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Ciudadano Kane (1941) |
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El halcón maltés (1941) |
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1941 Welles, Kane, la profundidad del campo y el “quinto poder”
Un
joven de 26 años, llamado Orson Welles,
debuta como director al realizar
Ciudadano Kane (1941). El resultado es un
deslumbrante ejercicio dramático y narrativo que cuenta, de manera
poliédrica y con forma de puzzle, una historia basada en la vida del
magnate del periodismo W. R. Hearst
y que reconstruye la biografía de
Kane a partir de la
última palabra pronunciada por éste en su lecho de muerte:
“Rosebud”.
Radiografía individual de un proceso de conquista del poder y análisis
de la influencia ejercida por la prensa, el filme supuso una gran
conmoción por la audacia y por el sentido innovador con los que
Welles se servía de
algunos procedimientos técnicos casi olvidados desde la llegada del
sonoro. Entre ellos, la profundidad de campo (lograda con la ayuda del
operador Gregg Toland),
la intención dramática de la escenografía y de la planificación, que
juegan a fondo con la presencia de los techos dentro del plano, o la
función narrativa de los encadenados sonoros. La sabia conjunción de
todos estos elementos convirtió a
Ciudadano Kane en un punto de referencia
obligado para el desarrollo del cine moderno
1941 Los detectives privados abren paso al cine negro
Perdido
el impulso regenerador del new deal
y en vísperas de la entrada de EE. UU en
el conflicto bélico europeo, los policías intachables, que habían
desplazado a los gánsteres de las pantallas, desaparecen también de
éstas para dejar paso a un arquetipo lleno de ambigüedad: el detective
privado. Su acta de nacimiento lo firma
John Huston al dirigir su primera
película, El halcón maltés (1941),
basada en la obra homónima de Dashiell
Hammett y protagonizada por el detective
Sam Spade,
es decir, un personaje situado por su actividad en la frontera difusa
entre la ley y el delito. Una trama plagada de mentiras, simulaciones
engaños, en la que todo el mundo intenta comprar a todo el mundo y
donde nada es lo que parece a primera vista, es el caldo de cultivo
para la ambivalencia que caracteriza a esta nueva figura y que
presidirá, también, sus siguientes actuaciones en la pantalla:
La llave de cristal (1942)
de Stuart Heisler,
El sueño eterno (1946)
de Howard Hawks
o Historia de un detective (1944)
de Edward Dmytryk.
Ambigüedad que se traslada igualmente a una puesta en escena donde las
luces se abren paso con dificultad entre las sombras y que acabará por
urdir con el desarrollo y maduración posterior del cine negro un
reflejo metafórico de la podredumbre de la sociedad de su tiempo, una
indagación dura y crítica en la cara menos complaciente del sueño
americano.
Fotograma de
El halcón maltés,
con la que John Huston,
popularizó en el cine al detective Sam Spade creado por el novelista
Dashiell Hammett y
El sueño eterno (1946),
de Howard Hawks,
protagonizada Bogart y
Bacali, pareja mítica de la
pantalla.
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Casablanca (1942) |
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Imagen de The Battle of San Pietro |
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1942 El cine antifascista de Hollywood y el mito de “Casablanca”
Tócala
otra vez Sam, “¿Ha sido un cañonazo o es un latido de mi corazón?”,
“Creo que éste el principio de una hermosa amistad”, la canción
“El tiempo pasará, el café de Rick…,
un halo mítico envuelve los momentos de una
película mítica que estuvo a punto de ver interrumpido su rodaje, que
dirigió Michael Curtiz
casi por azar, que interpretó Humpherey
Bogart en vez de
Ronald Reagan y que
dispuso de dos finales y de dos títulos alternativos hasta la elección
definitiva de ambos. Y, sin embargo, esta historia melodramática de
propaganda antinazi cautivaría de inmediato el gusto del público y se
convertiría, a través de los tiempos, en el símbolo del romanticismo
amoroso y de la resistencia contra los totalitarismos. Con un tono más
contenido que otros títulos de mayor envergadura cinematográfica y de
más profundo calado, como El gran
dictador (1940) de
Charles Chaplin, o
To Be or Not to be
de Ernst Lubitsch,
feroces sátiras contra el nazismo,
Casablanca (1942) llama a la unidad de
todos los demócratas contra el avance del fascismo al tiempo que
contempla, una vez más, a Estados unidos como la patria de la
libertad. La película alcanzaría finalmente tal fama que sus
referencias iconográficas se encontrarán dispersas pro doquier en la
cultura audiovisual del siglo XX.
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Imagen El gran dictador (1940) |
Películas en
contra de los totalitarismos.
1942 Cine documental y propaganda bélica
Con
la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, numerosos
cineastas fueron reclutados para poner sus cámaras al servicio de la
causa aliada. Entre ellos, Frank Capra,
quien organizó, por mandato del general
George C. Marshall, una unidad de
producción en la que colaboraron también el director
Anatole Litvak, el
guionista Anthony Veiler,
el actor Walter Huston
o el músico Dimitri Tiomkin,
además de los documentalistas Jons lvens
y Robert Flaherty. El objetivo de esta
unidad era explicar a los soldados los principios por los que luchaban
y de ahí surgió la serie Why We Fight
(Por qué luchamos), un total de siete
documentales que constituyen la producción más conocida del periodo.
Estos filmes tuvieron continuidad en otros trabajos de
Capra (Know Your Enemy: Japan,
codirigido con Jons lvens; The Negro
Soldier in the II World War) y fueron
paralelos a los rodados por John Ford
(The Battle of Midway),
William Wyler
(Memphis Bell)
y John Huston,
realizador de Report from the Aleutians,
The Battle of San Pietro
y, sobre todo, Let The re be Light (1945),
un durísimo documento sobre el tratamiento psiquiátrico de los
soldados que fue censurado por el Departamento de Guerra y fue
prohibido durante 34 años hasta que, en 1979 pudo realizarse, al fin,
su primera exhibición pública.
El tema musical de la web es la BSO de
CASABLANCA
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