La Transfiguración

La belleza de Dios

“La belleza salvará el mundo”, dijo Dostoieskij en El idiota. Este aforismo es repetido por toda la tradición ortodoxa hasta la saciedad. Nosotros, los latinos, lo hemos olvidado, sobre todo desde nuestra sociedad utilitarista. ¿Por qué salvará el mundo?

La belleza, realidad espiritual

Estamos demasiado acostumbrados a una estética objetiva, típica del mundo greco-latino, donde la proporción y la figura eran lo más importante. Es cierto que existe una belleza objetiva, pero plantea muchos problemas, pues esta corriente ha conducido a una crítica de las formas, a un relativismo ("sobre gustos no hay nada escrito"), que nos está deshumanizando. La respuesta tiene que ir por otro lado.

La belleza es una invitación a salir de nosotros, a contemplar, como embobados, al ser bello. Es una atracción que busca unir al sujeto y al objeto; es, de una manera muy real, una forma de amor unitivo: la belleza es, en el sentido puro, erótica. En ese proceso el objeto invita a la persona a situarse desde lo espiritual, superando lo meramente sensitivo. Por eso humaniza, porque nos propone, superando un egoísmo natural, vivir desde nuestro interior. Entendemos ahora que la clave de la vida de oración no es otra cosa que la belleza. Sólo desde ahí podremos unirnos a Dios. Pero eso exige una preparación del sujeto, un proceso que nos permita contemplar la belleza en todo su esplendor. Siempre he dicho que la oración exige una capacidad sensitiva, propia del que está acostumbrado a contemplar las obras de arte. Sin la capacidad de vivir la experiencia estética, difícilmente alcanzaremos la experiencia espiritual.

La belleza es también una revelación, una iluminación, una comunicación de la verdad, como don precioso que no elaboro, ni deduzco, sino que se me aparece como evidente, que intuyo como fundamento de la realidad. La belleza no es un camino hacia el subjetivismo individualista, sino que une a los adoradores en un mismo espíritu, superior y común a todos ellos. Cuando está fundada en la dimensión espiritual, la belleza invita al diálogo y a la comunión, nos reúne en una unidad.

El amor es bello

“La vida es bella”, defendió Roberto Benigni. Todos lo sabemos. Hay cosas que nos emocionan y suscitan en nosotros ese lado humano. Las acciones buenas nos conmueven, como nos conmueve la misericordia, la entrega generosa o la gratuidad. Todos podemos reconocerlo. La razón es muy sencilla: en lo profundo de nuestro yo estamos hechos para el amor, por eso, sólo descansamos en el amor. La belleza es una dimensión del amor, porque todo amor es bello.

El amor invita a amar, y lo hace moviéndonos desde dentro. La fuerza de la belleza está en un poder que es respetuoso con la libertad del otro. Atrae, pero solicita tu adhesión. La belleza, además, pertenece al ámbito de lo gratuito: no tiene precio y se resiste a la comercialización. Las cosas bellas gozan por el mero hecho de existir. De la misma manera, la belleza nos posibilita para dar una respuesta de amor gratuita; sin esperar recompensa, como en el poema:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar, por eso, de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera

No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Anónimo, s. XVI

Jesús, en su persona, es bello, como bellos son el Amor y la Creación del Padre, y bella es la vida en el Espíritu. Cuando lo contemplamos, en nuestro corazón bulle el deseo de unirnos a él desde nuestro más profundo centro. Sólo el amor puede explicar nuestra relación con Dios y el poder maravilloso con que nos atrae sin anularnos. Bella es la vida humana que brota del Espíritu, la vida transformada por su acción; esa belleza, casi siempre, alcanza la misma dimensión física, porque nuestro cuerpo es la palabra del espíritu. Esa sonrisa, esos ojos, hasta la forma de plantarse... son signos de una vida interior llena.


LA TRANSFIGURACIÓN

Esta escena sólo se puede comprender desde lo que hemos comentado sobre la belleza. Jesús sube con sus discípulos preferidos al monte y se transfigura ante ellos. Aparecen las figuras de Moisés y Elías, con los que conversa (sobre su muerte, comentan algunos). Una luz blanca los envuelve... Se oye una voz que dice: “Este es mi hijo amado...”. La respuesta de los discípulos no puede ser otra: “iQué bien se está aquí...! iQuedémonos!” Pero el destino es otro: hay que bajar de la montaña a la vida cotidiana.

Mc9, 2-9

Seis días después Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos.

Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para tí, otra para Moísés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabía lo que decía.

Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: Este es mí hijo amado: escuchadlo.

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.


Icono de la transfiguración, escuela de Novgorod, fin del s. XV.

Hubo una época en la que todos los monjes iconógrafos comenzaban su “arte divino” pintando este icono de la Transfiguración. Esta iniciación viva y directa enseñaba sobre todo que los iconos se pintan no tanto con colores como con la luz transfigurada del Tabor.

Cristo aparece vestido de blanco en medio de una serie de círculos concéntricos que representa la divinidad: es Cristo glorificado. La escena, como en el Bautismo, presenta la manifestación gloriosa de las tres personas de la Trinidad. El Padre, como en el Bautismo, vuelve a reconocer al Hijo como su amado; éste, al inicio del camino que lleva a la cruz, se parece más al resucitado; el Espíritu se muestra como la nube luminosa que envuelve a los discípulos.

Al pie de la montaña, Pedro (derecha), Juan (centro) y Santiago (izquierda) muestran el temor y el miedo cayéndose hacia atrás, tapándose la cara. Este fuerte contraste entre la serena gloria de Cristo y el dinamismo descendente de los apóstoles es una forma artística de mostrar la gran diferencia que hay entre lo divino y lo humano: la luz de la Transfiguración escapa a la esfera de la voluntad humana. Esta Belleza, que sobrepasa lo humano, no sólo espanta, sino que atrae poderosamente: ¡Qué bien se está aquí!

Moisés, con el libro, y Elías, con las pieles del profeta, simbolizan la Ley y los profetas, el Antiguo Testamento; los vivos (Elías no murió sino que fue arrebatado a los cielos) y los muertos (Moisés). Además son las dos figuras videntes del pueblo de Israel: Moisés en el Sinaí y Elías en el Carmelo.

Como un relámpago, la imagen del mundo futuro nos alcanza bajo la forma de Fiesta de la Belleza. Cristo se entretiene con Moisés y con Elías y les habla de su Pasión, la “Belleza crucificada’; pero, precisamente porque está crucificada, la Belleza resplandece aún más. El Amor, induso en Dios, no puede ser más que un sacrificio, una ofrenda; por eso la Cruz y el camino de la Cruz... Sin embargo, la Cruz, como nos enseña el mensaje secreto del icono, refleja ya la luz de la mañana de la Pascua.

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