LA INTERCESIÓN.

Una de las actitudes más maravillosas de la persona que se inicia en la oración es la intercesión. Supone, sobre todo, la capacidad de “ponerse en medio” entre Dios y los hombres. Quizás nos pueda sorprender, ya que frecuentemente vivimos una cultura que cada cual busca lo suyo. La intercesión es un descentramiento, porque exige un olvido para ser puente entre dos realidades que amamos.

El ejemplo de Abraham

El Antiguo Testamento nos transmite una escena maravillosa para entender el sentido de esta actitud: la intercesión de Abraham por la ciudad de Sodoma donde vive su sobrino Lot (Gn 18, 16-33).

Lot y Abraham, su tío, tuvieron que separarse al crecer como pueblo y comenzar algunos disturbios a aparecer entre sus siervos (Gn 13). Abraham dejó elegir su heredad a Lot y éste optó por la vega. Se estableció en Sodoma. Con el tiempo esta ciudad se convirtió en una cueva de abusos y degeneraciones: Dios decide enviarles un castigo y se lo comunica a Abraham. En este momento, el patriarca suplica a Dios:

¿Vas a hacer que perezca el justo con el pecador? Quizás haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Vas a hacer que perezcan? ¿No perdonarás más bien a la ciudad por los cincuenta justos que vivan en ella? ... ¿No va a hacer justicia el juez de toda la tierra?

Y Abraham irá tratando con Dios, como si de un regateo se tratara, la salvación de la ciudad de Sodoma.

Su actitud refleja el fundamento de la intercesión: la confianza absoluta en la bondad de Dios y su deseo de intervenir a favor de su pueblo. Como después ocurriera con los milagros de Jesús, la intervención de Abraham parece arrancar la compasión de Dios. El hombre sólo quiere recordar la raíz más profunda del ser de Dios: su amor hacia los hombres. Por eso la intercesión revela una experiencia previa hacia la persona, un conocimiento real del amor incondicional de Dios hacia él.

De esta misma fuente nace también la otra cara de esta actitud: la sensibilidad ante la necesidad del otro. De la misma manera que Dios me quiere, siento que debe su amor hacia los demás. Porque el amor de Dios no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre a querer extender esta misma vivencia a todos los seres humanos.

Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote

Esta actitud de “establecer puentes” entre Dios y los hombres es lo que conocemos como nuestra vocación sacerdotal (pontífice, el que hace puentes), común a todos los bautizados.

Esta dimensión es vivida, en primer lugar, por Jesucristo. Toda su misión es leída por la carta a los Hebreos desde esta perspectiva. Jesús se hizo uno de nosotros, asumió la condición humana, para ofrecerse ante Dios; así ha conseguido que nos podamos presentar ante Dios como santos.

Esta intercesión magnífica de Cristo nos recuerdo algo esencial de esta actitud: el que eleva a Dios su súplica por alguien, se identifica con él. Cristo se hizo pecador, sufrió la pena del pecado de los hombres para poder librarnos de ella. Porque la intercesión se basa en el deseo de sustituir al que sufre o tiene la necesidad.

La actitud cristiana tiene que modelarse con la de Cristo. No es una intercesión “desde fuera”, sino de una profunda comunión. Esta es la verdadera solidaridad, la que Juan Pablo II hacía corresponder con la “interdependencia”: sólo cuando tu problema se convierte "en nuestro" problema, entonces tendré el deseo, por amor, de compartir su misma suerte.

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