Tenemos que acostumbrarnos a vivir de una manera integrada las distintas dimensiones de la vida cristiana. Son fundamentalmente tres: la oración, la comunidad y la misión. Quiero hoy hacer un paréntesis para introducirnos en una de ellas, la misión.
Para todos los cristianos y, en especial, los marianistas, la misión es el fin de toda la vida cristiana y, en cierto sentido, la fundamental. Si comparamos la vida de fe con un árbol, la oración son sus raíces, la comunidad es el tronco y la misión son los frutos. En definitiva, como dice el evangelio: "Por sus frutos los conoceréis". De esta primacía se hace eco la Tradición de la Iglesia; al final de tus días te juzgarán por el amor. En este sentido es muy interesante leer la parábola del Rey eterno (Mt 25).
Precisamente por su importancia, hay que centrar bien el sentido de la misión. Aunque el fin de la vida cristiana sea el amor (con todo lo que el amor conlleva: reconciliación, fraternidad, justicia, misericordia, etc.), no es exclusivo de ella: muchas personas alcanzan un mismo nivel de sensibilidad hacia los demás desde otras fuentes. Para nosotros, nuestra experiencia personal del Dios-Amor es el sentido y la fuerza para entregarnos a los demás.
El amor se extiende por su propia naturaleza, decían los antiguos. Tiende siempre a amar más, mejor y a más gente. Es como una piedra que se tira sobre un lago: va creando ondas que se expanden hasta alcanzar las orillas. Por eso, Jesús siempre predicó la lógica del prójimo (el próximo). La clave del amor está en, partiendo de la experiencia personal del amor incondicional de Dios, amarme a mí mismo para amar a los que tengo cerca. Por eso la misión no es buscarse grandes compromisos, sino hacer especial mi vida corriente. No vale decir no tengo tiempo, porque no hay que hacer cosas distintas, sino hacer distintas las cosas que hago.
Pero el Evangelio no nos deja tranquilos; nunca puedo decir que amo lo suficiente. Jesús es una provocación constante a alargar el espacio de mi proximidad. Él nos dice: Acércate. Entonces, pero sólo entonces, tiene sentido acoger compromisos extraordinarios.
La oración o la misión son puertas distintas para entrar en una misma realidad. Algunas personas, por su sensibilidad, historia personal..., prefieren una u otra. Pero las otras dimensiones (no olvidemos la tercera) son criterios de autenticidad.
Hay personas que llegan a la necesidad de una relación personal con Dios a través del compromiso. Cuando estuve en Brasil la preocupación prioritaria de las Comunidades de Base era la espiritualidad. Eso es signo que todo su trabajo por la justicia social era fruto del Espíritu. Es de un mismo Espíritu la oración de aquella persona que, movido por la contemplación y la cercanía a Jesús, siente en su interior la necesidad de caminar por la senda del amor a los demás y nace el deseo de un mayor compromiso.
La oración no sólo nos hace sensibles a la persona de Jesús; nos enseña a ser sensibles a todo y a todos. No podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos, y no amar al hermano, a quien vemos, decía S. Juan en su carta. La experiencia de conformarnos a Cristo, además, nos empuja a amar como El, a ver y juzgar las cosas como Él. Por eso quien reza movido por el Espíritu, debe amar más y mejor y a más gente.
LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES Y LOS PECES (Lc 9, 10-17)
Al volver los apóstoles le contaron a Jesús todo lo que habían hecho. Entonces se los llevó y se retiró con ellos en dirección a un pueblo llamado Betsaida, pero el gentío se dio cuenta y lo siguió. El los acogió y se puso a hablarles del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde y se acercaron los Doce a decirle: Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.
Él les contestó: Dadles vosotros de comer. Ellos replicaron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres).
Jesús dijo a sus discípulos: Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta. Lo hicieron así, y todos se echaron. El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a sus discípulos para que se los sirvieran a la gente.
Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.