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REMEMBRANZA DE ONETTI. Y RULFO. QUE SON CITADOS UN BUEN D�A... Y QUE RECOGE EL AUTOR EN UN ART�CULO PUBLICADO HACE TIEMPO EN "LA JORNADA SEMANAL".

LO QUE PUEDE DECIRSE

EN UN �GAPE DE ESFINGES.

R. H. MORENO-DUR�N

En los �ltimos a�os, Juan Carlos Onetti parec�a encarnar a su personaje Eladio Linacero: tendido sobre la cama, boca arriba, sin afeitarse durante d�as, con un cigarrillo infinito en el belfo y una no menos infinita botella de whisky. As� escribi� Cuando ya no importe, libro crepuscular como su t�tulo y no exento de un marcado desencanto, de algo de resignada paciencia rota s� lo por ese azar que felizmente depara siempre la escritura.

LA invocaci�n de Linacero no es gratuita. Animal nocturno como Onetti, es el fundador de un largo linaje de l�cidos outsiders que decididamente apuestan por encontrar una raz�n de ser en el lado oscuro de la vida. Cuando Linacero se palpa la barbilla, sin afeitar, no tiene m�s remedio que evocar a esa prostituta que se lamentaba porque sus clientes la frotaban despiadadamente con sus cerdas en el hombro, siempre el izquierdo, enrojecido y lastimado por el roce del ef�mero y mercenario acoplamiento. Esa aspereza que el personaje sacaba a relucir era la que el lector de El pozo sent�a al pasar las p�ginas de su ejemplar, publicado en la colecci�n Narradores de Arca, esa humilde aunque puntual editorial uruguaya que al promediar la d�cada de los a�os sesenta multiplicaba tambi�n su estirpe en los anaqueles de las librer�as de la mayor parte de las capitales latinoamericanas. Por esos a�os el creciente �xito de los escritores del boom exhum� el legado de sus padres, entre los cuales Onetti ocupaba un lugar de privilegio. A este respecto, siempre sal�a a relucir una pregunta: �existir�a Macondo sin la Santa Mar�a que fund� Brausen a orillas del r�o? Por supuesto que la Santa Mar�a de Onetti no existir�a sin el condado Yoknapatawpha, de Faulkner, como tampoco existir�a Comala sin el referente del Deep South norteamericano, y menos sin el cementerio parlante de Spoon River. Obviamente, al hacer estas consideraciones, no buscamos fijar aqu� influencias sino subrayar fecundas filiaciones.

Onetti era un hombre que daba la impresi�n de haber nacido cansado. Tan cansado –me dije ese d�a- que a lo mejor ni contesta el tel�fono. Por eso lo mejor es visitarlo de improviso, sin avisarle por lo menos el esfuerzo no es est�ril y puede uno cruzar con �l un par de palabras. Claro que si est� de buen humor hasta te ofrece un trago a las diez de la ma�ana. �C�mo olvidarlo, envuelto en su bata, con un eterno cigarillo en los labios y la botella parecida a otra extremidad de su cuerpo, mientras los ojos saltones, inquisitivos, bailan en sus cuencas como dos enormes gotas de aceite? Su habitaci�n es como sus libros, un extra�o territorio en el que priva una atm�sfera espesa, incrementada por el olor penetrante del tabaco, estancado pro meses y meses y donde cada d�a hay menos espacio para el ox�geno. 55 a�os despu�s, la voz del escritor reivindica la semblanza que de s� mismo traz� el primero de sus personajes: "Yo soy un hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad; la noche me rodea, se cumple como un rito, gradualmente, y yo nada tengo que ver con ella. Hay momentos, apenas, en los que los golpes de mi sangre en las sienes se acompasan con el latido de la noche. He fumado mi cigarrillo hasta el fin, sin moverme…"

Su mirada impresionaba al inspeccionarlo a uno de arriba a abajo, y su grueso labio inferior ca�do parec�a justificar su pertinaz silencio. Hizo del monos�labo la rezagada respuesta a las preguntas de sus interlocutores, y dif�cilmente puede atribu�rsele un p�rrafo oral superior a dos l�neas. Todo lo contrario de los largos periodos de su escritura, una prosa llena de ramificaciones y sentidos, aparentemente sobria pero en realidad densa y compleja, como su visi�n del mundo. Por ello cabe aplicarlo con rigor autobiogr�fico lo que Larsen advierte en "El astillero": "Sospech� de golpe lo que todos llegan a comprender m�s tarde o m�s temprano: que era el �8unico hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicaci�n era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la l�stima como el odio, que un tolerante hast�o, una participaci�n dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo �nico que pod�a ser exigido y conven�a dar…"

