LA ACCIÓN DE GRACIAS.

La actitud fundamental del cristiano

Cristiano no es el que pide gracias, o recibe gracias; es el que da gracias. Por eso la Eucaristía, “acción de gracias”, es el culmen de la vida personal y comunitaria de fe. Sin embargo caemos en la cuenta cómo la petición llena abundantemente la oración de muchos creyentes en detrimento de esta acción de gracias. Esta situación es fruto de un olvido radical.

Somos puntillosos, hasta pedantes, cuando se trata de constatar lo que nos falta y, por el contrario, solo más bien descuidados en caer en la cuenta de lo que recibimos a diario. No es algo superfluo, porque creo que es el pecado radical de muchos que se consideran creyentes. No es una actitud que se refiere a nuestra forma de hacer oración, sino que es una actitud vital, una forma de situarnos ante Dios.

El verdadero creyente es el que reconoce el amor gratuito de Dios, que lo llena de gracias; esta experiencia fundante le abre a la gratitud.

Los enemigos de la gratitud

El primer enemigo es LA COSTUMBRE con sus formas derivadas de la distracción, el descuido, el desencanto o el hábito. Cuando todo da lo mismo o, peor aún, se da por descontado, uno se hace incapaz de dar gracias. Cuando todo se considera normal, derecho adquirido, resulta imposible la gratitud. La vida de fe se muestra en la sensibilidad por reconocer la mano de Dios en las cosas ordinarias: los cristianos no rehuimos el compromiso de la vida ordinaria, pidiendo que nuestra vida sea extraordinaria; al contrario, reconocemos la mano de Dios en las cosas más banales y pequeñas, porque hacemos de lo ordinario algo extraordinario.

El segundo gran enemigo de la gratitud es LA REIVINDICACIÓN, la pretensión, la reclamación o la conquista. El cristiano es reivindicativo, pero contra los mismos hombres, especialmente los poderosos; esa misma actitud, que muestra una desproporción entre el deber del otro y lo que realmente hace, es totalmente insuficiente ante Dios. El supera todas nuestras expectativas; El está por encima de todo plan, porque actúa generosamente movido por un amor inconmensurable. El creyente se siente profundamente "en deuda”. ¿Cómo pagare al Señor todo el bien que me ha hecho?, reza el Salmo 116. La deuda que contraemos con Dios es insalvable, por eso nuestro corazón está profundamente agradecido.

Dar gracias es cantar la alegría de vivir

Hay creyentes que viven en un estado de irritación permanente; que han hecho de su vida de fe un lamento progresivo o un abandono en la tristeza. Creemos tener derecho a una situación mejor de la que tenemos, pero eso es una pretensión insostenible.

Por encima de toda situación negativa de nuestras vidas, el cristiano tiene que descubrir la bendición que recibe en Jesucristo, “que da su vida por sus amigos , que se hizo pecado para que recibiéramos la condición de hijos...” En todo momento podemos contar con su compañía y su fuerza pues nunca nos abandona y Él es fiel.

Dios no espera que le estemos profundamente agradecidos, como si se tratara de nuestro amo o bienhechor: es mucho más. Lo que Dios quiere es que seamos felices y que gocemos de la vida, su gran bendición. Por eso estar agradecidos por sus dones es acoger la belleza de la vida y cantar sus alabanzas eternamente.


HIMNO AL PLAN DE DIOS, NUESTRO SALVADOR

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado por medio de Jesucristo
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por Él, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan que había proyectado
realizar por Cristo cuando
llegase el momento culminante:
recapitular por Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

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