¿COINCIDENCIA?
La fe en un Poder Superior
y las demostraciones milagrosas de ese
Poder en las vidas de seres humanos
es tan antigua como el mismo
hombre
Bill W.
"Alcohólicos Anónimos", pág. 61
Cuando llegué a Alcohólicos Anónimos, ya no creía en el Dios de mi juventud, un Dios personal que me ayudaría como a un individuo. Después de estar dentro de A.A. bastante tiempo, traté de practicar los Doce Pasos con mi mejor capacidad, en el orden en que fueron escritos. Fue una senda lenta y dolorosa, pero no me desanime; continué intentando.
El Paso Tres, ahora si lo creo, fue la llave que abrió alguna puerta dentro de mi ser y permitió penetrar a la espiritualidad, no como un torrente repentino, sino como un chorrito y, en ocasiones como una gota tras otra. A medida que progresaba por medio de los Pasos, comencé a percibir cierto cambio en mi manera de pensar y en mis actividades hacia la gente. Al completar el Paso Nueve, ahora lo creo así, tuve un despertar espiritual. Llegué al punto en que, no sólo podía dar amor y compasión a mis hermanos, sino que, aún más importante, podría recibir amor y compasión. Las experiencias espirituales, tal como las comprendo ahora, empezaron a sucederme.
En una reciente convención estatal de A.A., Guillermo se me acercó, se me presentó el mismo, y me dijo que me había oído hablar en una reunión de área en un pequeño pueblo de Tennesse, hacía más de tres años. Esa fue la primera reunión de A.A., para Guillermo. Después de oír mi historial, se decidió a hacer algo acerca de su problema con la bebida y se convirtió en miembro de A.A. Guillermo no se ha tomado un trago desde aquel domingo de verano en la tarde, cuando asistió a su primera reunión. ¿Qué dije? No lo recuerdo. ¿Por qué fue necesario que yo estuviera a 480 kilómetros de mi cada en la tarde de un domingo de verano, para que Guillermo recibiera el mensaje de A.A.? No lo sé . . .
Un sábado por la mañana decidí ir a ver a Fernando. Lo había conocido superficialmente durante veinticinco años, y sabía que tenía un serio problema con la bebida; pero no lo había visto, ni hablado con él durante un buen número de años. Toqué a la puerta de su casa y le pregunté si me recordaba. Me dijo que si y me invitó a entrar. Le pregunté cómo le iba, y me dijo, "perfectamente". Le pregunté cómo se encontraba respecto a su problema con la bebida, y me dijo, "bien, no me causa muchos problemas".
Le conté parte de mi historia. Cuando me levanté para irme, le dijo, "¿Qué tal si vas esta noche a una reunión conmigo?" Dijo que lo haría, y quedé en pasar por él. Pero cuando regresé esa noche, Fernando había decidido no ir. Le dije, "muy bien. Vendré por ti el lunes por la noche a la misma hora". El lunes por la noche estaba durmiendo, y su hijo me dijo que no quería ir a la reunión. El martes, al salir de trabajo, llamé a Fernando y le dije que pasaría por ahí y lo llevaría a una reunión. Cuando llegué a su casa estaba sentado en el portal esperándome. Cuando estábamos a punto de entrar al local del Grupo, Fernando vio a través de la puerta abierta, a un hombre que había bebido con él durante un buen número de años. Este hombre estaba sobrio desde hacía año y medio. Fernando va ahora a tres o cuatro reuniones a la semana, no ha tomado un trago desde su primera reunión a la semana, no ha tomado un trago desde su primera reunión de A.A., y dentro de poco llegará a su primer aniversario.
¿Por qué decidí aquella mañana de un sábado, ir a ver a Fernando, quien nunca había recurrido a A.A.? No lo sé. ¿Por qué Fernando rehusó ir a las dos primeras reuniones y después estuvo de acuerdo en ir a la tercer, en la que se encontró a un viejo amigo, estableciendo así una relación inmediata con un alcohólico recuperado? No lo sé . . .
No intento explicarme con la razón y la lógica por qué suceden estas cosas. Cuando suceden sencillamente las acepto. Quizás siento que Dios, tal como yo lo comprendo a El, se encontró necesario para que yo sufriera el dolor y la angustia de una adición alcohólica para que pudiera caminar a lo largo del lento, y para mí, difícil programa de recuperación dentro de A.A. para así estar preparado y listo a hacer su voluntad. Estoy reconocido a Dios y le agradezco que me haya dado esto. Quizás es porque practico el Paso Tres cada mañana. Mis esperanzas y oraciones son porque cada día sea capaz de mantener este contacto consciente con Dios.
Kingsport, Tennessee.
