La oración no es iniciativa humana. Tenemos el riesgo de convertir la oración en un cúmulo de técnicas o en una ascesis de actitudes. No. La oración no es una conquista del hombre. Sin la contemplación de los prodigios, de las maravillas que Dios hace por su pueblo, nos sería imposible la oración: Dios nos proporciona hasta la misma materia de la oración. Por eso es bueno comenzar reconociendo la puerta de la ALABANZA.
La alabanza es decirle si a Dios
La alabanza no es otra cosa que el aprecio de la criatura por lo que ha hecho el Creador. La alabanza brota de la contemplación y la maravilla.
Algunos han comparado el sentimiento de la alabanza típico del Antiguo Testamento con la virtud de la fe: en ambas intentan expresarle a Dios un sí que es el reconocimiento de que Él es nuestro Creador y nuestro Salvador.
Dejarse sorprender por Dios
La alabanza sólo es posible cuando uno se deja sorprender por Dios. Más que observar un fenómeno, explicarlo, catalogarlo, controlarlo científicamente, se trata de dejarse maravillar por él. La maravilla implica la necesidad de pararse, admirar, descubrir el signo del amor, la impronta de la ternura, la belleza escondida bajo las superficies de las cosas.
La alabanza implica, sobre todo, el sentido de la gratuidad.
El instinto del hombre, su codicia, le empuja a adueñarse de las cosas; la alabanza, por el contrario, consigue que el hombre haga prevalecer el gozo sobre el provecho, que aprecie la belleza antes que la codicia.
La alabanza es necesaria
Chesterton decía: Ciertamente el mundo no perecerá por falta de maravillas, sino por falta de maravillarse. Mientras haya alguien capaz de admirarse ante la raíz profunda de las cosas y de expresarlo en la oración de alabanza, el mundo no estará totalmente en manos de mercaderes de muerte.
La alabanza, como actitud fundamental, antes que a lo extraordinario, tiende hacia descubrir el prodigio de lo cotidiano. Por eso tiene un gran sentido misionero: a Dios no se le razona, ni se le argumenta; no hablo de un Dios que me convence, sino de un Dios que me sorprende. La alabanza es un hecho de intuición y de espontaneidad que precede a cualquier razonamiento.
HIMNO AL CREADOR
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros,
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes
y bajaban los valles:
cada cual a su puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
El saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón,
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del
Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madrigueras de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría!
I.a tierra está llena de tus
criaturas.
Ahí está el mar, ancho y dilatado;
en él bullen, sin número,
animales, pequeños y grandes;
lo surcan las naves,
y el Leviatán que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo;
se la echas, y la atrapan,
abres tú la mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan,
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envias tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Cuando él mira la tierra, ella tiembla,
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor mientras
viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le agrade al Señor mi poema, y
yo me alegraré con el Señor.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Salmo 103(104)