Una actitud básica del orante es la adoración, que nace del reconocimiento de la grandeza de Dios y la pequeñez de nuestra vida. Descubrimos la gloria de Dios y nuestra nada.
Frente a la majestad, al señorío de Dios, a su misterio, a su trascendencia, el silencio resulta más expresivo que cualquier palabra. La alegría llena toda la persona y no necesita ni expresarla; basta solo irradiarla. El silencio y la alegría son los dos componentes de la adoración. Es una conversión de actitudes que nace de una experiencia concreta que supera toda imagen o idea anterior. Lo expresa bellamente el libro de Job: Te conocía solo de oídas; ahora te han visto mis ojos y acallo y modero mis palabras.
La adoración tiene sus gestos propios: en griego se dice proskynesis, que significa arrodillarse, postrarse.
Con la adoración superamos todas nuestras imágenes de Dios, nuestras reducciones y nuestras falsas ideas sobre él, para dejar que se nos manifieste tal cual es. Cuando adoramos a Dios le decimos: Estoy contento de que seas lo que eres, y no lo que pretendía que fueses, ni tampoco como eres descrito en las páginas de los libros, o como me lo han contado otras personas
En la adoración descubrimos a un Dios cercano, pero no a nuestro alcance. Cuando conocemos al Dios verdadero lo reconocemos grande, pero nunca llega a aplastarnos. Es la apertura a la verdadera relación con él: es nuestro único Señor. Por eso no nos hunde el descubrimiento de nuestra propia pequeñez, porque nos abre a la necesidad de un Salvador, punto de partida de toda religión verdadera.
Esta actitud, que respeta a Dios en su revelación, es necesaria especialmente en la experiencia del problema del mal, ante el escándalo del dolor inocente, con el inquietante silencio de Dios ante el sufrimiento del hombre. Al superar los razonamientos, renunciamos a la pretensión de obligar a Dios a justificarse cuando sus comportamientos no coinciden con nuestras pretensiones o esquemas. En vez de ceder a la impaciencia del saber, nos disponemos a dejarnos llevar a lo largo de caminos imprevisibles.
El reconocimiento de la grandeza de Dios nos ayuda a reconocer su señorío incontestable y absoluto ante el resto de las realidades intramundanas: sólo él es nuestro Señor y Creador.
En hebreo, kabod, la gloria de Dios, equivale a peso. A través de la adoración colocamos en nuestra balanza la única realidad definitiva, que tiene peso, que vale, cuenta, dura, y nos permite desvelar lo que es ligero, inconsistente, vacio, evanescente. La experiencia del Dios vivo y verdadero es un elemento liberador, que libra al hombre de todas sus esclavitudes, y le pone alerta ante la sugestión del dinero, del sexo, el poder o la fama.
La adoración me libera, especialmente, de la esclavitud hacia mi propio yo, al vivir una experiencia de un tú fascinante, que me absorbe totalmente. Respecto a los demás me confiere, sin duda, una profunda libertad: no hay fuerza alguna capaz de doblegar ni romper a un hombre que ha aprendido a inclinarse, en la oración de adoración, sólo ante Dios.
Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda:
la paciencia
todo lo alcanza,
quien a Dios tiene,
nada le falta:
solo Dios basta.
Sta. Teresa de Jesús