Había estado sobrio durante unos cuatro años, cuando tuve varios problemas que no pude encarar. Huí de estos problemas sin la ayuda de la botella, pero la reacción de esta experiencia fue grave. Lo que muchos de nosotros llamamos una borrachera en seco. Fue muy atemorizante; estaba cansada por toda clase de miedos, y no podía distinguir entre la realidad, y las alucinaciones.
Estaba viviendo en un cuarto en una playa de verano, en los meses fuera de temporada, mientras trataba varias maneras de enderezar mis pensamientos. Pequeños quehaceres familiares como lavar mis calcetines y shorts me ocupaba una hora. Me llevaba una cantidad interminable de tiempo vestirme, tanto, que muchas veces no me acordaba si me estaba vistiendo o desvistiendo. Me detenía, me sentaba y trataba de orar; pero no podía pasar de "Padre Nuestro" de la Oración del Padre nuestro. Entonces me salía y caminaba de quince a veinte kilómetros, tratando de quedar lo suficientemente exhausto como para poder dormir.
Esto continuó sucediendo cerca de un mes, y durante este período, mi familia me abandonó. Mi salud estaba menguando había bajado de 96 kg. a 53 kg. y me estaba desesperando. Parecía haber toda clase de complots contra mí. Si me cruzaba en la calle con gentes que estaban hablando, me imaginaba que maquinaban algo en contra mía. También me imaginaba que alguien estaba poniendo alucinógenos en mis alimentos. Era incapaz de dormir.
En el pueblo veraniego, visité la oficina de un abogado para recoger un dinero que me había llegado. Habiéndome conocido cuando yo estaba normal, intentó ayudarme mandándome a la biblioteca a buscar algo para él. Pensó que esto podría ayudarme a olvidar mis problemas. Entré en la biblioteca, y (debido a la muerte, supongo, de uno de los patriarcas del pueblo) las paredes tenían listones negros. En mi confusa mente, pensé que el luto era por mí y que representaba una especia de mandato. En otras palabras, que había llegado el final de mi tiempo.
La biblioteca cerraba a las 6 p.m. y tuve que irme. Era una fría y lluviosa noche de marzo, pero aún así me dirigí hacia el malecón para mi caminata nocturna. Creía que ese aparente mandato me había ordenado que caminara hasta internarme en el océano. Había un muelle desierto como a un kilómetro y medio más allá del malecón, y planeé caminar hasta éste y saltar. Lleno de miedo, caminé a lo largo, procurándome de que me llegara a faltar el valor para cumplir con lo indicado por el mandato y pidiéndole al Poder Superior fortaleza y ayuda para hacer lo que creía que se me exigía.
Cuando ya estaba a una cuadra más o menos del muelle, vi a un hombre que se aproximaba a mí caminando en dirección contraria con la cabeza agachada, bajo la lluvia. Cuando estuvo frente a mí, se detuvo y sonrió, y yo lo reconocí como un sacerdote de mi pueblo. Le dije que estaba muy enfermo. Entonces se sentó conmigo en un bando mientras la lluvia seguía cayendo y me aseguró que a su tiempo todos mis problemas pasarían y que llegaría el día en que los comprendería. Me dijo que no fuera a cometer ninguna tontería, sino que pidiera ayuda a Dios, y que de alguna manera todo se solucionaría.
LA sensación de que tenía que destruirme a mí mismo se desvaneció. Aunque seguí muy enfermo durante varios meses más, el pensamiento de la autodestrucción no volvió a entrar en mi mente.
He pasado bastante tiempo. Una vez más, estaba bien y era un miembro activo dentro de A.A. Una noche, asistí a una reunión y ahí estaba el mismo sacerdote, como orador invitado. Decidí preguntarle si recordaba haberse encontrado conmigo aquella noche de marzo mientras caminaba bajo la lluvia. Para esta fecha estaba convencido de que había sido una alucinación. Pero me dijo que sí lo recordaba y que se sentía muy contento de que yo estuviera bien y de nuevo en la ruta. Me explicó de educadores. Se sentía enfermo de estar sentado en su cuarto del hotel; así que, con lluvia o sin ella, salió a respirar aire fresco. Ahora creo que Uno que cuida de mí, tuvo que darle un pequeño empujón.
Desde entonces, hace casi trece años, he sido un miembro exitoso del programa.
Spring Lake Heights, New Jersey.
Todo comenzó en un sombrío día de octubre, cuando desperté con el recuerdo de Pat, mi segunda esposa. Mientras reflexionaba, sobriamente, sobre nuestros veinte meses de matrimonio, recordé sus aptitudes carismáticas, su admirable mentalidad, su tranquilo encanto, y sus repetidos, inútiles esfuerzos de permanecer sobria dentro de A.A., en donde os conocimos. Yo había estado sobrio entonces durante tres años, pero supongo que no había tenido un verdadero despertar espiritual dentro de A.A. Por esa razón básica, es lo más probable, volví a beber después de que Pat murió, y me sumergí en un nuevo fondo aterrador. Siempre existe un nuevo fondo, ya lo saben.
