Si la alabanza es la capacidad de sorprenderse, la bendición comporta el gusto por la vida. Tenemos una imagen mágica de la bendición, como si operara "cosas raras" en el objeto bendito, pero el sentido primitivo de la bendición (berakah, en hebreo) es transmisión de vida. Por eso el sentido primigenio de la bendición pertenece a Dios: Yahveh bendice y comunica su ser, fuente de Vida, al bello y bueno, como durante la creación. Pero la bendición no supone un acto puntual: cuando Dios bendice, apuesta por las cosas y las personas de manera irrevocable (bendición a Abraham) y constante.
Si el hombre puede bendecir, es porque transmite un don que Dios le ha dado: este es el sentido de la bendición aaronita: el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor... (Nm 6, 22.27), bendición que podemos calificar descendente.
Pero el hombre cuando bendice las cosas, fundamentalmente bendice a Dios por ellas. La bendición humana es fundamentalmente ascendente: Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan y este vino.... El hombre no puede bendecir las cosas que Dios ya ha bendecido. Por eso la bendición implica fundamentalmente dos cosas: reconocer que vienen de Dios y respetar que tienen que seguir su lógica, ser compartidos para crear fraternidad. El pan, después de ser bendecido, se parte y se reparte.
Las cosas tienen un límite infranqueable, que no puede ser forzado por el poder del dinero. Aunque sea mía, permanece intacta, y yo no puedo hacer con ella lo que quiera. Este respeto por las cosas nace de su verdadera fuente: Dios mismo. Nosotros somos sus administradores y ante El daremos cuenta. El hombre, gracias a la bendición, se sitúa ante las cosas correctamente, dando espacio a la participación en ellas y con ellas.
Por eso tenemos que distinguir el hombre económico del hombre litúrgico. La economía es esencialmente manipuladora; la liturgia desvela el sentido sagrado de las cosas. La liturgia tiene una margen de creatividad, pero yo no me la puedo inventar: los gestos, las palabras, los signos... que componen la acción litúrgica siempre han sido un espacio de revelación del mismo Dios. En ellos Dios habla y se hace presente.
La bendición, por eso, es no sólo comunitaria, sino hasta cósmica. El Cántico de Daniel es una invitación a toda la creación para que una sus voces a las nuestras de maneras sinfónica: Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor. Nuestra aportación es pequeña, humilde e imperfecta, pero se hace potente unida al coro poderoso y universal.
La bendición se muestra en dos actitudes fundamentales: las manos abiertas, signo de devolver a Dios lo que le pertenece y, a la vez, de compartir generosamente con los hermanos sus dones; y la lengua, porque al alabar a Dios con ella nos comprometemos a ser coherentes bendiciendo también a los hermanos. La carta a Santiago es muy expresiva:
Con la lengua
bendecimos al Señor y Padre,
y con la misma lengua maldecimos a los hombres, creados a su imagen y
semejanza.
De la misma boca sale bendición y maldición. No debería
de ser así, hermanos.