginger ale y me sentaba frente al televisor, preparado para permanecer despierto toda la noche. Esa fue también acción para mí en ese tiempo, siguiendo las instrucciones que me dieron. Estaba preparado para esperar a que llegara el sueño. No tuve que esperar mucho; por primera vez, en mi vida que yo recuerde, me dormí en un sillón delante del televisor, ay así llegué a creer un poquito más.
Oí que no podemos conservar lo que se nos dio a menos lo demos. Entonces encontré una mujer - con menos tiempo que yo en A.A. - y compartí con ella lo que ustedes habían compartido conmigo. Viéndolo en retrospectiva, dudo que yo la haya ayudado mucho, pero me ayudé a mi mismo más allá de toda medida. Permanecí sobrio día tras día, mediante el compartí con ella de mi experiencia, fortaleza y esperanza, por medio de poner acción en el programa de A.A. mientras que, al mismo tiempo la cuidaba, sin forzar mi acción sobre ella.
En esta forma la paciencia sostenía a la acción, aunque en ese tiempo ya no le llamaba paciencia; este palabra no formaba parte de mi vocabulario emocional.
Con el correr del tiempo, mi vida llego a estar totalmente involucrada en la acción en A.A., tuve la experiencia del Poder de Dios para perdonar y mediante la Gracia, fui capaz de responder con una gratitud que está más allá de la expresión verbal. La Gracia de Dios ha derrotado a la muerte que estaba dentro de mí y en su lugar me ha hecho miembro de la "sociedad de la segunda oportunidad". Si esta gracia me hubiera sido dada, tomando en cuenta mi rectitud u obediencia, o bondad o sacrificio, como actos de la voluntad, nunca me hubiera llegado, porque yo no he tenido ninguna de estas cosas.
Fue un favor inmerecido otorgado a un candidato tan indigno. Esta Gracia que vence a la muerte, por medio del perdón, es la que me ha liberado para considerarme a mí y a ustedes como aceptables, porque Dios nos acepta como lo que somos; criaturas imperfectas. Y sí, como le pido, debo continuar creciendo en la Gracia, será por medio del amor y el servicio a esta Comunidad y del Poder Mayor que yo mismo, al cual llamo Dios.
New York, New York.
Yo fui creyendo hasta cerca de los trece años, cuando murió mi madre, dejándome huérfano (perdí a mi padre cuando tenía cuatro años). Había asistido a la escuela dominical; había ido a la iglesia regularmente con mi madre; me había unido a la iglesia a los doce años. Puedo recordar las historias que mi madre y los profesores de la escuela dominical contaban acerca de Dios, Jesús, el cielo, y también aquellas acerca del diablo y su mansión del infierno.
Después que murió mi madre, junto con mis hermanos mayores fuimos a vivir con unos tíos. Por un tiempo asistí a los servicios religiosos regularmente, pero no podía comprender porqué mi madre se había ido y las dudas comenzaron a crecer en mí; finalmente desatendí la iglesia y la escuela dominical.
Tomé mi primera copa en la adolescencia, y desde ese día hasta el que ingresé a A.A. el alcohol estuvo siempre presente, y Dios y la iglesia comenzaron a alejarse. Aumentaron mis dudas y mi incredulidad hasta que ya no hubo más Dios ni cielo, ni Diablo ni infierno en lo que a mi concernía. Con la botella, esta forma de pensar parecía lógica y correcta. Podía haber asesinado en una laguna mental sin sentir ninguna culpa, sin ningún sentido de hacer el mal en ninguna de sus formas. No tengo manera de expresar en palabras la talla de mis resentimientos.
Al fin, seguro de que yo no le importaba a nadie, sabiendo que nadie me importaba a mí, decidí hacer algo definitivo acerca de esta cosa llamada vida: exterminarla. Puse una escopeta contra mi pecho y jalé el gatillo.
Cuando fui llevado al hospital, los doctores diagnosticaron (me lo dijeron después), "Este hombre debía de estar muerto desde hace varias horas". ¿Se pueden imaginar a lo que ellos hacían llamado un hombre? Durante días, estuve en coma sin ninguna esperanza de sobrevivir, de acuerdo al criterio de médicos y enfermeras. A veces, volvía en mi por un fugaz segundo, y entonces creía otra vez en el infierno y su dueño, el Diablo. No podía creer que estuviera vivo.
