En la tradición oriental, el valor espiritual y teológico de los iconos es mucho más Importante que el concedido en Occidente a las obras de arte religiosas. Para Oriente el pintor de iconos es un ministerio, un servicio a la comunidad.
En Oriente, la estética ha sido más importante en la espiritualidad. A Dostoieskij se atríbuye la famosa frase; La belleza salvará el mundo (El idiota). Los iconos forman parte de esta tradición. Si la cultura hebrea es más auditiva, la griega es más visiva; así, lo mismo que supone la Revelación Bíblica y los dogmas de la Tradición, son, para los orientales,los iconos.
La verdad y la fuerza de Dios están presentes en ellos y actúan en los fieles que los contemplan con devoción. Por eso, tanto el pintor de iconos como su obra son sometidos a un control parecido al de los libros bíblicos: los sínodos han definido los iconos-tipo que revelan verdaderamente el misterio de Dios, y a los pintores se les imponían las manos como si fueran ordenados sacerdotes.
El nacimiento de un icono forma parte de ese proceso de encarnación por el cual una porción de materia, por la acción del Espíritu Santo, se vuelve capaz de hacer presente al mismo Dios. Esta transformación se realiza en una manifestación de la Belleza, la Gloria de Dios.
Quizás nos pueda parecer algo exagerado el tono de esta postura, pero hay que situarla en la espiritualidad oriental. Para ella, el proceso por el cual los hombres y mujeres creyentes nos dejamos transformar por Dios (la conversión de los occidentales) es elevado a la categoría de divinización. El Espíritu Santo realiza esa imagen y semejanza que está al origen de la creación del hombre. Por eso, el ser humano que vive en la gracia del amor, hace presente a Dios, se convierte en su encarnación, y manifiesta la gloria, la belleza de la plenitud de la vida de gracia en esta tierra: somos transfigurados a imagen de Cristo.
Esta revelación implica el estilo propio de los iconos. En ellos hay que destacar dos características: ante todo esa perspectiva invertida que sitúa el punto de fuga delante y fuera del cuadro, no al fondo de él. Las figuras parecen salirse de la imagen y se crea una radical cercanía con el que la contempla. Además, por ser una revelación de un misterio, no se dice más de lo necesario (en el mucho hablar habrá muchas equivocaciones). Y es que la belleza transfigurada, trasformada por el Espíritu, exige una purificación de lo superfluo: es lo que los orientales llaman el ayuno de los sentidos. No es un regodearse en la belleza material, sino en la realidad espiritual que representa. La belleza dicen que es la capacidad de revelar otra cosa, de apuntar a otra realidad; pues bien, la belleza del icono está en el misterio que representa y no en sí mismo.