Existe, finalmente, una oración penitencial: la oración de aquél que reconoce sus faltas o las del pueblo en la presencia de Dios; y esto no en referencia a un código legal, sino a un código más exigente aún, el código del amor.
El auténtico arrepentimiento no puede consistir en un desgranar continuo de faltas, de infracciones a una serie de normas, al margen de una relación personal con Dios, o como mucho, en la distancia temerosa de un Dios legislador y juez. El Dios de la revelación cristiana, el Dios de Jesucristo no es otro que la fuente del amor, y el amor mismo. Un arrepentimiento que sea verdadera oración, sólo puede partir del reconocimiento de la desconexión de esa fuente, es decir, de la experiencia personal del desamor, o el no-amor.
Reconocer el propio pecado o el pecado de los hombres es una manera de salvar el corazón, porque cuando se pierde la sensibilidad ante el amor, desaparece la conciencia de pecado. De la misma manera, recuperar el sentido del pecado es despertar al sentido y el alcance del amor entoda su profundidad.
Dice, con razón, von Speyr: Solamente en la infinitud del amor el hombre experimenta de verdad el bien y sólo por eso experimenta también qué es de verdad el mal, qué es de verdad el pecado.
En referencia al amor, el arrepentimiento me descubre mi verdadera naturaleza: soy un pecador amado por Dios.
El evangelio de Lucas nos transmite un ejemplo maravilloso de arrepentimiento: la oración del publicano (Lc 18, 9-14). El fariseo era incapaz de vivir un mínimo sentimiento de conversión. Se presenta ante Dios con la lista de sus costosos méritos y su oración nos resulta increíble: Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como el resto de los hombres: ladrones, injustos adúlteros...
El publicano, sin embargo, se limita a golpearse el pecho (¡Qué dificil cuando el blanco es nuestro pecho y no el de los demás!). Y sus palabras descarnadas: Ten piedad de mí que soy un pecador. Ni siquiera hace una lista de sus pecados: reconoce su condición.
No se atrevía a levantar sus ojos al cielo, sino que invita a Dios a inclinarse sobre él. Su ten piedad de mí se puede traducir por inclinate hacia mí....
La oración de arrepentimiento es posible cuando uno, individual o colectivamente, admite humildemente, y sin morirse de vergüenza, que es como los demás: un pecador, necesitado del perdón y dispuesto a perdonar a los demás (sí, perdonar a quien es pecador como tú o, quizás, incluso un poco menos que tú).
El verdadero arrepentimiento se alcanza cuando suplicamos: perdona nuestros pecados, porque nos sentimos corresponsables del pecado de los hombres.