No sé cuántas veces ocurriría esta secuencia de volver en mi mismo y caer otra vez en coma; pero eventualmente hubo un momento en que reconocí a la gente que estaba en el cuarto. Algún tiempo después me di cuenta de que estaba vivo. Todavía después, empecé a creer que algo más grande de lo que yo era había hecho acto de presencia. Por esa época no podía asociar ese "algo" con Dios; simplemente era algo más grande. Pero pude decir a mis médicos y enfermeras que me iba a poner bien, porque un pode más grande que ellos, o yo, tenía un plan. Nosotros sólo éramos los instrumentos de este plan, según yo lo sentía; no tenía idea de qué se trataba y solamente pedía que me fuera revelado.
A.A. llegó hasta mí, en la persona de un alcohólico anónimo, mientras estaba en el hospital. Después que fui dado de alta, varios A.A. me llevaron a un centro de rehabilitación. Una vez que hubo completado el tratamiento, regresé a mi pueblo y fui bienvenido en el Grupo local de A.A. Encontré un trabajo de tiempo parcial (a destajo), en el que laboraba desde una hora hasta un día completo, según lo permitía mi condición física, de acuerdo con las indicaciones del doctor. Esta forma de comportarme era como la de la gente que yo conocía, y estaba completamente fuera de mi línea. ¡Trabajo! Por años, todo lo que había conocido era beber, jugar, y seguir bebiendo, además de todo lo que acompaña a esa clase de vida.
Un día, después de una hora, tuve que parar. Mi jefe me llevó a la casa, a la casa-club de A.A. donde vivía y de la cual había sido designado encargado y esto es lo que sucedió:
Estaba sentado en la silla más confortable, mirando los enunciados de los Doce Pasos y de las Doce Tradiciones que colgaban de la pared, con un poco más de comprensión cada vez. El café había comenzado a oler como si necesitara que lo probaran, y así lo hice. Ahora viene el desenlace. Algo me atrajo de nuevo a la silla y mis ojos a los Doce Pasos. Capté el mensaje - su significado - como una luz de un relámpago. Reconocí el Poder cuya presencia había sentido en el hospital: Dios, tal como lo comprendo. Y el plan me fue revelado: "llevar este mensaje a los alcohólicos . . . practicar estos principios en todos nuestros actos".
Hay mucha diferencia entre la persona que no creía, que no tenía Dios, que quería morir, y la persona de hoy, que llegó a creer, no tiene miedo de morir, pero quiere vivir. ¡Tengo por delante mucho trabajo de pasar el mensaje!.
Stuttgart, Arkansas.
En mi experiencia personal, el despertar espiritual no lo encontré por haberlo buscado. Otros proclamaban que la experiencia espiritual llegaba con la sobriedad y yo quería tener esa creencia tan desesperadamente que casi la pierdo por completo.
En ese entonces una serie de adversidades se alojaron en mí. Parecía que todo lo que yo tenía había sido dispersado fuera de mi alcance. Mi estabilidad emocional fue puesta a prueba en un grado tal, que dos veces llegué a pensar en el suicidio.
Pero en ningún momento consideré la posibilidad de beber, a pesar de que el ansia por probar el licor me golpeaba a veces momentáneamente. Sin embargo, el Paso Uno y yo fuimos siempre grandes amigos. Lo repetía cada cinco segundos y agradecía a Dios cada día por mi sobriedad; la única gracia quizás por esa día.
Gradualmente, comencé a ver surgir otra parte de mí, un yo agradecido, sin esperar nada, pero seguro de que otro poder había empezado a guiarme, consolarme y dirigir mis caminos. Y ya no tenía miedo.
Luego, cuando este poder empezó a manifestar otras personalidades dentro de mí, empezó a mostrarse una mayor comprensión de mis hermanos. Con un nuevo despertar cada día - nuestras fuerzas, nuevas verdades, nueva aceptación de la gente en A.A. y de la que no estaba en A.A. - se abría un nuevo mundo. Y cada día sucede eso.
Las adversidades, soledades, enfermedades, pérdidas y desencantos, no significan nada ahora. Soy feliz porque llegué a creer, no sólo en Dios, sino también en la bondad de todos y cada uno.
Barberton, Ohio.