Salvo las peculiaridades de la frase y una prosodia inimitable, en casi todo lo dem�s Onetti se parec�a a Juan Rulfo. Ambos construyeroun un mundo propio: Santa Mar�a y Comala don aut�nticas antesalas del "infierno tan temido". La ciudad de uno y el pueblo del otro est�n habitados por gentes difuntas. Del extremo sur al norte del continente, del R�o de la Plata a Jalisco, los muertos en vida que se regodean con la rutina opresiva de onetti y los muertos que hablan desde la memoria de Fulfo nos agobian con su presencia. Porque lo cierto es que Onetti y Rulfo eran tan parcos con las palabras que casi siempre parec�an ausentes. As� los conoc� en junio de 1979, cuando durante diez d�as un grupo de escritores fuimos confinados en Las Palmas de Gran Canaria. Ese encuentro, al que por razones apenas comprensibles la cr�tica m�s envidiosa y abstemia llam� El Congreso Et�lico, nos record� otra afinidad entre los dos narradores: ambos hab�an agotado a lo largo de sus vidas las infinitas euforias del vino.

�C�mo olvidarlos? En medio de la admiraci�n plenaria de escritores de Espa�a y Am�rica Latina pertenecientes a generaciones diferentes –D�maso Alonso le dabe la r�plica a Luis Su��n, enrique Molina a Jos� Emilio Pacheco, Agust�n Y��ez a Jos� Miguel Ull�n-, los ve�amos velar armas en el bar del Hotel Iberia. Siempre escoltados por F�lix Grande y Luis Rosales, por J. J. Armas Marcelo y Alicia Cid, los dos escritores hab�an sido nombrados presidentes de honor pero muy pocos lograban arrancarles entrevistas o declaraciones m�s all� de unos cuantos p�rrafos protocolarios. En medio de decenas de escritores, sin duda las dos figuras tot�micas del encuentro eran Onetti y Rulfo y ambos sobresal�an como h�biles administradores del silencio en cotnraste con la algarab�a de los otros. En silencio paseaban por la playa, la mirada fija m�s all� del mar, sobre Lanzarote y Fuerteventura, y acaso un poco m�s all�, en pos de las costas de Africa. En silencio escuchaban las ponencias y las discusiones poco apacibles que se desataban en los claustros de Santa Br�gda, una colina que se alzaba sobre la parte m�s fr�a de la isla. En silencio alternaban con otros notables profesionistas de las letras americanas (Westphalen, Monterroso, Ribeyro, Sologuren, Sabines), espa�olas (Barral, Ayala, Goytisolo, Castellet), gallegas (Celso Emilio Ferreiro). A los m�s j�venes nos resultaba gratificante y aleccionador compartir el espacio de sus meditaciones so pretexto de confrontar nuestras opiniones sobre Santa Mar�a y Comala y de paso evocar a las mujeres que habitaban el Falansterio de Larsen y el misterioso encanto de Susana San Juan. Tres a�os antes Tusquets hab�a publicado De la barbarie a la imaginaci�n y con la intrepidez de quien se iniciaba en el oficio me acerqu� a Onetti y a Rulfo, el primero con su whisky color topacio y el segundo con una Coca Cola siempre a medio vaso. En ese libro les hab�a dedicado a ambos los largos cap�tulos que sus obras merec�an y fui escuchado –sospecho- m�s con curiosidad que con inter�s. Con los a�os y nuevas ediciones, el trabajo sobre Onetti aument�. Con Rulfo tuve que resignarme, como sus lectores de todo el mundo, a la brevedad colosal de sus dos libros. Y fue en esta oportunidad cuando pude cotejar con �l la memoria hablada de los muertos de Comala con las l�pidas infidentes de Spoon River.

