El año pasado no pudimos tratar la lectura espiritual, o la lectio divina, como ayuda a la oración. La lectio es el aprovechamiento espiritual de los escritos espirituales, teológicos o místicos. Conviene recordar, sin embargo algunos elementos para vivirla correctamente.
Su valor consiste en partir de la experiencia espiritual de otras personas. No partimos de cero, ni descubrimos un mundo inexplorado: muchas personas, antes de nosotros, han recorrido los caminos de la oración y conocen las señales del Espíritu. Esta fundamentación de mi experiencia sobre las de cristianos notables que me han precedido me da la seguridad de que lo que estoy viviendo es acción del mismo Espíritu y me permite superar la sospecha de subjetividad o de aislamiento.
Pero tenemos que ser cautos para servirse de ella correctamente. Una cosa es leer y otra rezar. Puedo rezar con palabras, pero que esté leyendo un texto religioso no significa que esté en oración
Toda oración exige pasar del plano intelectual al espiritual. Para ello, en algún momento tengo que superar la mera comprensión del texto a esa actitud orante de dejarme afectar por sus palabras, saboreándolas con los sentidos de mi corazón. Para ello usamos de la representación de imágenes, la mera repetición de frases o palabra sueltas, etc.
Toda oración es un encuentro, con una entrada y una salida; parte de la presencia, se vive en la escucha y exige una respuesta. Por eso, la lectura puede ser previa a la entrada en la oración (como encuentro con Dios); una vez metidos en oración, usaremos de la memoria para aprovechar el texto escogido.
De la misma manera que en la contemplación usamos la introyección o la identificación interior con personajes y figuras de los relatos (imágenes o Biblia), en la lectio vivimos desde dentro la experiencia del autor. Eso exige cierta capacidad de lectura y de escucha, lectura atenta, no superficial, ni con prisas. Con los datos expuestos podemos señalar como pasos lógicos de la lectio divina:
El amor se basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las emociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo smejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.
El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, solo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además es la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?
Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de ese amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la criatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.
Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquél que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que ama así sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre es el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.