En esa mañana de octubre, el segundo aniversario de su muerte, me encontraba en la tercera semana de mi reecontrada sobriedad. Me deprimí mucho cuando recordé nuestra vida en común, y me dirigí a una reunión de A.A., en la que describí el regreso a la aflicción y la soledad. Ahí me fueron dadas la comprensión y la compasión que levantaron mi resquebrajado espíritu.
Durante casi un año, bloqueado por mi olvido alcohólico y mi auto-lástima, no había escrito a mis dos hijos adolescentes. Rehusé, con mi manera de pensar irracional, admitir que ellos pudieran preocuparse porque yo estaba bebiendo otra vez. Pero ahora les había escrito dos cartas que había sido capaz de escribir únicamente porque había vuelto a unirme a A.A. Les había pedido que me perdonaran, admití mi bebida, admití mi auto-consentida negligencia respecto a ellos, y recé para que me respondieran de alguna manera. Durante días conservé mis ojos fijos en el buzón con angustia y miedo. Miedo de que ninguno de mis hijos me contestara.
En ese día de octubre, el cartero llegó con una carta de mi hijo de quince años, quien había tenido que someterse a un tratamiento psiquiátrico después de que su madre me abandonó. Sus palabras fueron particularmente conmovedoras considerando que no había estado expuesto a Alateen, sino más bien, a la amargura que por mi culpa, aún siente por su madre, mi primera esposa. Su carta dice:
"Hoy recibí tu segunda carta. La primera llegó hace una semana, per hasta hoy me puse a escribirte. Estoy muy apenado.
"Te quiero mucho. No sabes lo contento que me puse al tener noticias tuyas.
"No creo en que la gente deba ser condenada. Nunca te condené, y el día en que lo haga, me moriré. El condenar es propio de gente que es tan baja que procura poner a otros más abajo para sentirse superiores.
"Te amo y te perdono. Sería un mentiroso si te dijera que no estaba desilusionado. Pero todo eso pertenece ya al pasado. El pasado se ha ido. Está muerto. No podemos revivirlo o regresarlo.
"Sé que te debes sentir culpable y avergonzado. No te preocupes. Yo estoy de tu lado. Puedes contar conmigo para tratar de comprenderte y ayudarte".
Cuando leí la carta, lloré, dulce y agradecidamente. Si, Pat estaba muerta; pero su muerte era, como mi bebida, cosa de ayer.
La sencilla carta de mi hijo, impregnada de amor, no me había llegado, por mera coincidencia, en ese día que ponía a prueba mi corazón. Dios fue el cartero. El quiso asegurarse de que recibiría su inspiración, la cual a su vez vino a ser mi comprensión de Su revelación. Y El me entrega cada día (si lo busco) un fresco mensaje de amor, perdón, bondad, esperanza y oportunidad: el mensaje que miles, como el de Pat, no pueden o no quieren ver.
Southgate, Michigan.
Hace algunos años, oí una historia que he estado recorriendo durante mucho tiempo los círculos dentro de A.A. en el Medio Oeste. No tengo nombres para respaldar esta historia, pero la he oído de muchas fuentes, y las circunstancias parecen verídicas . . .
Un hombre de una pequeña ciudad de Winsconsin había estado dentro del programa por cerca de tres años y había disfrutado de feliz sobriedad durante ese período. Entonces la mala suerte comenzó a golpearlo por todos lados. La firma para la que había trabajado durante quince años, fue vendida; su trabajo específico fue eliminado, y la fábrica se fue para otra ciudad. Durante varios meses, luchó entre trabajos eventuales que le eran extraños, mientras encontraba una compañía que necesitara de su experiencia especializada. Después lo golpeó otra adversidad. Su esposa tuvo que ser internada en un hospital para una operación de consideración, y su seguro de enfermedad había expirado.
En este momento se derrumbó, y decidió embarcarse en un abundante carrusel alcohólico. No quiso hacerlo en la pequeña ciudad, en donde todo mundo conocía su historia de sobriedad. Así es que se fue a Chicago, se registró en un hotel del North Side, y puso en marcha su proyecto. Era la noche de un viernes, y los bares estaban llenos de una vibrante multitud. Pero no estaba de humor para vibrar; solamente quería estar tranquilo y miserablemente borracho.
