LA PETICIÓN.

Quizás no haya otro tipo de oración más practicada que la oración de petición: esto es un dato que no podemos pasar por alto. Por otro lado, la oración de petición es, a la vez, la actitud de oración más ambigua, porque puede saltarse por alto el principio básico de la oración: primero hay que escuchar... después hablar.

La fuente de la petición

Muchas personas han reducido su oración a pedir cosas, para sí mismo o para los demás. Algunos, los pocos, movidos por una fe ciega, han perseverado durante toda su vida en esta práctica; otros muchos, sin embargo, la han abandonado por su falta de eficacia. No porque pidamos las cosas que deseamos, aunque sean muy santas y buenas, éstas van a ocurrir. Conviene que nos resituemos, porque en la realidad estamos achacando al mismo Dios la debilidad de esta oración... y eso es injusto. Algunos quieren que Dios les solucione sus vidas y son capaces de pretender conducirle a su propio terreno sin preguntarse por las actitudes que mueven la petición.

La petición brota de una confianza en la generosidad absoluta de Dios; quien pide espera siempre algo. Reconoce la propia indigencia y aquello que puede colmar su carencia. Es, más que un deseo de solucionar su caso, un acto de fe en Dios como Absoluto. Nace, por tanto, de la humildad, de la verdadera actitud religiosa. Por eso es loable el espíritu perseverante de muchos hombres y mujeres que la han practicado durante toda su vida. Durante toda su vida han ido alimentando el reconocimiento del poder absoluto y amoroso de Dios.

La petición consigue además un efecto hacia terceros: no sólo me ayuda a reconocerme necesitado y a Dios como fuente de todo; también me enseña a desear. De la misma manera que hay palabras innecesarias que son muy importantes y tienen que ser dichas, cada vez que pedimos por algo o alguien se renueva en nosotros el deseo de ver al bien y la justicia, la plenitud de la alegría y la paz, siendo una realidad perfecta: cuando pido me comprometo con lo que pido, no me abandono y me despreocupo.

La petición en el Nuevo Testamento

El evangelio de Mateo nos amonesta sobre nuestra forma de pedir: Al orar, no seáis palabreros como los paganos, que piensan que Dios los escuchará si hablan mucho. ¡Ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que vosotros se lo pidáis. Vosotros orad así: Padre nuestro... (Mt 6, 7-1 3). El Padrenuestro es una oración de petición, pero muy especial.

En el Padrenuestro le pedimos a Dios que sea Dios en nuestras vidas; parece como si, antes que querer solucionar nuestra vida, pretendamos complicárnosla. Es una oración de disponibilidad. También le pedimos que nos quite todo obstáculo para vivir un verdadero servicio al Reino de Dios.

Hay un tema que si parece legítimo pedir en todo momento: asegurar nuestra relación con Dios, o mejor aún, pedir a Dios mismo, que Él no falte en ningún momento, porque sin Él nada podemos hacer. Esta convicción se condensa maravillosamente en el evangelio de Lucas. Cuando Jesús afirma “Pedid y se os dará”, lo explica con la siguiente pregunta: ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lc 11, 9-1 3). ¡El Espíritu Santo! ¡Esa es la petición perfecta! Eso es lo que Dios quiere y desea entregarnos con toda su plenitud, porque es propio suyo más que dar cosas, darse a sí mismo. Y esta petición sí brota de la escucha, de la experiencia de andar un camino al que Él nos llama.

La semana pasada afirmábamos con fe: ¡Sólo Dios basta! (Sta. Teresa). He aquí su conclusión lógica en una verdadera actitud de oración. Teniendo a Dios (su Espíritu) nos vendrá dado “por añadidura” todo lo demás.


SI YO SIN TI ME QUEDO

Estate, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y, cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo,
de si yo sin ti me quedo
de si tú sin mi te vas.

Llévame en tu compañía,
donde tú vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das,
yo sé que vivir no puedo
ni si yo sin ti me quedo,
ni si tú sin mí te vas.

Por eso más que a la muerte
temo, Señor, tu partida
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que tu das
sé que alcanzarla no puedo
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mi te vas.

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