(De Manuel Iceta, en su libro Hogares en oración). La oración tiene que comenzar por la sólita preparación y ambientación. No olvidar pedir nunca el don de la oración y relajando el cuerpo para centrarse en el ejercicio. Dados los pasos, cada uno puede seleccionar los que mejor le convengan o los que el Espíritu les suscite como más jugosos.
Podemos comenzar por el personaje principal o ampliar su número. Como toda contemplación, implica superar el raciocinio para poder sentir: mirar, escuchar, etc. la escena. Nos situamos como espectadores del cuadro y revivimos los acontecimientos.
Esta contemplación externa, como espectadores, no puede nunca dejar de admirar a nuestro maestro. Es necesario hacer de Él el centro, ya que si sólo miramos a los demás, no pasaremos de contemplar actitudes humanas, y el objetivo de la oración es la transformación interior, y esa sólo se realiza si aprendemos de Jesús, que es Dios visible.
Pero no basta quedarse en un ejercicio desde el exterior. Llegados a cierto punto, no tengo más remedio que meterme en la escena. Es el momento de dejar que las palabras de Jesús resuenen en mi corazón como dirigidas a mi vida, dejar que Jesús me mire, me toque. Entonces no soy otro que Zaqueo, Bartimeo, el paralítico, la enferma o el jefe de la sinagoga.
Esta manera interior, dejándome implicar por la escena, tiene su paso definitivo en la identificación con Cristo. Tenemos que aprender a mirar, pensar, hablar, tocar como Jesús- Es el momento de contemplar la escena con sus ojos y dejarme revestir con sus mismos sentimientos.
Puede darnos un cierto pudor, pero tengo que reconocer que la acción del Espíritu en mi vida me configura para actuar como otro-Jesús: ése es el fin de la vida espiritual.
Cuando a los pocos días volvió a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni en la puerta. El les proponía la Palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo a causa del gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete, y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
- Hijo, tus pecados quedan perdonados.
Unos escribas que estaban allí sentados, pensaron para sus adentros: ¿Por qué habla este así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les
dijo:
- ¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más
fácil: decirle al paralítico tus pecados quedan perdonados o
decirle: levántate, coge la camilla y echa a andar? Pues para que
veáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para
perdonar pecados, -dice al paralítico-:
Contigo hablo, levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.
Se levantó inmediatamente, cogió la
camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y
daban gloria a Dios diciendo:
Nunca hemos visto nada igual.