Habían pasado casi nueve meses desde que tomé el último trago, y me sentía un miserable. Mi esposa y yo asistíamos regularmente a las reuniones de A.A. y yo me sentaba ahí maldiciendo a los "hipócritas felices" que estaban disfrutando de mi mismo y de su sobriedad. Sentía pena por mí mismo porque no tenía trabajo. (Por supuesto, el trabajo que yo quería era cuando menos de Vicepresidente de una gran empresa).
Este día en particular, había amanecido despejado y frío, después de una de las peores tormentas de hielo y nieve que había experimentado Atlanta en muchos años. Los árboles, los postes y la línea de electricidad y teléfonos estaban caídos por donde quiera; el hielo y la nieve cubrían todo hasta donde alcanzaba la vista.
Cuando taciturno me aproximaba a la casa, mis pensamientos se volvieron hacia el verano anterior, cuando había escapado a la miseria que me rodeaba, ayudando a un equipó de Pequeña Liga de Béisbol. No le había dedicado muchos pensamientos ni tiempo a mi hijo hasta después que llegué a A.A., cuando me sentí contento de que me pidiera llevarlo a jugar con la Pequeña Liga. El entrenador resultó ser un hombre con el que había jugado pelota cuando habíamos sido muchachos, y me pidió que si podía ayudarlo. Naturalmente que acepté encantado.
Ese verano perdimos un niño en nuestra Liga. Iba en bicicleta a su casa desde el parque de pelota, y un conductor borracho lo aventó fuera de la calzada y salió lanzado de la bicicleta. Al caer de cabeza en la banquete, se mató. Este niño le tenía tanto cariño a la Pequeña Liga que sus padres solicitaron permiso para enterrarlo con su uniforme y fácilmente se les concedió. Compraron un lote en una colina del cementerio desde la que se veía el parque de la pelota de la Pequeña Liga y allí enterraron a Jimmy, mirando hacia el campo.
Esta helada mañana, me metí en el coche y manejé hacia esa colina del cementerio, tan cerca de ella como el terreno me lo permitió; luego caminé el resto del camino hacia la tumba de Jimmy. Era uno de los días más bonitos que he visto en mi vida; no se movía la menor ramita; cuando el perrito pasó corriendo sobre la tumba de Jimmy, y pensé que a Jimmy le hubiera gustado eso.
Mientras permanecía al lado de su lápida, recordé un viejo himno que había sido mi favorito. "En el jardín". De pie ahí, sentí que la mano de Dios estaba sobre mi hombro, y tuve un maravilloso consuelo al meditar juntos.
Entonces me llegó una sensación de culpa y vergüenza. Yo había sido un borracho. Todo lo que tenía que hacer era tomarme un trago, y podía poner a otro pequeño Jimmy en la ladera de otra colina como esta. No tenía necesidad de permanecer borracho durante un mes o una semana o un día; todo lo que tenía que hacer era tomarme un trago, y sería capaz de matar un niño.
Me di cuenta de que tenía que volver a empezar. Y ese comienzo tenía que ser aquí. No podía comenzar en ningún otro lado. Tenía que dejar que se fuera el pasado y olvidarme del futuro. Mientras que yo retuviera el pasado con una mano y aferrara el futuro con la otra, no tendría nada con que sostenerme en el hoy. Así es que tenía que comenzar aquí, ahora.
Cuando volví otra vez al Grupo de A.A., "felices hipócritas" me parecieron diferentes. Empecé a ver amor en sus ojos, una cordialidad mayor de la que había visto antes. Se lo mencioné a mi Padrino y dijo: "La razón por la que ves amor en los ojos de esas gentes es porque Tú estás empezando a amarlos. El amor que vemos en sus ojos es el reflejo de nuestro amor. Tenemos que amar para ser amados.
Decatur, Georgia.
En un principio, yo rechacé cualquier parte del programa de A.A. que se refería a Dios en cualquier forma. Inclusive permanecí en silencio cuando cerraban la reunión con la oración del Padre Nuestro (de todas maneras yo no me la sabía).
Mirando en retrospectiva, no creo que fuera yo un agnóstico, ni tampoco un ateo. Pero lo que se es esto: No podría aceptar nada, de "ese asunto de Dios" ni creía llegar a creer ni tener un despertar espiritual. Después de todo, yo había llegado a A.A. para lograr la sobriedad y, ¿qué tenía que ver con esto, todo ese enredo sobre Dios?.