Durante los diez d�as de ese Congreso la proximidad de Onetti y Rulfo –y por extensi�n, la de la mayor parte de los escritores all� presentes- nos ense�� que nada hay m�s nocivo que respetar el pathos de la distancia, sobre todo cuando existe la posibilidad del di�logo, por m�s leve que sea. En esa ocasi�n, los dos escritores contemproizaban con queines apenas comenz�bamos este arduo oficio y para nada guardaban distancias, aunque sus prolongados silencios, plet�ricos de significado, ratificaron lo que ya todos sab�amos: que conformaban un tandem absolutamente negado para las entrevistas. Trece a�os despu�s, y muerto ya Rulfo, la magn�fica prosa del sobreviviente le gan� un lugar propio en el mosaico de Palabra mayor. Y fue entonces cuando su voz cansada sugiri� una forma m�s abierta y libre de di�logo: Dejemos hablar al viento…

Onetti nunca le vedaba un lugar en su mesa a un escritor joven. Incluso fue a parar a la c�rcel y luego a un exilio del que jam�s volvi� por suscribir el acta en virtud de la cual se premi� el cuento de un narrador novel a quien la censura del uruguay calific� de pornogr�fico e inmoral. �Le cobraban de esta forma al ilustre jurado lo que �l hab�a hecho a favor de la libertad y el arte durante cuatro d�cadas y media? La �nica condici�n que Onetti le exig�a a su interlocutor era, pard�jicamente, la de que supiera compartir su silencio. Y uno all� sentado, a su lado, vi�ndolo fumar y mirar hacia un complejo paisaje de falansterios, burdeles, sanatorios y astilleros: era como si participara en un �gape de esfinges. Pero el di�logo flu�a por dentro, como debe ser, y cuando el contertulio quedaba subjetivamente af�nico y la �ltima botella se hab�a evaporado, el autor de La cara de la desgracia se levantaba de la mesa, alto y con aire parecido al de machado el bueno en los d�as postreros de la guerra, la cabeza levemente ladeada y los ojos saltones tras las gafas y ese belfo siempre h�medo y congante, como su apagado "Hasta luego…"

As� ocurri� en los lugares en los que tuve oportunidad de estar a su lado. En Barcelona, cuando Ricardo Rodrigo y Juan Carlos Martini, editores de Bruguera, lo invitaron a participar en los actos de presentaci�n de Dejemos hablar al viento. En Recepciones privadas y en foros, con las aulas repletas de gente. Recuerdo en especial el d�a en que viol� su pacto con el silencio para neutralizar el agresivo discurso de uno de esos espont�neos que se esfuerzan por hacer en p�blico el rid�culo. A nombre de las apolilladas consignas del compromiso del escritor, la responsabilidad social del arte y otras tonter�as por el estilo, el hombre de la masa elogi� imp�dicamente la obra de Onetti s�lo para vapulear a continuaci�n la de Vargas Llosa. El gesto del agasajado fue contundente. Sencillamente dijo: "Aunque no entiendo nada de lo que usted dice sobre mis libros, me parece una descortes�a absoluta hablar mal de un escritor ausente, al que yo s� admiro mucho." El auditorio le ofreci� una ovaci�n un�nime.

Tampoco fue dif�cil compartir con �l las jornadas de un encuentro literario celebrado en Par�s y patrocinado por La Sorbona. Por esos d�as la salud de Cort�zar comenzaba a resentirse y �sa era la mayor preocupaci�n de quienes asistimos a las diversas sesiones. Recuerdo que form� parte de un panel integrado por H�ctor Pianciotti y un escritor de alta calidad y que, al igual que Onetti, hab�a instalado la timidez y un opresivo silencio en el alma: el exilio le carcom�a la vida y no pudo contener el llanto mientras le�a sus textos. Era Antonio Di Benedetto y poco despu�s muri�. Otras evocaciones: una corta caminata entre las arboledas de El Retiro como colof�n de alguna feria del libro. O confidencias como las que narraba Mario Benedetti a prop�sito de la c�lebre capacidad et�lica del autor de La vida breve. O simp�ticas semblanzas que he escuchado de labios de amigos y compatriotas suyos, como Cristina Peri Rossi, Homero Alsina Thevenet –alguien que lo sabe absolutamente todo sobre cine y que, adem�s, convivi� con Onetti con alguna oscura pensi�n rioplatense durante los a�os dif�ciles-, Fernando A�nsa y, sobre todo, Angel Rama. O an�cdotas no menos divertidas, como cuando observ� a Eduardo Galeano rega�arlo amablemente por decir "pavadas" sobre alg�n punto que hac�a referencia a la cuesti�n social. Las bromas iban y ven�an. Y Onetti como si nada: para �l las �nicas venas abiertas de am�rica Latina eran las del doctor D�as Grey cuando traficaba con morfina.