Finalmente encontró un bar en el sótano de una silenciosa calle lateral, prácticamente desierto. Se sentó en una silla de la barra y ordenó un whiskey doble con hielo. El cantinero dijo, "si señor", y alargó el brazo para tomar la botella.
Entonces se detuvo sobre sus pasos, dirigió una larga y dura mirada al cliente, se inclinó sobre la barra, y dijo en voz baja, "Yo estaba en Milwaukee hace unos cuatro meses, y una noche asistí a una reunión abierta. Usted estaba en la plataforma y dio una de las mejores charlas acerca de A.A. que he oído". El cantinero le volvió la espalda y caminó hasta el otro extremo de la barra.
Durante algunos minutos el cliente permaneció sentado probablemente en un estado de shock. Entonces, con mano temblorosa, tomó el dinero que había puesto sobre la barra y salió del bar; había abandonado todo deseo por un trago.
Se calcula que hay unas 8.000 cantinas en Chicago, empleando a unos 25.000 cantineros. Este hombre había entrado a la única cantina entre 8.000 en donde podía encontrar al único hombre entre 25.000 que sabía que él era un miembro de A.A., y que ese no era el lugar al que pertenecía.
Chicago, Illinois.
Permítanme enfatizar claramente que, aunque provengo de una familia con profundas creencias religiosas y asistí a la iglesia en mi juventud, no tenía idea de a qué se refería todo esto y, en verdad tampoco me importaba. Asistí a la iglesia solamente par que mis padres no me molestaran. Cuando era un adolescente, la vida empezó a alejarme de mis padres, yo también me empecé a alejar de la iglesia y no recuerdo haber vuelto a arrodillarme para rezar, hasta que fui llevado a Alcohólicos Anónimos en un hospital mental de Glasgow, después de diez y ocho años de beber anormalmente.
Es ese hospital, imploré a Dios que me ayudara; mi atormentada mente no me dejaba orar para que me concediera esa ayuda. Cada día, pedía a Dios que me sacara de este interminable tormento, sólo para despertar cada mañana con la misma presión y desesperación inacabables. Pero seguí pidiendo ayuda a Dios y lentamente mi cerebro comenzó a aclararse. Me di cuenta de que algo maravilloso me estaba sucediendo. Un individuo como era yo, con poca o sin ninguna fe, no sabía con seguridad si estaba siendo ayudado por el tratamiento del hospital o por las reuniones de A.A. que ahí mismo tenía lugar; o por Dios. Por lo tanto, me aferré con fuerza a los tres.
Conforme fui sintiéndome mejor, comencé a darme cuenta de que un Poder muy Superior a cualquier otra cosa que yo hubiera conocido, me estaba ayudando a restaurar mi cordura. Me puse en las manos de ese gran Poder, el cual ahora, para mí, es Dios.
Poco después de esto, fui dado de alta en el hospital, y me encontraba ya en casa cuando experimenté un muy cercano, atemorizante contacto consciente con el Poder divino. Todo comenzó la tarde de un domingo, cuando estaba sentado leyendo los periódicos. Sin ninguna razón aparente, tuve una muy extraña sensación de que algo andaba mal con respecto a un amigo de A.A. que estaba en el hospital después de una recaída.
Me dirigí inmediatamente al hospital y me encontré a mi amigo llorando como si se le quisiera salir el corazón. Acababa de recibir la noticia de que su hermano había muerto dos horas antes.
Al salir del hospital, después de consolarlo, caminaba calle abajo cuando repentinamente fui invadido por una fuerza muy patética y atemorizante, la cual pareció posesionarse de mí por completo. Me detuve y miré hacia el cielo de la noche. Me sentí como si estuviera sobre una nube y Dios estuviera dentro de mí. Esa noche no pude dormir; mi mente se encontraba en profunda meditación. Al día siguiente, me sentí completamente en paz con el mundo.
Después de un tiempo, aunque conservaba la paz espiritual, comencé a tener una sensación de varío la cual no podía comprender. No fue sino hasta que traté de ser totalmente honrado conmigo mismo y practicar los principios de A.A. en todos mis asuntos, cuando este vacío fue reemplazado por la alegría.
Yo creo que la sensación de soledad me la producía yo mismo. Había estado tan engreído con la maravillosa realidad que tuve en la calle aquella noche, que quería permanecer siempre en la nube con Dios. Pero esto no podía ser así. Mi lugar estaba aquí abajo entre los alcohólicos que sufren, no arriba de una nube. Mientras conserve los pies en el suelo, entre los que sufren, Dios bajará a mi lado y permanecerá siempre conmigo.
No era mi intención el reformar a nadie o pretender que soy un santo. Sólo soy un alma agradecida que espera ayudar a alguien a encontrar la paz y la felicidad y a su vez compartirla con otro.
Glasgow, Escocia