A pesar de toda mi estúpida arrogancia, ustedes me amaron, mantuvieron extendida su amistosa mano, y estoy seguro, usaron una prudente sabiduría tratando de que el programa entrara en mi. Pero yo podía oír solamente lo que quería oír.
Permanecí seco un buen número de años y entonces como ya habrán adivinado bebí otra vez. Era inevitable. Había admitido solamente aquellas partes del programa que encajaban dentro de mi vida, sin ningún esfuerzo de mi parte. Yo era aún el egoísta auto-centrado que siempre había sido, lleno aún de mis viejas aversiones, egoísmo e incredulidad, tan falto de madurez como la había estado cuando llegué a A.A.
Esta vez cuando desperté en el hospital, carecía totalmente de esperanza. Después de todo ustedes me habían dicho que A.A. era la última esperanza para el alcohólico, y yo había fracasado; no había ya nada más por hacer. En ese mismo momento, mi hermana tuvo la ocurrencia de mandarme un recorte de la hoja de la Escuela Dominical. No era una carta, sólo un recorte impreso: "Reza con incredulidad; pero reza con sinceridad, y la fe llegará".
¿Rezar? ¿Cómo podía yo rezar? Yo no sabía rezar. Sin embargo, yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera para lograr mi sobriedad y algo que se pareciera a una vida normal. Creo que me había rendido. Dejé de pelear. Acepté simplemente aquello en lo que no podía verdaderamente creer y mucho menos comprender.
Comencé a rezar, pero no de un modo formal. Sencillamente la hablaba a Dios, o más bien le gritaba, "Querido Dios, ayúdame, Soy un borracho". No tenía nada a qué recurrir, excepto a este Dios que no conocía.
No recuerdo ningún cambio inmediato, dramático, en mi vida; pero si recuerdo haberle dicho a mi esposa cuán falto de esperanza me parecía el panorama. Siguiendo su sugerencia empecé a releer el Libro Grande y los Doce Pasos, y ahora encontraba en ellos muchas cosas que antes no había encontrado. No rechacé nada de eso, simplemente acepté lo que estaba escrito, tampoco leí nada que no estuviera ahí.
Una vez más, nada cambio de un día, para otro. Pero con el correr del tiempo, he adquirido una fe ciega y, si infantil, por aceptar a un Dios que no comprendo y al programa de A.A. tal como está escrito, y así puedo mantener mi sobriedad sólo por un día. Si he de tener algo más que esto, llegará conforme pasa el tiempo, tal como han llegado otras cosas buenas.
Yo no considero necesario, como lo hice durante años, probar mi incredulidad en Dios, mediante razonamientos y actos. Ni tampoco considero necesario probarme a mí mismo con otras. No; lo único que cuenta y la única prueba que tengo que hacer es a mí mismo y a Dios, tal como yo lo comprendo (o como no lo comprendo). Estoy seguro de que me desviaré del camino de vez en cuanto, pero tengo que aprender a perdonarme a mí mismo, tal como Dios me ha perdonado mi pasado.
Creo que he tenido un despertar espiritual sin dramatismos el cual no sé cómo haya podido ser, y de que seguirá adelante sin limitaciones en tanto yo continúe practicando este programa en todos mis actos diarios. Para mí, no existe un "lado espiritual" del programa de A.A.; el programa es espiritual en su totalidad.
Bajo mi punto de vista, algunas de las evidencias de un despertar espiritual son: madurez,; el fin de un odio habitual; la capacidad para amar y ser amado en correspondencia; la capacidad de creer aún sin comprenderlo, que algo hace que el sol salga por la mañana y se oculte durante la noche, que también hace que las hojas de los árboles broten en la primavera y se caigan en otoño, y que les da trinos a los pájaros. ¿Por qué n dejar que este algo sea Dios?.
St. Petersburg, Florida.
Bebí cerca de veintiocho años, comenzando como un bebedor social, volviéndome bebedor periódico y finalmente bebedor compulsivo. Mi bebida me costó perder mi hogar, mi primera esposa, mis hijos y casi todo por lo que yo había trabajado toda mi vida. Fui arrestado por estar borracho en lugares públicos; desarrollé tuberculosis, y supe que probablemente había sido provocada por mi forma excesiva de beber; en cuatro meses estuve dentro, y salí de cuatro reclusiones alcohólicos de diferentes hospitales. Cuando me dejaron en libertad en el último, permanecí borracho durante tres semanas enteras y desperté otra vez en la cárcel. Pensé que estaba ahí, como había sucedido antes, por emborracharme en público, pero después de preguntar, me enteré que había cometido un delito grave.