Durante los d�as compartidos en las islas, Galeano acompa�aba a Onetti con harta frecuencia. Era gratificante o�rlos evocar a un Montevideo que nada ten�a que ver con esa ciudad que la dictadura de entonces hab�a envilecido, al extremo de darle el nombre de "Libertad" a la prisi�n donde confinaba a los presos pol�ticos. A prop�sito, llama la atenci�n constatar algo que pr�cticamente nadie se atrev�a a escribir en 1939 y que Onetti, en las tempranas p�ginas de su obra, registr� al referirse al "lujo asi�tico en que viven los comisarios en el Kremlin y la inclinaci�n inmoral del gran camarada Stalin por las ni�itas tiernas". Y m�s adelante, ante quien acusa a tan inc�modo personaje de ser un insensible social, un reaccionario y un fracasdo, �l se defiende: "El pobre hombre inventa el apocalipsis, me habla del d�a de la revoluci�n (tiene una frase genial: ‘cada d�a faltan menos…’), y me amenaza con colgarme, hacerme fusilar por la espalda, degollarme de oreja a oreja, tirarme al r�o…"

Durante los d�as del archipi�lago, el periodista Ricardo Bada, siempre con una grabadora en mano y un sinf�n de referencias literarias como carnada para el di�logo, iba tras las grandes figuras del Congreso. Me sorprendi� una respuesta de Onetti, que luego Rada difundi� por las ondas de la Deutsche Welle, en Alemania: "�A prop�sito de Thomas Mann, qu� es lo que m�s llama su atenci�n?" Y el autor de Tan triste como ella no vacil� en su respuesta e incluso fue inopinadamente expl�cito: "Si algo admiro de La monta�a m�gica es la declaraci�n de amor de Hans Castorp a Clawdia Chauchat. Es poes�a pura. No entiendo por qu� otros dicen que esa hermosa declaraci�n se echa a perder por los excesivos conocimientos de anatom�a que el joven saca a relucir. A m� me parece que, precisamente, es la anatom�a lo que le da valor al acento po�tico que se apodera de ese episodio." Opini�n que comparto plenamente, pues incluso he escrito que, salvo El cantar de los cantares, �sa es la declaraci�n de amor m�s bella y profunda de la literatura universal. Pero hay algo m�s: esa opini�n de Onetti no se comprende sin conocer algo de su vida y concepci�n del mundo. Ya en El Pozo Linacero recomienda que todo hombre debe escribir su biograf�a a los 40 a�os, y habla de los j�venes y uno piensa entonces en el propio Onetti cuando afirma que jam�s tuvo problemas sexuales porque a la edad en que los muchachos los tienen �l se cas� por primera vez. Creo que �sa es la raz�n por la cual Onetti entiende y justifica el derroche de conocimientos anat�micos que el joven Castorp exhibe ante su amada, la bella enferma rusa. Y puesto ya en las confidencias, siempre contaba que nunca pas� de la primaria y que era muy alto para asignaturas como la geograf�a y el dibujo. La paradoja es superlativa, sobre todo si consideramos que Onetti fue el magn�fico cart�grafo que dise�� Santa Mar�a y que con todo lujo de detalles la ubic� en los m�s hermosos mapas de la imaginaci�n.

Evocar a Onetti es hablar de la ciudad. Salvo Roberto Arlt –de quien traz� una entra�able semblanza que aparece como pr�logo de El juguete rabioso-, Onetti es el escritor latinoamericano que m�s ha vivido a fondo el infierno de la urbe, tanto que, no contento con los arquetipos de Montevideo y Buenos Aires, invent� su propio mundo. O se le atribuy� a Brausen. Y a diferencia de muchos narradores "urbanos", que s�lo hacen literatura de tarjeta postal, Onetti supo tomarle el pulso de subjetividad lastimada de su habitat. Porque si algo le interes� fue medir la temperatura enferma de la ciudad y su conciencia paranoica, que es tanto como explicar el diagn�stico de su identidad patol�gica, y que se siente palpitar a trav�s de las entrecortadas meditaciones del doctor D�az Grey. Este m�dico –cuya presencia es tan habitual en los libros de Onetti como Larsen o Ang�lica In�s o el potentado Petrus o Rita la ramera y su chivo- ya hab�a dejado filtrar parte de su pasado en La vida breve, donde aparece como un inescrupuloso comerciante de morfina y, adem�s, se ve involucrado en un crimen y en varios l�os de faldas, no resueltos del todo. Su esc�ptica vejez queda patente en El astillero, aunque su trayectoria vital es siempre la de una conciencia compulsiva y c�nica. Por eso, al ser llamado en Juntacad�veres para corroborar una vez m�s el viejo recurso de la salud, el m�dico se manifest� como el reverso de su falsa imagen: �l mismo, sobre la anatom�a de la ciudad, revert�a la l�gica inflexible de la enfermedad: la comprobaba, la alimentaba, le brindaba el impulso de la incurabilidad. Algo de esto lo hab�a anotado ya el uruguayo Felisberto Hern�ndez en el relato Menos Julia, donde plantea la historia de un anciano que mantiene una relaci�n tan �ntima con la enfermedad que no vacila en confesar que "ama a la enfermedad m�s que al a vida…"

Porque la enfermedad ya no es aquello que ocurre entre el m�dico y el enfermo, sino que, ahora, frente al doctor D�az Grey y a la ciudad, la enfermedad aparece como la impronta corrosiva y letal que crece entre la fe y el miedo: "El hombre es disipaci�n –postul�- y el miedo a la disipaci�n." Para el m�dico, la enfermedad es apenas una disgresi�n en el discurso de una cultura. Al fin y al cabo, es por la salud social por lo que �l, recto y aquiescente, patrocina la idea del prost�bulo para Santa Mar�a. No obstante la enfermedad encuentra en la obra de Onetti otras manifestaciones, tal como lo demuestra su novela Los adioses, obra que reiteradamente consider� la mejor de las que hab�a escrito. Entre un sanatorio y un pueblo -�extra�a a estas alturas su devoci�n por La monta�a m�gica y el amor entre enfermos?- se teje una oscura red de suposiciones que involucran las relaciones de un interno con dos mujeres: una adulta, acompa�ada siempre por un ni�o, y otra mucho m�s joven y atractiva. Ambas comparten temporadas con el enfermo y las gentes del pueblo disparan su imaginaci�n al juzgar al tr�o. Con la enfermedad como fondo, el pueblo sufre un evidente caso de contagio moral, donde no falta incluso el m�dico de rigor, no ya el doctor D�az Grey sin el doctor Gunz. El tiempo incrementa las c�balas tanto como los bacilos y el enfermo, gracias a la bien guardada ambig�edad de sus relaciones, se confunde con el morbo general.

Los episodios y los personajes de Onetti son variantes de una misma historia. Todos sus libros confluyen en un solo libro. �Qu� diferencia a las suposiciones de Los adioses de las que se tejen en torno a Rita, la prostituta cuya muerte en para una tumba sin nombre da origen al relato? Siempre acompa�ada por un chivo, Rita es el prototipo de las numerosas y fascinantes rameras que invent� Onetti y ella, en su rito prostibulario, exhibe algo de religiosa dedicaci�n y las mismas gentes de Santa Mar�a le otrogan a su magisterio carnal una moralidad redentora. Rita parece ilustrar la tortuosa teolog�a que registr� William Blake en su Matrimonio del cielo y del infierno: "La lubricidad del chivo es la generosidad de Dios." Y a prop�sito del heterodoxo ingl�s, Onetti vuelve sobre sus versos en Tierra de nadie, donde por boca de Mauricio y de forma no expl�cita recupera uno de los m�s terribles aunque ciertos aforismos, y que el propio autor parece haber practicado: "Quien desea y no act�a engendra la peste…" Pero, de nuevo con Rita, la sola presencia del chivo exp�a las faltas de la mujer cuando consigue clientes o cuando, a su lado, hace el amor. De ah� que el animal sea la �nica compa��a l�gica al ahora de su entierro. De un hombre a otro, Rita va tambi�n de un libro a otro: en Juntacad�veres tiene que ver con la mayor�a de los personajes masculinos, en especial con Marcos Bergner, el ide�logo del Falansterio y el mayor usuario de los servicios del burdel. Desde la primera p�gina de su primer libro Onetti involucra prostitutas en sus relatos. De ah� que con frecuencia se tilde de mis�gino a quien un d�a escribi�: "He le�do que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los 20 o 25 a�os. No s� nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el esp�ritu de las muchachas muere a esa edad, m�s o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido pr�ctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Pi�nsese en esto y se sabr� por qu� no hay grandes artistas mujeres. Y si uno se casa con una muchacha y un d�a se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de ni�as y el cari�o baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos…" A pesar de estas opiniones, de su car�cter hosco y de su pinta de aburrido, Onetti goz� siempre del favor de las mujeres. Tras esculcarles el alma en sus libros, el escritor no vacilaba en curiosear impunemente entre el proverbial desorden que las se�oras llevan en sus carteras. Pero as� y todo lo adoraban. Al pregunt�rsele sobre �sta y otras cuestiones no menos traviesas, el autor de La novia robada se acaricia el ment�n, sus ojos se iluminan y el labio colgante no logra disimular una m�nima aunque p�cara sonrisa. "Hay una leyenda negra sobre Onetti –dice-; sobre todo all� lejos, en el sur. �Pero por qu� me pregunt�s vos esas cosas? Dec�…"