Un fía mañana, entré en la penitenciaria para cumplir una condena de cinco años. Después de ser procesado y llevado a mi celda en la unidad de recepción, y oír el ruido de la puerta de hierro al cerrase a mis espaldas, pensé que era el final para mí. Había caído tan bajo como me había sido posible, y sentí que ya no tenía esperanza.
Durante las cinco semanas siguientes, me sentaba en esa pequeña celda y culpaba a todo el mundo menos a mí mismo por todas mis dificultades presentes y pasadas. Nadie podía estar más lleno de resentimiento, odio y auto-compasión de lo que yo estuve en esa época.
Una noche, mientras estaba en mi celda mirando a las cuatro paredes, toda mi vida pasada pareció abrirse delante de mí, como si lo hiciera en una pantalla panorámica. Pude ver claramente, por primera vez, todas las congojas y miserias y dolor que había ocasionado a todo el mundo en el pasado: mi madre y mi padre, mi esposa y mis hijos, mi actual esposa y todos mis amigos. Yo era el que estaba equivocado. Todo lo que me había sucedido, yo me lo había ocasionado a mí mismo con la bebida. Creo que en ese momento fue la primera vez que fui honesto conmigo mismo desde hacía muchos años.
Poco después de eso recibí una nota del encargado del Grupo de A.A. en la prisión. Tenía una vaga idea de lo que era A.A., pero nada más. La nota me invitaba a asistir a las reuniones si yo pensaba que pudiera tener un problema con la bebida. El domingo siguiente asistí a mi primera reunión, y cuando salí de ese cuarto, pro primera vez en mi vida, tenía la mente abierta y un honesto deseo de dejar de beber.
Había aceptado otra vez a Dios como una vez lo había conocido, y una vez más le pedía su ayuda cada mañana cuando me despertaba, y le daba las gracias cada noche cuando me iba a la cama. Tenía otra vez conmigo a mi cariñosa segunda esposa, y también ella es ahora un miembro de A.A. El pasado febrero celebré mi primer Aniversario en A.A. Hoy, estoy viviendo en una prisión de mínima seguridad en una granja. He oído que me van a dar la libertad bajo palabra, y con la gracia de Dios, pronto estaré en casa con mi esposa y mi familia. Si no hubiera sido por el despertar espiritual que tuve esa noche en la celda de mi prisión, si no hubiera llegado otra vez a creer en un Poder mayor que yo mismo, ninguna de estas cosas que hoy tengo hubiera sido posible.
Jefferson City, Missouri.
Que "patas pa'arriba" es esta vida. Como un fariseo, solía agradecer a Dios que yo no era como los alcohólicos que conocía. Siempre traté de ser un sacerdote metafísico; esa era mi línea. (Alguien describió a un metafísico como una persona que entra a tientas en un cuarto para buscar un gato negro que no está ahí). En lugar de eso me convertí en un sacerdote alcohólico.
La progresión de la enfermedad, como catapultado me lanzó el espacio exterior. Un exceso de propulsor químico sobre-trabajó mi mecanismo sensorial; como la estropeada nave espacial Apolo 13, casi encallé en el lado oscuro de la luna. No podía manejar la fuerte de poder de emergencia; no era capaz de controlarla por mí mismo. Necesité la ayuda de una mano, de la reserva espiritual de un Poder Superior. Me sentí como un hombre en un túnel que no tiene salida al otro extremo, o como un chofer que usa lentes oscuros por la noche.
Hoy mi cerebro se ha clarificado con la gracia de la claridad. Soy algo más que arcilla, más que tierra. En la Liturgia de la Eucaristía, leo diariamente que El bendijo primero el pan, y entonces "El lo partió". Me probó con una aflicción personal, con una enfermedad. La cubierta de la semilla debe ser quebrada para que se abra a los nutrientes de la buena tierra y del tibio sol así debo yo perder mi viejo ser para crecer dentro de otro, debo de morir en mi anterior vida para dar lugar a un renacimiento en un nuevo futuro.
Algunas veces he fracasado, pero no soy un fracaso; he cometido errores pero no soy un error.
Esto, entonces, es el testimonio de una vida. Debo enmendar capítulos cruciales de una odisea interna, nunca escritos, nunca expresados. Un visión liberada de humos y espuma puede escoger ahora el contenido del siguiente capítulo para este mensajero humano al servicio de los demás. Debo dar para conservar, y nunca tomar algo en cambio.
Ahora puedo soñar. Después que cada uno de nosotros complete su tiempo aquí en la tierra, nos reuniremos otra vez alrededor de la Mesa del Señor en el Cielo. Nadie regresa demasiado tarde.
Worcester, Massachusetts.
Uno de esos raros momentos de luz interior me llegó un domingo por la tarde cuando estaba tratando de leer el periódico. Tenía una tremenda resaca después de beber sin interrupción. De pronto, unas palabras me golpearon: "El número de veces que ganes o pierdas no es lo importante. Lo que cuenta es el número de veces que tú lo intentes". Por varios años, había tratado que alguien me sustituyera en la resolución de mis problemas, pero no me había dado cuenta de ellos hasta ese momento de luz interior . . . "Que tú lo intentes". Fue regocijante. Ahora sabía que yo era un alcohólico y que cumplía con el único requisito para lograr ser miembro de A.A.: el deseo de dejar de beber.
Parecía que estaba viendo un muro desmoronarse delante de mí, un muro que me había separado del resto de las gentes, que nunca había sabido que existía hasta que lo vi desmoronarse. A pesar de que me consideraba amistoso y sociable, de pronto vi que nunca había tenido una verdadera amistad con nadie. No me sentí infeliz acerca de esta revelación, porque, ahora que mi actitud era diferente, podía recordar cosas que los miembros habían dicho en las reuniones de A.A. a las que había asistido aquí y allá durante tres años (una que otra vez), y que por primera vez tuvieron una total significación. Principalmente recordé y llegué a comprender las palabras "Mantén un corazón abierto".
Antes de este regalo de luz interior, yo no había sabido que mi corazón estuviera cerrado. Ahora ya lo sé, porque se abrió. Ahora puedo pedir y recibir ayuda, y espero que algún día tendré algo que dar. Me siento libre, lleno de luz, y bueno. Nunca volveré a poner obstáculos al amor si conservo abierto mi corazón.
La noche siguiente, fui a una reunión de A.A. con un corazón abierto y el deseo de estar sobrio, que para mí son los dos regalos mayores y más valiosos. Me convertí en parte de ese milagro torrente de vida conocido como la Comunidad de A.A. Verdaderos amigos, siempre dispuestos a ayudar, a aliviar a las tensiones que tengo en mi diario vivir conmigo mismo. Me ayudan no siempre, con una palmada en la espalda, y algunas veces con una advertencia (como "Tómalo con calma"), pero siempre con una actitud de compartimiento (no "haz esto", sino "yo haría eso").
Muchas percepciones espirituales me han llegado por medio de A.A. desde aquel extraño momento de la tarde de un domingo, pero ese fue el regalo que lo hizo todo posible. Cada día que trato de tener el deseo de estar sobrio y de recordar el mantener un corazón abierto, el amor y la ayuda fluyen dentro de mí. Esos regalos son ilimitados en A.A. y somos lo suficientemente afortunados de poder desearlos. Después de varios años, ese momento aún es vital, - el más vital de mi vida - y su efecto ha estado aumentando hasta incluir no A.A.'s, al igual que A.A.'s, dentro del mundo de los que intento ayudar.
No tuve que ver con la llegada de este regalo, así es que mi gratitud va más allá de lo que se puede expresar. No me llevó de regreso a la persona que era antes de beber o a mis días activos en la escuela dominical. Me dio una nueva vida, o más bien, la vida misma, porque yo había intentado el suicidio y había sido internado en hospitales mentales oficiales y privados. Tiene que haber sido espiritual; no fue ni intelectual ni físico; eso es seguro. Creo que fue Dios, tal como yo lo comprendo, trabajando por medio del amor y la comprensión disponible en A.A. Debo mantener mi corazón abierto. La alegría que puede llegar a un corazón abierto es ilimitada.
New York, New York.