De todos los personajes que deambulan por gran parte de los libros de Onetti, el m�s sugerente y vital es Larsen, siempre empe�ado en proyectos demenciales. Si antes, por bien de la salud social debe poner en marcha un prost�bulo, ahora, por razones econ�micas, debe sacar adelante el astillero, en la novela hom�nima. Se apoya en la mentira y sus falsas promesas van parejas con su propia, paulatina alienaci�n: persistir en algo que no es m�s que un sue�o siniestro, insistir en llevar adelante la empresa del deterioro, acelerar la m�s lancinante de las entrop�as. Y ante la certeza de que la hero�na de turno, Ang�lica In�s, est� tan loca como su madre -–se es el dictamen del doctor D�az Grey- y que no podr� tener hijos, y al comprobar la insania creciente del potentado Petrus, Larsen justifica los motivos de su impostura. Para �l, Santa Mar�a es "la ciudad maldita" y en ella se sumerge consciente del fracaso. Entra en contacto con el comisario Medina –que a�os atr�s tuvo algo que ver con el prost�bulo en Juntacad�veres y a�os despu�s reaparecer� el Lavanda, la ciudad que reemplaza a Santa Mar�a en Dejemos hablar al viento- y prosigue su loca aventura. Al vender las piezas claves del astillero �l mismo saquea y arruina su empresa. La situaci�n se precipita y el punto de vista ofrece dos desenlaces diferentes. De cualquier forma, la ambig�edad multiplica una vez m�s las posibilidades del texto, con lo que la moral del protagonista y su enfermiza relaci�n con la ciudad y sus habitantes queda, una vez m�s, a discreci�n del mejor int�rprete.

La apat�a es la foto que Onetti exhibe en su pasaporte. Como vigilado por un buda desde el comedor, el escritor ahuyenta a un perro que deambula por ah� y que, seg�n dicen, su esposa se lo compr� para que por lo menos tuviera un motivo para salir a la calle. �Se imagina alguien a Onetti d�ndole la vuelta a la manzana con un perro caniche? Rita y su chivo estar�an en la imaginaci�n de todo el mundo y no faltar�a quien recordara que los sue�os de la juventud se cumplen en la vejez. Pero nada de eso alcanz� a ocurrir. Tendido boca arriba, sobre la cama, desali�ado y esc�ptico como si subrayara la m�s t�pica actitud de sus personajes, Onetti vaticina en Cuando ya no importe –su �ltimo, expresivo libro- el amargo destino de un cuerpo que ya no le responde: "S� muy bien que terminar� rebel�ndose y que usar� dolores de intensidad escalonada para obligarme a tenerlo en cuenta, justamente cuando ya no importe demasiado al mezclarse con hast�o y resignaci�n. Otra vez la palabra muerte, sin que necesite escribirla…"

La Jornada SEMANAL, N�m. 286, 4 de diciembre de 1994, pp. 30-34, t�tulo "LO QUE PUEDE DECIRSE EN UN �GAPE DE ESFINGES", POR R.H. MORENO-DUR�N. Edici�n electr�nica a cargo de J.FRANCISCO A. ELIZALDE. 08 DE AGOSTO DEL 2000.

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